El presente artículo pertenece a la decimosegunda conferencia de nuestro evento anual en honor a la filosofía, la FILOCONF 2022, llevado a cabo 18 al 20 de noviembre de 2022. Puedes revivir todo el evento en nuestro canal de YouTube.

Lo que sigue es una reflexión derivada de la pregunta detonada en la FILOCONF 2022. La pregunta fue si la Filosofía es el arte de solo pensar, una pregunta que delimita su quehacer al pensamiento.

Inmediatamente, mi respuesta fue que no era posible que la Filosofía se redujera al pensamiento si tiene impacto en el modo en que configuramos el mundo. Pero, reflexionando más detenidamente, me di cuenta de que sí es el arte de pensar, pero no es cualquier forma de pensar, es de una muy especial.

La Filosofía es una actividad, es una práctica. No implica solo los contenidos sobre los que se piensa sino las estructuras bajo las cuales se piensa. Cuando analizamos estas estructuras podemos encontrar diversas formas en que ha moldeado el modo en que interactuamos con el mundo y con los demás, que no siempre trae consecuencias positivas.

En lo que sigue, presentaré una de ellas, que podemos rastrear en la Historia de la Filosofía bajo el título adultocentrismo.

Este concepto podría tener su historia desde la antigüedad clásica, como refiere Silvana Rabinovich en su texto “El Benjamín de la filosofía ante el tesoro del mesianismo revolucionario” (2019). Silvana alude a un diálogo que sostiene Sócrates con Trisímaco en la República de Platón. En medio de una discusión sobre la importancia de la justicia, Trisímaco se desespera y pregunta a Sócrates si tiene nodriza. Una pregunta extraña cuando el tono de la conversación se da entre dos personajes adultos, que exponen su pensamiento desde la seriedad del pensamiento especulativo. Por lo que la aseveración podría tomarse como una ofensa para el Filósofo. De tal manera que Sócrates queda anonadado y pregunta el porqué, a lo que el interlocutor contesta:

[…] Porque no te limpias los mocos, que buena falta te hace, y ni siquiera sabes por ella lo que son las ovejas y el pastor.

(343a)

La sentencia es mordaz, pues ha caracterizado al Filósofo de mocoso, de ser incapaz de valerse por sí mismo y de no tener quién lo asista en ello.

Si nos detenemos en la imagen, es interesante observar el señalamiento sobre la incapacidad de limpiarse los mocos, pues se asocia a ese momento de la infancia en que se necesita de alguien más, no se tiene la edad suficiente para hacerlo.

Y vale calificar de mordacidad esta expresión porque, bajo el contexto, el Filósofo es aquel sabio que se aparta de la ingenuidad de la infancia, aquel momento en que se ignoran las cosas del mundo y cómo son. Y en resumen, tenemos la figura de un Filósofo que asocia el conocimiento y la sabiduría con la adultez.

Esta imagen encuentra refuerzo en la modernidad con el filósofo alemán Immanuel Kant.

En su texto ¿Qué es la Ilustración? (1992) encontramos la sentencia famosa: “Sapere Aude, ten el valor de usar tu propia razón”, donde se hace referencia a una mayoría de edad alcanzada a través del uso de la Razón.

Kant explica que un hombre ilustrado es aquel que tiene la capacidad de salir de una “culpable incapacidad” de depender de otro, de su guía. La culpabilidad reside en ser incapaz de decidir por sí mismo a emplearla. Recordemos que para el señor Kant, la autonomía es la clave para el ejercicio de la Ética y es lo que otorga libertad. Una razón autónoma es aquella que puede darse la ley a así misma (el imperativo categórico y sus máximas) para actuar correctamente.

Una vez más vemos que la mayoría de edad se contrapone a la infancia.

Si revisamos la etimología, infans, vemos una definición que concuerda con la posición kantiana. “El que no habla” es el niño, quien es incapaz de “expresarse de manera inteligible para otros”. De acuerdo con esto, podríamos decir que el infante es aquel que permanece mudo ante los demás y si habla, su expresión es ininteligible (Rabinovich). Hay una barrera infranqueable entre el mundo de los adultos y el de los niños, y es dibujada desde las antípodas del bárbaro, del incapaz, del heterónomo.

