Como parte de nuestra alianza con la "Revista Esfinge", mensualmente compartimos en ambas publicaciones "filosofía en el espejo", una columna que, bajo las perspectivas de sus responsables editoriales, reflexiona en relación a un tema específico.

Estamos en el siglo XXI, ese siglo que, aventuraron nuestros antepasados, sería feliz y libre de las cargas y prejuicios de las sociedades antiguas. Es fácil imaginar un futuro en el que los problemas que nos preocupan y conmueven en la actualidad, desaparezcan casi por arte de magia, lo verdaderamente difícil es vislumbrar con claridad el camino que nos conduzca hacia ese futuro soñado.

Hemos constatado cómo la sociedad patriarcal ha pisado y limitado los derechos de las mujeres desde hace siglos. Por esa flagrante injusticia, las mujeres se han levantado y han luchado por conseguir una igualdad que no menosprecie su poder, su capacidad ni su ser. En esa lucha hemos visto a la mujer como el ser agraviado, sin darnos cuenta de que el machismo ha dañado por igual a hombres y mujeres. El machismo, como actitud prepotente y discriminatoria de los varones respecto de las mujeres, no ha sido ni mucho menos solo eso.

En los últimos tiempos estamos viendo, afortunadamente, cómo se muestra una gran diversidad de formas de entender lo femenino y lo masculino. En parte es un efecto rebote de siglos de modelos estáticos y limitantes, y en parte es algo que gritaba desde el fondo de las personas, clamando que no somos todos iguales aunque, en el fondo, sí lo somos. El machismo modeló no solo una sola forma de ser mujer, sino también una sola forma de ser hombre. En ese corsé artificial y perverso, todas las mujeres que no se sentían identificadas con la esposa y madre ideal, sufrieron en algunos casos la obligación de adoptar una manera de vida diferente a la que realmente deseaban. En el caso de los hombres pasó igual. El modelo único del varón dominante, ajeno a la ternura o el afecto, que debía proveer, mandar y luchar, castró la expresión de muchos hombres que no se sentían identificados con esa idea de lo masculino.

Esa visión del modelo único fue tan destructiva, que hoy todo lo que no encaja en uno o en otro, queda flotando en una especie de limbo sin nombre o, más bien, con siglas, pero con una todavía difícil aceptación por parte de la sociedad, que se siente herida en sus señas de identidad tradicionales. Así, llegamos a un punto en el que se producen verdaderas batallas campales, a causa de los intentos de implantar políticas que impongan una “igualdad” que todavía nadie entiende. Un ejemplo de esto es lo que se conoce como “lenguaje inclusivo”. Ciertamente, existe una fuerte vinculación entre el pensamiento y el lenguaje. Las palabras que usamos, o que no usamos, contienen una fuerte carga de intención y sentido a la que nadie es ajeno. Por eso, de alguna manera, forzar el cambio de lenguaje es un intento de arañar el duro caparazón del pensamiento tradicional. Sin embargo, este intento encierra, bajo mi punto de vista, un grave peligro.

Mientras todo el mundo debate y discute sobre la conveniencia de usar él, ella, ello o elle, hay algo de lo que nadie habla, algo que queda relegado a un ámbito marginal y casi utópico: el respeto. Curiosamente, todo el mundo menciona la palabra, está presente en los discurso y en las exigencias, pero no está verdaderamente presente en los comportamientos de unos y otros, por la sencilla razón de que los que la mencionan, muchas veces desconocen cómo emplearla. Así, el peligro está en que las múltiples derivas de los pronombres personales y la creciente cantidad de siglas que reclaman inclusión, lejos de fomentar el respeto, lo están rompiendo, y lejos de lograr un sentido de unidad entre todos como seres humanos, nos está dividiendo.

Cada identidad sexual particular reclama su espacio particular y propio, donde se reconozca su particularidad, y eso hace que, sencillamente, se creen grupos cada vez más particulares reclamando igual reconocimiento. ¿Es esto un problema? En realidad, no. Que cada uno se sienta y sea libremente en su intimidad lo que desee, siempre que no perjudique o abuse de otros, es parte de la libertad inherente de cada uno, pero al poner el acento en eso solamente, empezamos a asociar peligrosamente que lo minoritario es lo “bueno” oprimido y, lo mayoritario, lo “malo” opresor. La naturaleza humana va mucho más allá de esto, y está muy por encima de las cuestiones puramente formales o en las identidades sexuales o de género, sean estas las tradicionales en nuestra sociedad o no. La naturaleza humana es lo que nos permite identificarnos todos como seres humanos por encima de cualquier otra diferencia, y es en esa identidad humana donde vamos a encontrar el respeto que necesitamos para vivir y dejar vivir. Todos somos diferentes, maravillosa y necesariamente diferentes y diversos, pero es en lo humano en lo que somos iguales, es donde debemos encontrarnos y reconocernos para poder respetarnos.

Artículo original de:

Fátima Gordillo (Cord. Revista Esfinge):
Periodista, consultora y profesora de oratoria y teatro. Ha trabajado como redactora en el diario Granada Digital y en las revistas Computer Hoy y Tek’n’Life, entre otras. Actualmente, coordina el magazine digital Revista Esfinge.

Imagen | Pixabay

Cita este artículo (APA): Gordillo, F. (2023, 10 de abril). Eso de lo que nadie habla al hablar de igualdad. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2023/04/eso-de-lo-que-nadie-habla-al-hablar-de-igualdad

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por Revista Esfinge

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