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De la estética Kantiana: notas para reflexionar sobre el concepto

La Crítica al Juicio Kantiana es la extensión de un movimiento que supera el propio acto del libro en cuestión, pues Immanuel Kant comienza por el recto pensar, o la razón en su crítica primera, luego continúa en el sentido de la buena moral, y termina un movimiento del trascendentalismo con el gusto y lo sublime a partir de los juicios. Es absolutamente comprensible que una lectura de la crítica al juicio no se develen los secretos que en realidad no se esconden, sino que son tan claros, pero tan poco inmediatos, que parece enrevesarse y se encuentran en líneas claras y distintas dentro del pensamiento kantiano, y explícitamente en este texto.

Baumgarten, el primero en acuñar en el término estética, lo establece a partir de lo que se entiende por la ciencia de las percepciones o intuiciones sensibles, lo que es apreciable a través de los sentidos. Luego Kant sigue esta línea, su estética trascendental no hace más que sembrar las bases de lo que llamará fenómeno.

Son el espacio y el tiempo las primeras intuiciones a priori, los primeros conceptos que pre-existen dentro de la conciencia, y ante toda ciencia. Son ideas que viven independientemente de nuestra decisión de aceptarlas o no.

Las representaciones y aun las sensaciones, pueden considerarse siempre en una relación con los objetos (y esta relación es lo que constituye el elemento real de una representación empírica); más en este caso no se trata de su relación con el sentimiento de placer o de pena, el cual no dice nada del objeto, sino simplemente del estado en que se encuentra el sujeto, cuando es afectado por la representación1.

En este fragmento Kant abre el tema de discusión. En primer lugar, admite los principios planteados en su estética trascendental, pues el fenómeno se da en un estrato espacio-temporal, y no obstante, el juicio no agrega ninguna definición al concepto de lo fenoménico, sino más bien del sujeto que está en relación con un objeto determinado por las circunstancias de una realidad a posteriori, exterior, que es en fin, la representación. El juicio entonces tiene algo peculiar en su esencia y no es más que servir de nexo entre el entendimiento y la razón. Y comienza entonces el camino poco trillado que entraña la crítica al juicio.

Para intentar allegarnos a lo que belleza libre implica, véase esta como una facultad que carece de concepto que condicione el objeto, o sea, belleza por sí misma, sin pretextos; no posee un interés empírico en su existencia.

El placer estético es tan independiente del interés especulativo como del interés práctico y se define como enteramente desinteresado2.

Por tanto, carente de teleología, o sea, el objeto no es autónomo, sino “Heautónomo”, del latín “ipse”, y en consecuencia sí mismo. Por consiguiente, la belleza libre es de tal modo, un juicio del gusto puro. Esta es una forma de apreciación sobre lo formal.

Luego, si se observa el caso de un juicio que tenga como fin lo bueno, o lo que es lo mismo, una correlación entre lo moral y lo estético, o lo que de alguna forma también pudiera ser lo axiológico dentro de lo estético, estamos en presencia de una belleza adherente. Este tipo de belleza, que destaca lo particular de un género, supone una intencionalidad que describe cómo ha de ser la cosa formal. Por ende, es adherente, ya que le da un sentido a lo que fue puro y sin concepto, le cede contenido, y al fin, una teleología. La belleza es en este caso el fin de la cosa, la obra y no el obrar. El por qué se obra y no por qué se ha obrado. 

La objetividad del juicio estético se muestra de alguna forma sin concepto, pues lo universal, lo que sucede para todos los casos, así como su necesidad, proviene de una espontaneidad subjetiva, o sea, de cierta forma, si se sigue estrictamente el movimiento kantiano, el juicio estético es, y no puede ser de otra manera, tal cual un imperativo categórico, algo universal para cada particular. Entonces comenzamos a operar con una antinomia gigante, pues, ¿cómo puede lo particular circunscribir a lo general, a lo universal? Pues esto se resuelve en la frase de Kant que dicta: “Gustibus non est disputandum”, que significa: en los gustos no hay discusión.  De esta forma se nos acerca a la idea tan intentada por los empiristas ingleses de la existencia a través de la percepción sensible, dado que se puede justificar el punto de vista de cada particular, estableciéndolo como regla moral para cada cual.