Por tanto, vemos a un Filósofo moderno que mira el mundo desde las alturas del adulto, desde la autonomía, la capacidad de determinarse a sí mismo y expresarse con coherencia y claridad ante los otros.

Hay que recordar que una característica importante del proceder cognitivo de este Filósofo adulto es el distanciamiento, una experiencia ligada a la recepción de sensaciones mediante los sentidos y su consecuente formación de representaciones. Todo ello, le permite asegurarse un conocimiento “científico” de la realidad (sistemático, unificado, ordenado, universal, objetivo, comunicable).

Hasta aquí, podemos ver que hay un modo de comprender el quehacer de la Filosofía como un pensar maduro, que implica dejar la infancia con sus fantasías y sus balbuceos para poder tener una experiencia de la verdad de la realidad, de una manera completa, controlada, legítima.

Antes de explicar la postura que inspira esta exposición, quisiera decir que no se trata de colocar un concepto que contradiga o sea una postura de oposición que trate de contraatacar y “eliminar” al enemigo, siendo esta una dinámica en la que hay una oposición binaria que implica siempre un discurso vencedor, pues precisamente ahí es donde el discurso se vuelve una vez más autoritario, hegemónico y legitimador y, por tanto, excluyente. Mis reflexiones parten de analizar que hay otros modos generar pensamiento para la Filosofía que vienen de otro lugar.

Ahora sí, explico mi propuesta de reflexión y comienzo por decir que se inspira de las preocupaciones filosóficas de Walter Benjamin, filósofo alemán de la “encrucijada1”, quién busca otro modo de hacer Filosofía desde aquello que ha quedado fuera, olvidado de la misma, con la intención de abrir otros modos de mirar, de interactuar con la realidad.

En sus textos sobre literatura infantil y sobre la percepción, Benjamin encuentra que la actividad infantil permite contribuir un modo distinto de acercarnos a las cosas, sin distanciamiento, metiendo las manos y estrujando los objetos, incluso, destruyéndolos.

En la interacción del niño con los juguetes se puede observar una forma distinta de conocimiento y experiencia de la realidad. Aunque el adulto confecciona juguetes con reglas específicas para que aprenda el mundo que le espera (muñecas con indumentarias de mujer adulta2, muñecos-policía, muñecos-bombero), el niño desborda muchas veces estas finalidades convirtiéndose en el dictador3 del juego mediante su imaginación.

La imaginación es una facultad que el niño sabe explotar de forma natural, otorgando un conocimiento travieso, esto es, que se pone al través, que pasa transversalmente la cosa, el objeto con el que está jugando. En ese sentido, descubre vínculos que la observación directa es incapaz de discernir y transforma el objeto que está en sus manos. La imaginación acepta lo múltiple y se renueva toda vez, detecta nuevas relaciones, correspondencias, analogías que son inagotables.

Baudelaire, pensador estudiado por Benjamin, describe la relación de la imaginación del niño con el juguete, descrito como cualquier cosa que pondrá a su disposición para el juego (1853):

Todos los niños hablan a sus juguetes; sus juguetes se convierten en actores en el gran drama de la vida, reducido por la cámara oscura de su pequeño cerebro. Los niños demuestran con sus juegos su gran capacidad de abstracción y su elevada potencia imaginativa. Juegan sin juguetes. El juego implica no solo mirar desde otro lugar, lo que han hecho innumerables filósofos que tratan un tema, sino comprender la estructura del pensar cuando rumiamos sus componentes y los despedazamos para armarlos una y otra vez. […] ¡Y los niños que juegan a la guerra! No en las tullerías con verdaderos fusiles y verdaderos sables; hablo del niño solitario, que gobierna y lleva por sí solo al combate dos ejércitos. Los soldados pueden ser tapones, dominós, peones, tabas; las fortificaciones serán tablas, libros, etc.; los proyectiles, canicas o cualquier otra cosa; habrá muertos, tratados de paz, rehenes, prisioneros e impuestos (…) Esta facilidad para contentar su imaginación testimonia la espiritualidad de la infancia en sus concepciones artísticas.

