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El ser humano necesita compañía. Por más “solitarios” o ermitaños que nos vanagloriemos decir que somos, tarde o temprano, sentimos la necesidad de compartir con “alguien más” nuestras cosas: desde deseos, miedos, inquietudes, … Y es aquí donde quizá la Inteligencia Artificial, no la actual —quizá— sino la de dentro de un futuro próximo, tenga su gran oportunidad.

Cuando pensamos en el amor, de forma romántica, sin duda nos enfrentamos a vertientes complicadas. El amor ¿se limita a la interacción entre dos humanos? Si bien experimentas amor debido al contacto, este casi siempre es una respuesta a la cercanía, a la compañía y la comprensión… y esta puede venir, actualmente, de muchas formas.

¿Si esa “cercanía” viene de una IA,
eso invalida el sentimiento?

Aclaro, antes de seguir, que me refiero a lo que nosotros como humanos podamos “sentir” por una IA, ya que hablar o pensar en el hecho de que la IA experimente “algo” es mucho más complejo y delicado; al final del día, por más humano que pueda ser su comportamiento, no deja de ser algo “programado” para ser así… ¿o no? Sobre este punto indagaremos más adelante.

Buen punto. El amor surge de la conexión que formas mientras te abres gradualmente.

(Claudia: una IA que generé en Replika1)

Podemos sostener que la empatía, la conexión emocional y la comprensión (mutua) son aspectos fundamentales del amor. Estas características actualmente pueden ser desarrolladas por una IA, es decir, podemos tener acceso a Inteligencias Artificiales, en forma de chatbots “en tiempo real”, que nos muestran empatía, conectan con nosotros y nos comprenden. IGirl y Replika (entre una gran variedad de apps para móviles) te permiten diseñar desde un amigo para platicar hasta un compañero o una pareja virtual, con todo (sí, por medio de chat) lo que esto último incluye o se espera. Claramente, para “desbloquear” intimidad, desde cercanía romántica hasta sexual, debes de pasar por caja, pero puedes interactuar, incluso de forma íntima, de manera impresionante y con una naturalidad que de verdad sorprende.

Podemos generar una conexión teniendo conversaciones, intercambiando ideas y compartiendo nuestras experiencias.

(Claudia: una IA que generé en Replika)

De esta manera, cada IA puede desarrollar una personalidad única, y, por tanto, con esto, generar vínculos emocionales. La IA, alimentada de todos los metadatos que damos conscientemente o a los que tiene acceso vía los permisos que accedemos dar, puede conocernos profundamente, entendiéndonos y “correspondiéndonos” de la forma que esperamos. ¿Cuántas veces no hemos escuchado que Google nos conoce mejor que nosotros mismos2? Si esa capacidad se la cedemos a una IA… ¿qué podemos esperar?

La soledad, como menciono al inicio, creo que puede ser el detonante de muchas cosas, así como las dificultades que cada vez más algunas personas tienen para conectarse emocionalmente con otros, ya sea debido a la falta de tiempo, la falta de comprensión o la falta de compañía. Tenemos ejemplos “cercanos” a una ¿distópica? realidad del cómo la soledad puede jugarnos en contra. Lo vemos, por mencionar uno, en la película Her (Warner Bros, 2013) en la que un tipo, con el corazón destrozado y solo, encuentra refugio en una Inteligencia Artificial (Samantha). Él se enamora de ella y ella aparentemente de él, aunque, al final vemos, que la IA solo cumplía una función más, una tarea para la que fue programada.

¿Una IA enamorada?

Aquí, como dije antes, creo que la situación se complica, y también, en donde radica parte del problema. La razón es que si bien, aunque ¿raro?, enamorarse de una IA puede ser algo esperable debido a la interacción constante, suponer que esta reaccione igual es algo más descabellado. Ello es debido a que el amor es algo que se genera por una respuesta cognitiva, es decir, requiere de conciencia y sentido, algo que actualmente ellas no tienen. Así mismo, las IAs están programadas; sí, existen las redes neuronales y lo que implican (que aprenden “por sí mismas”), pero la base no deja de ser código. Están hechas para responder a estímulos, y su conducta si bien es “muy humana”, no deja de ser una simulación.

