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Gaston Bachelard trabaja con imágenes que ofrece la poesía para hablar de ciertos espacios felices que dan seguridad y protección en su obra La poética del espacio. Entre estos espacios podemos considerar el rincón como una de esas imágenes de intimidad que pueden anclarnos en un espacio en el que predomina la ambivalencia. La motivación de este ensayo se encuentra en un fragmento del primer apartado del capítulo sobre “Los Rincones” donde se dice:

Todo rincón de una casa, todo rincón de un cuarto, todo espacio reducido donde nos gusta acurrucarnos, agazaparnos sobre nosotros mismos, es para la imaginación una soledad, es decir, el germen de un cuarto, el germen de una casa.

(Bachelard, Gaston, 2005, p. 171)

¿Qué nos sugiere Bachelard cuando dice que el rincón es germen de un cuarto, de una casa? ¿Acaso es que el rincón es un “espacio reducido” de una casa, es decir, una imagen de casa más pequeña?

Aunque a primera vista pareciera que el gesto de Bachelard es caprichoso, esto es, que el rincón es simplemente parte de una casa y en ese sentido puede ser un “espacio reducido” que evoca las mismas condiciones y funciones de una casa, por igualdad, me parece que al decir que el rincón es germen de una casa nos está diciendo una diferencia, aunque sutil, entre ambos. Veamos si es posible mostrar esta intuición.

El rincón:
¿Espacio reducido de una casa?

Se puede encontrar sugerencias de un emparejamiento entre la casa y el rincón en el discurso de Bachelard. Emparejamiento en el sentido de formar pareja, de estar en armonía o correspondencia uno con el otro, distinto de ser igualados a la manera en que no sobresalga uno más que el otro (Moliner, María, 1981, p. 1082). Esta distinción es importante porque nos permitirá señalar la diferencia entre el rincón y la casa. Si bien el rincón es parte de una casa, no se reduce a ser parte de ella, está en correspondencia o en armonía con ella.

En la “Introducción” de la Poética, Bachelard indica que agazaparse es una condición que acompaña al rincón y pertenece a la fenomenología del habitar (Bachelard, Gaston, p. 30) y habitar es la función de un valor primitivo de la casa, pues el habitar lleva en su esencia la idea de casa. En otro lado, dice que la casa es nuestro rincón del mundo (Bachelard, Gaston, p. 34) en el sentido de que la casa es un espacio vital en el que nos sentimos seguros, agazapados, refugiados del universo.  Esto indicaría que el rincón es parte de la casa, sin embargo, veremos un aspecto sutil que separa estas dos imágenes.

Por lo que antes de ir tan rápido, hagamos una pausa para recoger algunas ideas que nos ayuden a resolver esta pregunta. En el capítulo sobre “Los Rincones”, Bachelard comienza por desligarse de las nociones y documentos que tratan a los rincones de manera negativa, esto es que el rincón es visto como un lugar de estrechamiento tanto físico como de pensamiento, en el que domina el silencio y en el que nos encontramos con nosotros mismos en un estado de restricción, pues en lugar del fluir de los pensamientos y de hablar con nosotros mismos, nos encontramos inmovilizados en el silencio tanto física como espiritualmente; además de que el rincón sugiere ocultamiento, negación del mundo, negación del universo.

Sin embargo, son estas mismas ideas las que le proponen a Bachelard un análisis fenomenológico del rincón como imagen de intimidad, pues, a pesar de ser el más sórdido y pobre de los refugios, se da cuenta de que el rincón puede fungir como un refugio del alma cuando se retira en él, cuando se oculta en él. El rincón tiene la posibilidad de mostrar en su sencillez imágenes primitivas: su pobreza y austeridad recomienda la antigüedad de lo primitivo, donde las imágenes son ricas en seguridad. Lo más primitivo de esta imagen es que es un espacio de agazapamiento, de protección. Al ser un espacio reducido que permite acurrucarnos se convierte en un lugar de refugio. Asimismo, al recomendar inmovilidad, el cuerpo queda envuelto por el espacio reducido en el que se busca seguridad u ocultamiento. El rincón se convierte en el abrigo del ser, de nuestro ser y, en ese sentido, se abre como espacio de ser. Así pues, se puede ver que la casa y el rincón cumplen de la misma manera la condición de refugio. El rincón es cobijo del alma, que se habita con intensidad en su saber agazaparse, acurrucarse, cumpliendo también la función de habitar de la casa. Refugiar y habitar son compartidas por la casa y el rincón, teniendo en común el saber agazaparse, en ser espacios de agazapamiento.

