El inconsciente, ese gran desconocido, que tiene que ver con gran parte de todo lo que acontece a nivel social y, sin embargo, nunca se tiene en cuenta a la hora de comprender al ser humano.

Exceptuando a nuestros compañeros argentinos, quienes hablan del inconsciente hasta con el frutero, el resto de países no hemos querido saber nada de él. Usamos como mucho el término como sinónimo de un automatismo involuntario azaroso “Inconscientemente he apagado la alarma esta mañana”, o para referirnos al final de una noche de copas, sexo y rock’n roll en la que más de uno terminó inconsciente.

¿Qué importancia tiene
ser conscientes de que
hay inconsciente?

¿Por qué si llevamos tanto tiempo ajenos a este concepto vengo ahora a reivindicar su lugar? Porque si el ser humano es 60 % agua en lo físico, en lo psíquico es inconsciente en un 80 %. Vale a ver, me he inventado los números porque lo inconsciente no es cuantificable, pero ¿se entiende que gran parte de lo que opera en el ser humano es inconsciente? Sin embargo, me fascina que ante nuestra imperiosa necesidad de dar sentido a los comportamientos de nuestros iguales, siempre se recurra a lo único que conocemos y que menos explica; la conciencia y su hermana gemela, la voluntad.

No creo que estén los Illuminati detrás de esta ignorancia, pero creo que como sociedad ya va siendo hora de aceptar que los hábitos y voluntades se nos han quedado muy cortos para explicar la incongruencia, más que presente, que observamos en cualquier ser humano que nos rodea. Ni siquiera (y esto es un tema para el que no tengo palabras) las universidades de psicología de España, a excepción de tres contadas si llega, se dignan a contarles a sus alumnos algo sobre el psicoanálisis y por ende, del inconsciente.

Efectos de
la ignorancia

Este desconocimiento nos lleva a juicios maliciosos, y reduccionistas que atacando a cualquiera al que no logremos entender. Por ejemplo, cuando un compañero de trabajo al que según nosotros, la vida le sonríe con una buena familia, un buen sueldo y un pisazo, nos dice que tiene depresión, no entendemos nada, y se fácilmente se escucharán comentarios del tipo “se queja de vicio”, “su problema es que no ha sufrido en la vida”, “lo que pasa es que no le gusta trabajar”. Cuando un estudiante que acude regularmente a clase deja de asistir, se presupone que es “porque no le da la gana”, aunque con ello pierda el curso y le toque hacer un esfuerzo extra cuando los demás estén descansando. Es como si detrás de los sentimientos que no comprendemos hubiese un plan maquinado o una forma errónea de pensar. Vivimos en la fantasía del “si quieres, puedes”, aplicándolo incluso a la idea de que podemos hacernos a nosotros mismos, al gusto como una pizza, con extra de autoestima por favor. Esto desemboca en que las soluciones que aportamos a problemas tan graves como la depresión sean: tiene que salir más (que es justo lo que no puede), tiene que relacionarse (que es justo lo que le aterra), tiene que esforzarse (que es justo para lo que no tiene energías).

Ahora bien, no os juzgo por estas explicaciones, que no son tan disparatadas si creemos lo que el capitalismo nos ha venido contando: que el ser humano es dueño de sí mismo y de sus actos. Por ende, cuando hace algo que no corresponde a lo que dice, nuestra única explicación posible es que está mintiendo, que es un hipócrita o que en el fondo “le gusta sufrir”. Es decir, si es dueño de sí mismo, a donde se dirige es a donde quiere ir, lo que hace es porque quiere hacerlo y lo que no hace es porque no lo quiere. Se suicidó porque quería suicidarse, caso cerrado Sherlock Holmes.

Sin embargo, aunque a muchos les encantaría que el funcionamiento de las personas fuese más fácil de explicar que el mecanismo de un chupete, y pudieran así dividir la vida en un binarismo propio de los dibujos animados de su infancia, donde el bueno es todo bueno, y el malo es todo malo, por desgracia la cosa se les complica cuando las personas a su alrededor, que saben buenas, hacen daño y las que saben listas, cometen estupideces una y otra vez.

¿Cómo que mi mejor amigo, padre de tres hijos que siempre habla bien de su mujer, tiende a serle infiel? ¿Cómo que el jefe que es a quién más le importa la empresa tiene arrebatos coléricos con los clientes? ¿Qué ha ocurrido con mi hija que siendo tan inteligente se ha enamorado de un chico que la vilipendia? ¿Por qué mi amigo que más admiro es el que menos autoestima tiene?

