Exégesis al libro del Éxodo: elementos míticos

Hace algún tiempo1 elaboré un análisis histórico-crítico de la narración medular del libro Shemoth [segundo libro de la Torah judía o el Pentateuco cristiano] aunque es conocido mundialmente como el libro del Éxodo debido a la traducción del nombre que hizo la Septuaginta [traducción en latín de los textos hebreos] que lo tituló como partida

Personalmente, me fascina este tipo de exégesis [interpretación crítica], ya que, al no buscar demostrar o no los hechos y sucesos narrados en los diferentes libros sagrados, se analiza el motivo del por qué los encontramos: el motivo espiritual del autor.

La fecundidad patriarcal

La narración dice que llegaron setenta personas a Egipto (Ex 1, 5), y al afirmar que estos setenta se convierten en un pueblo, se refiere a que gracias a la bendición divina se han convertido en un pueblo temido [por el faraón]. El pueblo en Egipto es el de la promesa de Abraham [versículos 1 – 7], por eso la protección de YHWH caerá sobre ellos posteriormente. Es un pueblo que “llenó” la tierra, una afirmación teológica [para demostrar que Dios cumple sus promesas incluso en tierra extranjera] porque históricamente el pueblo judío solo habitó como un pequeño grupo en la zona del Delta del Nilo.  

Origen de Moisés
[nacimiento y nombre]

Los redactores del texto Sagrado lo hicieron después del exilio, y es por eso que intentan llenar huecos de la memoria apoyándose de mitos babilónicos2 [el rey Argón II de Akkad] y egipcios [Sinohé] para dar un origen concreto a su libertador.  

El Señor saca a Moisés para que este saque a su pueblo. Se presagia su futura misión: Moisés es salvado para salvar, y separará las aguas que deberían de haberle dado muerte [de niño] y a su pueblo [cuando cruza el mar]. La narración se detiene en la cesta, en hebreo tebah, misma palabra con la que designa al arca de Noé. Esto es una analogía teológica: el futuro de la nueva humanidad y el futuro del pueblo elegido son depositados en una tebah, seres indefensos que navegan en un mar de muerte.

Si buscamos un significado Cristocéntricamente de la narración, este es el que también Jesús, el niño en un pesebre, condenado a muerte por Herodes, es salvado para posteriormente salvar al nuevo pueblo de Dios [la Iglesia]. También nos indica el cómo desde niño estaba destinado a una misión específica por Dios, a eso se debe que su salvación fue tan especial. Ese es el motivo por el cual el hagiógrafo3 le da ese peculiar nacimiento a Moisés. 

Se cree que Moisés provenía de la familia real, pero se rebeló contra su pueblo y apoyó al grupo de esclavos, es por eso también que se le da un ceno hebreo para no causar conflictos con el pueblo judío. El nombre de Moisés, Moshe [en egipcio mosis], es la parte final de un sustantivo teóforo4, que significa “hijo de”, al que se le anteponía el nombre de un dios egipcio que simbolizaba que dicha persona era protegida por esa divinidad. En el relato bíblico se dice que el nombre de Moisés proviene del hebreo “meshah”, explicación que viene de la tradición del AT de explicar los nombres según su semejanza por sonidos de palabras hebreas, y etimológicamente lo explican como: “el sacado de las aguas”. Seguramente Moisés llevaba el nombre de algún dios egipcio, pero la tradición judía lo eliminó, y le dejó solo la terminación “moisés” [mosis]. Probablemente, el hagiógrafo pretende simbolizar la salvación de Israel que será “salvado” de las aguas del mar Rojo. 

Huida al desierto de Madián

Se asemeja con el exilio que sufre Sinohé; el autor sagrado saca a Moisés de Egipto para que este recupere la vida patriarcal. Esta huida lo sitúa en territorio de otro hijo de Abraham. Allí recupera la vida de sus antepasados y encuentra al Dios de sus padres. La salvación comienza con un venir a menos del salvador. [cf. Flp 2, 5-8]. El desierto pudiera ser no un lugar geográfico sino una posición, una actitud personal. El desierto es el camino de los profetas y de Jesús mismo. En todos los casos hubo un irse y un volver. Uno se va al desierto pero no para quedarse allí, sino para regresar hecho una mejor persona. La persona ahora tiene más conciencia de sí mismo, ahora tiene algo para dar a otros porque la misma persona ha reflexionado, es más madura y posee algo más de sensibilidad. 

La zarza ardiente 

Moisés es llamado como Amós, de pastor a profeta. El “Ángel del Señor” [forma de llamar al espíritu de YHWH] se presenta como una llama en una zarza.  Es una íntima teofanía5 altamente dramatizada para exaltar la llamada de su libertador a liberar la opresión egipcia. Es una visión. El fuego es una forma normal de manifestarse la divinidad.  

La reacción natural del hombre ante Dios es el temor, el temor de Moisés parece relacionarse con la creencia de que contemplar el rostro de Dios es mortal.  

Israel ya exiliado de Egipto saldrá a rendirle culto a YHWH en el Sinaí, el que vea Moisés a YHWH en ese lugar (en el Horeb) simboliza la futura experiencia que toda la nación recibirá en la Montaña Sagrada, lugar donde se formará como pueblo de Dios.  