Hasta aquí, pareciera que la pregunta se resolviera positivamente. El rincón sería un espacio de agazapamiento reducido de la casa, pero vamos más profundo buscando diferencias.

De manera evidente sabemos que la casa tiene rincones de agazapamiento, lugares en los que puede el cuerpo refugiarse, ocultarse. Sin embargo, no es solo en la casa donde encontramos rincones. Hallamos en un poema en prosa de Luis Cernuda llamado “Un jardín” lo siguiente:

Aunque al primer golpe de vista, abarcando los terrados, las escalinatas, las glorietas del jardín, algo te trae a la memoria aquel [rincón] cuya imagen llevas siempre en el fondo de tu alma.

(Cernuda, Luis, 1990, p. 52)

En el jardín también hay rincones que nos sugieren otros rincones que nos han agazapado alguna vez. Las imágenes poéticas que nos presenta el poeta nos pueden llevar a esos espacios de intimidad donde el alma se siente refugiada y en esa condición, también acurrucada1. El poeta, como dice Bachelard, nos trae a la memoria nuestros propios espacios de intimidad onírica, lugares que fueron otros, ensoñados, como en el caso de la casa natal en la que habitamos oníricamente, esto es que no habitamos por el recuerdo, sino que habitamos por las ensoñaciones que nos despertó. Al recordar la casa natal, no recordamos la casa desaparecida, es decir, las descripciones que nos podemos hacer de ella, sino cómo la habíamos soñado (Bachelard, Gaston, p. 47).

El rincón, aunque no permite la ensoñación de un lugar más primitivo, un lugar más simple puesto que ya lo es, da lugar a la ensoñación. El alma del poeta tiene en su interior el rincón de un jardín como un lugar preciado. En el tono en el que se dice el poema, el rincón sugiere su pertenencia como lugar de refugio. El rincón viene de súbito a la memoria del poeta cuando lo ve una vez más o por primera vez. Algo en las glorietas, las escalinatas y los terrados del jardín le recuerda aquel rincón que tiene en el fondo de su alma.

Una imagen que propone Bachelard nos puede recomendar otros rincones fuera de la casa. El ejemplo en sobre una niña que se hace consciente de sí en el momento en el que se desoculta, esto es, en el momento en el que sale del rincón. Nos dice que Sartre ha insertado una descripción de la novela Tempestad sobre Jamaica en su libro sobre Baudelaire. La descripción reza de la siguiente manera:

Emilia había jugado a hacerse una casa en un rincón de la proa misma del barco […] Cansada de ese juego, caminaba sin objeto hacia la proa, cuando le vino súbitamente la idea fulgurante de que ella era ella.

(Bachelard, Gaston, 128)

En este fragmento, el filósofo observa la dialéctica del dentro y del fuera en la que la niña sale de sí misma para darse cuenta de que es ella. El espacio del ser del rincón es abandonado para salir al exterior, hacia la inmensidad del barco que la confronta y la hace súbitamente consciente de ella misma. En lugar de ir del yo hacia el universo, hacia el exterior, el juego de la niña va en sentido inverso. Primero es ser y luego es un yo. En este sentido, es como dirá que se hace un “palio” al “cogito cartesiano” pues si para Descartes primero se pone en duda el mundo exterior para hacerse de un yo que piensa, en sentido inverso, el yo se presenta en el cuento sobre Emilia, como un yo consciente de sí cuando sale de sí hacia el exterior.

Es importante mencionar esto porque en las ensoñaciones del rincón se puede ser otro. No solo es que el yo se identifique con las grietas, las telarañas o los objetos olvidados que aparecen en él, sino que se puede ser ellos, se reconoce entre el ser y el no ser. Parece que lo que se trata de decir es que si en el rincón no se es un yo —Emilia no es cuando está en su rincón— solo se es en el espacio del rincón, entonces se abre la posibilidad de ser otro, un no-yo, un no-ser concreto en la irrealidad que posibilita la ensoñación (Bachelard, Gaston, p. 177). En el rincón, se está en una ambivalencia entre ser y no-ser, entre el sueño y la realidad, y es precisamente esta ambivalencia la que sabe explotar el poeta Molisz, citado por Bachelard, que pone a su personaje M. de Pinamonte a identificarse en su rincón entre la chimenea y el arcón con la mariquita y la araña, a identificarse con una muñeca de madera olvidada por una niña del siglo pasado en un rincón de la sala de su casa.

