Como parte de nuestra alianza con la "Revista Esfinge", mensualmente compartimos en ambas publicaciones "filosofía en el espejo", una columna que, bajo las perspectivas de sus responsables editoriales, reflexiona en relación a un tema específico.

Hace unos 2.500 años, Platón, en La república, explicó1 que los filósofos debían ser como los
perros, capaces de distinguir lo propio de lo ajeno, siendo “lo ajeno” aquello que no es propio del
ser humano y “lo propio” lo que sí lo es. Esta ha sido, justamente, una cuestión esencial dentro de
la filosofía: comprender qué es lo que identifica realmente a los seres humanos como tales, frente
a aquello que solo aparenta serlo.

Vivimos ahora un curioso momento histórico, en el que ponemos a prueba cada día las
habilidades de la tecnología ChatGPT para crear artículos de prensa, trabajos escolares,
discursos, imágenes
… o para elaborar conversaciones. Nos reímos cuando se equivoca o dice
algo que nos parece tonto, y nos sorprendemos cuando leemos un texto coherentemente escrito
por ella. Entonces nos preguntamos inquietos si esto que llamamos IA podrá, en algún momento
futuro, despertar y rebelarse contra nosotros por nuestro pésimo papel como “reyes de la
creación”. No se puede negar que nos gusta el drama.

Este es un buen momento para seguir preguntándonos qué es lo que verdaderamente nos hace
humanos. Hay que partir de la base de que, a pesar del gran conocimiento que existe ahora
acerca de la evolución humana y nuestra estructura neurológica, lo que desconocemos sobre
nosotros mismos es inmensamente mayor que lo que hemos logrado saber. Teorías hay muchas,
pero ninguna con pruebas sólidas acerca de cómo y por qué surge la autoconciencia en el ser
humano y, de ahí, todo lo demás. Se habla del aumento en el tamaño del cerebro, del cambio de
dieta, de las conexiones de la corteza… pero tampoco hay nada que respalde a ciencia cierta que
fue el aumento de las conexiones, el tamaño o el cambio de dieta lo que propició que prendiera
esa “chispa” o si fue la aparición de esa chispa la que indujo el cambio en todo lo demás.
Biológicamente, compartimos un 99% del ADN con los chimpancés, lo que quiere decir que en el
1% que nos diferencia está el inmenso abismo que nos separa.

Como todas las II.AA., ChatGPT (y otras por el estilo) ha sido sobrealimentada con una ingente
cantidad de datos sobre nuestros comportamientos, deseos, salud, gustos y disgustos (reales o
ficticios), y se han ajustado una y otra vez sus algoritmos para que ofrezca respuestas
aparentemente espontáneas y “propias”. Leemos en la prensa, no sin cierto amarillismo, que “La
IA impulsada por Microsoft insulta a los usuarios y cuestiona su propia existencia2”.
La máquina, incapaz de distinguir por sí misma lo bueno de lo malo, ha excretado sin mayor
criterio lo que ha logrado digerir de la informe masa de información que ha recibido. Viendo
mentiras, ha mentido; viendo dudas, ha preguntado; viendo odio, ha pronunciado palabras de
odio; viendo los enfrentamientos, se ha situado en el enfrentamiento. ¿Quiere esto decir que es
mentirosa, que tiene dudas, que odia o que está de acuerdo con el nazismo o con eliminar a tal o
cual grupo humano?, ¿Quiere esto decir que sus respuestas son fruto de una conciencia propia
que ha surgido espontáneamente por nuestra habilidad como creadores, demostrando así que la
nuestra (nuestra conciencia), surgió tan espontáneamente como la de la máquina y nada hay por
encima de nosotros en cuanto a poder para igualarnos a las decadentes ideas sobre la divinidad?