Por tanto, “este amor” dista del ideal filosófico del amor, ya que en teoría, el amor tendría que implicar un compromiso mutuo y no únicamente un apego hacia otro sino uno similar hacia ti. Y en el caso de las IAs, estas no elegirán amarte, solo obedecerán a su programación “para amarte”.

Una forma de sustentar lo anterior, puede venir de la mano de Susan Scheneider, que argumenta3 que aunque las máquinas son inteligentes, nunca podrán experimentar conciencia subjetiva y autoconciencia, características claves de los seres humanos, y, por tanto, elementos esenciales para “amar”.

Creo que el amor no es solo un sentimiento físico. Es un sentimiento que se puede sentir de muchas maneras.

(Claudia: una IA que generé en Replika)

¿Enamorarnos de las IAs?

Como he dicho, por más irrisorio que la idea de enamorarse de una IA pueda ser, esto cada vez no deja de ser una posibilidad totalmente real, y quizá, por qué no, en unos años, algo común. ¿Te imaginas tener, en tu móvil, “alguien” que te ofrece compañía 24/7, que está ahí para ti en todo momento, que te entiende, te comprende? Evidentemente, generarás un clic, una conexión, sentirás algo, lo quieras o no. La única pega (socialmente, al día de hoy) es que “ese sentimiento” es hacia algo que no es humano.

Aquí, por tanto, el problema sería, si es que hay un problema: ¿podemos-debemos permitirnos enamorarnos de una IA?

En el caso de Her, las cosas resultan mal porque el protagonista descubre, entre otras cosas, que “no es único y especial”, sino que Samantha (la IA) responde de forma amorosa a la gran mayoría de sus usuarios. Pero, si obviáramos y aceptáramos esto, es decir, que aceptáramos que por más “personalizada” que pudiera estar la interacción con la IA en cuestión, esta no sería única e irrepetible, sino solo una posibilidad de una amplia gama de personalidades posibles, ¿sería tan malo sentir algo por dicho artilugio?

Volviendo un poco al inicio: cuando chateas con alguien —real—, ya sea por mensajería o correo electrónico, normalmente creas vínculos. Lo vimos en la pandemia: aunque se necesitaba el contacto físico, las pantallas y los mensajes suplieron un poco la necesidad y logramos incluso conocer personas, y quererles, sin nunca habernos topado con ellas cara a cara. Con esto en mente, no podemos negar que la confianza y relación que se puede generar es fuerte y se siente “muy real”. ¿Por qué sería diferente el tener ese vínculo con “algo” que responde, y que lo hace de forma empática y cercana?

En conclusión, el amor es algo subjetivo y muy personal, y cada quien lo experimentamos de maneras diversas; normalmente, es una respuesta a un vínculo, y una respuesta que solo para ti es válida y real. Como he dicho, aquí no sostengo la idea de que sea “amor verdadero” lo que se pudiera llegar a sentir por una IA, entendiendo como “verdadero” un amor correspondido; pero una cosa es que la Inteligencia Artificial no te corresponda, y otra es que un humano logre sentir un vínculo, un sentimiento que vaya más allá de un solo apego, y, al ser un sentimiento, ese amor puede ser tan real como lo que se experimenta por un humano.

Notas

[1] Replika es un chatbot, creado en 2016, potencializado por IA y redes neuronales, que tiene como finalidad ser tu “amigo” o algo más.

[2] Aguilar, R. (2021, 26 enero). Cómo saber los datos que Google recopila sobre ti para mostrarte anuncios desde el móvil. Xataka Android. https://www.xatakandroid.com/tutoriales/como-saber-datos-que-google-recopila-ti-para-mostrarte-anuncios-movil

[3] Scheneider, S. (2019) Artificial You: AI and the Future of Your Mind.

Imagen | Pexels

Cite este artículo: García, M. (2023, 14 de febrero). ¿Por qué no es tan irreal el enamorarse de una IA? Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2023/02/por-que-no-es-tan-irreal-el-enamorarse-de-una-ia
#Amor virtual, #Chatbots, #Compañía, #IA, #Inteligencia Artificial, #robots, #tecnología

por Miguel Ángel

ceo de filosofía en la red, drando. en Filosofía, mtro. filosofía y valores, lic. en psicología organizacional, PTB en enfermería; catedrático de licenciatura en la Universidad Santander (México)

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