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Una de las propuestas éticas más influyentes de la actualidad es la de Immanuel Kant. Su imperativo categórico ofrece una fuerza conceptual del deber que muchos filósofos han asumido y desarrollado con posterioridad. No obstante, esta fuerza supone, también, una propuesta muy arriesgada, en la que no hay medias tintas cuando analizamos qué es lo bueno y qué es lo malo. Para Kant, el deber es una obligación más allá de nuestra individualidad y que hay que cumplir aunque permitamos, con ello, otras injusticias. No importan las consecuencias, sino el deber. No obstante, cabe preguntarnos si esto puede ser tan sencillo o no.

De la razón teórica
a la razón práctica

En el desarrollo de la ética kantiana, la idealidad de los valores, que reside en la búsqueda de una certeza universal sobre el deber, desplaza del centro de la ética la preocupación por las condiciones prácticas. Las condiciones individuales y sociales en las que actuamos, que antiguamente fueron para Aristóteles aspectos fundamentales de su sistema ético, no son para Kant definitorios del deber, sino accidentes que pueden enturbiar nuestro juicio.

¿En qué se fundamenta tal cambio de criterio? Kant está buscando el deber en sentido universal, un criterio para dictaminar el bien del que no quepa duda. Ante ello, encuentra que en las condiciones prácticas, y especialmente individuales, se siembran desacuerdos y el interés personal se entromete en las elecciones morales. La preocupación por las consecuencias de los actos, y en especial en cuanto nos afectan personalmente, hacen variar nuestra idea del deber. ¿No habría que buscar, entonces, un imperativo puramente formal, más allá de los contenidos morales particulares?

Ahora bien, ante el mismo problema podemos plantear una solución diferente. Buscando, del mismo modo, un criterio del que no quepa duda, podemos afirmar lo siguiente:

1) El conocimiento certero, el indubitable, desde la razón teórica, acaba siendo el hecho de conocer, y en él mismo hay que indagar acerca de las reglas que rigen el saber. Tal es el propósito de la metafísica desde Descartes y el principal interés de Kant en la Crítica de la Razón pura.

2) La ética es una filosofía práctica. Aunque la fundamentemos sobre un sistema teórico más amplio, la discusión sobre tal sistema teórico queda en suspenso al centrar nuestra atención en lo práctico.

3) La única certeza indubitable que hallamos en la filosofía práctica es su misma practicidad, el hecho de de actuar o comportarse de cierto modo; la intuición directa del “yo actúo” (al estilo del “yo pienso” cartesiano).

4) De tal modo, la razón práctica se preocupa por el actuar humano e indaga en los conceptos que se dan en su seno, como el bien, el valor moral o el deber. Pero, al hacerlo, no puede simplemente negar las condiciones del actuar, o el actuar mismo, en función de la idealidad del deber, pues entonces quedaría vacío, sin fundamento.

La razón práctica
maquiavélica

La practicidad tiene condiciones ineludibles, como la disposición individual, las capacidades, los deseos, las relaciones personales, las obligaciones sociales y políticas, etc. Analizar esas condiciones y establecer dónde, cómo y por qué se da lo bueno o lo malo, implica asumir que el bien está impregnado de intereses particulares, aunque lo dirijamos mediante un ideal.

Pero las consecuencias de este planteamiento práctico van más allá y nos proponen una vía muy sugerente, arriesgada no por su fuerza conceptual sino por su ambición explicativa: ¿Puede haber actos buenos que no respeten nuestro ideal de bondad?

Esta cuestión no es nueva en la filosofía y podemos rastrearla, especialmente, en el choque entre el bien y la utilidad que se da en la filosofía política a partir de Maquiavelo. Para el filósofo florentino, una política ideal, absolutamente buena, no siempre es posible. Algunos sistemas, por su corrupción o por su injusticia, impiden que una medida política noble y justa funcione adecuadamente. En esos casos, una decisión política puede ser defendible por su utilidad para acercarse al bien, aunque no por ser buena en sí misma. Su resultado no será justo, pero nos ayudará a aproximarnos a la justicia. Este es uno de los motivos por los que Maquiavelo ha sido repudiado históricamente: se atrevió a pensar la política desde la problemática de su ejecución y no solo desde la teorización de un sistema político ideal.

Maquiavelo era defensor de un sistema republicano basado en la igualdad de todos los ciudadanos, en el que no cabían injusticias como la servidumbre. No obstante, se percató de que, si hay servidumbre, no se puede tratar a los siervos como iguales, pues el sistema no toleraría tal cosa. Por el contrario, los cambios han de ser paulatinos o, al menos, debemos medir bien sus consecuencias.

Esto puede arrojarnos algo de luz sobre el tema que nos ocupa. Si hemos de considerar las condiciones prácticas de nuestras decisiones morales, también hemos de considerar que no siempre se puede actuar de forma ideal y que, en ciertas circunstancias, defender un valor moral de gran importancia exige infringir otros que, por el momento, no se pueden respetar.

Un dilema moral

Pongámonos en una situación específica para comprender esto: imaginemos a alguien que vaga por un camino solitario, rodeado de campos vacíos. Durante horas, camina para llegar a su destino, una ciudad vecina, pero por sus prisas o por su pobreza no ha comido lo suficiente antes de salir. A mitad de camino, siente mucha hambre y le cuesta caminar. Entonces, en su camino divisa un huerto. El lugar tiene dueño y tomar alguna fruta sin permiso sería un robo de su propiedad; no obstante, no comer supondría un perjuicio contra su salud, tal vez muy grave. Ambas opciones parecen moralmente rechazables.

Una ética kantiana estricta optaría por no robar, ya que se estaría usando la propiedad y el trabajo de otro para fines propios. Pero si damos prioridad a las circunstancias de la acción y a los diversos valores que entran en juego, encontramos una respuesta contraria: ambas elecciones responden al valor de la vida y el bienestar, tanto el alimentarse como el mantenimiento de la propiedad privada. Pero alimentarse repercute directamente sobre la vida, mientras que la propiedad privada no lo hace directamente, sino que es una herramienta para intentar garantizar un bienestar mayor. Así, un perjuicio contra la propiedad privada no supone un perjuicio directo hacia aquello para lo que es valiosa. En conclusión, respetar la convención de la propiedad privada supondría un mayor mal contra la vida que infligirla. No podemos decir que sea la mejor acción imaginable, pero sí que, en tales circunstancias, robar no es malo.

Conclusión

Este ejemplo, propuesto por un seguidor en mi canal de Twitch, puede ilustrar un camino muy sugerente (aunque no el único) para enfrentarse a los conflictos morales más controvertidos: los dilemas que surgen de la propia praxis moral. Sin rechazar necesariamente los conceptos más potentes de la ética kantiana, podemos adoptar una ética maquiavélica que aporte mejores herramientas para estos problemas prácticos.

Bibliografía

Aristóteles (1993). Ética nicomáquea, Ética Eudemia. Madrid: Gredos.

Camps, V. (2017). Breve historia de la ética. Barcelona: RBA.

Kant, I. (2009). Fundamentación de la metafísica de las costumbres. Madrid: Tecnos.

Imagen | Pixabay

Cita este artículo (APA): Clares, D. (2023, 25 de abril). Cuando robar no es malo: De Kant a Maquiavelo. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2023/04/de-kant-a-maquiavelo

Artículo de:

Diego Clares Costa (autor invitado):
Dr. en Filosofía (España). Cursó el Grado de Filosofía y el Máster de Investigación. Creador de la web “Thoreau en Castellano“. También emite en directo en Twitch, charlando sobre filosofía, literatura y cine.

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por autores invitados

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