Algo no encaja. Y si hay amor hacia esa persona, probablemente traten de buscar alguna explicación benevolente, pero cuando no lo hay, las barbaridades que se llegan a plantear son inconmensurables. Ponemos sentidos reduccionistas allí donde comprender nos queda grande.

El inconsciente
y sus andanzas

Por este motivo, es por lo que sería interesante que nuestra sociedad supiese que existe una cosa llamada inconsciente, que probablemente es el autor que hay detrás de todos esos actos que no entiendes de tu amigo, de tu familiar y, seamos sinceros, de ti mismo. Cuando nuestro querido sentido común no alcanza para explicar por qué caemos frecuentemente en eso que decimos no querer, entonces es el momento de sospechar que hay un “algo más” operando en la direccionalidad de nuestros actos y sentimientos. Lo que no se explica por el sentido común, se explica por la lógica del inconsciente y, como dicen los sabios, el sentido común es el menos común de los sentidos.

No obstante, observo un prejuicio social que impide la empatía: se confunde reiteradamente comprender/explicar con JUSTIFICAR, y esto en los tiempos extremadamente moralistas que corren es una infamia. Pobre de aquel que trate de empatizar, comprender, o simplemente no juzgar cualquier acto social catalogado como inadecuado. Es decir, que nadie ose pensar más allá de lo visible, solo hay que juzgar al reo.

Cierto es que quedan algunos valientes que tratan de dar sentido a las cosas sin pasar por los tribunales. Pero comprender es difícil si se desconoce que existe la ya mencionada “lógica del inconsciente” postulada por el psicoanálisis. Creo que ha llegado el momento de introducir qué narices es eso. El inconsciente, dicho en divulgativo, es una estructura conformada por diversas asociaciones que habitan en las personas a expensas de sí mismas y de las cuales el anfitrión es el principal desconocedor. Están ahí, operan con más fuerza que un titán, siempre vencen a la voluntad y son invisibles para la persona como lo es su pupila sin espejo.

Está lógica inconsciente, se parece mucho a una posesión; el sujeto es poseído por ellas, las sufre, se rebela, las rechaza y desea con todas sus fuerzas un exorcismo (deseo que suele culminar en la visita de a un psicoanalista si tiene buen tino). El proceso de exorcismo pasará en primera instancia, en el caso del psicoanálisis, porque la persona vea qué es aquello que lo habita sin que él/ella haya formado parte de su creación, para que pueda desde ahí abordarlo. (No es tan sencillo, pero me dejáis simplificar o en vez de un artículo tendría que escribir un libro).

El inconsciente, podríamos decir, son ciertas premisas que nos constituyen y tienen su propia lógica que puede ser diametralmente opuestas a la lógica de la consciencia, de ahí el sufrimiento.

Ejemplo clínico ficcionado

Algo que se juzga a simple vista es, por ejemplo, el sobrepeso, como se muestra magistralmente en la película de “La ballena” (que deberías correr a ver). Pero para no haceros spoiler de semejante maravilla me voy a inventar un caso que recorreréis conmigo de consciente a inconsciente.

Imaginemos una persona que quiere ser delgada con todas sus fuerzas, piensa en la delgadez día y noche. Si pudiera pedir un deseo al genio de la lámpara sería tener un cuerpo de revista (parte consciente). Sin embargo, esta persona desde hace años no logra bajar de peso por activa ni por pasiva. Hace muchos esfuerzos y le dedica al tema la mayor parte de su mal llamada energía mental; en su casa hay una caminadora, ha probado con cinco nutricionistas diferentes, se levanta pensando en lo que no va a comer, y en lo que sí va a entrenar, ha hecho varias sesiones con un coach y sabe mucho de nutrición. Es decir, la teoría se la sabe toda e intenta ponerla en práctica con todas sus fuerzas.

Sin embargo, algo falla y su plan se tuerce con facilidad cuando cualquier improvisto aparece; en vez de merendar su manzana trajeron a la oficina unos pasteles, “de perdidos al río”, se dijo, “hoy ceno pizza” pensó al terminar el pastel. Una y otra vez, algo ocurre y el plan se tuerce, o lo tuerce (incongruencia incomprensible). ¿Qué ocurre? La explicación simple y de los coach; no tiene suficiente fuerza de voluntad, tiene malos hábitos, en el fondo le gusta más comer que estar delgado.

