Los estudios que atañen al alma en la filosofía han sido ampliamente difundidos, reproducidos y profundizados. Las investigaciones medievalistas1 son un claro ejemplo, pues tomaron al alma como el centro de sus pensamientos. A partir de ello desarrollaron amplios sistemas filosóficos,2 los cuales han permanecido dentro de la reflexión filosófica hasta nuestros días.  

Actualmente, puede afirmarse que todo estudio enfocado al alma es infértil, inútil y anacrónico. Esto se debe al creciente criterio cientificista y positivista, que permanece sujeto al método de la lógica, las matemáticas y las ciencias duras. Este criterio motiva a las investigaciones filosóficas a retomar la manera científica de pensar. Cada argumento se fundamenta en hechos y en pruebas fácticas o empíricas. No obstante, la refutación a tal postura se encuentra escudada en Aristóteles. Él propone un concepto de alma que escapa de las concepciones medievalistas y que es sumamente diferente al concepto de alma que conocemos hoy en día. 

El presente texto tiene como objetivo exponer la definición aristotélica de alma como entidad a partir de sus cinco facultades según el libro II de su Tratado acerca del alma. La intención es mostrar una alternativa a la manera de estudiar el alma desde la filosofía medieval, exponiendo una concepción cientificista de aquello que denominamos ‘alma’. 

La importancia del tema radica en que el concepto de alma ha sido deformado por la tradición filosófica. Esto ha llevado al alma a ser considerada como una cosa separada del cuerpo, noción viciada por el cristianismo. Aristóteles, por otro lado, propone una manera fisicalista de comprender al alma, posición que puede encajar con las investigaciones científicas y positivistas de nuestros tiempos. Aunque, pesar de ello, no abandona los compromisos ontológico-metafísicos que subyacen en toda investigación.  

 La metodología que se empleará para lograr el objetivo es la siguiente: en primer lugar, se explicará al alma como objeto de estudio de la física. En segundo, se mostrará al alma como entidad a partir de las dicotomías potencia-entelequía y materia-forma. En tercer punto, se expondrá la definición aristotélica de alma a partir de sus facultades. Finalmente, se mostrarán las conclusiones pertinentes, a las cuales haya llegado el presente escrito.  

El alma como objeto de estudio de la física:
lo que el alma es en cada caso

El tratamiento que se ha dado al alma ha sido, a grandes rasgos, metafísico y completamente apartado de lo que atañe a la sensibilidad. Desde el Medioevo hasta la Modernidad, se ha considerado al alma como algo ajeno a nosotros, que va más allá del cuerpo y dota de cierta capacidad a los seres vivos. Ejemplo de ello son Santo Tomás y San Agustín, quienes emprendieron el camino que siguieron los demás filósofos con respecto a tales cuestiones, expresando en la racionalidad la semejanza del hombre con Dios. 

Entre los detractores de los estudios metafísicos y ontológicos, podemos encontrar a los filósofos de la ciencia o a los lógicos, tal y como Carnap se muestra en La superación de la metafísica por medio del análisis lógico del lenguaje. Ellos afirmaban que toda investigación que apunte más allá de los hechos y de la lógica son pseudoproblemas filosóficos. Esto vuelve necesario el hecho de abandonar su reflexión y atender a aquellos problemas que valen la pena. 

Este problema pone en jaque muchos de los campos de estudio de la filosofía, pues la mayor parte de tópicos que se abordan atañen a conceptos que superan lo comprobable por medio de la experimentación empírica, como lo es el estudio del alma. No obstante, resulta evidente que no podemos evadir dichos tópicos metafísicos y ontológicos, ya que incluso la más mínima postura científica precisa de suyo un compromiso ontológico-metafísico. Además, los criterios cientificistas se quedan cortos cuando intentamos dar respuesta a los problemas más abstractos y profundos del mundo, como lo es el problema del alma. 

El proceder aristotélico, sin embargo, representa una salida racional al problema entre ciencia y metafísica, pues para el griego la una debe ejercerse de la mano de la otra: no puede haber ciencia sin metafísica y viceversa. Ambos campos del pensamiento deben cooperar, pues la metafísica no puede comprenderse sin la física. En el mismo tenor, el estudio del alma realizado por Aristóteles se fundamenta en el estudio de la física, lo que puede funcionar como una salida útil a las propuestas que realizaron los medievales. Podría decirse que ambos textos siguen la misma metodología, aplicada en diferentes tópicos.