Pero todo este movimiento anterior se hace fuera de la razón, ya que como se ha visto, es un juicio estético que refiere a una cuestión obviamente sensible, constatable a través de la posibilidad de sentirse afectado ante algo. No obstante, ante la acción de la facultad de la razón existe otro tipo de juicio estético que trasciende a lo bello, esto es lo sublime.

Lo sublime es la imposibilidad. Esto vuelve a parecer una contradicción en Kant, pues todo su sistema se basa en la posibilidad. Puesto en este caso, lo sublime responde a la imposibilidad porque es abrumador, y lo abrumador excede a que la capacidad de raciocinio le devuelva al ser racional su tamaño real: la pequeñez ante el mundo que lo circunda. Luego el hombre se ve incapaz de abarcarlo.

Entonces todo sucede como si la imaginación se enfrentara a su propio límite, como si se viera forzada a dar el máximo de sí, como si sufriera una violencia que la lleva al extremo de su poder. Sin duda, en la medida en que se trata de aprehender (aprehensión sucesiva de las partes), la imaginación no tiene límite. Pero cuando se trata de reproducir las partes precedentes a medida que llega a las siguientes, tiene un máximo de comprensión simultánea3.

Al fin y al cabo, lo bello no parece realmente recaer sobre los hombros del hombre, o a menos de lo que Kant percibe como el sujeto finito, y aquí está quizás el fin real de todo el movimiento crítico kantiano, sino de un sujeto que se trasciende a sí mismo a través de este sujeto finito, o al menos a partir de este. Todo el sistema trascendental nos conduce deliberadamente hacia la idea de una intuición de la imaginación, a romper con los límites de lo planteado para plantear otro conocimiento. Pero este nuevo conocimiento posible pre-existe, persiste, y nos vuelca en lo sublime. Nuestro afán siempre ha sido crear conocimientos, pero, y esto es parte de Kant, el conocimiento ya está, nosotros solo llegamos a él a través de la razón.

Luego, Kant sentencia:

La aprehensión no ofrece dificultad, porque se puede continuar hasta el infinito; pero la comprensión viene a ser tanto más difícil cuanto la aprehensión es llevada más lejos, y llega muy pronto a su máximum, a saber, a la mayor medida estética posible de la estimación de la magnitud. Porque cuando la aprehensión es llevada tan lejos que las primeras representaciones parciales de la intuición sensible comienzan ya a extenderse en la imaginación, mientras que esta continúa siempre su aprehensión ella pierde de un lado lo que gana del otro, y la comprensión recae siempre sobre un máximum que no puede nunca exceder4.

De esta forma, Kant cierra el ciclo de sus tres críticas, y le ofrece a la filosofía occidental lo que será conocido como el giro copernicano, y que nos separa de la inmediatez, para fijarnos en lo que nos traspasa, en la envergadura real de la existencia que se piensa desde todas sus fases. Existe en Kant no solo una salida hacia la razón, sino una ruptura con el raciocinio que inhibe la exploración del mundo, y del sí mismo. La estética de Kant rompe, no busca lo bello, busca lo sensible. Sentir es ante nada, la verdad primera. Intuir el mundo, sentirlo para aprehenderlo.

Notas

[1] Kant, I., Crítica del Juicio, ed.: PsiKolibro, Madrid, España, pág. 39.

[2] Delleuze, G., La Filosofía Crítica de Kant, ed.: Catedra, Madrid, España. pág. 82

[3] Ídem., Pág. 87

[4] Kant, I., Crítica del Juicio, ed.: PsiKolibro, Madrid, España, pág. 83.

Imagen | Wikipedia

Cite este artículo (APA): Fleitas, N. (2023, 11 de junio). De la estética Kantiana: notas para reflexionar sobre el concepto. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2023/06/de-la-estetica-kantiana

Artículo de:

Nestor Alejandro Fleitas Hernández (autor invitado)
Graduado de filosofía, docente en la Universidad de la Habana.

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por autores invitados

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