Nombre divino

Es de la tradición E y P6, en donde teológicamente se ve a la era mosaica como la primera en donde se le llamó a Dios por un nombre propio. Un nombre para los antiguos semitas pretende determinar la naturaleza de una persona o de un ser. El nombre se identifica con la persona, le da su “misión”. Ser una persona sin nombre es no ser persona, y según esta percepción mosaica, ser un dios sin nombre es no ser un dios. Se necesita que el Dios que libere al pueblo de la opresión tenga un nombre, ya que este le da una “identidad” propia a Dios, es por eso que Moisés le pregunta el nombre a Dios. «Yo soy el que Yo soy» («El que Hace que sea lo que existe») sería la traducción bíblica popular del nombre, dándole el atributo de Creador y Hacedor de todo, el nombre hace que Dios sea alguien “real”. Al decir “Yo estaré contigo” [cf. Ex 3, 12] denota la incapacidad del enviado y exalta la palabra del Dios que lo envía. Este Nombre Divino es misterioso como Dios es Misterio; expresa mejor a Dios como lo que Él es, infinitamente por encima de todo lo que podemos comprender: es el “Dios escondido” (Is 45,15), su nombre es indecible (cf. Jc 13,18), pero es el Dios que se acerca a los hombres. 

El nombre de YHWH expresa la esencia, la identidad de una persona y el sentido de su vida. Dios tiene un nombre. No es una fuerza anónima. Comunicar su nombre es darse a conocer a los otros. Es hacerse a sí mismo accesible, capaz de ser más íntimamente conocido y de ser invocado personalmente. 

Conocer el nombre de Dios es intimar con Él, conocer su forma de actuar y su proyecto. Solo los íntimos de Dios conocen su nombre. El nombre es la garantía para el enviado y para los destinatarios del mensaje. Se da el nombre como una invitación a creer y a confiar en Dios. Es un Dios real, que asiste donde y cuando quiere, es personal, activo, cercano, poderoso y providente, compañero de quienes se comprometen.  

Las plagas

Son construcciones artísticas-teológicas, no necesariamente son hechos sobrenaturales; el texto en hebreo las llama mofet lo que significa “prodigio”, “desgracias”, “pruebas”, y esta palabra es más bien algo anormal pero no sobrenatural. Pudieron ser hechos naturales que los israelitas consideraron extraordinarios interpretándolos como señales divinas. El hagiógrafo las escribe en una profesión de fe proclamando la superioridad de YHWH, Dios de Israel, por encima de los dioses de los demás pueblos.  

Los israelitas lo consideraron como uno de los episodios más importantes de su historia porque enseña, de modo incuestionable, que Dios intervino y sigue interviniendo en la historia de los hombres y en sus anhelos. No ciertamente de manera directa, pero sí interviene indirectamente, cada vez que uno escucha su palabra y se decide a llevarla a la práctica. 

Las plagas tienen un orden peculiar, con algunas incoherencias “lógicas” pero el redactor las quiso destacar así, buscando dar una gradual pedagogía divina, que poco a poco va mostrando las consecuencias negativas que puede traer el rechazo a Dios. Primero quería ubicar las cuatro más leves, que solo causaban molestia (agua, ranas, mosquitos y tábanos). Luego las cuatro más graves, con resultados destructores (peste, úlcera, granizo y langostas). Luego la novena, con efectos terroríficos (tinieblas). Y finalmente la décima (muerte de los primogénitos) tan espantosa que permitió la salida mítica de los hebreos. 

Para los autores son prodigios sobrenaturales que demuestran cómo el Señor combate a favor de los humildes incluso con armas cósmicas hasta humillar y destruir al tirano, un tema fundamental y frecuente en la poesía bíblica antigua.  

En el texto se revela la eficacia de la palabra divina y representa las oportunidades que se nos da de reconocer al Señor a pesar de la inflexibilidad de nuestro corazón. Los signos de las plagas son el anuncio y el comienzo de un juicio universal en el que todos los hombres, creyentes e incrédulos, están implicados.  

Pascua y
muerte de los primogénitos

Es una narración litúrgica en primer plano dentro de la cual se recuerda y se representa el nuevo origen histórico que le dan los hebreos al memorial recordando así su liberación asegurando el recuerdo perpetuo de las tradiciones marcando la forma de conmemorarla. Se relatan las celebraciones de los ázimos y de la Pascua pretendiendo historificar las fiestas adaptándolas al suceso del Éxodo israelita. Se explica con una paronomasia7 del término pesha.  

Se adapta la fiesta de la pascua8 [fiesta nómada] y los ázimos [fiesta agrícola] a los judíos, dándoselas como ley, quedando incrustada en la legislación y atribuidas a Dios como su autor pretendiendo que la conmemoración adquiriera un carácter familiar, uniendo así a toda la nación en una misma celebración. Las circunstancias de la comida se explican etimológicamente en relación con el Éxodo. Es una narración del P9 en donde busca legislar las normas que se han de seguir después del exilio buscando preservar las tradiciones más antiguas, con un sentido monoteísta.  

Se quiere también explicar con la muerte de los primogénitos egipcios la razón de la consagración de los primogénitos hebreos; tanto de los hijos varones en donde eran rescatados con un sacrificio sustitutivo o la de los Levitas10 consagrados, en rescate del primogénito de YHWH.  

Para el hagiógrafo, Dios es el dueño de la vida y de la muerte y lo demuestra dándoles azotes a los egipcios y liberando a los israelitas.  

Los escribas hebreos pretendieron que la fijación de la fecha de la Peshaj fuera establecida y proyectada en el pasado, a los momentos previos de la liberación de Egipto, dándole así todo el carácter de mandato divino.  

