El presente artículo pertenece a la segunda conferencia de nuestro evento anual en honor a la filosofía, la FILOCONF 2022, llevado a cabo 18 al 20 de noviembre de 2022. Puedes revivir todo el evento en nuestro canal de YouTube.

Filosofar es, sin espacios abiertos al paso de la duda, formular preguntas que emerjan de lo incómodo y por ello, denuncien las realidades que han de ponerse en tela de juicio. Vicente Sanfélix Vidarte (2014) plantea, en su artículo Apología de la idiotez. Elogio de la filosofía, el siguiente interrogante: “si la filosofía es importante en nuestra sociedad, ¿por qué esta la pone en peligro?” (p. 374). Lo óptimo sería que nadie quedara impasible ante la pregunta. El filósofo introduce, sin escrúpulos, el dedo en la llaga de lo que ha de denunciarse. En ese oscuro proceder reside una sensación similar al espanto que produce hablar de lo escatológico durante una velada formal. La postura de Sanfélix enlaza sin fisuras con la propuesta —que pretende ser clara y refrescante— de la presente reflexión, que no es otra que afirmar la misión de la filosofía como compromiso con aquellos retos que lo son por haber nacido de la incomodidad. Ello mismo supone jugar un papel que debe interpretarse con tino, alejándose de las prisas y las miradas que reprueban la conducta del que busca encontrar. La fuerza de la filosofía reside en su ímpetu y determinación para abrir la puerta a todas esas reflexiones que se etiquetan bajo el signo o la losa de lo incómodo, una consideración tan peyorativa como acertada. Peyorativa desde la intencionalidad de los detractores, como no podría ser de otro modo; pero acertada para ejercer una filosofía de espíritu libre.

Incomodar y revolver tripas con la fuerza de un susto es parte integrante de la clave. Llevar a cabo tal empresa —que no es poca cosa ni de risa— pasa por alejarse de lo comúnmente establecido: cerrar los libros de cuando en cuando para tomar aire y abandonar la torre de marfil, sin caer en la casi bíblica tentación de mirar atrás, a riesgo de ser incapacitado de por vida. Las piedras o las sales no pueden filosofar.

El carácter impertinente de la filosofía —su manía por rebuscar entre los desperdicios del mundo— choca de frente con los dictámenes de las sociedades, sobre todo en esta nueva era determinada por el gobierno e inmersión de lo tecnológico. Afirma V. Sanfélix (2014) que “los filósofos suelen estar en el punto de mira de fusil reductor de los políticos” (p. 374), no obstante, la realidad del plano tangible supera la ficción de la imaginación: los filósofos estamos en el punto de mira del sanguinario rifle que pertenece a buena parte de la sociedad. Me refiero al comunitario rifle del abandono que, a pesar de ser común para unos y otros, poco o nada sabe acerca de lo colectivo, de la colaboración y la entrega. Hablo, por ende, de un rifle que es capaz de persuadir a las bocas para cerrarse y a los análisis para no efectuarse. Los juicios que escapan de entre los colmillos de un filósofo, bien pueden aguar cualquier fiesta o reunión, por jovial que sea. La sociedad se revuelve furiosa contra el ojo que mira sin lentes, contra el azote de un frío punzante que humedece los recovecos del cuerpo humano. Podría acudirse a otras líneas de pensamiento que refuerzan lo compartido hasta el momento, como es el caso de algunos trabajos de José Sanmartín Esplugues.

