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Algunos entre nosotros hemos tenido el privilegio de ver en vivo y en directo las obras de arte que siempre hemos querido ver. Para aquellos que venimos de países concebidos universalmente como “lejanos”, es decir, lejos de Europa (donde se encuentra la mayor concentración de lo que consideramos “arte”, es decir, el verdadero arte, el arte europeo), verlos es casi una experiencia religiosa.  

Si uno entra al Louvre y obedece el camino de la marea de turistas, probablemente llegue a verse cara a cara con La Gioconda, quizás el objetivo de la peregrinación. Quizás así lo fue para mí, intentando empaparme de Da Vinci, Delacroix, Poussin, las obras que había estudiado en el colegio. La sala está colmada de gente, atestada como una discoteca a las cuatro de la mañana, repleta de gente de todas las nacionalidades posibles. 

Viendo la Mona Lisa, uno le da la espalda a una obra monumental que ocupa casi diez metros de largo de pared, Las Bodas de Caná, de Veronese. Viendo un Da Vinci, a pocos curiosos les interesa aquella obra que ocupó algún día el refectorio del convento San Giorgio de Venecia, entre 1563 y 1797. Pero al prestarle atención, uno solo puede maravillarse ante los detalles del artista al representar el primer milagro de Jesús (y el más acorde a una boda): convertir agua en vino. Ciento treinta figuras entre una arquitectura moderna representan distintas culturas y el ambiente de fiesta, entre música y charla – una obra que causó su escándalo en la época, habiéndose alejado de la temática religiosa.

La campaña napoleónica en Italia decidió llevarse esta obra a Francia, como muchas otras. Según el museo, la obra es muy frágil, como constataron durante su transporte en la segunda Guerra Mundia, por lo cual, ante los repetidos pedidos de devolución, esta se mantiene en París, “a salvo” frente a la mirada de Lisa Gherardini. 

Es expuesta en el museo desde 1798, en el segundo piso, en el ala Denon. En 2007, la tecnología permitió que se pudiera recrear una copia con impresoras que podían emular un producto completamente fiel al original. Una copia plana, sin los trazos de pintura de Veronese1. Entre cámaras y láseres, la obra se convirtió en un archivo digital para imprimir, los píxeles sumados que podían ser expuestos en el convento veneciano, como sucedió la noche del 11 de septiembre del mismo año. Ante lágrimas y aplausos, los espectadores se conmovieron viendo la impresión de la imagen, la copia del original. 

En 2007, ni asomábamos a entender lo que sería la tecnología del 2023. Sin embargo, los años donde comienzan a nacer y crecer estas nuevas tecnologías, son un punto clave para que nos preguntemos sobre la imagen y su duplicado, la obra y su copia. Antes mismo de la difusión masiva de internet y el acceso constante con el que contamos hoy en día desde nuestros móviles. 

La obra de arte
y su reproductibilidad técnica

Walter Benjamin trató estas problemáticas cuando se empezó a democratizar el acceso a la fotografía. Al ampliar el acceso a las obras de arte, sin necesidad de presenciarlas, había que delimitar qué era aquello que hacía que el original fuese “el original”. Es decir, su aura. El aura, “está atada a su aquí y ahora”, una unicidad que marca su recorrido propio, su camino espacio-temporal. Aunque el grabado, la litografía, la imprenta y otras reproducciones técnicas siempre fueron coetáneas a los artistas, la fotografía llega para democratizar a gran escala las obras de arte, debilitando así, de cierta manera, su aura. Su misticismo, aquel que guarda la experiencia cuasi religiosa de la creación artística. La copia digitalizada de los micropíxeles de una pintura, el análisis computacional de una escultura, permiten la impresión de la obra sin diferencia alguna de la original. Salvo, obviamente, su aura. El aura que el mercado del arte lucha porque se mantenga atada a la original. 

La copia de Las bodas de Caná no tiene ningún valor económico si lo comparamos con el original, el cual rondaba 2.7 millones de dólares en su última tasación, en los años noventa – pero logró suplantar el sentimiento que daba ver un Veronese en su lugar de origen, el lugar donde había pensado estar siempre. 

Este acontecimiento fue alabado por la prensa francesa2. Pero, ¿deberíamos aceptar estos “trueques” como justos? ¿El original no debería estar en su lugar de origen, el lugar para el cual fue pensado? 

