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Nietzsche, el paso de la filología a la filosofía del espíritu libre. Parte 3 de 4

No dejes de leer la parte 1, y la parte 2 de este texto. 

El año de 1879 pasaría a la historia como el año en el que Nietzsche abandonaría definitivamente la filología clásica y su magisterio en Basilea, para emprender una nueva etapa en su vida como «filósofo errante», que será ya definitiva.

Pero para comprender este cambio drástico en la historia vital de nuestro protagonista, habrá que remontarse al año 1876, concretamente al siete de febrero. Será ese momento en el que las clases de Nietzsche en la universidad tuvieron que ser interrumpidas por enfermedad, el que marcará el inicio de la crisis que tres años después desembocará en el final del Nietzsche filólogo.

Pero para llegar a ese punto crítico en la vida de Nietzsche y a su comprensión, nos será necesario fijarnos en la evolución intelectual del personaje, acompañada esta por un avance progresivo de su enfermedad. Enfermedad, por otro lado, que fue un anticipo de exiliarse ya de la filología, de su vinculación al estamento de los profesores universitarios y del oficio de filólogo clásico con el que Nietzsche, a juzgar por sus notas se sentía críticamente incómodo.

Este año de 1876 sería también el del inicio del distanciamiento de Richard Wagner, con quien rompería definitivamente dos años más tarde.

Por todo ello, la crisis tenía, pues varios frentes, siendo el más importante, sin lugar a dudas, el del replanteamiento de su condición de académico; la base de su cuestionamiento estaría en su profesión como enseñante de filología clásica y de la misma filología clásica como ciencia.

Toda esta crisis espiritual de nuestro protagonista tomará cuerpo definitivamente con la publicación de su obra Humano, demasiado humano, donde plasmará y analizará los prejuicios en los que se asienta la filología clásica como profesión y la imagen que de ella emana. Aunque será la crítica a la modernidad como la época de la decadencia y del nihilismo la que marcará su crítica.

Asimismo, en la obra antes mencionada, Nietzsche presentará un nuevo concepto de filosofía; una filosofía que se autocomprende como crítica de la cultura y cuyo objetivo es liberar al pensamiento de los errores de la moral. Es decir, partiendo desde la exigencia de nuevos valores, intentará establecer los supuestos para el nacimiento y afirmación de una nueva moral, caracterizada porque no se concebiría a sí misma ni se pretendería como absoluta, sino que establecería la diferencia entre lo bueno y lo malo en relación con su circunstancia histórica. Y, por tanto, el verdadero ilustrado sería aquel que fuese capaz de comprender la moral sobre la base de su historicidad, librándose de esa concepción moral de carácter absoluto, dicho en otras palabras, sería lo que Nietzsche caracterizaría como espíritu libre: Se llama espíritu libre a quien piensa de manera distinta a lo que se esperaría atendiendo a sus orígenes, su entorno, su posición social y su oficio, o a las opiniones dominantes de la época.

La importancia del punto de vista histórico radica, para este espíritu libre, en que le permite comprender la función que los errores de la moral han cumplido en la evolución de la cultura. Sin ellos, el ser humano no habría podido superar el nivel de la animalidad. Así pues, la moral aparece como un error necesario para la vida, al mismo tiempo que la hace estar subordinada a esa necesidad, lo cual destruye sus pretensiones de absoluto incondicionado. La verdad para el espíritu libre no es más que la búsqueda de esa verdad. Es decir, el nuevo filósofo, el espíritu libre, se transforma en caminante que explora y busca.

Y para esa búsqueda, se requerirá el apoyo de la ciencia valorada como antimetafísica, que sea capaz de servir en la tarea de destrucción de las ilusiones y engaños que han servido de fundamento a la moral dogmática. El desarrollo de esta pasión por el conocimiento se produce al mismo tiempo que Nietzsche se libera de las influencias de Schopenhauer y de Wagner. Desde este momento, analizará las pretensiones de la moral, la metafísica y la cultura, desde la perspectiva de la ciencia para descubrir su condición de error y su intrínseco vacío. Nietzsche emplea la ciencia como instrumento de la crítica, lo que implica una interpretación crítica también de la ciencia misma, pues el saber es una tarea de búsqueda cuyo objetivo es la liberación del peso de la tradición, especialmente la moral y sus valores superiores.

En el prefacio a la segunda edición de Aurora, Nietzsche nos habla de la autosuperación de la moral, de modo que el que se entrega a la pasión del conocimiento siente dentro de sí un nuevo deber moral, el deber de la veracidad que le conduce justamente a perder la confianza en la moral, y de este modo, producir en sí mismo la autosuperación.