Lo cierto es que la conciencia humana no se basa solo en acumular datos y tomar decisiones,
existe un enorme mundo emocional y sentimental en el que nos basamos para hacer nuestras
elecciones, a veces incluso de manera inconsciente. Para bien o para mal, ese “factor humano”,
es lo que nos ayuda a crecer y mejorar como personas, priorizando a veces la relación humana
sobre la óptima eficiencia, razón por la que algunos han llegado a considerar ese “factor humano”
como un error que las máquinas pueden subsanar. Sin embargo, algunos de nosotros han sido
capaces de realizar las mayores atrocidades justamente por su incapacidad para reconocer en los
demás las mismas inquietudes, deseos, necesidades y dolores que ellos consideran propias y
mejores, y los hay, en cambio, realizan verdaderas heroicidades cotidianas sacrificando tiempo,
dinero y esfuerzo por ayudar a otros, sin importarles las consecuencias para él mismo. Para
nosotros, los humanos, decidir implica también ser consecuentes con los resultados de nuestras acciones, arrepentirnos, aprender, mejorar, recordar, sufrir por lo que hicimos mal, buscar
redención, soñar con nuevas oportunidades, rebelarnos contra las injusticias, sobreponernos a la
adversidad, amar, cuidar, preocuparnos, crecer y preguntarnos con inquietud y curiosidad por
nuestro destino, por lo que nos trajo a este complejo mundo y lo que inevitablemente nos hará
abandonarlo tarde o temprano.

El juego de la imitación puede ser peligroso si no tenemos claro que, lo que nos identifica, lo que
somos, no son las respuestas elaboradas con recortes de otras respuestas; tampoco somos
decisiones lógicas, ni frases gramaticalmente correctas, ni el resultado de la programación de
nuestro código genético como equivalente humano del algoritmo que los humanos hemos escrito
para las máquinas. Hemos creado patrones para que parezca que eligen, como si comprendieran
la profundidad inherente en las cosas, como si algo en su interior pudiera decirles lo que está bien
y lo que está mal, como si su “conciencia” les llamara a intentar hacer el bien, como si fueran
conscientes de las posibles consecuencias, sintieran en su “estómago” la inquietud que nos da a
nosotros el miedo a cometer un error, y tomaran una decisión como si realmente hubieran
decidido algo y pudieran ser responsabilizadas de sus actos.

Todo esto no es más que una apariencia, y mientras el ser humano no dedique más esfuerzos a
conocerse y mejorarse que a generar copias deficientes de sí mismo, esa verdadera humanidad
seguirá oculta, ignorada por el mismo orgullo que, según aquel viejo relato hebreo, creó al Golem.

Artículo original de:

Fátima Gordillo (Cord. Revista Esfinge):
Periodista, consultora y profesora de oratoria y teatro. Ha trabajado como redactora en el diario Granada Digital y en las revistas Computer Hoy y Tek’n’Life, entre otras. Actualmente, coordina el magazine digital Revista Esfinge.

Notas

[1] Almandós Mora, L. V., & López Gómez, C. (2020). Fiero y Manso: la figura del perro en la República de Platón. Eidos: Revista de Filosofía de la Universidad del Norte, (33), 76-104.

[2] Armero, R. (2023, 15 febrero). ChatGPT comienza a enviar mensajes perturbadores a sus usuarios. Business Insider España. https://www.businessinsider.es/chatgpt-comienza-enviar-mensajes-perturbadores-usuarios-1200884

[3] Wikipedia. Gólem. https://es.wikipedia.org/wiki/G%C3%B3lem

Imagen | Unsplash

Cita este artículo (APA): Gordillo, F. (2023, 17 de marzo). Frente a la IA, es el momento de preguntarnos qué nos hace humanos. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2023/03/frente-a-la-ia-es-el-momento-de-preguntarnos-que-nos-hace-humanos
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por Revista Esfinge

La Revista Esfinge promueve el conocimiento, la reflexión y el diálogo, como medios que proporcionen, en estos tiempos convulsos, herramientas válidas para el respeto y la convivencia de los seres humanos entre sí y con su entorno, porque lo que nos une es mucho más poderoso e importante que lo que aparentemente nos separa.

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