Entré a la carrera de Historia del Arte, fascinada en primer lugar por el arte griego, el arte romano, el Renacimiento. Es verdad que son materias que me gustaron mucho, a la vez que rápidamente me aburrieron (lamento decir y perdón por la ofensa). Desde que entré en el ambiente de la historia del arte contemporáneo vi fusionado en una sola disciplina todo aquello que me llamaba la atención: la filosofía, la literatura, la provocación, el baile, la quietud, el sonido y el silencio. 

Quizás fue un poco decepcionante para aquellos que me vieron fascinada por los mitos griegos o la iconografía bíblica decir que me iba a adentrar en la época artística que más molesta a los puristas, sobre todo si no elegía las vanguardias del principio del siglo 20. Me divertía enviándole fotos de pinturas y dibujos que estudiaba obsesivamente a amigos y familiares para escandalizarles – tuve mis épocas: Vir Heroicus Sublimis1 de Newman, los White Paintings o el Erased de Kooning de Rauschenberg, etc. 

La obra de John Cage:
arte, música y filosofía

Entre esas épocas estuvo entre mis intereses la obra de John Cage. Mundialmente famoso, fue un artista, escritor, músico y compositor estadounidense cuyo trabajo y filosofía cambiaron de forma muy significativa la música experimental del siglo XX, tanto como la performance. Creó la primera composición conocida en el mundo basada en el silencio, 4’33’’ (1952), una partitura vacía donde el pianista que la interprete solo debe abrir y cerrar la tapa que cubren las teclas. El objetivo: escuchar el silencio. La respiración propia, la del acompañante, el ruido de las luces. 

Cage quiso abandonar la música desarrollada a partir de los sentimientos o el pensamiento. Un arte que fuerce al espectador a abandonar su subjetividad y los criterios estéticos para anclarles plenamente en el presente. Cuando escribió sobre los lienzos blancos de Rauschenberg, hoy en el MoMA, destacó todo aquello que no estaba, lo que brillaba por su ausencia – no hay sujeto, no hay imagen, no hay gusto, no hay belleza, ni mensaje ni talento, ni técnica ni porqué. Ni intención, ni arte, ni emoción. 

La filosofía zen
en la obra de Cage

Esto se enlaza con su interés en la filosofía zen, intentando librar el arte de las preconcepciones y convenciones filosóficas del arte occidental. Usó en varias de sus obras el I-Ching, dejando al azar lo que tocaría en su piano, como en Music of Changes de 1951, o en Imaginary Landscape nº4. Quizás es por esto que el arte contemporáneo a veces parece incomprensible. Simplemente, es porque no hay que entenderlo. La presencia frente a la obra visual, la escucha consciente de una obra sonora, revolucionan todo aquello preconcebido sobre el arte, para poner el foco en la experiencia

Desarmar el arte

A comienzos del siglo XX, los impresionistas, luego los fauvistas, dan el puntapié inicial de la deconstrucción de la imagen. Una deconstrucción que inició como una bola de nieve, creciendo y creciendo, para arrasar con todo aquello que estaba establecido como “arte”. Arrasando con lo supuestamente bello, estético, interesante. 

Más que hacer una biografía de uno de mis artistas favoritos, mi intención es apoyar, como siempre he hecho, la observación intencional y la presencia frente al arte. Una especie de meditación. La curiosidad antes que el prejuicio y la verdadera mente abierta para escuchar el silencio.

Notas

[1] La imagen que encabeza este artículo.

Imágenes | Universidad Francisco Marroquín, Wikipedia

Artículo de:

Julia Isasti (autora invitada):

De Buenos Aires, Argentina; historiadora del arte y artista.

Cita este artículo (APA): Isasti, J. (2023, 27 de abril). Presenciar el arte. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2023/04/presenciar-el-arte
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por autores invitados

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