En La gaya ciencia, Nietzsche irá un paso más allá y preconizará la alegría y la voluptuosidad del saber, que tiene, sin embargo, como condición la facultad de soportar el sufrimiento. Y esto es así porque la ciencia produce sufrimiento cuando pone al descubierto realidades que exigen la autotransformación y el abandono de actitudes confortables que deben quedar superadas. El conocimiento se convierte entonces en un proceso de experimentación. Pero para la realización de este proceso de forma satisfactoria solo existe una insustituible condición: desprenderse de la servidumbre milenaria a los ideales y valores trascendentales superiores y metafísicos para conquistar la libertad. Es decir, la muerte de Dios es la premisa necesaria para la creación de la nueva moral y de sus nuevos valores.

Una vez que Dios ha muerto, se abre el camino para la libertad, la libertad del héroe. Pero Nietzsche entenderá que no todos los seres humanos son igualmente libres o no libres. La libertad, según él, es un privilegio exclusivo de las naturalezas superiores y nobles. Y lo que caracterizará a estas naturalezas superiores es que son aquellas que tienen la capacidad de coordinar y reconfigurar dentro de sí una muy amplia riqueza y multiplicidad de pulsiones distintas e incluso contradictorias, imponiendo un afecto dominante y diferenciador que impide la anarquía de los impulsos subordinándolos y jerarquizándolos en torno a él. Esto es lo que permite evitar la dispersión y favorecer la acumulación de la fuerza, con el consiguiente aumento de la potencia para hacer frente a las otras fuerzas externas.

En el polo opuesto, por tanto, se encontrarán aquellas naturalezas débiles que carecen de libertad, y esa falta de libertad será el signo de una idiosincrasia pulsional anárquica, descontrolada, que solo puede sentir crecer sus sentimiento de poder subordinándose a otras fuerzas externas que le controlen desde fuera su anarquía y descontrol internos; alguien que mande con dureza, ya sea un dios, un príncipe, un médico, un confesor, un dogma o una conciencia de partido.

Así pues, el dilema que le surgirá a todo ser humano está en relación con la libertad: decidir si representa su papel tal como ha sido condicionado o determinado por su educación, o bien si busca creativamente nuevos roles y de este modo se construye libremente a sí mismo. Y solo la libertad será posible si el individuo lucha por superar esos condicionamientos gregarios par convertirse en alguien original y superior.

Desde esta perspectiva, el objetivo de la libertad sería llegar a ser lo que se es, que es lo mismo que decir llegar a ser lo que se puede ser.

Y para Nietzsche ese individuo que consigue la libertad con plenitud, será el espíritu libre. La libertad de espíritu se definirá por la independencia, es decir, por la capacidad de poder pensar y actuar sin estar sometido a la autoridad de los valores en vigor. La independencia del espíritu libre se mide por su capacidad de pensar y de vivir en función de valores diferentes a los comunes, o incluso opuestos a estos si fuera necesario. Por ello Nietzsche representará al espíritu libre con las metáforas del explorador o del aventurero. Pues esta libertad e independencia es lo que le permitirá descubrir, ensayar y crear nuevos valores y nuevas interpretaciones. Esta misma independencia del espíritu libre la aplicará también a la cuestión de las creencias, llegando a afirmar que lo propio de este espíritu libre es carecer, en buena medida, de ellas.

Lo contrario al espíritu libre será el tipo humano de la metafísica y del cristianismo tradicionales, que vive y regula su existencia en función de certezas dogmáticas y creencias absolutas; el tipo humano que liga la obediencia de manera fundamental a la creencia. Porque lo distintivo del esclavo es, justamente, la necesidad de absolutos, y esa necesidad la mediatizan siempre unas creencias.

En resumen, lo que Nietzsche pretende dejarnos claro es que, cuanta mayor fuerza tiene un individuo, menos necesidad tiene de estas certezas absolutas, que son, en realidad, elementos de protección y de seguridad como remedio a su debilidad. Y quien se libere de esas certezas absolutas y tome el camino de la libertad, se convertirá en el auténtico espíritu libre, aquel que se ha hecho a sí mismo, libre de ligaduras o ataduras morales e ideológicas.

Bibliografía

Ecce Homo. Nietzsche, Friedrich. Editorial Tecnos

El itinerario intelectual de Nietzsche. Diego Sánchez Meca. Editorial Tecnos

Obras completas volumen I, Escritos de juventud. Nietzsche, Friedrich. Editorial Tecnos

Obras completas volumen II, Escritos filológicos. Nietzsche, Friedrich. Editorial Tecnos

Obras completas volumen III, Obras de madurez

Imagen | Wikipedia

Artículo de:

Rubén García Díaz (autor invitado):
Licenciado en Derecho por la Universidad Autónoma de Madrid. Estudiante y apasionado de la Filosofía, de la Literatura, de la Historia, del Arte y de la Cultura en general.

Cite este artículo (APA): García, R. (2023, 07 de abril). Nietzsche, el paso de la filología a la filosofía del espíritu libre. Parte 3 de 4. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2023/04/nietzsche-el-paso-de-la-filologia-a-la-filosofia
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