Y también, en este estado de ensoñación, el poeta puede salir de un momento a otro del refugio del rincón, explotando hacia el exterior como Emilia cuando sale de su rincón hacia la proa del barco, expulsada de sí hacia sí misma. El poema de César Vallejo En aquel rincón, donde dormimos juntos (1978, p. 138) vemos hacia el final esta interrupción del ensueño del enamorado que evoca la interrupción de la ensoñación del pasado junto a la amada:

En esta noche pluviosa,
ya lejos de ambos dos, salto de pronto…

Así pues, este ejemplo nos sirve para hacer ver una primera aproximación a la diferencia que queremos señalar, pues a pesar de que la casa y el rincón tienen no solo la función de habitar, sino la condición de refugio, son espacios de intimidad independientes. El rincón puede configurarse en cualquier lugar. Incluso en una grieta, en una curva se puede sentir esta condición de refugio, protección y seguridad que ofrece el rincón y, que, en este sentido, permite el acurrucamiento del alma en su estado de ambivalencia entre ser y no-ser. O como el poeta citado por Bachelard que habita “los rincones del cielo raso”, se puede sentir refugiado en la posibilidad que ofrece su verso y su calidez; evoca el agazaparse.

Estos ejemplos, aunque volvemos a nociones que “emparejan” el rincón con la casa ya nos muestran una diferencia sutil. Salimos de la casa para encontrar otros lugares que cumplen con la condición de refugiarse en el rincón, el cual promete un acurrucamiento y agazapamiento para el alma. Y si bien, se pueden ver como meras descripciones físicas del rincón como espacio de intimidad, esto es, sustituir un rincón por otro simplemente, permiten evocar distintas maneras de refugiarse, evocando la memoria, el recuerdo y la ensoñación o la ambivalencia del sentimiento, del ser y no-ser del alma en el rincón en su ocultamiento, que no serían posibles en otro lugar.

Ahora bien, busquemos otro matiz que nos pueda dar la posibilidad de señalar la diferencia entre el rincón y la casa.

El rincón:
germen de una casa

Volvamos a la cita inicial donde se dice que el rincón de una casa es germen de una casa. ¿Qué nos quiere decir Bachelard con germen?

En la “Introducción”, Bachelard menciona que el espacio de intimidad evoca valores de protección que no tienen que ver con el espacio geométrico sino con el espacio “vivido” (Bachelard, Gaston, p. 28). Así pues, la casa y el rincón evocarían algo vivo que, como espacios de intimidad, acogen, protegen, dan refugio a la manera de la madre con su hijo. En este sentido, cuando se dice que el rincón es germen no es casual que se lo designe con un término biológico.

Esta designación permite ver una diferencia entre ambos. El germen es un brote a la manera de una semilla respecto a una flor o a un árbol. Es semilla.

Usando esta imagen, sabemos que la semilla crece y se desarrolla en una planta, y que, a su vez, una planta desarrolla una semilla, pero que esencialmente no son lo mismo. Jorge Bucay (2016) dice en un poema titulado “Sueños semilla”:

En su pequeñez, cada semilla contiene

el espíritu del árbol que será después. […]

Cada semilla sabe cómo transformarse en árbol,

Cayendo en tierra fértil,

absorbiendo los jugos que la alimentan,

expandiendo las ramas y el follaje,

llenándose de flores y de frutos,

para poder dar lo que tienen que dar.

La semilla es un grano que se encuentra dentro de la flor, la cual puede germinar y producir otra flor y, en consecuencia, un árbol. Es una flor, pero solo como posibilidad; no es una flor, pues esta tiene los órganos de reproducción que darían lugar a una semilla, igualmente posibilitando su producción. En este sentido, el poeta continúa:

[…] como si fuera una semilla,

de alguna manera pequeña e insignificante

pero también pletórica de potencialidades.

Ahora bien, se puede notar una diferencia entre la semilla y la flor/árbol, que aun cuando están posibilitadas una en la otra, no lo son todavía. Hay algo que las diferencia, cada una con sus componentes particulares. Sin ir más allá en términos biológicos o bioquímicos, se puede ver esto.

Dentro de nosotros, innumerables sueños

esperan el tiempo de germinar,

echar raíces y darse a luz,

morir como semillas…

para convertirse en árboles.

En este verso se puede ver la diferencia. La semilla debe morir para dar lugar al nacimiento del árbol.       