Las razones para fundamentar el estudio del alma desde la física en Aristóteles son que este menciona en la Física que “la vía natural consiste en ir desde lo que es más cognoscible y más claro para nosotros hacia lo que es más claro y más cognoscible por naturaleza” (I, 184a15). El método aristotélico se trata de partir desde lo que el sujeto puede conocer de manera más sencilla y clara. Con estas bases, es posible avanzar hacia lo que es necesario por naturaleza a partir de axiomas y principios evidentes por sí mismos. Partimos desde lo que está a nuestro alcance como sujetos sensibles para llegar a lo que está a nuestro alcance como sujetos racionales.

La metodología que el estagirita propone en la Física es la misma que propondrá en el Tratado acerca del almapues “las afecciones del alma no son separables de la materia natural de los animales en la medida en que les corresponde tal tipo de afecciones […]” (I, 403b15). Las razones por las que Aristóteles llega a esta propuesta es que, cuando hablamos de afecciones, el cuerpo se ve tocado conjuntamente en todos los casos (I, 403a15), por lo que puede deducirse que las afecciones son formas inherentes a la materia, de ahí que el físico sea quien tiene que encargarse del estudio del alma. 

Sentadas las bases metodológicas a seguir, Aristóteles propone lo que nos interesa en este texto: la definición. No obstante, las características de la definición propuesta por el estagirita no se basan en adjudicar propiedades que delimiten a una cosa en cuanto tal, como si se tratase de un diccionario, sino que va más allá de lo lingüístico y se apega mucho a lo que es inherente a una cosa. Una definición aristotélica siempre va de la mano con la metafísica.

En este sentido, Aristóteles afirma que “la definición es la forma específica de cada cosa y su existencia implica que ha de darse necesariamente en tal tipo de materia […]” (I, 403b). Los conceptos de forma y materia serán explicados con mayor detalle posteriormente, sin embargo, baste con decir que la forma es aquello que hace a la materia ser lo que es. Un ejemplo podría ser una casa, que “sería algo así como que es un refugio para impedir la destrucción producida por los vientos, los calores y las lluvias” (I, 403b).

Cuando hablamos de una definición, en Aristóteles, hacemos referencia a dos niveles, el primero es un nivel gramático-lingüístico, el segundo es un nivel ontológico-metafísico. El sujeto representa la cosa de la cual se habla, mientras que el predicado representa la forma específica de la cosa acerca de la que se habla. Dicha forma específica no puede ser distinta, ya que, si se cambiara algo de las propiedades atribuidas al sujeto, este ya no sería el sujeto. En este sentido, toda definición, para Aristóteles, es necesaria.  

Sin embargo, ¿cómo puede hablarse de necesidad, si en la Física y la Metafísica el ser de las cosas se dice en muchos sentidos? Esto aparentemente implicaría cierta contradicción. No obstante, para Aristóteles, las definiciones de ciertas cosas deben atenderse al objeto que está ante nosotros. Esta es la diferencia primordial con respecto a Platón, quien va desde lo general hasta lo particular, mientras que Aristóteles actúa de la manera contraria, partiendo desde las particularidades de las cosas hasta llegar a la abstracción de lo general. 

Muestra de ello es la refutación que Aristóteles hace a sus antecesores en el libro I del Tratado acerca del alma, quienes dotaban a esta de tres cualidades: que es el motor que se mueve a sí mismo, que es un cuerpo sutil y que está compuesta de ciertos elementos (I, 409b15-25), es decir, movimiento, sensación e incorporeidad. 

En las definiciones anteriores, Aristóteles no contempla a la física en el amplio sentido de la palabra, pues las entidades están compuestas por forma y materia: “el alma ni se da sin un cuerpo ni es en sí misma un cuerpo” (II, 414a20), por lo que la definición de alma debe realizarse a partir de cada entidad, es decir, el alma debe definirse a partir de lo que esta es en cada caso, ya que “la entelequía [la forma] se produce en el sujeto que está en potencia y, por tanto, en la materia adecuada” (II, 414a25).  

