La necesidad de la ética para mejorar nuestra sociedad

En nuestros días vemos con cierta frecuencia —ya sea de modo vivencial, en las noticias, en las redes sociales, etc.— que las personas ejecutan acciones muy distintas a las que se esperan de un ser racional y emocional. Por ejemplo, hay gente que es pura impulsividad, que es intolerante, que se preocupa de cosas superficiales, que no respeta a los adultos mayores, que si alguien tiene un accidente se preocupa de sacar fotos y de subirlas a las redes sociales en vez de ayudar, entre muchos otros. Ahora bien, esto no quita que haya personas ejemplares y valiosas, aunque no se puede negar que las acciones señaladas son más recurrentes de lo que uno esperaría. A esto, se suma la impresión de que la justicia estuviese al debe. En consecuencia, es lógico plantearse si es que existe en las personas— quienes conformamos la sociedad— una ética adecuada a nuestra realidad; en otras palabras, un modo de ser que nos permita actuar en el bien y ser un aporte para el fortalecimiento de la misma. A primera instancia, se podría responder afirmativamente, ya que las leyes son expresiones de la ética1 y en diversas instituciones se realizan capacitaciones en esta materia. Todo esto es correcto, pero ¿será suficiente? ¿la ética se puede reducir a leyes o actividades específicas?

Mi respuesta a estas interrogantes es que no, y el motivo radica en que la ética se entiende, desde la filosofía aristotélica-tomista2, como “modo de ser”, por lo tanto, es mucho más que una actividad administrativa o legal. Implica también que el ser humano procure tener una voluntad o querer suficiente para ordenar las acciones de manera racional, es decir, la vida intelectual de la persona humana está conformada por la razón y la voluntad, las cuales deben complementarse adecuadamente para que el hombre actúe en el bien. En otras palabras, en una ética de la virtud.

La misma experiencia de comunión y participación, que debe caracterizar la vida diaria de la familia, representa su primera y fundamental aportación a la sociedad.

(Juan Pablo II, Familiaris Consortio, n. 43)

Entonces ¿Cómo se puede educar en una ética de la virtud? La respuesta es mediante los hábitos. A saber, la repetición de los actos humanos, conscientes y libres; los cuales —cuando son constructivos— perfeccionan nuestras acciones y empiezan a formar parte de nuestra esencia, de nuestro modo de ser. Evidentemente, que si se empiezan a trabajar desde pequeños es mucho más factible, sin embargo, toda persona puede adquirirlos, aunque ello implique un esfuerzo mayor, y al hacerlo, se aproxima al estado de virtud o perfección que le corresponde como ser humano.

Por otra parte, se debe tener presente que la ética está relacionada estrechamente con la antropología, pues precisamente —la primera— estudia los actos humanos. De ahí que es de suma importancia profundizar sobre qué es el hombre y, en especial, su dimensión social. Al estar en un ambiente individualista no se puede dejar de lado el aspecto comunitario del hombre, ya que a través de esta característica, la persona ratifica su “yo” a través de un “tú”, dicho de otro modo: el ser humano al ser un ser sociable por naturaleza, “zoón politikón” (Aristóteles), que debe tener presente que es necesario vivir en sociedad para crecer de modo más pleno e integral.

En suma, el aporte de la filosofía para que nuestra sociedad pueda ir superando los desafíos que tiene en cuanto a la interacción entre personas consiste; primero, en ratificar la necesidad de una ética, pero que considere como relevante la importancia de la virtud y en destacar la importancia de profundizar sobre la riqueza del ser humano, su dimensión intelectual y social por sobre lo demás, y segundo, la importancia de que esto se empiece a sembrar y alimentar en el seno de la familia para que luego sea traspasada a la vida comunitaria.

Notas

[1] La afirmación “las leyes son expresiones de la ética” es una idea defendida por varios filósofos a lo largo de la historia de la ética y la filosofía política. Algunos de ellos incluyen a Platón, Aristóteles, Tomás de Aquino y John Rawls, entre otros.

[2] La visión de la ética desde la filosofía aristotélica-tomista está fundamentada en las obras de Aristóteles y Santo Tomás de Aquino. En la “Ética a Nicómaco” de Aristóteles, se presenta la ética como una rama de la filosofía que se ocupa de la moralidad y el comportamiento humano, mientras que en la “Summa Theologiae” de Santo Tomás de Aquino se profundiza en la relación entre la ética y la naturaleza humana, y se presenta una teoría de las virtudes y la ley natural.

Bibliografía

Aristóteles (1998). Ética a Nicómaco. Madrid: Gredos S.A.

Aristóteles (1988). La Política. Madrid: Gredos S.A.

Ayllón, J. R. (2005). Ética razonada. (6ta ed). Madrid: Ed. Palabra.

De Aquino, S. T. (2019). Corpus Thomisticum. http://www.corpusthomisticum.org/ 

Juan Pablo II (1981). Familiaris Consortio: sobre la misión de la familia cristiana en el mundo actual. Exhortación apostólica. Roma: Librería Editoria Vaticana. En https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/apost_exhortations/documents/hf_jp-ii_exh_19811122_familiaris-consortio.html

Rodríguez L., A. (2010). Ética. (6ta ed). Pamplona: EUNSA

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Cita este artículo (APA): Camacho, R. (2023, 20 de abril). La necesidad de la ética para mejorar nuestra sociedad. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2023/04/la-necesidad-de-la-etica-para-mejorar-nuestra-sociedad
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por Rodrigo Camacho

Licenciado en Filosofía y Mg. En Educación Superior. Área de investigación: Filosofía de la Educación y Didáctica de la Filosofía. 10 años de Docencia en diversas instituciones de Educación Superior.

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