Los israelitas teologizan la Pascua y los Ázimos buscando adquirirlas con un nuevo referente: la gesta liberadora de Dios a favor de su pueblo quien los libró del poder del faraón sustituyendo el origen religioso de las fiestas, que era el de liberar a las personas y ganado de malas influencias a una conmemoración del poder divino que los protegió y los liberó.  

Nube
y la columna de fuego

Significan tres cosas en particular: la primera es la providencia divina hacia el pueblo de Israel ante la inminente desolación en la que se verían envueltos; también significa la presencia constante del Señor, que nunca los abandonará a pesar de las tribulaciones, y nos indica el relato también que es vital que tengamos una fe ciega en el Señor, que no nos vayamos por nuestros instintos siguiendo el camino más corto, sino, a ejemplo de los hebreos, saber que Dios nos guiará constantemente conociendo de antemano el por qué de sus caminos.  

Paso del mar rojo 

Es una tradición elaborada que busca revivir e interpretar la liberación de Egipto como una acción divina. Se pretende expresar la fe del pueblo de Israel, un pueblo que había sido guiado por Dios desde sus inicios; el pueblo hebreo necesitaba un “nacimiento” como nación con bases históricas, el evento del Éxodo fue el escogido por los hagiógrafos para lograr ese objetivo. Es un relato retocado para recalcar el mensaje de fe que se quiere transmitir, exhalando la narración para servir posteriormente como catequesis. Se pretende enseñar que la liberación de Egipto fue un acto realizado por Dios, Él fue quien combatió, quien acabó con el enemigo, quien realizó prodigios y es un triunfo y gloria que comparte con su pueblo. 

La palabra Mar Rojo es una mala traducción del hebreo Yam Suf que significa “Mar de los juncos”, al traducirse al griego se transformó en “juncos” en lugar de “rojo”, y de ahí se tradujo posteriormente a otros idiomas quedando vigente el error.  

El texto sagrado convierte la salida de Egipto en una nueva creación, las tinieblas dan paso a la luz [cf. Gn 1, 1-2], tras la última noche de esclavitud surge un nuevo día en la vida de los hebreos como en la separación de las tinieblas y de la luz, destruye al faraón como lo hizo con el abismo; al crear, Dios dividió las aguas y apareció lo seco [cf. Gn 1, 6.9], aquí secó el mar, partió en dos las aguas, entraron por lo seco con la fuerza de un soplo y de su Palabra [como en Gn da vida al hombre y crea las cosas] 

El paso del mar es una experiencia ambivalente, como todo nacimiento: Israel sale traumatizado de un mundo “seguro” a otro adverso en el que se siente desnudo y vulnerable; pero también con personalidad diferente. Al otro lado del mar, Israel es una realidad nueva que tiene delante el desierto donde precisa ayuda, orientación y guía.  

El relato se centra en enseñar la fe confiada que el pueblo debe prestar al Señor, ya que Él será quien los libere. La salvación de Israel revelará a todo el mundo quién es el Señor, quien vence a los dioses egipcios y por ende, a las seguridades humanas. Podemos también decir que del agua surge un nuevo ser vivo y libre, que viene siendo similar a la experiencia pascual de los bautizados [cf. Rom 6, 3-5].  

Para los israelitas, el mar es símbolo de algo misterioso. En él habitan los monstruos que atacan a cuentos entran en él, monstruos que aún no han sido vencidos por nadie. El abrir y cerrarse del mar se dan gracias al poder del Señor, de modo que Él es el único que puede vencer los misteriosos y poderosos seres del mar. La teología israelita sepulta al faraón y a Egipto mismo, ya que personifican el proyecto de la muerte para el pueblo, y es por eso que tiene que desaparecer y el abismo del mar es el lugar idóneo para dejar todos los proyectos anti-vida del ser humano. Es por eso que el cristianismo adopta esta misma teología siendo el mar [agua] donde se deja el pecado original [proyecto anti-vida] para resurgir como un nuevo ser.  

El mar es un elemento muy simbólico, sus muros [que se forman] representan una cárcel, el atravesar el mar es salvarse, y a su vez es el sepulcro donde se depositan los cadáveres de los egipcios y resucita un nuevo y libre pueblo. El Señor abre el camino hacia la libertad. El mar se convierte también en una muralla protectora, un pasillo seguro que conduce hacia la luz. El pueblo vio en este suceso el cumplimiento de Dios de salvar a su pueblo.  

En Ex 14,31 se explica que la forma en que Israel confió en Dios es por haber visto su poder sobre Egipto. El testigo debe de tener fe. Así se explica la fe del pueblo hebreo que nace en el relato del Éxodo; pusieron su confianza en Él porque fueron testigos visuales de su poderío. Es el nacimiento del pueblo hebreo en la fe a YHWH. Es una exhortación para los los lectores a «no tener miedo» [cf. Ex 14,13], ya que así se garantiza la asistencia y presencia divina a pesar de todas las dificultades que se presenten, si se confía en el Señor y se le deja actuar esperando en silencio [cf. Ex 14,14] el mar de dificultades se abrirá para dar paso a una nueva vida, mientras Dios sepulta todo lo malo.   