La entelequía puede entenderse como el esfuerzo de una entidad por mantenerse siendo ella misma. Representa la estructura que hace a la materia ser lo que esta es. No obstante, forma y entelequía no significan lo mismo, pues la forma comprende a la entelequía. Por otro lado, la potencia puede entenderse, según el libro VII de la Metafísica, como aquello que la cosa es por Naturaleza. Por ejemplo, un ave tiene en su potencia volar, porque está en su Naturaleza el volar; mientras que el humano no tiene en su potencia volar, ya que no está dado en su Naturaleza. 

En resumen, el alma no puede darse sin un cuerpo y esta no es ella misma un cuerpo. Por estas razones, el alma no puede darse alejada de la materia, y esto nos lleva a que sea el físico quien debe estudiarla. Para realizar su estudio, es necesario encontrar una definición de alma, pues una definición es la forma específica de cada cosa atendiendo a su forma y su materia. Sin embargo, para definir al alma es necesario atender lo que esta es en cada caso, observar a las entidades y definirla con base en la entidad misma.  

El alma como entidad: dicotomías
potencia-entelequía y materia-forma

Es importante reiterar la necesidad de considerar al alma desde la particularidad, desde el punto de vista de la entidad y no desde la generalidad. El alma tiene afecciones y estas afectan conjuntamente al cuerpo, por lo que las afecciones son formas inherentes a la materia. 

Para Aristóteles, en este sentido, una entidad es un género de los entes y esta puede ser entendida, en primer lugar, como materia —aquello que por sí no es algo determinado—, en segundo lugar, como estructura y forma en virtud de la cual puede decirse ya de la materia que es algo determinado y, en tercer lugar, como el compuesto de una y otra (Sobre el alma, II, 412a5-10). 

Una entidad es la cosa resultante entre materia (potencia) y forma (acto). La conjunción entre materia y forma dan como resultado una estructura determinada. Entiéndase por materia aquello que cambia de las cosas sensibles, es un esto solo en apariencia (Metafísica, XVII, 1069b10-1070a5). Entiéndase por forma aquello por cuya acción cambia una cosa y aquello hacia lo cual se mueve una cosa [a su vez, entiéndase movimiento como una actividad potencial en cuanto tal, un llegar a ser potencial]. La forma es un ser-en-acto, ser-en-trabajo, cada una de las cosas es su propia forma. Solo en la reflexión pasa a ser una cosa “aparte”, en segunda instancia, es puramente potencial y activa (Metafísica, XII, 1069b10-1070a25).

Toda potencia, comprendida en la materia de cada entidad, es siempre dada en la Naturaleza de dicha entidad según cada caso, como se mencionaba anteriormente acerca del ave y del hombre. Todo acto es lo que la cosa es en cada caso, es decir, la actualización de las potencias de la entidad. 

Por ejemplo, puede decirse que en la Naturaleza de todo hombre está dado el ser gobernador, es decir, el hombre es potencialmente gobernador. Sin embargo, solo lo es en potencia, mientras que cuando logre ser gobernador de hecho, lo será en acto. En este sentido, podría decirse que se actualizó la potencia de esta entidad individual: de ser gobernador en potencia, pasó a ser gobernador en acto. No obstante, esto no podría haber sido posible de no ser porque en la Naturaleza de todo hombre en general está el ser gobernador. 

De esta manera podemos decir que la entidad es una instancia particular de forma y materia. La forma es lo que dota de universalidad a la cosa particular. La materia es lo que hace particular a dicha generalidad, todo conforme a las potencias dadas por Naturaleza. La entidad es lo determinado según su definición, es decir, según las propiedades que tiene tanto en acto como en potencia. 

Ahora bien, para Aristóteles, toda entidad compuesta de materia y forma tiene, a su vez, vida. La vida puede entenderse, en palabras del estagirita, como “la atualimentación, el crecimiento y el envejecimiento” (II, 412a15). De aquí surge la primera definición que Aristóteles propone para el alma:

Es necesariamente entidad en cuanto a forma específica de un cuerpo natural que en potencia tiene vida. Ahora bien, la entidad es entelequía, luego el alma es entelequía del cuerpo.

