La aguja subversiva: bordado, feminidad y resistencia

El bordado a mano es una actividad ideal para rescatar la memoria –propia y ajena– de los que viven y de aquellos que no están, pero no son olvidados. Es la herramienta para gritar las injusticias y plasmarlas en un lienzo de tela. Una actividad originalmente pensada para silenciar y controlar a las mujeres ahora sirve como vehículo a las mujeres para bordar luchas, unidas hilo con hilo.

El bordado es una práctica que consiste en la decoración, usando hilo y aguja, de un lienzo de tela que sirve como fondo, es una labor manual que no cubre el fondo en su totalidad haciéndolo elemento activo de la composición. Históricamente, ha sido ligado con la feminidad, la imagen del hogar, conductas y trabajo femenino. Al hablar del bordado se evoca la imagen de la feminidad tradicional, de la mujer recatada junto con el imaginario de la virgen pura que se opone a la prostituta.

Bordado y feminidad

En El Segundo Sexo, Simone de Beauvoir define la feminidad como el carácter de la mujer, englobando sus convicciones, valores, sabiduría, sentido moral, gustos y comportamiento; los cuales son explicados por su situación o su ser-mujer. En otras palabras, la feminidad es el comportamiento que se espera y se alienta a las mujeres a tomar, es una identidad que la mujer acepta voluntariamente o resiste.

Cuando una mujer bordaba, su labor manual era inmediatamente categorizada como homogéneamente femenina, no se le consideraba una expresión artística, sino una mera expresión de la feminidad, parte de la naturaleza femenina. Además, el bordado fue condenado a la esfera de las artesanías, siempre en la periferia del arte. Al ser destinado a la esfera doméstica, fue considerado una actividad que la mujer realizaba por amor o deber, y como todo el trabajo doméstico, fue considerado un recurso natural de la humanidad, por lo que no fue remunerado en ningún sentido; opuesto a la pintura producida en su mayoría por hombres quienes recibían una remuneración económica.

En el siglo XVII era utilizado para inculcar feminidad a las mujeres, bordar era sinónimo de feminidad, hacía alusión a la docilidad, el amor hogareño, una vida libre del trabajo, servía para demostrar que la mujer que sostenía la aguja estaba lista para convertirse en una futura esposa y madre prometedora. Las mujeres bordaban porque eran naturalmente femeninas y era femeninas porque bordaban de forma natural.

Anna Seward, poeta inglesa del siglo XVIII, narra acerca de las reuniones de su pueblo, en donde los hombres se reunían alrededor de las mesas para jugar cartas, mientras las mujeres se acercaban al fuego o a la ventana para bordar. Se convirtió en una actividad común e incluso social, el bordado permitió crear una comunidad femenina que disfrutaba crear, colaborar con otras mujeres, convirtiendo el bordado concebido como símbolo de la feminidad en un vínculo solidario y creativo entre mujeres.

En los siglos XVI, XVII y XVIII, el bordado creó un fuerte vínculo entre las mujeres, pues era una actividad que podían realizar sin sentir que estaban siendo negligentes con respecto a sus familias, perdiendo el tiempo o traicionando a sus esposos al mantener otros vínculos sociales. Además, permitió que las mujeres aprendieran a leer, ya que bordaban el abecedario a escondidas y lo deshacían cuando sus esposos regresaban al hogar. Les otorgo el tiempo, la comunidad y el espacio para tomar conciencia de las ataduras de la feminidad, dándoles un medio para negociar los constructos sociales, provocando el deseo de escapar de la feminidad asfixiante. De esta manera, significó sumisión e introspección, fuente de placer pero también de castigo, poder e impotencia, todas claves para comprender su relación con las mujeres.

El poeta, cuando su corazón está apesadumbrado, escribe un soneto, y el pintor pinta un cuadro, pero la mujer que es solo una mujer, ¿qué tiene, sino su aguja? […] ¿Se ha sumergido la pluma o el lápiz tan profundamente en la sangre de la raza humana como la aguja?

The poet, when his heart is weighted, writes a sonnet, and the painter paints a picture, but the woman who is only a woman, what has she but her needle? […] Has the pen or pencil dipped so deep in the blood of the human race as the needle?

Parker, Rozsika (2010)

Bordado, modernidad y arte

En la modernidad el bordado es empleado para transformar el lugar y la función del arte, para cambiar las ideas sobre las mujeres y la feminidad. Para gritar injusticias, para reivindicar una actividad originalmente opresora, para celebrar los lazos de solidaridad entre mujeres, para denunciar violencias, para trazo a trazo retratar a las que han sido asesinadas. Entre las mujeres que han hecho esto tenemos a Andrea Camarelli, Ghada Amer, Galia Gonzalez Rosas, feministas individuales y colectivos feministas. Andrea, una artista argentina que radicaba en México hizo uso de un camino de mesa, agujas y dos palos de escoba para hacer un estandarte de protesta, sobre la tela plasmo las terribles frases que usan los maridos después de violentar a sus esposas:

Es que tú me haces enojar; yo soy así porque tú me provocas; te lo buscaste.

