El logo de Jurassic Park se ha convertido en todo un icono reconocible incluso por las generaciones que no han llegado a ver el origen de esta franquicia de películas1. La acción y la aventura que desprende el reencuentro entre dos especies que jamás deberían haberse conocido sigue atrayendo al público a día de hoy. Pero el divertimento y el entretenimiento no son las únicas lecturas que podemos hacer del filme de Spielberg. Desde el prisma filosófico podemos encontrar a Nietzsche o Walter Benjamin bailando entre dinosaurios. Levantemos capas de polvo y profundicemos en los estratos.

El argumento:
crítica a la tecnociencia

En nuestra tarea cuasi arqueológica, tomaremos el argumento de la película como la primera capa de nuestro análisis filosófico. John Hammond (Richard Attenborough), un magnate que no repara en gastos, ha creado un parque temático que combina ciencia genética y entretenimiento. Antes de su apertura y por su potencial peligrosidad, necesita contactar con una serie de expertos que avalen su innovadora atracción: dinosaurios vivos caminando de nuevo sobre la tierra, 65 millones de años después de su extinción.

Este grupo de avaladores lo conforman dos paleontólogos, el doctor Alan Grant (San Neill) y la doctora Ellie Sattler (Laura Dern), y un matemático experto en la teoría del caos, el doctor Ian Malcolm (Jeff Goldblum). Les acompaña también Donald Gennaro (Martin Ferrero), un abogado que tiene como misión inspeccionar Jurassic Park para los inversores.

El milagro de la vida jurásica es resultado de la extracción de material genético de fósiles de mosquitos atrapados en ámbar por millones de años. Combinándolo con ADN de reptiles similares de nuestra era, el equipo de investigación de Hammond diseña dinosaurios, el laboratorio se convierte en matriz de estas criaturas y la ciencia se corona como el nuevo dios con probetas.

Tras ser testigos del nacimiento de los velociraptores, los personajes se sientan a comer. En esta película, cuando los personajes se sientan a la mesa, mantienen entre ellos conversaciones con un gran peso filosófico. Entre focos de proyectores sale a la luz un debate sobre los límites de la tecnociencia. Malcolm plantea lo siguiente: Hammond y su equipo ha estado tan ensimismados en descubrir todo lo que eran capaces de hacer a través de la ingeniería genética que no se plantearon si, de hecho, debían utilizar esos conocimientos para traer de vuelta a los dinosaurios ¿Debes hacer todo lo que puedes hacer? Se trata de un problema ético de medios-fines y que implica considerar si se le deben poner límites al progreso científico. Tener como fin el progreso por el progreso corre el peligro de justificar malos medios en pos de realizar la prosperidad futura en el presente. El equipo de investigación no tiene como meta la prosperidad, sino descubrir y superar sus propias barreras. Descubrir lo que son capaces de hacer y ampliar cada vez más ese horizonte. Hammond argumenta que su proyecto genético es útil para salvar especies. Sin embargo, no ha dedicado la investigación para evitar la extinción de especies en peligro, sino a traer de vuelta una especie peligrosa y explotar su exhibición en un parque temático.

En nuestros días, el conocimiento científico busca superarse a sí mismo. Ya no hablamos de ciencia de investigación, de conocimiento por el conocimiento, sino de conocimiento rentable. La investigación financiada por empresas busca los beneficios para engordar el bolsillo, sin plantearse cómo se realiza ese progreso que se está llevando a cabo, ni hacia dónde. Pretendemos desarrollar cosas sin tener muy claro los límites. La película propone el caso de la investigación genética, pero podríamos hablar de las IAs en nuestra realidad, de cómo se intenta recrear una mente semejante a la humana, pero sin sus limitaciones, a pesar de que aún no se comprenda cómo funciona nuestra propia mente.