Relatos previos al Sinaí 

Los sucesos son narrados en una forma catequética con diálogo, buscando responder a la pregunta: ¿Está el Señor en medio de nosotros? El caminar por el desierto simboliza la vida de la nación, desde la fundación del Estado hasta el destierro de Babilonia. El desierto, como la vida, es un medio adverso, lugar de prueba, donde el peligro es constante y se padece la tentación de buscar refugio fuera del Señor [representado en Egipto]. Se reviven acontecimientos pretendiendo responder a la duda persistente acerca de la asistencia divina. La ayuda divina es continua [de día y noche], perfecta [reparte lo que es preciso], perspicaz [desenmascara a los de poca fe], poderosa [derrota a los enemigos de los israelitas] y oportuna [vertebra a la comunidad].  

El maná en la liturgia cristiana es una alegoría del “pan verdadero, bajado del cielo y que da vida al mundo.” El don del maná está inscrito en una cadencia de tarde-mañana como el relato de la creación, se respeta el sábado al no poder recoger el fruto del cielo en el séptimo día. Es un mandato de observancia sabática adquiriendo mayor valor al dar el sexto día con el «pan de mañana», anticipando el descanso. Es un signo que busca conducir a la fe, al percatarse como el Señor no abandona a su pueblo y se encarga de alimentarlo. Se refiere a la confianza que debe depositar el hombre en su Creador, quien le brindará al hombre el pan de mañana. Dios aparece como el «buen mayordomo» que da a cada quien su porción necesaria. Se nos dice que la seguridad de los israelitas dependerá de su fe en la providencia divina. Las codornices simbolizan practicante lo mismo que el maná: la providencia divina.  

En el suceso de Meribá11, los hebreos, al salir de Egipto, poco a poco recuperan la vida patriarcal, ya que van de acampada en acampada hasta llegar a su futuro descanso [que será su patria]. Iniciada la nueva vida de libertad se encuentran inmediatamente con la amargura. Esta murmuración hacia Dios se estructura pretendiendo dejar en claro que siempre se necesita a Dios para todo. El desierto es una prueba para solidificar su fe y, al aislar al pueblo, el escritor sagrado nos enseña que fue así como se formó la conciencia moral, nacional y religiosa del pueblo elegido. Las murmuraciones relatadas son una prueba de sinceridad del hagiógrafo, que no disimula la falta de constancia y de fe en Israel a pesar de haber sido testigos de tantos prodigios, nos permite ver al pueblo como humanos, con flaquezas, contrastando con el haber sido espectadores de tantos milagros de Dios.  

La exégesis rabínica no solo se limita a “saciar” la sed de los hebreos dos veces [las que se mencionan en la S.E.] pues es una necesidad básica; una leyenda judía explica que la piedra de la que se obtiene el agua los acompañó durante todo el viaje, menciono esto, ya que San Pablo hace una explicación alegórica refiriéndose a Cristo y a la Eucaristía [1 Cor 10, 3-4] como la roca espiritual de donde brota el agua que “salta a la vida eterna”.  

La guerra contra los amalecitas es una explicación etiológica de la hostilidad entre los dos pueblos. Se recalca el papel asistencial del Señor, el que Yahvé sea el “estandarte” de los hebreos alude al hecho de que el nombre de Yahvé ha sido en el combate como la bandera bajo el cual ha combatido Israel, y como tal es prenda de victoria. Es una muestra más de la asistencia divina.  

El suegro de Moisés proclama su fe en el Señor dejando en evidencia a quienes debería de ser testigos por experimentar en carne propia su providencia. La fe de Jetró, un extraño en el pueblo, contrasta con la actitud de Israel. Dios se sirve de “paganos” al mostrar su providencia en el suegro de Moisés, representada por los consejos que le hace a su yerno y con lo que gracias a ellos, Israel se vertebra como nación, con sus jueces, atendiendo cada hijo de Israel a su papel dentro del proyecto divino.  

La idea teológica predominante de estos relatos es que Dios camina a la cabeza de su pueblo y que atiende a sus necesidades [fisiológicas o espirituales], con esto se expresa la particularísima providencia de Dios sobre Israel, que es su heredad, elegida para preparar la venida del Mesías. 

El Sinaí
y el Decálogo

El encuentro en la montaña de Dios es la prueba de que todo lo que había sucedido había sido fruto de un diseño salvífico de YHWH a su palabra, al concederles la tierra prometida. Es una renovación de la alianza de Dios con los antepasados del pueblo. En esta alianza, el hagiógrafo intenta explicar el nacimiento de Israel como el pueblo elegido, invitándolos a ser sus testigos y a colaborar en su proyecto.  

En el Sinaí, Dios declara su voluntad de unirse a su pueblo en una alianza, haciéndoles una propuesta y dejando tiempo para una respuesta libre y precisa por parte del pueblo. Se pide una elección de fondo, una opción radical: tomar a YHWH como su Dios con una obediencia y fidelidad total con una disposición plena a guiar su existencia de acuerdo a la voluntad de su Dios.   

La promesa de Dios se caracteriza por el empleo de tres fórmulas, que muestran la grandeza del don que Dios está dispuesto a entregar a quienes lo aceptan. Para YHWH, Israel será en primer lugar «de su propiedad» dentro de todos los pueblos, esto quiere decir que serán un pueblo especialmente amado, el predilecto; al convertirse los israelitas en un «reino sacerdotal» refleja la idea de que Israel está llamado a convertirse en un pueblo majestuoso porque tendrán a YHWH como Rey, dedicados al culto divino y con la función de mediar entre otros pueblos y Dios; al ser llamados a ser una «nación santa» se explica que el pueblo tiene que ser llevado más allá de lo profano, fuera de la idolatría.  