La restitución de obras

Pensar estas preguntas abre muchísimas puertas problemáticas. Por un lado, la restitución de las obras y artefactos robados, no solo dentro de la Unión Europea actual, sino, sobre todo, de los países que fueron colonizados y asediados históricamente. Por otro lado, el esparcimiento de las obras alrededor del mundo, evadiendo así lo lucrativo del turismo masivo a “capitales culturales”, como lo puede ser París. Si se restituyesen las obras que no pertenecen al Patrimonio francés, me atrevo a decir que varias alas del museo se vaciarían – el ala egipcia, el ala de Medio Oriente, el ala griega. Las bodas de Caná fue robada de un país vecino a Francia, pero restituirla, abriría la puerta también a restituir el resto de las obras, algo que temen los grandes museos. Las controversias han estado presentes sobre todo en países que han sido colonizados por países europeos. Egipto reclama sus estelas faraónicas a Francia, el busto de la reina Nefertiti a Alemania; Grecia reclama desde hace veinte años las partes del Partenón que expone el British Museum de Londres. Y así numerosos casos. 

La copia democratiza el acceso. La copia llega a lugares donde el original no puede llegar. Pero esto nos demuestra aquello que subyace: el poder. El poder de los grandes museos que cuentan con colecciones permanentes de obras admiradas globalmente, aquellas que pertenecieron originalmente a otros pueblos; un poder que ejercen a través de la posibilidad de lucrar con ellas. La historia del arte no existe en un vacío, es Historia, y, por ende, Política. 

La reflexión que presento aquí hoy es, más que nada, una observación de los mecanismos del mundo del arte – un mundo donde se idealiza a las instituciones públicas como defensoras de El Arte, de lo digno y lo bueno, escondiendo así las tramas menos explícitas. Podríamos argumentar que restituir un Veronese a Venecia, a un pequeño convento benedictino, ayudaría a apreciar mejor la obra. Sin ir más lejos, La Última Cena de Da Vinci, se encuentra en el muro donde se pintó originalmente, en el convento domenico de Santa Maria delle Grazie en Milán. Puede verse pidiendo cita y de a grupos pequeños. Muchos interesados en el arte peregrinan a la obra con la religiosidad que precede al arte copiosas veces. La turificación masiva, como aquella que nos lleva a La Gioconda, entre fotos y móviles, puede ser remplazada por una contemplación distinta.

Desde el 2017, Francia gestiona con la ayuda de historiadores de arte y escritores como Bénédicte Savoy y Felwine Sarr la restitución de objetos, artefactos y arte robados a excolonias francesas en África. Una buena intención, mismo si tenemos en cuenta que el museo del Quai-Branly sigue abierto, con alrededor de 300.000 objetos en su colección (antiguamente de pertenencia al Museo del Hombre y Museo Nacional de Artes de África y de Oceanía) – hace unos años, el activista congolés Emery Mwazulu Diyabanza fue multado por intentar llevarse objetos que pertenecían al Congo originalmente.3

(¡Sí! Hablo de aquellos mismos objetos que inspiraron el cubismo de Picasso y Braque, uno de los puntazos iniciales del arte contemporáneo occidental). 

Ante cada temática, se establecen cuantiosas preguntas. 

¿Los griegos intentarán viajar a Londres para poder ver aquello que alguna vez estuvo en su tierra? ¿Y los egipcios? 

¿Por qué a la mayoría de latinos, como yo, nos enseñan a apreciar el arte que se encuentra en los grandes museos europeos, sin enseñarnos con la misma intención el arte de nuestros países? 

¿Es este entendimiento de un arte “superior” lo que nos lleva a aquellos privilegiados de poder visitar Europa de llenar estos museos, contribuyendo al turismo masivo? 

¿Si se enseñase de otra manera, anticolonial y apreciativa del arte local, de otras maneras de crear, veríamos necesario el casi fanatismo de estas obras, concentradas en un mismo espacio?

Notas

[1] Factum Arte. (s. f.). Un facsímil de las Bodas de Caná de Paolo Veronese. https://www.factum-arte.com/pag/295/un-facsimil-de-las-bodas-de-cana-de-paolo-veronese

[2] Delesalle, N. (2020, 8 diciembre). Comment la copie des “Noces de Cana” a supplanté l’original. Télérama. https://www.telerama.fr/scenes/comment-la-copie-des-noces-de-cana-a-supplante-l-original,123438.php

[3] TV5MONDE Info. (2020, 16 junio). Quai Branly : 5 militants s’emparent d’une oeuvre [Vídeo]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=nYNnXADJXAk&feature=youtu.be

Imagen | Wikipedia

Artículo de:

Julia Isasti (autora invitada):

De Buenos Aires, Argentina; historiadora del arte y artista.

Cite este artículo: Isasti, J. (2023, 27 de febrero). Vaciar los museos. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2023/02/vaciar-los-museos
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por autores invitados

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