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He admirado a Hipatia desde que se estrenó Ágora, de Alejandro Amenábar, en 2009. Me fascinó la valentía de esa mujer que, en el Egipto del siglo V, reivindicó la libertad, la tolerancia y (más revolucionario aún), el papel intelectual de la mujer.

Esa es la faceta de Hipatia que más conocemos, la filosófica e intelectual, pero hay algo más que fue lo que me hizo adoptar su nombre para ver si se me pegaba algo de ella. Mi “nombre virtual” desde hace muchos años es Hipaticus1: una mezcla entre Hipatia y Atticus Finch, protagonista de Matar a un ruiseñor. Ambos personas valientes que se enfrentaron a la sociedad de su época para defender lo que creían justo. En países distintos, en siglos distintos, desde disciplinas distintas.

Pero ese tipo de personas son las que han transformado el mundo, y quién sabe, entre los personajes que hoy causan controversia, qué persona será conocida en el futuro como transformadora de nuestro tiempo. ¿Quién será la Hipatia de nuestro siglo? O la de nuestra generación, teniendo en cuenta la velocidad a la que evoluciona la sociedad hoy en día.

Puede que se haya democratizado incluso ese empuje social, de manera que ya no recae en una persona que acaba siendo mártir (ya que a Hipatia la desollaron por oponerse a los excesos del poder religioso), sino que se trata de miles de personas orientando el pensamiento en una nueva dirección.

Pero aún no he hablado sobre el motivo por el que Hipatia me llamó especialmente la atención. Cuando vi la película Ágora tenía 19 años, y en esa época la mayoría tenemos aún bastante idealizado el amor, tener pareja, finales felices y demás fantasías. Cuando vi a esa mujer ignorando completamente a un chuiquito bastante majo que estaba perdidamente enamorado de ella (después me di cuenta de que quien interpreta a ese personaje era Oscar Isaac), pensé: “ostras, le da igual.” El romanticismo le da exactamente igual. Le importa la ciencia, la filosofía, la justicia social; pero no se distrae con relaciones amorosas.

¿Podía yo hacer lo mismo? Lo cierto es que no. Mi corazón era inquieto y el (des)amor era gasolina para mi creatividad literaria. Pero era reconfortante saber que ella podía concentrarse de esa manera en menesteres abstractos e intelectuales.

De hecho, investigando más, averigüé que Hipatia se casó con el filósofo Isidoro, pero era algo así como asexual. No tenía interés en las relaciones carnales, y de hecho lo más probable es que la relación con su marido fuese meramente espiritual.

Cuenta la historia que cuando un discípulo le confesó su amor a Hipatia, ella le arrojó un paño manchado con su sangre menstrual, espetándole: “De esto estás enamorado, y no tiene nada de hermoso”. Curiosa forma de espantar a un pretendiente, la verdad.

Otra versión cuenta que Hipatia aconsejó al alumno que orientase esas pasiones a algo verdaderamente provechoso, cosa que evidentemente ella ya hacía con la astronomía y con su escuela neoplatónica.

Su legado es tan valioso a tantos niveles, incluido el personal, que para mí es un orgullo relacionar mi nombre con esta filósofa, con esta científica que merece ser recordada mucho más de lo que es ahora, al nivel de nombres como Ptolomeo, Ganímedes o Aristóteles.

Notas

[1] Puedes encontrarla con dicho seudónimo en Instagram, TikTok, YouTube y Twitter

Artículo de:

Rocío Villena (autora invitada):
De Granada (España). Estudió psicología y marketing, aunque sus verdaderas pasiones son la filosofía y la escritura. Ha publicado 3 novelas: La geometría del caos, Los huracanes de la memoria, y Las reparadoras pesadillas de Ariana.

Imagen | Wikipedia

Cita este artículo (APA): Villena, R. (2023, 08 de marzo). Las estrellas de Hipatia. https://filosofiaenlared.com/2023/03/el-amor-como-motor-de-la-filosofia
#8m, #8m2023, #Ágora, #día de la mujer, #Hipatia

por autores invitados

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