Como parte de nuestra alianza con la "Revista Esfinge", mensualmente compartimos en ambas publicaciones "filosofía en el espejo", una columna que, bajo las perspectivas de sus responsables editoriales, reflexiona en relación a un tema específico.

Es necesario comenzar este artículo con una mala noticia: ninguna de las políticas, leyes, acciones, manifestaciones, investigaciones, publicaciones o sanciones que se hagan con intención de concienciar sobre la importancia de cuidar el medioambiente o para proteger los ecosistemas, servirá jamás para nada. Para nada.

Eso no quiere decir que haya que abandonar todo lo antes mencionado, lo que quiere decir es que conviene, antes de desgastarnos y abatirnos en una lucha que, con frecuencia, parece perdida, es necesario indagar en la verdadera raíz del problema.

Lo primero es comprender que la Naturaleza, a través de sus leyes y ecosistemas, tiene un equilibrio dinámico lo suficientemente sólido como para mantenerse casi inalterado a los largo de los milenios, y a pesar de las catástrofes naturales que puedan intervenir en dicho ecosistema, como los terremotos, volcanes, fenómenos climáticos, etc. Como bien describe1 el biólogo Sean B. Carrol en Las leyes del Serengeti (2016), la Naturaleza cuenta con mecanismos de autorregulación que le permiten ser tremendamente resiliente, tanto en ecosistemas grandes como las llanuras del Serengeti africano, como en los procesos fisiológicos de los organismos vivos. Las leyes que rigen lo grande y lo pequeño no son muy diferentes.

Lo segundo es entender que, cuando la naturaleza no logra por sí misma, mediante sus sistemas de autorregulación, volver a restablecer el equilibrio, es porque el impacto no solo ha destruido los elementos esenciales del ecosistema, sino que también ha atacado los mecanismos que permiten la renovación. Si recordamos2 la erupción del volcán de La Palma (España) en septiembre de 2021, la destrucción de tierras de cultivo, viviendas y foresta fue enorme. La erupción duró 85 días, y la estimación de pérdidas económicas rozó los 850 millones de euros. La expulsión a la atmósfera de gases nocivos como el dióxido de azufre se calcula en más de 11.000 toneladas al día durante la erupción y, tras la llegada de la colada de lava al mar, se añadieron nuevos gases tóxicos, una sustancial subida de la temperatura del mar y varias lluvias ácidas. Y, sin embargo, a pesar del aparente daño causado por el volcán, del cambio de luz y de clima que experimentó la isla tras la erupción, hoy el aire vuelve a ser casi el mismo, la vegetación reaparece y los animales regresan, aun antes de que los que fueron habitantes de aquellos parajes hayan logrado rehacer sus casas o recuperar sus cultivos. Tarde más o menos, la naturaleza siempre se regenera, incluso, como decimos, tras las más terribles catástrofes… al menos que la causa de la catástrofe sea humana. Y no deja de ser curioso señalar aquí cómo lo humano, en cuanto a causa, se contrapone a lo natural.

Al hablar de lo humano como causa hay que darse cuenta de que no nos referimos solo a que una acción humana haya provocado, puntual y accidentalmente, un desastre, como podría ser un incendio o una fuga en el mar de los tanques de un petrolero. Todavía de eso, antes o después, la naturaleza se acaba recuperando, el problema no son los accidentes, sino las creencias que suele haber detrás.

No se le puede echar solo la culpa a las ideas mecanicistas de Descartes, planteando que la Tierra, nuestra Tierra, era únicamente una gigantesca máquina sin alma, ni ser, ni inteligencia, puesta ahí con la única finalidad de ser explotada libremente por los humanos. Antes de Descartes también se explotaban los recursos del planeta, pero después de difundir sus ideas, una parte de la humanidad se sintió justificada para hacer mucho más de lo que hasta entonces, la moralidad establecía como límite. Un límite que, por otra parte, era el producto, ya residual en muchas sociedades, de comprender que atacar la Naturaleza es atacar el futuro de toda la humanidad. Todavía existía el deseo de que las generaciones futuras tuvieran un legado esencialmente vital del que poder vivir.

Hemos hablado de las creencias que nos han conducido a una sobreexplotación irracional de los recursos naturales, a la destrucción de los ecosistemas y a la ruptura con nuestra propia identidad, ya que no podemos olvidar que, por muy urbanitas y tecnológicos que seamos, nuestro origen, y las leyes que nos afectan, son las mismas que para el resto de la naturaleza, lo queramos aceptar o no.

Pero las creencias no son gran cosa en sí. Los humanos construimos y destruimos creencias conforme necesitamos justificar nuestras acciones y desviar la mirada de la raíz última de esas acciones. Así pues, miremos las políticas medioambientales de los países, miremos las leyes que tratan de proteger los ecosistemas, enfrentémonos a las investigaciones a la realidad de los espacios perdidos o dañados. Miremos bien, fijemos la vista en el fondo de todo eso y no veremos múltiples y diversas causas, no hay una infinidad de factores que atacar. Los que luchan a diario por proteger la naturaleza pueden creer que son muchas las tareas que realizar, y quizá se sientan abrumados por todos los frentes donde piensan que es necesario actuar, pero eso es una ficción, una ilusión montada para distraer de la verdadera y única razón. Igual que una hidra que agita ante el héroe sus múltiples y terribles cabezas, alejándole y distrayéndole del auténtico mal que, de tan simple que es, resulta asombrosamente peligroso… la codicia humana.

Una vez identificada con claridad la raíz, podemos ver el problema en su real dimensión para entender, que ninguna de las políticas, leyes, acciones, manifestaciones, investigaciones, publicaciones o sanciones que se hagan con intención de concienciar sobre la importancia de cuidar el Medioambiente o para proteger los ecosistemas, servirá jamás para nada… a menos que comencemos, desde ya, a reducir nuestra codicia y el antinatural deseo vivir con las máximas comodidades, pues de no hacerlo, ese anhelo de obtener todo cuanto deseamos a cualquier precio, nos hará perderlo todo, y no habrá dinero en el mundo que permita recuperarlo.

Notas

[1] Arjona, D. (2018, 16 de marzo). Sean B. Carroll: Las leyes del Serengeti son las leyes de la biología y la vida. El Confidencial. https://www.elconfidencial.com/cultura/2018-03-16/sean-b-carroll-leyes-del-serengeti-biologia-vida_1535641/

[2] Ver: https://elpais.com/eps/2022-09-06/la-huella-del-volcan-de-la-palma-imagenes-de-un-ano-convulso.html

Artículo original de:

Fátima Gordillo (Cord. Revista Esfinge):
Periodista, consultora y profesora de oratoria y teatro. Ha trabajado como redactora en el diario Granada Digital y en las revistas Computer Hoy y Tek’n’Life, entre otras. Coordina el magazine digital Revista Esfinge. Autora de Ensayo sobre las palabras (Obelisco. 2022)

Imagen | Unsplash

Cita este artículo (APA): Gordillo, F. (2023, 16 de mayo). La ética de la ecología. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2023/05/la-etica-de-la-ecologia

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por Revista Esfinge

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