La vida intelectual se resume en, digamos, dos verbos: aprender y amar. Quienes se asoman a este estilo de vida lo saben y, quienes no, ignoran que de eso se trata el primer empujón que nos motiva a seguir caminando por este sendero tan arduo en algunas ocasiones. Inteligencia y voluntad, ambas facultades humanas que se armonizan a la hora de escoger la Filosofía como aquella rama de conocimiento que dará, no solo incertidumbres y preguntas, sino también aprendizaje, conocimiento y felicidad. Porque la inteligencia persigue conocer y, la voluntad, amar. Ya en la Antigüedad se explicaba que no podemos querer nada que no sea previamente conocido (nihil volitum nisi praecognitum).

Situándonos en la época antigua, Platón menciona en El banquete (El Banquete, 2014) que este deseo, esta necesidad de amar, implica la no posesión del objeto perseguido (¿Cuándo desea y ama Eros lo que desea y ama: cuando lo posee o cuando no lo posee? Cuando no lo posee, según parece (200 a-b)). Esto se debe a que, para que algo se convierta en objeto de nuestro deseo, tenemos que, naturalmente, no poseerlo de forma previa, y que sea esta no-posesión lo que de lugar al afán de tenencia. Así nace la Filosofía en la Grecia Clásica: fruto del asombro por los fenómenos de la naturaleza y por la búsqueda incansable de un porqué que les dé una explicación racional a todos ellos.

La filosofía nace, pues, por la necesidad de conocimiento. Y se sigue desarrollando, de ahí en adelante, por el amor a ese conocimiento.

Esta concepción del conocimiento va a seguir desarrollándose a lo largo de la Antigüedad, y llega a la Edad Media de una forma un tanto distinta. Con el desarrollo de la mística, se pone como objeto último de la sabiduría, no el conocimiento de las leyes naturales ni el conocimiento por sí mismo, sino el conocimiento de Dios (que nos pueda llevar a la unión con Él). De esta manera, se seguirá gestando la Filosofía a lo largo de estos diez siglos movida por un motor potentísimo y sin ningún precedente: el amor a Dios. Veremos cómo este amor busca perseguir la aprehensión, la unión, con Dios, y que tiene su origen (en autores como Boecio o San Bernardo del Claraval) en el autoconocimiento, en la reflexión sobre uno mismo. Esta grandísima innovación, como fue la añadidura de la propia introspección en el camino del conocimiento, fue, en mi opinión, la mayor de las aportaciones de la filosofía medieval al mundo moderno.

Con la pérdida de Dios en la época moderna, no cesa, sin embargo, la actividad filosófica. Y esto implica, sin lugar a dudas, que la filosofía existe porque algunas personas la necesitan. Que la filosofía existe porque la buscamos, ya que la amamos. Al descubrirse solo en el mundo, el hombre moderno indagará acerca de la razón de su existencia en sí mismo y en su capacidad racional y, será de nuevo la Filosofía quien le otorgue respuestas y, cuanto menos, consuelo. Encerrarse dentro de sí y filosofar desde el adentro es la labor propia que ha perdurado hasta nuestros días y que nos ha dado, a muchos de nosotros, el trasfondo de nuestra pasión más profunda; el milagro de sentir tan grandísima vocación.

La vida del aficionado a la filosofía no es sencilla porque el conocimiento no es sencillo, al igual que el amor. No obstante, mantienen un eje central en común, porque ambos merecen completamente la pena. Así lo demuestra este breve recorrido acerca del desarrollo de la Filosofía a lo largo de la Historia, siempre en consonancia con la pasión al conocimiento y la indagación de preguntas; siempre en eterna búsqueda de respuestas.

Bibliografía

El Banquete. Platón. (2014). Gredos

Imagen | Pixabay

Artículo de:

Macarena Carabantes Martín (autora invitada):
Estudiante de Filosofía y Lengua y literatura española en la Universidad Rey Juan Carlos. Con muchísimas ganas de aprender y, sobre todo, de vivir.

Cita este artículo (APA): Carabantes, M. (2023, 05 de marzo). El amor como motor de la filosofía. https://filosofiaenlared.com/2023/03/el-amor-como-motor-de-la-filosofia
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por autores invitados

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