La destrucción de las tablas de la ley es más que una actitud de indignación de Moisés ante la escena idolátrica del pueblo hebreo sino más bien es la manifestación de su ardiente celo por la causa de Dios; al momento en que el pueblo falla en el primer precepto del decálogo, las tablas carecen de significado, pues Dios ya no se siente identificado con Israel.  

La narración destaca la trascendencia divina al transformar el rostro de Moisés en brillante, expresando lo valioso del suceso. 

El que YHWH aparezca oculto en una nube puede referirse al recuerdo del uso del incienso en los rituales litúrgicos, y que al mismo tiempo representan la majestuosidad e inaccesibilidad del ser humano a Dios formando así la idea más alta hacia su dios. Los límites que se marcan indican que Dios es cercano pero lejano también. Se eliminan antropomorfismos para, con la presencia divina, provocar el miedo divino que lleva a una actitud de respeto que desemboca la promesa de cumplir la ley que se promulgará. El que de la montaña surgieran rayos representa para los antiguos hebreos escuchar de manera simbólica la voz de Dios, pues eso significaba para ellos un trueno.  

Para dar un origen divino a las diez palabras el hagiógrafo insiste en el antropomorfismo de que las leyes fueron grabadas en piedra por el dedo de Dios, afirmación oriental empleada para lograr su objetivo. Los hebreos pudieron tomar muchas de sus leyes de pueblos vecinos, pero la intención del libro del Éxodo es clara: mostrar que toda ley proviene de YHWH, y, por tanto, no es independiente de la gracia. 

El decálogo debe de interpretarse dentro de la fe; la moral bíblica pasa del amor agradecido al Señor a un compromiso matrimonial, y de ahí a la moral de imitación. El pueblo debe de continuar lo iniciado por su Dios, debe de ser testigo de quién lo salvó, y confesar al Señor implica comprometerse con Él en la asistencia a los hombres para que estos le descubran a través del pueblo. El decálogo es una llamada al pueblo para que sean un reflejo de su Señor.  

El decálogo es de un estilo lapidario y de un denso contenido moral que busca impedir tanto en el individuo como a la comunidad que se degraden y vuelvan a la esclavitud, adorando a otros dioses enajenantes, destruyendo la fraternidad, amenazando la vida y la libertad a los demás, impidiendo así una existencia feliz. Más que mandatos condenatorios, son preceptos de vida orientados a la purificación y santificación del pueblo, leyes que pretenden ser una guía para que el pueblo sea fiel a la alianza hecha con YHWH.  

El primer mandamiento no niega la existencia de «otros» dioses, sino solo afirma el derecho exclusivo de YHWH a la adoración de Israel. El monoteísmo mosaico fue más práctico que teórico. Es con el segundo12 que este se empieza a delimitar claramente la idea monoteísta aunque desde un inicio el liberador del pueblo exige una única adoración.  

Dios es un ser que no puede ser controlado por los hombres ni contenido en una imagen, es por eso la prohibición del segundo mandamiento. YHWH es un Dios que no tiene analogía en el mundo creado; la única imagen divina es el hombre. Para los pueblos del antiguo oriente, las imágenes de sus deidades era una ubicación de su dios que animaba la imagen y así se lograba una relación entre el dios y su adorador. Es por eso que Dios prohíbe una representación física de su imagen. Se pide un culto aniónico porque Dios se reveló en Palabra, no en imagen. Después se le da también el contexto idolátrico aunque en un principio solo se limitó a una representación de YHWH. Al incluir a los descendientes en su formulación avisa la posibilidad de que un pecado afecte fuertemente el clan del culpable. El número hace hincapié en su misericordia: el castigo se limita a pocas generaciones y su piedad, se va a mil, o sea, indica que es eterna.  

El tercer mandamiento defiende el nombre del Señor de cualquier manipulación indigna; pone en guardia al hombre ante la tentación de utilizar la fe y/o la religión con fines egoístas. Se prohíbe el uso del nombre divino, probablemente, para evitar que el ser humano “adquiera” poder sobre él. El nombre era símbolo y expresión de la persona; por tanto, participa de su santidad, y, en consecuencia, ha de ser tratado con todo respeto, y por supuesto no se le puede emplear en falso, pues esto es declarar mentiroso al mismo Dios. Es por eso la prohibición.  

El cuarto mandato es un puente entre las obligaciones con Dios y con el prójimo. Es una institución característica del pueblo, desvinculado de ciclos astrales e insertado en una secuencia continua de tiempo y consagrado al Señor. Aunque el sábado proviene del hebreo Sabbat (que significa descansar) es probable que el pueblo trajera ya desde sus raíces el descanso en el día séptimo, probablemente por los babilónicos que celebraban el sabattu (día de la luna llena) para rendir culto a uno de sus siete deidades. El hagiógrafo toma esa celebración que se da por hecho cuando se recoge el maná y le da una justificación teológica para el pueblo elegido: se justifica el descanso como Dios mismo lo hizo en su obra creadora, Él al descansar el séptimo día santificó el sábado. Al consagrarse el sábado como la primicia del tiempo, el hombre reconoce al Señor como dueño absoluto del tiempo. Separar el sábado al santificarlo es distanciarlo del tiempo normal y sublimarlo para unirlo con el divino. Es un día en donde el hombre se alza por encima de cualquier ocupación y se asemeja a Dios; es una nueva invitación a imitarlo, a identificarse con Él. Además, se pretende que Israel recuerde su esclavitud en Egipto y la liberación del pueblo por parte de YHWH. Así como el templo acota un espacio, el sábado acota un tiempo y lo consagra a Dios.  

