Me resulta difícil imaginar a una persona que nunca haya experimentado una emoción. Todos nos hemos emocionado, sin poder evitarlo, porque las emociones, al contrario de lo que sucede con el pensamiento, no se controlan. Podemos escoger pensar sobre un tema u otro, pero no escogemos si sentir alegría o tristeza. El pensamiento llama a la puerta antes de entrar, pero la emoción echa la puerta abajo, sin previo aviso, y no conformándose solo con entrar, nos echa fuera. Emoción, del latín movere (lo que mueve) al que se le añade el prefijo e-/ex- (hacia fuera), es aquello que nos mueve hacia fuera de nosotros mismos. Por esto, no es de extrañar que las emociones no hayan sido vistas con muy buenos ojos a lo largo de la historia de la filosofía. A las emociones no las podemos manejar a nuestro antojo para crear sistemas filosóficos, al contrario, son ellas quienes nos manejan a nosotros. Queda por ver entonces si esa inevitable influencia de las emociones nos ayuda o si, por el contrario, nos perjudica. 

Para la filósofa y escritora Ayn Rand las emociones pueden ser un atajo. Un camino más rápido para alcanzar aquello que de una manera puramente racional nos llevaría más tiempo captar. Imaginemos a un niño jugando con una pelota de fútbol en un parque. De repente se le escapa el balón y este llega rodando hasta la carretera. Cuando el niño llega hasta él para cogerlo, ve que se acerca un coche a gran velocidad. En ese momento, ¿se parará el niño a reflexionar si es mejor salir corriendo, si es posible que, tumbado, le pase el coche por encima sin hacerle daño o si es mejor que le atropellen? ¿Se tomará su tiempo para reflexionar si es mejor la vida o la muerte? Obviamente, no. El niño siente miedo y esto le mueve a salir corriendo. A través de esa emoción capta al instante el valor de la vida, un valor que racionalmente es mucho más complejo llegar a conocer. Nos puede parecer una locura creer que a alguien le lleve mucho tiempo pensar si es mejor la vida o la muerte, la respuesta aparenta ser obvia, pero es que esa obviedad para el pensamiento nos la dio antes la emoción. El valor de la vida no es resultado de una meditada reflexión, o al menos no primariamente, sino que es captado en la emoción, en el miedo, en el sufrimiento. La teoría de las emociones de Rand se encuentra así orientada a valores. Aunque las emociones no nos puedan proporcionar un conocimiento como aquel que se obtiene de manera argumental, sí que nos permiten llegar a conclusiones en relación con los valores, como la conclusión de que la vida es mejor que la muerte. Y todo esto a una velocidad elevadísima, pues no se requiere más tiempo que el que tardamos en empezar a correr desde que vemos el coche. En esos segundos, nuestras emociones ya han calculado qué nos beneficia y qué nos perjudica más, y según su conclusión tomamos decisiones, nos guiamos.

Las emociones son estimaciones de lo que ayuda a conseguir los valores del hombre o los amenaza, de lo que está en su favor o en su contra; son calculadoras ultrarrápidas que le dan el neto de su estado de pérdidas y ganancias.

(Rand, 1964)

Si solo tuviéramos a nuestro pensamiento a la hora de decidir cómo actuar, tardaríamos mucho más en tomar nuestras decisiones y conllevarían mucho más esfuerzo. No podemos apoyarnos solo en la reflexión a la hora de guiar nuestra actuación, las emociones también nos proporcionan una base sobre la que construir nuestras elecciones, sobre todo en aquellos momentos en los que el pensamiento entorpece, ralentiza. 

Aunque Sartre nos dice todo lo contrario. Para él, las emociones, lejos de proporcionar un conocimiento adaptativo, son un autoengaño. Las premisas de las que parte este filósofo son claras: somos libres y en esa libertad estamos condenados a decidir. Siempre estamos decidiendo y no podemos evitarlo. Aunque hay quienes prefieren dar excusas para convencer, a otros y a sí mismo, de que ciertas decisiones no dependían de ellos. A esto Sartre lo llama mala fe. Cuando, llenos de ira, le damos una bofetada a alguien y después nos excusamos en que no era nuestra intención, pero no pudimos evitarlo dado lo furiosos que estábamos, es mala fe. Es de esta forma como las emociones, sobre todo las más intensas, las pasiones, nos hacen caer en ese autoengaño, generando la situación propicia para la mala fe. Sin embargo, las emociones no son una excusa válida. Por muy enfadados que estuviéramos, por mucho que creyéramos que no podíamos controlarnos, sí que podíamos hacerlo. Creemos que con las emociones nos libramos de responsabilidades, nos escapamos de nuestra libertad, pero lejos de ser así estamos condenados a ella y nunca dejamos de ser libres. Siempre podemos elegir, lo que pasa que es muy cómodo creer que las emociones nos fuerzan a hacer determinadas acciones, sin poder nosotros evitarlo. Refugiarse en las emociones es una escapatoria para librarnos de la responsabilidad de nuestros actos, pero una escapatoria que dista mucho de ser resolutiva.

Si hemos definido la situación del hombre como una elección libre, sin excusas y sin ayuda, todo hombre que se refugia detrás de la excusa de sus pasiones, todo hombre que inventa un determinismo, es un hombre de mala fe.

(Sartre, 1945)

Sartre nos anima a hacer un esfuerzo para no dejarnos engañar por las emociones. Ellas nos harán percibir la realidad de forma distinta, distorsionarán el mundo, harán que ciertas cosas adquieran más o menos presencia o importancia. No es lo mismo quienes se acercan a un perro con miedo, que quienes lo hacen con entusiasmo. Las emociones cambian la forma en la que nos relacionamos con el mundo y los objetos que en él hay, para así transformar sus cualidades. Invadidos por el miedo, nos dejamos convencer por él de que ese animal es una bestia feroz dispuesta a atacarnos en cualquier momento, incluso aunque estemos ante el perro más dócil del mundo. Como si estuviéramos en una obra de teatro y al perro le hubiera tocado ese papel. Las emociones, nos diría Sartre, son un juego, pero un juego en el que nos gusta creer. 

Tanto vistas como un incentivo para autoengañarnos, como un acercamiento al conocimiento de valores para guiar nuestra conducta, las emociones son una herramienta que usamos para movernos por la existencia. Ambos, Rand y Sartre, han sabido reconocer el papel fundamental que cumplen a la hora de crear nuestro plan de actuación. Pensar es humano, pero emocionarse también lo es. Estamos atravesados por ambas cosas, por eso nuestras elecciones no son fruto exclusivo de nuestra razón, sino también, y a veces incluso más, de nuestra emoción. Aprender a tomar decisiones, que es tanto como aprender a vivir, pasa por el reconocimiento de estas dos facetas que nos atraviesan.

Bibliografía

Rand, A. (1964). La ética objetivista. En La virtud del egoísmo (17-47). Deusto. 

Sartre, J-P. (1945). El existencialismo es un humanismo. Edhasa.

Imagen | Unsplash

Cita este artículo (APA): Quirós, A. (2023, 17 de junio). El papel de las emociones, ¿una ayuda o un engaño? Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2023/06/el-papel-de-las-emociones
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por Ainara Quirós Castro

Madrileña. Estudiante de primer curso de Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid. Interesada en la interconexión con mis estudios anteriores enfocados a las ciencias (química, biología, física...). Intentando transmitir "mi sorpresa" a través de la filosofía vinculándola con aspectos de nuestro día a día.

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