Sin embargo, la susodicha persona es disciplinada en el trabajo, lo fue con los estudios, siempre llega puntual, sabe hacer esfuerzos, y de hecho relata que ni siquiera disfruta cuando come, no sabe ni por qué lo hace. ¡¿Cómo puede ser?! El que necesita dar sentidos inmediatos se quedará en el “no lo querrá tanto”, porque el capitalismo ha dicho que “si quieres, puedes” (vamos, que es culpa tuya que no llegues a fin de mes). Sin embargo, cuando metemos en la ecuación el inconsciente, puede que éste pueda aportar un poco de lógica al este embrollo.

Pongamos que esta persona no se encuentra muy a gusto en su matrimonio, pero forma parte de una familia muy cristiana para la cual el divorcio es un sacrilegio, les han enseñado siempre que “su conducta no debe dar de qué hablar”, les aterra el qué-dirán. Además, tiene un amigo íntimo cuyos padres se separaron, y siempre culpa a este hecho de las desgracias de su vida. Esta es su historia, ¿qué puede haber armado con esto su inconsciente? Infinitud de cosas, pero con fines ejemplificativos podríamos fabular; “Si me divorcio mi hijos quedarán traumatizados, me culparán y odiarán por ello. La gente hablará de mí, y seré la vergüenza de mi familia que me rechazará por la pérdida de reputación de familia-de-bien, con lo que acabaré sola en el mundo”.

¿Crees que esta persona ha pensado todo esto? No. De hecho, si la preguntas, su parte consciente te dirá que el divorcio es una cosa muy actual y que ella no juzga a nadie que se quiera divorciar. Ahora bien, si escuchamos bien en una consulta, podemos rastrear que los síntomas de atracones y boicoteo empezaron a raíz de asociar la delgadez con la posibilidad de atraer a otros hombres y, por tanto, esta queda ligada a los peligros implícitos para ella de divorciarse. Tenemos aquí una lógica, no tan descabellada de asociaciones inconscientes. ¿Qué efectos tendrán?

En cuanto baja unos kilos en la báscula, aparece cierta ansiedad que la dirige directamente a los atracones, recuperando el peso perdido y más. La lógica del inconsciente no es un mero texto, afecta al cuerpo y lo atraviesa. Así aunque quiera estar delgada, no quiere “acabar sola en el mundo” y aparece un conflicto, como si tuviese que decidir entre una cosa u otra, sin ella saberlo. Cada vez que termina en la despensa, se recrimina y piensa “no tengo disciplina, no tengo arreglo, soy lo peor”. Pero lo que debería atender esta persona es ¿por qué justo me da por comer en exceso cuando he visto que he adelgazado?

¿Veis cómo no es tan fácil? Esta persona hará doscientas dietas, y fracasará en cada una de ellas hasta que comprenda que inconscientemente la delgadez la tiene asociada a otras cosas que no desea. Solo cuando pase por un análisis sus temores con respecto al matrimonio y el divorcio, y estas queden desarticuladas, entonces habrá un nutricionista que la pueda ayudar y, ahí sí, la disciplina la podrá echar una mano. Mientras tanto, el inconsciente opera con más fuerza que cualquier fuerza de la voluntad.

¿Hay que ir para todo
al psicoanalitsa?

Rotundamente, no. Prueba por los caminos de la voluntad, los hábitos y el conocimiento, y si a pesar de ellos siempre acabas estrellado en el mismo sitio, entonces sí, ves a hablar con uno.

¿Psicoanalizar es el
único camino para empatiza?

Este texto no es un reclamo de que vayáis psicoanalizando por ahí a la gente, obviamente, si no para transmitir que allí donde no encontréis explicación no os apresuréis a darla, pues si se le escapa a la persona que más desearía entender qué le pasa, más se os escapa a vosotros. Hagamos un salto de fe que nos permita empatizar con aquello que no comprendemos, dando por supuesto que nadie sufre por gusto. Y tampoco quiero decir, que como la causa de algunas conductas tiene origen psicológico, debas aguantar las salpicaduras de esto. Comprender, no es aceptar, comprender no es victimizar a la gente, comprender es simplemente asumir que lo que mueve los actos a veces es algo que supera a la persona, pero no por ello tenemos que ser la mejilla en la que caiga su inconsciente.

Imagen | Unsplash

Cita este artículo (APA): Silveira, J. (2023, 23 de abril). Sin inconsciente no hay empatía. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2023/04/sin-inconsciente-no-hay-empatia
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por Julia Lorena Silveira Borondo

Psicóloga psicoanalista. Trabaja en la clínica con adultos, adolescentes y niños. Se interesa en el ser humano y los entresijos que lo mueven, individual y socialmente. Le divierte intentar averiguar el final de la película antes de que ocurra.

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