Los mandamientos anteriores se referían a los deberes directos para con Dios, y son los preceptos que pueden considerarse como totalmente “originales” respecto de los códigos de las otras naciones del Antiguo Oriente. Los preceptos de tipo social, que se abren con el del honor a los padres, no son específicamente israelitas, ya que se hallan en los demás códigos orientales conocidos12. Son expresión de la ley natural en sus exigencias más primarias. Y por el hecho de que estos preceptos son expresión de la ley natural que Dios imprimió en la mente del hombre, no será de maravillar que se encuentren en la literatura pagana. La novedad y originalidad mosaica está en reunirlos a los mandamientos relativos a los deberes para con Dios y los de la ley natural, estableciéndolos todos juntos como base de la nueva teocracia hebrea. Así se les da un origen divino a todos y los expresa a ambos como voluntad divina. Así pues, se llegó a la conclusión por la gran importancia que tuvo y tiene el decálogo a inducir que su promulgación tuvo lugar en circunstancias particularmente solemnes porque se habla y articula ideas religiosas muy complejas para el tiempo-espacio situados, me refiero, al monoteísmo estricto del pueblo hebreo.   

La tienda de la presencia
[el Tabernáculo]

En el relato se ofrece una organización calculada y prevista en detalle, una riqueza de materiales y una habilidad que los hebreos nómadas no poseían. Es más que nada una organización posterior transferida al desierto, a la institución directa de Dios. Es la forma de centralizar el culto al proyectarla a los orígenes de la nación. Es un relato postexílico, cuando la vida y unidad en el culto israelita se centra en Jerusalén; es por esto que el mencionar el culto presente desde tiempos previos dan un fundamento importantísimo a la fe y liturgia judía. El culto es un modo regular de expresarse con Dios, pero para que YHWH lo acepte tiene que ser legítimo, o sea, legalmente establecido, el hombre no puede establecerlo, es Dios quien lo instituye directamente. Es por eso que se incluye este relato en el texto después de la alianza, para marcar que el culto es una orden divina y que por ende, después del destierro lo tienen que seguir practicando. El santuario se puede interpretar como símbolo cósmico, como una representación del universo o como símbolo del cielo, morada o palacio de Dios. El relato sobre el Tabernáculo en un inicio es probable que poseyera una estructura no tan compleja como en el texto final. El hagiógrafo toma elementos claros del tempo de judío al describir la tienda del encuentro. Para resaltar el carácter excepcional del tabernáculo el autor sagrado presenta a YHWH haciendo el diseño del mismo. Era necesario presentar una tienda con estas características porque la conciencia nacional y religiosa del pueblo estaba en período de formación, y, por tanto, era necesario impresionar con manifestaciones grandiosas de culto a gentes que debían penetrarse de la grandeza y majestad de su Dios. El autor pretende comunicar a sus hermanos recién llegados del exilio en actitud de reproche que si sus hermanos en el desierto pudieron construir una morada a Dios, más ellos que recién han llegado del destierro, tienen el deber de reconstruir el Templo. El arca de alianza representa la presencia constante del Señor en medio de su pueblo, por eso el detalle narrado para su construcción.  

Posteriormente en el texto sagrado se narran todos los elementos que formarán parte del culto hebreo; como he comentado, el autor sagrado pone en palabras de YHWH todas las órdenes respecto a la liturgia para marcar al pueblo lector que los ritos tienen un por qué celebrarse, ya que lo indicó y lo mandó el mismo Dios a través de su profeta Moisés. 

Aprendizaje del pueblo de Israel durante
su peregrinar en busca de la Tierra Prometida

Primero que nada es un “retorno” a su tierra; lugar de donde había salido su patriarca fundador en busca de alimento.  

En el desierto se constituyen como pueblo. Encuentran su identidad porque seguían entremezclados de tradiciones, entre las culturas egipcias y mesopotámicas. Como el relato es “editado” por la escuela sacerdotal, eso quiere decir que se redactó después del destierro, se busca identificar al pueblo hebreo como tal y separarlo por medio de YHWH de las tradiciones asirias y babilónicas.  

Los israelitas fueron un pueblo sin un “pasado”, sin una historia en particular que les diera el punto de partida como nación, y fue a través de Abraham que los hagiógrafos pretendieron darle un origen al pueblo. Es probable que los diferentes clanes nómadas se encontraran en el desierto o incluso en la misma Canaán, y ahí identificaran como “tronco” común a Abraham. Es así como en el Éxodo nace el pueblo como tal, al dar a todos un pasado común en Abraham y en la liberación de la opresión de Egipto de manera majestuosa.  

Los escritores sagrados buscaron fundamentar el por qué de sus leyes y ritos más importantes, como la pascua, los ázimos, la consagración de los primogénitos, etc. Estas fiestas tiene su origen en ritos y celebraciones paganos; los hagiógrafos no buscaron suprimir las ceremonias que traían arraigadas desde su pasado los pobladores que conformaron el pueblo hebreo, sino buscaron, sobre esas fiestas, “adaptarlas” de alguna manera buscando hacer que YHWH fuera quien las instituyera, para así, plantear desde el pasado “común” de la población [el Éxodo] el origen de las fiestas que celebraban con devoción los israelitas.  