(II, 412a20)

Una vez explicadas, a grandes rasgos, las palabras ‘potencia’, ‘entidad’, ‘vida’ y  ‘forma específica’, es necesario profundizar en el concepto de ‘entelequía’, si bien ya lo abordamos parcialmente con anterioridad. Decíamos que, para Aristóteles, la entelquía podía entenderse como el trabajo de una entidad por mantenerse siendo lo que es, y que la entelequía va ligada y comprendida directamente con la forma.

En este sentido, el alma “es la entelequía primera de un cuerpo natural que en potencia tiene vida […], es la entelequía primera de un cuerpo natural organizado” (II, 412b25-5). El alma es el esfuerzo de una entidad por mantenerse siendo lo que es, siempre que esta entidad sea un cuerpo natural que en potencia tenga vida, es decir, que se autoalimente, que crezca y que envejezca. La vida, por otro lado, requiere que el cuerpo natural contenga en su Naturaleza el principio de movimiento y de reposo. 

A manera de síntesis, podemos seguir la siguiente argumentación: toda entidad está compuesta de materia (potencia) y forma (acto). Toda entidad conformada por materia y forma tiene características en su Naturaleza. Dicha estructura es lo que hace que la entidad sea lo que de hecho es. Entre la forma y el acto se encuentra la entelequía.

Todo cuerpo natural compuesto, a su vez, tiene vida, que puede entenderse, a grandes razgos, como la autoalimentación, el crecimiento y el envejecimiento. Todo cuerpo natural compuesto tiene alma, que es la entelequía primera de un cuerpo natural que en potencia tiene vida, siempre que dicho cuerpo natural sea organizado.

Sin embargo, surge aquí un pequeño problema: si la definición del alma debía realizarse a lo que el alma es en cada caso según la entelequía de las entidades individuales, ¿cómo es que se concilia la definición de alma expuesta en el capítulo dos con esta problemática? La respuesta: el alma de las entidades, la entelequía primera de los cuerpos naturales organizados, se comprende necesariamente con base en sus facultades, las cuales se dan en cada caso según la entidad individual.

Las facultades del alma como definición
de lo que el alma es en cada caso

Retomemos, con Aristóteles, el concepto de vida: 

Lo animado se distingue de lo inanimado por vivir. Y como la palabra «vivir» hace referencia a múltiples operaciones, cabe decir de algo que vive aún en el caso de que solamente le corresponda alguna de ellas, por ejemplo, intelecto, sensación, movimiento y reposo locales, amén del movimiento entendido como alimentación, envejecimiento y desarrollo.

Tratado acerca del alma, II, 413a20

Como podrá observarse, tanto aquí como en las investigaciones sobre los animales de Aristóteles, se afirma que el alma, en relación con los seres vivos, ocasiona todo tipo de sensaciones y necesidades de los mismos. Esta no se encuentra alejada al cuerpo, sino que es entelequía de los cuerpos naturales, y la entelequía, al ser el esfuerzo de las entidades por mantenerse siendo lo que son, precisan de diversos factores para propiciar la vida. 

Por estas razones, Aristóteles afirma que “el alma es el principio de todas estas facultades y que se define por ellas: facultad nutritiva, sensitiva, discursiva y movimiento” (413b10). Esto se demuestra porque el alma, al no tener partes, sino que es una en entelequía, pero múltiple en potencia, no puede ser separada. Al alma corresponden todas las funciones y facultades mencionadas, a una sola alma, no a muchos tipos de alma ubicados en diferentes partes de la materia de las entidades: las partes del alma no se dan separadas. En este sentido, Aristóteles afirma que “el alma es aquello por lo que vivimos, sentimos y razonamos primaria y radicalmente” (Tratado acerca del alma, II, 414a10).

De la anterior argumentación se desprende que el alma ni se da sin un cuerpo ni es en sí misma un cuerpo, por lo que “en cada caso la entelequía se produce en el sujeto que está en potencia y, por tanto, en la materia adecuada” (Tratado acerca del almaII, 414a20). En este sentido, las facultades del alma, por medio de las cuales esta se define, son: nutritiva, sensitiva, desiderativa, motora y discursiva. Cada una de estas facultades representan las diversas potencias del alma, que se dan a partir de la entelequía de las entidades cuyo objetivo es la vida. 

