El presente artículo es una re-edición de un texto publicado originalmente el 08 de enero de 2017 en la versión anterior de Filosofía en la Red. 

En la mayoría de los sistemas judiciales (no sé si en todos), en cada caso hay una parte defensora y otra acusadora. A cada parte se le dota de incentivos para cumplir su misión lo mejor posible. El abogado defensor se juega su reputación y su dinero. Lo mismo el fiscal. De este antagonismo se espera que salgan a relucir toda la información y pruebas relevantes para que el juez pueda dictaminar con justicia. Sería absurdo decir que el abogado es el bueno y el fiscal el malo, o al revés. Ambos son necesarios para que el sistema funcione según lo esperado.

Imaginemos ahora (síganme aquí durante un rato, luego se pondrá en contexto y se matizará mucho) que la relación de las diversas opiniones en una sociedad responde en por lo menos una parte a la dinámica del párrafo anterior. Por ejemplo, la izquierda propone medidas y lucha por alcanzar objetivos sin tener demasiado en cuenta las restricciones, mientras que la derecha se preocupa por las restricciones y pasa de luchar por ideales. O por poner otro ejemplo, los nacionalistas periféricos piden más concesiones del gobierno central, quien se ocupa de rechazar las menos realistas o imposibles. Así, los progresos habidos en la construcción del estado del bienestar desde la segunda guerra mundial son resultado de negociaciones y pactos, pero también de un tira y afloja entre quienes quieren más y quienes quieren menos. ¿De quién ha sido la construcción, de los que más reivindicaban, incluso reivindicando lo imposible o de los más comedidos, incluso siendo comedidos en lo posible? El resultado es fruto de la interacción y la dinámica social. Si la historia es como estoy diciendo, no tiene sentido hablar de buenos y malos, ni de mayor catadura moral de unos o de otros. Claro que cada individuo, adscrito a una de las posiciones, verá claramente la necesidad del papel de él y de los suyos en todo el proceso. Tendrá razón, pero solo la mitad.

Ahora viene la matización a lo anterior y el contexto.

No quiero con el párrafo anterior abogar por la tesis de que los avances sociales hayan sido así todos ellos o una parte importante. Tampoco quiero señalar ninguna equidistancia moral entre izquierda y derecha o entre nacionalismo periférico y gobierno central. Lo que quiero señalar es lo siguiente: mucho del lenguaje y del argumentario de gentes de izquierda y derecha (y de otros grupos que se oponen entre sí) parecen responder a la dinámica anterior. Gente de izquierdas pidiendo lo imposible en temas económicos (políticas sin contrapartida presupuestaria, por ejemplo), gente de derechas haciendo lo propio (políticas sin análisis sobre su funcionamiento, también por ejemplo). Sindicatos que piden más poder para el trabajador, empresarios que piden más poder para sí mismos, ecologistas que quieren todo 100% natural y renovable…

Si uno adopta la postura de solicitar cuanto más mejor para una parte, y la otra se encargará de solicitar para sí mismo, ese uno estará abandonando la idea de construir un discurso completo, y se eliminará como referente para hacer diagnósticos y propuestas sensatas que sirvan para organizar mejor la sociedad. No debería extrañarse que los demás no den demasiado pábulo a posibles.

Artículo de:

José Luis Ferreira (colaboración):
Doctor en Economía por Northwestern Univ. Profesor en la Univ. Carlos III.

Imagen | Unsplash

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Artículos publicados en la versión anterior de Filosofía en la Red (previo al 11 de septiembre del 2020). Se publican como parte del proceso de rescate de textos.

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