Sanmartín Esplugues (2014) se ha referido a este desalmado fenómeno de dejar la filosofía de lado y es que, la filosofía “no goza hoy de tan buena salud” (p. 157). Aun pareciendo una causa perdida, hay batallas que sí pueden ganarse. No son pocas, podría decirse. Lanzarse al ejercicio de la filosofía —iniciarlo— no es sencillo, porque fácil no es despegarse de los tapujos. Es necesario no sentir miedo cuando el abismo se muestra seductor. Una de las tareas básicas [vitales] del filósofo es romper esquemas e ignorar tabúes. Reflexionar sobre las realidades del mundo que nos ha tocado habitar es armarse de valor para mantener una actitud crítica e impertinente. Las voces populares —e incluso aquellas que no lo son tanto— se levantan constantemente, aferrándose al estulto grito que anuncia la guerra del ya está todo inventado. Es posible, como también cabe la posibilidad de lo contrario. Pero las posibilidades, sean cuales sean, no limitan ni reducen la necesidad de pensar el mundo desde el alimento de las voraces fauces de la impertinencia.

Formular preguntas es denunciar

Hablar de impertinencia no es defender la mala educación o ausencia de filtros, conductas tendenciosas en los últimos tiempos. Tampoco es fomentar todo aquello que se etiqueta bajo el reinado del negacionismo. No. La impertinencia no es otra cosa que levantar la polvorienta alfombra que es la realidad vigente, echarse al suelo con lo puesto —o desnudo— y observar qué es lo que hay en el submundo, donde reinan las pelusas y las migas. Normalmente, lo que se encuentra no es más que maloliente polvo, suciedad e insectos de características tan aterradoras como indecibles. No obstante, nada de malo hay en ello: toser, tomar aire y continuar mirando sin perder detalle. Tanto José Sanmartín Esplugues como Vicente Sanfélix Vidarte o Darío Sztajnszrajber son filósofos que bien casan con lo que acaba de expresarse, pero deberíamos casar todos los que ostentamos la losa sobre la espalda, para ejercer nuestra tarea.

El curso habitual de las sociedades —su particular y luciferina misión— es barrer debajo de esa desvencijada alfombra. Barrer es ocultar. Esconder, silenciar e invisibilizar. El objetivo principal de la presente propuesta es quemar la alfombra por medio de la filosofía, es decir, formulando preguntas impertinentes como sinónimo de denuncia. Se han escogido dos de esas realidades a reflexionar: el estado de la salud mental en la sociedad contemporánea y la inmersión de la tecnología en cada dimensión de lo humano.

El sentido de palabra filosofía no expresa otra cosa que la búsqueda del saber y el amor al conocimiento. No cabe duda de ello, pero, de algún modo, titubeamos al pensar en el conocimiento, como si fuera algo tan absoluto como solemne. No tenemos claro de qué tipo debe ser y pareciera, no en pocas ocasiones, que únicamente es conocimiento válido aquel que emerge o se adquiere en los interiores de las torretas de marfil que hacen las veces de academias, pero también de personas. La academia no es el único lugar desde donde se hace filosofía, ni mucho menos. Cuando se comparte este tipo de afirmaciones, hay quien tiende a pensar que se trata de un ataque directo a la academia con la pretensión de hacerla desaparecer del mapa. Este pensamiento es similar al que ve en la impertinencia un signo de mala educación, de incapacidad de adaptarse a los usos sociales. La academia es tan necesaria como la filosofía, Bula y Rodríguez (2016) consideran que “a la academia, considerada en su totalidad, le corresponden dos tareas, la de ser pertinente y la de ser impertinente” (p. 126). Se trata de una afirmación muy acertada, que puede materializarse ampliando los espacios académicos a través de la inclusión de cuestiones de actualidad, de reflexionar sobre lo que es denunciable. En filosofía, es común que haya ciertas reticencias al estudio de fenómenos actuales que escapen a la línea más histórica y clásica de la filosofía. Reflexionar sobre el empleo de las tecnologías y entre ellas, los videojuegos, es uno de esos temas que lucha por hallar su hueco y no lo tiene nada fácil. Bula y González (2016) han incidido en ello más de una y dos veces, pues “es importante cumplir ambas funciones: las sociedades puramente pertinentes serían ciegas; y en las puramente impertinentes los estómagos estarían vacíos” (p. 126).