El paso por el desierto, religiosamente, le sirvió al pueblo para encontrarse con su Dios, un Dios del cual se habían sentido olvidados al pasar los cuatrocientos años en Egipto. En la narración se le enseña al pueblo que Dios nunca los olvidó, sino que llevó a cabo sus planes liberadores a través de ellos, y para eso tenían que sufrir exiliados de su territorio, para así, YHWH, mostrar su esplendor eliminando al faraón. Se recalca también la importancia del cómo tuvo que sufrir el pueblo para ser así el primogénito de YHWH, llamados a ser una nación Santa y de Sacerdotes que sirviera como mediadora entre las naciones y Dios.  

Una de las enseñanzas fundamentales es que Dios pretendió mostrar a su pueblo que la libertad no es un momento, no se da “de la nada”, sino, es un proceso del cual se aprende habiendo sufrido primero la esclavitud y la lejanía de su tierra. Así mismo, se retardó su proceso de libertad para crear firmemente esa idea fija en su mente. Era marcar un ideal nacional, el pueblo siempre había sufrido esclavitud, tanto en Egipto como después en los destierros, y al regresar a su tierra necesitaban la esperanza de que los planes de Dios era que ellos fueran libres, claro, esto se conseguiría si eran fieles a la alianza.  

En el desierto vivieron pruebas fuertes para hacer que su fe en YHWH se confirmara y se asentara en sus adentros. Fue con la tradición mosaica que se formó el monoteísmo, quizá procedente de Akenatón14 con su fracasada reforma monoteísta con el dios Atón. El pueblo comandado por Moisés ve en el desierto el momento idóneo para limpiarse del politeísmo en que se veían envueltos y resurgir con una nueva mentalidad monoteísta, única en su tiempo. Los hagiógrafos expusieron en el relato la manera perfecta de penetrar la nueva idea religiosa del pueblo, viendo en YHWH a su liberador quien nunca los abandonó a pesar de la desolación que sintieron en el pasado y durante el trayecto a la Tierra Prometida.  

Lo único que unió a las porciones nómadas y seminómadas de la región fue encontrarse unidas a un mismo origen (con Abraham), y aunque es probable que Adonaí, Elohim y YHWH fuera el nombre de tres deidades distintas, los antepasados del pueblo vieron en los diferentes grupos ritos similares y se optó por entrelazarlos para así dar a todos los pueblos una unión no solo en un Patriarca sino también en un mismo Dios: YHWH-Adonaí-Elohim, adoptando el primer nombre, pues era el nombre del dios del suegro de Moisés, por lo cual, el primero con el que comulgó el libertador israelita, y por eso, fue el nombre que se reveló en la zarza, al encontrarse Moisés con la teofanía.  

El pueblo reafirma su fe en YHWH a través de todas las pruebas que experimenta. Es por eso que en su largo andar se resume quizá un poco la vivencia del pueblo en el destierro15, invitando con ello a sus lectores a no desfallecer y a ver que YHWH siempre los acompaña, a pesar de sus infidelidades.  

En el libro se ve el testimonio de la auto-revelación de Dios como liberador, un Dios sensible al dolor de su pueblo y al clamor que este le hace al sufrir opresión. Es a través de esta revelación personal de Dios que el pueblo empieza a forjar su fe, la cual no quedó formalmente constituida sino después del destierro, y fue en el relato del Éxodo el evento ideal para plantear los cimientos de esa “nueva” fe post exílica.  

Notas

[1] El texto, en cuatro partes, fue publicado originalmente en el bLog de miguE durante los meses de abril y mayo de 2012. Originalmente, fue un trabajo elaborado para la materia “Sagradas Escrituras” dentro de la carrera de Ciencias Religiosas.

[2] Cepoat Radio. (s.f.). Sargón de Acad/Akkad. Centro de Estudios del Próximo Oriente Antiguo de la Universidad de Murcia. Sitio web: https://www.um.es/cepoat/radio/tag/sargon-de-akkad

[3] La palabra “hagiógrafo” proviene del griego “hagiógraphos” que significa “escritor sagrado” y se utiliza para referirse a aquellos autores de textos considerados sagrados o santos en una religión determinada. En la tradición cristiana, por ejemplo, los hagiógrafos son los autores de los libros que componen la Biblia, que se consideran inspirados por Dios. En general, la palabra “hagiógrafo” se usa para referirse a escritores cuyas obras son consideradas sagradas o divinamente inspiradas por una religión en particular.

[4] Teóforo es un término que proviene del griego “theophoros” y que se refiere a un nombre propio que incluye el nombre de una deidad. En particular, se usa para describir los nombres que incluyen el nombre de una deidad en la mitología o religión de una cultura determinada. Por ejemplo, algunos nombres de personas en la antigua Grecia incluían el nombre de un dios, como “Apollonios”, que significa “consagrado a Apolo”. En la religión cristiana, un ejemplo de nombre teóforo es “Emanuel”, que significa “Dios con nosotros”.

[5] Teofanía es un término que se refiere a la manifestación o aparición de un dios o ser divino en el mundo natural o en la vida de una persona. En la religión, una teofanía es una experiencia mística o sobrenatural en la que se percibe la presencia de un dios o ser divino.

[6] Se refiere a la tradición Elohista y Sacerdotal, respectivamente. Esto alude a las cuatro tradiciones que se creen contribuyeron a redactar el Pentateuco.