 La necesidad de definir al alma con base en sus diferentes facultades, con base en sus distintas potencias, es que se atienda a lo que el alma es en cada caso, según las entidades individuales sobre las cuales se apunte, de manera análoga al siguiente ejemplo, en palabras de Aristóteles:

Es posible, pues, una definición común de figura que se adapte a todas, pero que no será propia de ninguna en particular.

(Tratado del alma, II, 414b20).      

Esta es la razón por la cual no es correcto buscar una definición común, ya que, de intentarse, esta no será una definición propia de ninguna de las entidades, sino que debe buscarse una definición divisible que pueda adaptarse a cada una de las entidades según sea el caso y según las potencialidades del alma. En palabras de Aristóteles: “en relación con cada uno de los vivientes deberá investigarse cuál es el alma propia de cada uno de ellos” (II, 414b30). 

Como se mencionaba anteriormente, las facultades del alma se dan necesariamente en los vivientes, pero no todas ellas se dan en todos los vivientes. En este sentido, puede haber un viviente que tenga la facultad nutritiva, pero no la facultad sensitiva, como es el caso de las plantas. No obstante, no puede darse un caso a la inversa, es decir, que posea la facultad sensitiva sin que posea también la facultad nutritiva. De esta forma, las facultades se dan según sus grados de necesidad, siendo la más necesaria la facultad nutritiva, y la menos necesaria la facultad discursiva.

Los grados de necesidad según la facultad, de mayor a menor necesidad: nutritiva, sensitiva, desiderativa, motora y discursiva. En este sentido, un viviente que tiene la facultad nutritiva puede no tener las siguientes cuatro facultades. No obstante, un viviente, como en el caso del hombre, que posee la facultad desiderativa, debe poseer también, por necesidad, las cuatro facultades anteriores. 

Por otro lado, todo viviente que tiene la facultad sensitiva, debe tener por necesidad la facultad nutritiva, y dentro de la misma facultad sensitiva, debe poseer, necesariamente, tacto, que es la condición de posibilidad de los demás sentidos, a saber: vista, olfato, gusto y oído. Cada uno de los sentidos sirve para pasar de lo particular a lo general, es decir, de no ser por el sentido común, no sería posible realizar abstracciones con miras a la generalización. 

Ahora bien, resulta necesario mencionar un punto importante acerca de las facultades del alma, y acerca del alma en general: Aristóteles parece beber de su maestro Platón cuando afirma que en los humanos (para Aristóteles, en todos los vivientes) se encuentra algo de divino: la necesidad de permanecer, de “participar de lo eterno y divino a través de una existencia ininterrumpida” (Tratado acerca del alma, II, 415b5). 

En este sentido, el alma es causa en cuanto a fin, y el fin es la reproducción de la vida. De ahí que la Naturaleza, para Aristóteles, sea teleológica, pues obra siempre por un fin, el cual constituye la perfección. La perfección, para Aristóteles, se encontrará en la capacidad de expresarse, en la facultad discursiva, únicamente poseída por el hombre, quien puede ejercer el pensamiento filosófico o la ciencia primera, como se menciona en la Metafísica.  

De aquí que el principio alimentador sea el alma primera, en palabras de Aristóteles: 

El principio del alma al que corresponden tales funciones será una potencia capaz de conservar el sujeto que la posee en cuanto tal, mientras que el alimento es, por su parte, aquello que la dispone a actuar, de ahí que un ser privado de alimento no pueda continuar existiendo.

Tratado sobre el alma, II, 416b15

Conclusiones

A manera de resumen, podemos afirmar que el alma no puede darse sin un cuerpo y esta no es ella misma un cuerpo. Por estas razones, el alma no puede darse alejada de la materia, y esto nos lleva a que sea el físico quien debe estudiarla. Para realizar su estudio, es necesario encontrar una definición de alma, pues una definición es la forma específica de cada cosa atendiendo a su forma y su materia. Sin embargo, para definir al alma, es necesario atender lo que esta es en cada caso, observar a las entidades y definirla con base en la entidad misma.  