Análogamente, no pocas veces se aleja la filosofía de la realidad por centrarse en cuestiones desactualizadas e incluso debido al lenguaje. Los filósofos pueden alejarse del mundo real si los usos y las formas de su lenguaje son contrarios a la claridad. Es necesario hacerse entender. Habita una suerte de narcisismo enfermizo en el lenguaje enigmático, en los consabidos no me van a entender, no puedo explicar lo que quiero explicar, es demasiado complicado. Posando los pies sobre la tierra húmeda o seca, es desde donde se conoce el mundo. Retornar a Sanmartín es, una vez más, necesario. En su Ensayo de filosofía impertinente (2014) hizo referencia a lo que se acaba de mencionar, abogando por un lenguaje claro y cristalino, sin evitar referirse a lo que hay que referirse. Sanmartín lo explicaba de un modo magistral, acudiendo al ejemplo del filósofo José Ortega y Gasset:

[…] Era tan rico en sus planteamientos como cristalino en la exposición. […] Lo hizo con claridad, pero sin concesiones. Lo que quería tratar, lo abordó, por complejo que fuera. Su verbo se encargaba de acercarlo al espectador de modo brillante y nítido.

(Sanmartín, 2014, p. 148)

Es harto complicado interiorizar que el conocimiento bien puede ser más, que conocimientos análogamente son otros. El proceso de búsqueda de conocimiento —adquirirlo— no es un paseo sobre terrenos llanos. Los caminos no son lisos. A finales del año 2021, di una conferencia invitada por el Ateneo Nacional de la Juventud de la Ciudad de México, en la que hablaba de la búsqueda del conocimiento equiparándola a una senda sinuosa, puntiaguda y habitada por insectos venenosos. Continuaba afirmando que la caminamos descalzos, con los pies sangrientos y doloridos; dejando patente que es ese punto al que debemos llegar, puesto que un importante porcentaje de realidades sobre las que debemos poner el foco de atención se encuentran en lares a los que se accede por caminos tortuosos.

Retornando al artículo de Sanmartín, se establece que dentro de la filosofía hay diversas ramas, dentro de las cuales se pueden clasificar en molestas y lo contrario. La filosofía es molesta “cuando filosofar consiste en plantearse preguntas radicales, críticas, en los ámbitos éticos, político, económico y social” (Sanmartín, 2014, p. 158). Las tareas fundamentales de los filósofos deben ir más allá de las comúnmente asumidas como suyas e inseparables del ejercicio reflexivo. El interés y la fuerza del cambio no están ya, por ejemplo, “en deshacer embrollos lingüísticos con actitudes hacia el resto de la filosofía rayanas en el desprecio petulante” (Sanmartín, 2014, p. 158). Los objetos de la filosofía son muchos y, además, variopintos. El objetivo, sin embargo, es uno y desde luego, no es analizar lo que se enclaustra entre los muros de la comodidad. La filosofía debe lanzarse a la formulación -y reformulación- de interrogantes con el fin de hallar las raíces de las cuestiones, es por ello que José Sanmartín Esplugues define la filosofía como un saber radical.

Solo mediante la radicalidad o la impertinencia —la formulación de preguntas que hacen las veces de denuncia—, se descubren, se ponen de manifiesto innumerables realidades incómodas, “es lo que hace de la filosofía no solo una actividad molesta, sino incluso una actividad peligrosa. […] Una actividad que, en su esencia, es difícilmente domesticable. Una filosofía claramente impertinente para lo establecido” (Sanmartín, 2014, p. 161). Encontramos en Sanmartín una reivindicación, a capa y espada, de la filosofía impertinente, del caldo de cultivo del que debe emerger el interés filosófico, la forja del carácter del filósofo que pugna por escapar de entre los muros que le atrapan. La filosofía debe ser capaz de solventar sus rencillas internas para dejarse volar, salir al espacio abierto que es la vida en el mundo que se habita: los pies posados sobre el suelo, unos alientos mezclándose con los otros. El ser humano con el ser humano, la sociedad y sus valore sometiéndose a tela de un juicio reflexionado que busque los cambios pertinentes para redirigir el curso de las sociedades.