[7] La paronomasia es una figura retórica que consiste en utilizar palabras que suenan de manera similar, pero tienen significados diferentes, con el objetivo de crear un juego de palabras o un efecto humorístico en un texto o discurso. También se le conoce como juego de palabras o equívoco intencional. Un ejemplo clásico de paronomasia es el famoso juego de palabras “Más vale maña que fuerza” que juega con la similitud entre los términos “maña” y “fuerza”.

[8] Mandianes, J. (2008). Pascua Florida. Tribuna Libre. https://digital.csic.es/bitstream/10261/37490/3/Mandianes-2008-Tribuna%20Libre-por-pascua-florida.pdf

[9] Tradición Sacerdotal. La letra “P” se usa como abreviación de la tradición sacerdotal en la crítica textual y exegesis bíblica porque proviene de la palabra alemana “Priester” que significa “sacerdote”.

[10] Los levitas eran un grupo de personas en la antigua religión judía que pertenecían a la tribu de Leví, una de las doce tribus de Israel. Los levitas eran considerados una casta sacerdotal y se encargaban del servicio religioso en el templo de Jerusalén. Eran los encargados del cuidado del tabernáculo y del templo, y de realizar las tareas y sacrificios rituales. Además, se encargaban de enseñar la ley y las tradiciones a la comunidad y de ser jueces en ciertos asuntos legales.

La importancia de los levitas en la religión judía se remonta a la época de Moisés, quien según la tradición, era descendiente de Leví. En la época del rey David, los levitas se dividieron en distintas familias sacerdotales que cumplían diferentes roles dentro del templo. Entre ellas se encontraban los cohanim (sacerdotes), los levitas cantores, los portadores de los utensilios sagrados, entre otros.

Hoy en día, aunque ya no se practica el culto en el templo de Jerusalén, en las comunidades judías, los levitas todavía tienen un papel importante en la enseñanza y el estudio de la Torá, en la preservación de las tradiciones religiosas y en ciertas ceremonias y celebraciones.

[11] El evento de Meribá se refiere a la falta de confianza y fe del pueblo de Israel en Dios, así como a la importancia de la obediencia a sus instrucciones. En este punto en concreto (aunque también aparece una mención en Num 20, 1 – 13) se menciona que el pueblo de Israel se quejó con Moisés de que no tenían agua para beber después de salir de Egipto. Moisés, siguiendo las instrucciones de Dios, golpeó una roca con su vara y el agua brotó de ella. Por este evento, el lugar fue llamado Meribá, que significa “disputa” o “contienda”, ya que el pueblo contendió con Moisés debido a la falta de agua.

[12] El segundo Isaías es un término que se utiliza para referirse a un profeta anónimo que escribió una serie de capítulos en el libro de Isaías (capítulos 40-55). La opinión predominante entre los estudiosos actuales es que el segundo Isaías escribió durante el exilio babilónico en la primera mitad del siglo VI a.C. Esto se debe a que el lenguaje, el estilo y los temas reflejan el contexto histórico del exilio babilónico y las esperanzas de los judíos para el regreso a su tierra natal.

[13] Mark, J. J. (2021, junio 24). El Código de Hammurabi. (A. Elduque, Traductor). World History Encyclopedia. Recuperado de https://www.worldhistory.org/trans/es/1-19882/el-codigo-de-hammurabi/

[14] Akenatón (también conocido como Amenhotep IV) fue un faraón egipcio que reinó en el siglo XIV a.C. Durante su reinado, intentó introducir una nueva religión basada en el culto a Atón, un dios solar. Esta religión se caracterizaba por su monoteísmo, ya que Akenatón creía que Atón era el único dios verdadero y que los otros dioses del panteón egipcio eran falsos. Para promover su nueva religión, el faraón trasladó la capital de Egipto desde Tebas a una nueva ciudad que construyó llamada Akhetatón (también conocida como Amarna), donde se estableció el culto a Atón. Durante su reinado, se prohibió la adoración de otros dioses. Además, Akenatón y su esposa, Nefertiti, fueron representados en obras de arte en lugar de los dioses, lo que indica un enfoque en la adoración del faraón como la única conexión con el dios único. Aunque la religión monoteísta tuvo un gran impacto en la cultura y la política egipcias durante su reinado, no sobrevivió mucho tiempo después de su muerte. Después de su muerte, su sucesor, Tutankamón, restauró el culto a los antiguos dioses egipcios, y se hicieron esfuerzos para borrar la memoria de Akenatón y su religión monoteísta.

[15] El destierro de los judíos a Babilonia fue un episodio histórico en el que el rey babilónico Nabucodonosor II conquistó Jerusalén en el año 586 a.C. y deportó a gran parte de la población judía a Babilonia, donde estuvieron exiliados durante varias décadas. Este evento marcó un momento crucial en la historia de los judíos y tuvo un impacto duradero en su religión y cultura.

Bibliografía

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Frazer, J.G. (2015). El folklore en el A.T. Fondo de Cultura Económica.

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Brouke, M. (2001). El Éxodo. Ed. Sal Terrae.

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Curtiz, M. (Director). (1954). Sinuhé, El egipcio [Película]. 20th Century Fox.

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Cite este artículo (APA): García, M. (2023, 08 de abril). Exégesis al libro del Éxodo: elementos míticos. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2023/04/exegesis-al-libro-del-exodo-elementos-miticos
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por Miguel Ángel

ceo de filosofía en la red, drando. en Filosofía, mtro. filosofía y valores, lic. en psicología organizacional, PTB en enfermería; catedrático de licenciatura en la Universidad Santander (México)

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