Siguiendo esta misma imagen, cuando Bachelard dice que el rincón es germen de una casa, nos estaría diciendo que, aunque uno de lugar al otro, (“Emilia se hace una casa dentro de un rincón / La casa es nuestro rincón del mundo”) y compartan la función de habitar, la condición de refugio y la posibilidad de agazapamiento hay algo que los diferencia. Son correspondientes, pero no iguales. La diferencia estaría en que el rincón evoca el ocultamiento, el apartarse. Aunque la casa y el rincón tienen la condición de refugio, el rincón es un sitio pequeño para el retiro, donde se puede ser otro, donde se vive la ambivalencia como el enamorado de Vallejo que es triste y feliz al mismo tiempo.

Este enamorado encuentra en el rincón el refugio del alma ante la tristeza y la alegría de la espera o el ocultamiento ante el dolor de lo que se fue y no volverá al rincón. El poema de Vallejo (1978) dice:

En el rincón aquel, donde dormimos juntos
tantas noches, ahora me he sentado
a caminar. […] Es el rincón
donde a tu lado, leí una noche,
entre tus tiernos puntos
un cuento de Daudet. Es el rincón
amado. No lo equivoques.
Me he puesto a recordar los días
de verano idos, tu entrar y salir,
poca y harta y pálida por los cuartos.

Para el enamorado, el rincón, un lugar que se le abre como refugio, puede ser el mejor sitio para abrir su alma sin palabras ni pensamiento. Ahí puede ensoñar a la amada y su espera o su recuerdo (Bachelard, Gaston, 175). Los sentimientos del que espera pueden mezclarse en la ambivalencia, puede estar triste porque la amada no está o feliz y reconfortado por estar ahí caminando en un lugar vacío y lleno de ella al mismo tiempo. Vacío de su no estar físico y lleno de su estar en la memoria que le ofrece el rincón. El enamorado está acurrucado en el refugio y ahí puede ser, padecer-gozar la soledad de la ambivalencia.

Recuperando lo dicho, podemos ver que en ambos ejemplos se mantiene la correspondencia entre el rincón y la casa como espacios para el agazapamiento, lugares en los que el alma se siente protegida, donde puede acurrucarse. Sin embargo, encontramos el matiz que la diferencia de manera fuerte en una condición que le pertenece al rincón: el ocultamiento. Solo ocultándose, el alma del poeta puede ser y no-ser, estar triste y feliz, permanecer en la ambivalencia. En este sentido, el rincón estaría evocando la función de habitar y de refugio de una manera distinta a la casa, dándole la posibilidad a la casa de convertirse en un rincón cuando requiere de ser un espacio de ocultamiento. El rincón se desprende aquí de ser un espacio reducido de una casa. La condición que le diferencia y le hace germen es su capacidad de ocultar al alma, de mantenerla en el retiro, sin que por ello se quiera decir algo negativo. El alma se oculta para ser de otras maneras, como se ha visto en los poetas mencionados.

Notas

[1] Cabe señalar que el refugio es condición del espacio de intimidad. En este sentido, da lugar al agazapamiento, lo posibilita en la protección que sugiere. Esto porque me parece que se puede confundir el agazapamiento con una función de habitar con la condición de refugio. Me parece que se da de manera escalonada su posibilidad, una dentro de la otra sin que por ello estén separadas.

Bibliografía

Bachelard, G. (2005). La poética del espacio. México: FCE.

Bucay, J. (2016). “Sueños semilla”. México: Océano.

Cernuda, L. (1990). “Un jardín”. En Variaciones sobre tema mexicano. Desolación de la quimera. México: CONACULTA, p. 52-53.

Vallejo, C. En el rincón aquel, donde dormimos juntos. En “Trilce. XV”. Poesía completa. México: Premia. La nave de los locos.

Moliner, M. (1981). Diccionario del uso del español. Madrid: Gredos.

Imagen | Pexels

CITA APA: Téllez, E. (2022). El rincón: germen de una casa . Revista Filosofía En La Red, (3), 28–35. Recuperado a partir de https://revista.filosofiaenlared.com/index.php/espanol/article/view/5
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por Erika Tellez

Lic. en Filosofía (UCSJ) y egresada de la Maestría con especialidad en Estética (UNAM). Actualmente, docente en el Centro Universitario de Integración Humanística y en el Diplomado de Historia del Arte de la Universidad Anahuac. También, colabora en la Editorial Progreso como autora, revisora en el área de libros de texto de Bachillerato.

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