La misión del filósofo es meter el dedo en la llaga y buscar más allá de lo que inicialmente pensábamos. En la sociedad, llagas hay muchas, e infecciones, más. Parece que viviéramos sorteando las erupciones de las heridas que se han infectado demasiado. Este tipo de referencias no tienen otro objetivo que el de incomodar para empujar a la reflexión.

¿Qué retos debe asumir
la filosofía en la actualidad?

El avance tecnológico ha traído consigo nuevas temáticas y áreas de reflexión. El ser humano de las sociedades digitales [se] vive más en el plano digital que en el tangible. Y cuando afirmo que vive o se vive, es porque los humanos hemos sido totalmente capaces de migrar, con todo aquello que somos, al mundo de lo digital. Nuestros modos de ser —pero también los de hacer— se han modificado o reformulado en aras de la inclusión de las nuevas tecnologías y el uso de dispositivos electrónicos dotados de IA en nuestra vida cotidiana. Desde lo más simple como efectuar una compra en línea hasta lo más complejo como es la identidad, han atravesado un completo proceso de digitalización, que ha derribado las barreras y obstáculos del mundo tangible para extender nuestras existencias sin límites.

Dentro de ese marco tecnológico de las sociedades digitales, cabría referirse al videojuego y no solo por sus casi incalculables aportes al sector económico, sino la evolución de su papel en la vida cotidiana y las sociedades. El videojuego no es ya un elemento puramente lúdico, es decir, no existe para ludificar nuestras existencias o un fragmento de ellas. No rellenamos espacios de tiempo y ocio con los videojuegos, sino que continuamos viviendo, pero en otro plano. De estas consideraciones se derivan preguntas que están indiscutiblemente relacionadas con la filosofía como tarea impertinente; preguntas que deberían formularse en voz alta y sin miedo.

El videojuego, desde sus albores, se ha equiparado a una irresponsable falta de disciplina y pérdida de tiempo. Algunos sectores de la sociedad se han levantado —constantemente— contra los videojuegos, como si estos fueran tan poderosos —o demoníacos— que albergaran el origen de todos los problemas sociales, sobre todo aquellos donde la violencia lleva la voz cantante. Análogamente, se han comprendido como un genio malvado que rompe con el carácter social del individuo. Pero el ser humano es un zoon politikon y seguirá siéndolo, únicamente cambian los medios o canales: no siempre se socializa en el mismo espacio del plano tangible, ni desde la dimensión del cuerpo biológico, la existencia puramente física. Es posible, hoy día, socializar desde otras dimensiones como lo son los avatares o las partidas online. No son pocas las relaciones de amistad —e incluso de carácter sentimental y/o romántico— que han nacido en el mundo virtual.

Sea como sea, el videojuego no tiene por qué ser un arma que nos torne irremediablemente violentos y sociópatas, como tampoco es antagonista de la socialización. El videojuego no es una herramienta para la creación de hikikomoris, el videojuego es otro modo de habitar el mundo, de existir en él ampliando sus horizontes.

Ha llegado el momento de formular preguntas incómodas relacionadas con la era tecnológica y más concretamente, el uso de videojuegos. Cuando se dan situaciones incómodas, el ser humano tiende a reprender, a buscar culpables y establecer castigos. La filosofía pocas veces ofrece una solución única y momentánea, no ostenta ese poder. La filosofía debe, primero, formular preguntas que ahonden en lo que nos molesta y no queremos verbalizar en voz alta. ¿Por qué preferimos habitar el mundo digital, casi olvidando que también somos un cuerpo físico y biológico, dejando de lado el tangible? ¿Qué le ocurre a la realidad para que deseemos huir tan a menudo? ¿No sería más adecuado tratar de explorar las razones que demonizar?