Los personajes:
metáforas nietzscheanas

Desde la primera escena subyace la idea que verbaliza el doctor Malcolm una y otra vez: la naturaleza no puede ser controlada, la vida se abre camino. Desde el comienzo se presenta esa dicotomía entre el control y el caos. La serie de acontecimientos y la resolución final nos enseña que ese control era, en definitiva, una ilusión, pretensiones divinas por parte de Hammond que, vestido de blanco, sentencia que “la creación es un acto de pura voluntad” y que tiene “el don de juzgar instantáneamente a las personas“. Hammond, como se ve en su aspecto y sus actos, representa al hombre que, tras matar a Dios, trata de ocupar su lugar. Pero con un trágico final. Hammond y su equipo han diseñado genéticamente a las criaturas, impidiendo su reproducción. Han añadido, además, un protocolo que, al activarlo, el propio cuerpo de los dinosaurios se destruiría a sí mismo. El parque está custodiado por profesionales armados y vallas eléctricas que controla un sistema informático. Sin embargo, en la primera escena un dinosaurio mata a un trabajador a pesar de la organización y las armas, un empleado hackea el sistema eléctrico del parque impidiendo su funcionamiento y los dinosaurios acaban por reproducirse.

Durante el recorrido con los avaladores, el más reacio a la apertura del parque es el matemático experto en la teoría del caos. Si Hammond viste de blanco, Ian Malcolm lo hace de negro. Intuitivamente, podríamos pensar que, si el magnate es Dios, su opuesto es El Adversario, Satanás. El error se encuentra en la primera premisa: Hammond no es Dios, es un hombre que, tras la muerte de Dios, se sienta en un trono que le queda grande. Malcolm, lejos de representar al diablo, reconoce y acepta su lugar entre las limitaciones humanas. Por si quedaba alguna duda, durante apenas un segundo (1h 31 min 33 seg aproximadamente, para los curiosos), la cámara enfoca al personaje con una postura similar a la de “La creación de Adán” de Miguel Ángel.

El circo de pulgas:
cuando se duerme la razón

Pero la moraleja de esta historia es que cualquier tipo de control (armamentístico, genético, eléctrico) no es más que una ilusión. De nuevo sentados a la mesa, Hammond y la doctora Sattler mantienen una conversación sobre la verdadera razón de ser del parque. Sus fines no son económicos. La película deja claro que aquellos que tienen estas motivaciones están avocados al fracaso y a la muerte, pues tanto el abogado como el empleado que querían sacar tajada son devorados por su gallina de los huevos de oro. No, la motivación de Hammond era la creación de algo real, animales extraordinarios y vivos que se pudieran ver y tocar. Puso toda la capacidad de la razón al servicio de este proyecto, un sueño que, como todo sueño, explota como una pompa de jabón, tornándose mera ilusión en el momento de abrir los ojos. A pesar de las grandes mentes que han desarrollado lo imposible desde la ingeniería genética, el parque jurásico, dice Sattler, no deja de ser un circo de pulgas.

El grabado 43 de la serie de los 80 Caprichos de Goya tiene por nombre “El sueño de la razón produce monstruos“. En ella vemos una figura postrada sobre papeles y plumas, a la que acechan por la espalda búhos que en las sombras parecen murciélagos. Hay dos formas de entender la imagen. La primera, que cuando la razón se adormece, como enturbiada por el opio, no puede hacer de guardiana del saber y el sentido común. Es entonces cuando vienen los monstruos. La segunda, y la que acosa la ilusión de Hammond: cuando la razón se da a las fantasías y a los sueños, sin poner los pies en tierra, los emisarios del saber crean sus propias pesadillas.

Por el precio de una mísera entrada:
Walter Benjamin

Cuando Donald Gennaro, el abogado, contempla con sus ojos los milagros del parque, se da cuenta de que la gente pagaría lo que fuera por verlo también. Hammond le replica que su atracción no es solo para ricos y pudientes, y que todo el mundo tiene derecho a disfrutar de su creación. Cuando el doctor Malcolm llega a Jurassic Park prevé y sufre en sus carnes los peligros que conlleva. Y cuando el doctor Alan Grant pasa una noche en un árbol, tras huir de un T-Rex, toca un brontosaurio y llora acompañando la respiración de un triceratops, mira su amuleto, una garra de velociraptor que siempre lleva con él y, sin pensárselo mucho, la tira sin demasiada contemplación (1h, 24 min, para los curiosos que también han buscado la anterior referencia).