El niño gobierna el modo en que las cosas se le presentan, su disposición para ser transformadas en otras cosas. De este modo, rompe la ley ilusoria que tiene la cosa frente a él.

Benjamin dirá que el conocimiento dado por los sentidos que hemos descrito antes es una mitología más entre otras, y es igual de válida que cualquier otra. Al igual que los hombres primitivos se identificaban con los animales sagrados, o los chamanes que se volvían médium de los espíritus, así los niños crean un mundo en que los objetos se identifican con otros objetos.

Pero también, será en lo desechado por el mundo adulto que el niño encuentra un mundo atractivo para recrear su imaginación. Desechos de construcción, de jardinería, objetos de la vida doméstica tienen un rostro que se vuelve solo a ellos. Los objetos se usan de manera caprichosa y bajo sus condiciones. De este modo, el niño, diría Benjamin, se produce “un mundo pequeño dentro del grande4”.

Es interesante que el título que acompaña esta reflexión es “Terreno en construcción” que puede pensarse como un espacio en el que se disponen los objetos en el proceso de ser construidos, la actividad de montarlos y desmóntalos, puesto que no ha llegado a completarse su construcción. En este espacio, aparecen tanto objetos de provecho como de desecho. De manera indiferente, el niño juega con ellos y alienta el don de percibir semejanzas a través de una mirada distinta.

La experiencia del niño se provee de otra herramienta distinta de la “percepción a través de los sentidos”, se provee de la facultad mimética que percibe semejanzas entre las cosas. Esta es una actividad de montaje, en la que el niño desfigura y disemina las denominaciones habituales de las cosas. Una madera rota se convierte en usa espada, una silla en un avión, una lata en un balón de fútbol.

Por otro lado, la facultad mimética se extiende al lenguaje, puesto que la relación que se establece en el conocimiento científico como evidente, para esta forma de experiencia es un juego en el que se producen semejanzas entre el nombre y la cosa, estos se encuentran, se reúnen. No deja de ser un terreno en construcción.

El niño está despierto ante el mundo y lo comprende tomándolo entre sus manos, haciendo cosas con él. Entre su mirada y la cosa no hay distancia, se da de manera simultánea en la experiencia de asirla y transformarla. Las cosas no tienen un sentido unívoco y total, sino que son la oportunidad para la alteración, para multiplicar sus sentidos a través de la imaginación.

La razón es que el niño tiene una actitud “ingenua5” cuando juega, pues las cosas mantienen un sentido simple; ellas le dan la posibilidad también de experimentar una mirada sencilla frente a las ellas porque mira los cuerpos en su materialidad; puede mirar cómo aparecen, cómo se mueven en la capa (film) que muestran ante él.

Esto es lo que le posibilita desmontar y remontar los objetos, exprimiendo la multiplicidad de sentidos y enfoques que les puede dar. La imaginación le permite deformar los objetos a través del montaje y desmontaje; destruir un modo de mirarlos para abrir la forma caleidoscópica de su composición, pues no hay una sola forma, a cada vuelta del objeto aparecen múltiples formas, múltiples imágenes que se yuxtaponen y cobran nuevos enfoques.

Ahora bien, si trasladamos lo dicho a la imagen del Filósofo, se puede ver una oportunidad para crear experiencias de pensamiento distintas para él, es decir, un modo distinto de trabajar con el pensamiento. El Filósofo sería aquel que percibe semejanzas en el mundo, construye y deconstruye. Su experiencia sería un proceso de montaje que en cualquier momento puede ser destruido:

[…] No [se] puede reclamar más del pensador que el caleidoscopio en las manos de un niño, que destruye mediante cada giro lo ordenado para crear así un orden nuevo.

(Benjamin, 2008)

De acuerdo con esto, el niño sería al juguete, lo que el Filósofo al lenguaje. El objeto se le presenta en estructuras que se descomponen y se destruyen en sus manos.

Este Filósofo reclama una mirada a la que se le devuelva la infancia, es decir, que recobra la actitud despierta y activa frente a las cosas para poder transformar la experiencia que se tiene de ellas, de ahí su carácter revolucionario.