La filosofía posee —y esto tampoco debería discutirse— un férreo compromiso con todo aquello que se etiqueta como marginal: los mundos del subsuelo, que son los que esconden vidas míseras a ojos de un sistema que todo lo determina. Las existencias que se invisibilizan y el dolor deben ser un tema de reflexión recurrente en la filosofía para hallar y establecer un canal de denunciar. El caldo de cultivo de estas realidades es apestoso, por eso cuesta tanto acercarse y tomar la decisión de llevarse una cucharada a la boca. Es ese mejunje o brebaje el que nos sepulta hasta el interrogante. Lo apestoso es aquello que incomoda: los olores del fracaso, las visiones del que no puede más, las sensaciones que producen las existencias que, socialmente, consideramos incompletas. Nada hay menos deseable que preguntar sobre lo que sabemos que tenemos, en una medida u otra, culpa. O un porcentaje de culpa más o menos elevado. Siguiendo en la línea de los malos olores, todos estamos en el ajo.

Las enfermedades mentales —el tabú y la expulsión de los enfermos de toda posibilidad de vivir como el resto— entran en el lodoso barrizal de lo que es marginal. Los enfermos mentales —detesto referirme de este modo, pero aún menos me gusta hablar de trastornos— siguen siendo los grandes olvidados. Tal vez hoy no los introduzcan en bañeras de agua helada o extremadamente caliente para meterlos en cintura porque no se adaptan a lo normativo, pero siguen sufriendo un maltrato estructural que bien podría etiquetarse de malvado. España no es un ejemplo en cuanto a fomento de la salud mental se refiere, con un sistema sanitario expoliado y que hace oídos sordos a las peticiones de los que sufren. El año 2020 se cerró —con un sonoro portazo que atrapó y cercenó los dedos de unos cuantos miles de seres humanos— con la escalofriante cifra —eso somos, cifras— de 3.941 suicidios. Cuando hablé en el Ateneo Nacional de la Juventud de la Ciudad de México, enuncié lo siguiente en voz alta:

España, no pocas veces, es inhabitable cuando el sufrimiento se nos instala ahí dentro. Observo a la gente y veo, al mismo tiempo, cómo sus ojos anhelan la muerte, el fin de la angustia y el sufrimiento.

La alarmante situación de los sistemas de salud pública es material suficiente para formular una pregunta incómoda que dé inicio a una denuncia. Asimismo, habría que preguntar una y otra vez sobre las enfermedades mentales, qué son y quién las clasifica; qué es normativo y qué no. ¿Qué hay de la identidad del ser humano que hay tras el psicofármaco? ¿Cuántos suicidios hubieran podido evitarse si denunciáramos antes de tiempo, si se hablara desde la impertinencia que nos confiere la filosofía?

Bibliografía

Bula, G. & González, S. A. (2016). Filosofía y felicidad. Revista de la Universidad de La Salle, 69 (2016), 117-135.

Sanmartín, J. (2014). Ensayo de filosofía impertinente. SCIO, 10, 145-166.

Sanfélix, V. (2014). Apología de la idiotez. Elogio de la filosofía. Ludus Vitalis, 41 (XXII), 373-376.

Sztajnszrajber, D. (2018). Filosofía en 11 frases. Paidós.

Sztajnszrajber, D. (2013). ¿Para qué sirve la filosofía? Planeta.

Imagen | Unsplash

Cite este artículo (APA): Sánchez, E. (2023, 19 de marzo). La impertinencia: filosofar es formular interrogantes. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2023/03/filosofar-es-formular-interrogantes

Artículo de:

Esther Sánchez González (autora invitada):
Doctoranda en Filosofía (UNED); y docente de Filosofía de la Ciencia en la Universidad del Azuay. Maestra en Filosofía Teórica y Práctica en la especialidad de Lógica, Historia y Filosofía de la Ciencia; graduada en Filosofía y graduada en Educación Primaria.

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por autores invitados

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