Ghada Amer, quien a mediados de los ochenta era estudiante de la École Pilote Internationale d’Art et de Recherche buscó inscribirse en un curso de pintura, no lo logró porque el profesor solo impartía la materia a hombres, fue entonces cuando decidió tejer aquello que no le permitieron pintar. Tomó imágenes de modelos sexualizadas de revistas de moda, modelos de la feminidad en las animaciones de Disney, mujeres en la publicidad y pornografía, y trazó sobre ellos sus patrones, tejió y perforó el arte falocrático de los hombres, usó las herramientas de segunda clase, el hilo y la aguja femenina para ocupar a la fuerza un espacio del que había sido excluida.

Bordado y resistencia feminista

Galia González Rosas quien considera que el bordado accionado desde el feminismo puede hacer críticas de las estructuras de dominación, para encontrar otras posibilidades para pensar el ser mujer más allá de los límites establecidos del género, la raza, la clase o la locación geográfica. Ahora el bordado pasó de ser una actividad femenina a una feminista, una actividad que permite a las mujeres repensar su ser y sus circunstancias, crear comunidades desde la resistencia y la reivindicación del bordado.

Colectivos como Bordamos Feminicidios que buscan rescatar, dignificar y hacer memoria colectiva de las historias de las víctimas de feminicidios, mujeres que se convierten en una cifra más, en el triste rostro de otra madre sin su hija, en las manos de las madres, amigas y familiares que buscan los restos de sus seres amados, con cada hilo bordado se acercan a las mujeres, hijas, madres y amigas que fueron asesinadas por sus parejas, compañeros de trabajo, o desconocidos.

Bordan en sus blancos lienzos las historias en primera persona, así gracias a las manos de la bordadora las víctimas de feminicidio vuelven a tener voz y pueden contar su historia. Desde sus nombres hasta mariposas y flores, se cambian los hilos, las agujas y las telas para continuar con la historia, para pedir justicia, para transformar la sangre y las lágrimas en algo que perdura, en una bellísima y tristísima manifestación artística. Cuando las bordadoras prestan sus manos, su tiempo y esfuerzo para regresarles la dignidad a las mujeres, continúan y perpetúan la vida de aquellas que han sido asesinadas.

Ahora, el bordado evoca una feminidad que representa calidez, solidaridad, fortaleza y apertura a trascender horizontes, ya no se trata de una feminidad sumisa, resignada o silenciada. En México la feminidad ha estado ligada a las labores del hogar, en particular la cocina, el bordado y el tejido; entre mejor desempeño tuviera una mujer en estas habilidades mayor era su posibilidad de conseguir un buen marido, de representar pureza, dignidad y sumisión. El bordado nos permite dibujarnos en los lienzos, pintar con hilos nuestra realidad, nuestras flores, los nombres de nuestras amigas, madres y hermanas que ya no están. Los hilos de colores, algunos empapados de sangre, nos obligan a convivir con partes nuestras y de nuestro contexto inmediato que no sabíamos que existían o con aquellas que creíamos haber enterrado.

Bibliografía

Parker, R. (2010) The Subversive Stitch. Emboridery and the Making of the Feminine. Tauris, London

Olalde, K. (2019, agosto 15). Bordando por la paz y la memoria en México: feminidad sin sumisión y aspiraciones democráticas. Debate Feminista, 58. https://doi.org/https://doi.org/10.22201/cieg.2594066xe.2019.58.01

Chocontá, A. (2018). Costurero documental: bordar sexualidades, juventudes y feminidades. Escuela de Estudios de Género.

González, G. “Bordar, sentir, pensar: un espacio de bordado feminista en Salvatierra, Guanajuato”. H-ART. Revista de historia, teoría y crítica de arte, nº 6 (2020). 293-300.  

Imágenes | Openverse, Facebook 1, 2, 3.

Cite este artículo: Roldán, S. (2023, 24 de junio). La aguja subversiva: bordado, feminidad y resistencia. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2023/06/la-aguja-subversiva-bordado-feminidad-y-resistencia
#arte, #bordado, #Feminidad, #feminismo, #resistencia, #solidaridad

por Selene Roldán

Estudiante de la licenciatura en Filosofía en la Universidad Autónoma del Estado de México, con línea de investigación en: filosofía de la cultura, filosofía y género, filosofía política, feminismo y género, y filosofía y cine.

error: Content is protected !!