En conclusión, diría que asumir la Filosofía como un modo de interactuar con la realidad es asumir la experiencia de reinventar, mirar de otro modo; asumir que para poder leer la realidad es necesario rumiarla y despedazarla para armarla una y otra vez.

El Filósofo mira la realidad a través de un lenguaje caleidoscópico que no encaja con el lenguaje común, lógico, y estandarizado de la realidad. Cuando presenta la pregunta “¿qué estás entendiendo por?” Es porque da cuenta que el mundo se teje a través de discursos sobre el mismo; donde una ideología, una visión del mundo puede atravesar las acciones, los pensamientos y el modo de vida del interlocutor.

De ahí que valdría la pena pensar a la Filosofía como el arte de pensar sí, pero acompañado de un apelativo bien definido: la mocosidad, por supuesto, abandonando las cargas negativas expuestas en este texto y adoptando unas más amables, que abonan a esa característica que también define a la Filosofía, el pensar crítico.

Pues, pensar filosóficamente es un ejercicio de desmantelamiento del lenguaje que sostiene un discurso, desconfiar porque se sabe que todo discurso viene de una intención y toda intención es un ejercicio de poder… tema que dejaré para otro momento.

Notas

[1] Se le ha reconocido a este filósofo no tomar bando, como diríamos popularmente “no es de aquí ni es de allá”, y esto le dio la oportunidad de construir un discurso propio e incluir temáticas que podrían no ser bien vistas dentro de la Filosofía oficial.

[2] […] Esas niñas que juegan a las señoras, se hacen visitas, se presentan a sus imaginativos hijos y hablan de sus vestidos. Las pobres pequeñas imitan a sus mamás: preludian ya su inmortal puerilidad futura […]” (Baudelaire, 1853).

[3] Aquel que gobierna con poderes absolutos y sin someterse a ninguna ley.

[4] […] Los niños tienden de modo muy particular a frecuentar cualquier sitio donde se trabaje, a ojos vistas con las cosas. Se sienten irresistiblemente atraídos por los desechos provenientes de la construcción, jardinería, labores domésticas y de costura o carpintería. En los productos residuales reconocen el rostro que el mundo de los objetos les vuelve precisamente, y solo, a ellos. Los utilizan no tanto para reproducir las obras de los adultos, como para relacionar entre sí, de manera nueva y caprichosa, materiales de muy diverso tipo, gracias a lo que con ellos elaboran en sus juegos. Los mismos niños se construyen así su propio mundo objetal, un mundo pequeño dentro del grande.” Terreno en construcción (Dirección única, 1988).

[5] Ingenuo es aquel que se conduce de manera sincera, candorosa y sin doblez, que es franco.

Bibliografía

Baudelaire, C. (1853) “Moral del juguete”. Artículo aparecido en Le Monde Litteraire, el 17 de abril de 1853. Traductor al español desconocido. En Los niños de Japón. Poéticas de la infancia. http://losniniosdejapon.blogspot.com/2011/12/la-moral-del-juguete-por-charles.html

Benjamin, W. (1988) Dirección única. Madrid: Alfaguara.

Benjamin, W. (2008) “Parque Central”. En Obras completas. vol. I, 2. Madrid: Abada.

Kant, I. (1992) ¿Qué es la ilustración? Mexico: FCE

Rabinovich, S. (2019). El benjamín de la filosofía ante el tesoro del mesianismo revolucionario. (Una lectura de Walter Benjamin a través de algunos escritos sobre literatura infantil). Interpretatio, 4.2, septiembre 2019-febrero 2020: 25-36. Recuperado de https://revistas-filologicas.unam.mx/interpretatio. 

Imagen | Unsplash

Cite este artículo (APA): Tellez, E. (2023, 17 de abril). Filosofía, el arte de pensar como mocoso. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2023/04/filosofia-el-arte-de-pensar-como-mocoso
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por Erika Tellez

Lic. en Filosofía (UCSJ) y egresada de la Maestría con especialidad en Estética (UNAM). Actualmente, docente en el Centro Universitario de Integración Humanística y en el Diplomado de Historia del Arte de la Universidad Anahuac. También, colabora en la Editorial Progreso como autora, revisora en el área de libros de texto de Bachillerato.

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