Las primeras imágenes de dinosaurios que vemos como espectadores corresponde al momento en el que los paleontólogos los tienen delante por primera vez. Sin duda, experimentan un sentimiento sublime cuando participan de esa experiencia, en la que la ciencia trae de vuelta una naturaleza terrorífica. Lo abrumador ya no es solo la magnificencia de las criaturas colosales que poblaron la tierra, sino la mente humana que ha desarrollado la manera de hacernos partícipes de lo imposible. Sin embargo, en la nueva saga2 “Jurassic World”, podemos ver cómo la masificación del parque normaliza la experiencia al punto de arrebatarle todo asombro. He aquí lo que Walter Benjamin llamó la pérdida del aura.

Es difícil tratar de definir este aura. Tal vez forme parte de su propia naturaleza ser en cierto modo inefable. Se trataría de cierto sentido ligado a lo sagrado, a lo oculto o a lo mágico que habita la obra de arte, en cuya frontera nos situamos nosotros en el momento de su contemplación. Cuando la obra se masifica pierde su singularidad artística, convirtiéndose en un producto de consumo. La garra de Alan, de millones de años de antigüedad, tiene el mismo valor que una pata de pollo en un mundo donde es tan común un velocirraptor como una gallina.

La historia de King Kong (Peter Jackson, 2005) tiene una enseñanza similar. Un grupo de cineastas llegan a una isla que ha permanecido aislada e inalterable desde la época en que los seres biológicos tenían un tamaño, a nuestros ojos, espectacular. El famoso gorila es arrebatado de las entrañas de este mundo primigenio y lanzado a las garras del salvajismo del “show”. En ambas historias, la de “King Kong” y la de “Jurassic Park”, un solo hombre tiene la capacidad de destruir inintencionadamente el aura de las maravillas del cosmos “sin reparar en gastos”, y tienen razón al decirnos que “aún quedaba algo de misterio en el mundo, y que todos podíamos disfrutar de él por el precio de una miserable entrada.”

Notas

[1] La saga de Jurassic Park comenzó en 1993 con el lanzamiento de la película “Jurassic Park”, dirigida por Steven Spielberg y basada en la novela del mismo nombre escrita por Michael Crichton. La película fue un gran éxito y generó una franquicia que incluye secuelas, películas derivadas, novelas adicionales, cómics, videojuegos y otros productos relacionados.

[2] Jurassic World (2015) fue un reboot exitoso de la franquicia Jurassic Park. Dirigida por Colin Trevorrow y producida por Steven Spielberg, la película buscaba revivir la emoción de los dinosaurios en la pantalla grande con avances en efectos visuales y tecnología cinematográfica. Fue un gran éxito, generando secuelas y expansión en otros medios.

Imágenes | Wikipedia, composición hecha con imágenes de Wikipedia y La Tercera (el copyright de esta pertenece a la productora Amblin Entrertainment y la distribuidora Universal Pictures; se usa bajo fair use con fines ilustrativos), Wikipedia

Artículo de:

Laura Jiménez Gordillo (autora invitada):
Graduada en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid. Amante de los libros, la poesía y la literatura. Actualmente, se prepara para ser profesora de filosofía y planea ampliar sus horizontes académicos hacia las Ciencias de las Religiones.

Cite este artículo (APA): Jiménez, L. (2023, 27 de mayo). Jurassic Park: un análisis filosófico. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2023/05/jurassic-park-un-analisis-filosofico
#arte, #cine, #Nietzsche, #Walter Benjamin

por autores invitados

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