Toda alma es alma de un cuerpo natural compuesto, es decir, de una entidad. La entidad, a su vez, está compuesta de materia (potencia) y forma (acto). Toda entidad conformada por materia y forma tiene características en su Naturaleza, y dicha estructura es lo que hace que la entidad sea lo que de hecho es. Entre la forma, es decir, el acto, puede encontrarse la entelequía, que es el esfuerzo o el trabajo de una entidad por mantenerse siendo lo que es. 

Todo cuerpo natural compuesto, a su vez, tiene vida, que puede entenderse, a grandes rasgos, como la autoalimentación, el crecimiento y el envejecimiento. Todo cuerpo natural compuesto tiene alma, y el alma es la entelequía primera de un cuerpo natural que en potencia tiene vida, siempre que dicho cuerpo natural sea organizado. El alma, como puede divisarse, no es divisible ni separable, por lo que su posibilidad de definición radica en el concepto de vida. 

Dado que la vida puede darse en diferentes grados y bajo diferentes potencias, el alma tendrá diferentes facultades, es decir, potencias del alma, bajo las cuales será posible su definición. Estas potencias son las siguientes, según sus grados de necesidad: nutritiva, sensitiva, desiderativa, motora y discursiva. El principio alimentador es el alma primera, pues no puede darse vida sin la facultad nutritiva. En este sentido, todos los vivientes poseen la facultad nutritiva y es posible que no posean las siguientes cuatro facultades, no obstante, si existe un viviente que posea la facultad discursiva, como el hombre, debe poseer necesariamente las cuatro facultades anteriores. 

De lo anterior se desprenden las siguientes conclusiones: en primer lugar, que el alma se define generalmente, pero puede y debe aplicarse dicha definición general a lo que el alma es en cada caso según las particularidades de las entidades que conforman el mundo, esto con base en las facultades o potencias del alma, las cuales se mostraron en el capítulo tres. 

En segundo lugar; que el alma, vista desde la filosofía aristotélica, debe estudiarse desde un enfoque fisicalista, lo cual ofrece una alternativa al modo de estudio medievalista, enfocado en una metafísica apegada a las nociones cristianas, emanadas desde Tomás de Aquino y Agustín de Hipona. Dicho enfoque puede encajar con la manera moderna de hacer ciencia y ejercer el pensamiento científico, a la manera de la lógica y la filosofía positivista. 

Finalmente, es necesario fortalecer la manera aristotélica de estudiar el alma, con base en un enfoque más contemporáneo y datos científicos actualizados, como lo pueden ser las neurociencias o la biología contemporánea, esto debido a que los resultados de una cooperación entre la filosofía y las ciencias pueden arrojar resultados positivos. 

Notas

[1] Ejemplo de filósofos que se encargaron de reflexionar acerca del alma son Duns Escoto, San Anselmo, Pedro Lombardo y Maimónides, entre otros.

[2] Consúltese la obra de Tomás de Aquino y Agustín de Hipona, quienes han sido considerados por la Academia filosófica como eje central de la reflexión medieval.

Bibliografía

Aristóteles. (2014b). “Acerca del alma”, en Aristoteles II. Gredos-RBA.

Aristóteles. (2014b). “Física”, en Aristóteles II. Gredos-RBA. 

Aristóteles. (2014a). “Metafísica”, en Aristóteles I. Gredos-RBA. 

Aristóteles. (2014a). “Protréptico”, en Aristóteles I. Gredos-RBA.

Aristóteles. (2016). Tratados de lógica. Porrúa. 

Imagen | Pixabay

Cita este artículo (APA): González, B. (2023, 12 de febrero). Una definición del alma a partir de sus facultades. https://filosofiaenlared.com/2023/02/una-definicion-del-alma-a-partir-de-sus-facultades

Artículo de:

Bryan Iván González Islas (autor invitado):
Mexicano. Pasante de Filosofía y estudiante de Derecho por la UNAM. Coordinador del Seminario de Investigación en Filosofía del Lenguaje y del Seminario de Investigación en Filosofía de la Ciencia. Miembro activo del Proyecto Delfos: Filosofía Aplicada.

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por autores invitados

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