Como parte de nuestra alianza con la "Revista Esfinge", mensualmente compartimos en ambas publicaciones "filosofía en el espejo", una columna que, bajo las perspectivas de sus responsables editoriales, reflexiona en relación a un tema específico.

En Ecología, los problemas derivados de las poblaciones animales se clasifican en: demasiados, muy pocos y en exceso. Esto, que parece una simplicidad es, realmente, muy complejo, y sus implicaciones sobre la vida, incluida la nuestra, enormes.

Por alguna extraña razón, el desarrollo de la conciencia humana nos ha llevado a vivir de espaldas a la naturaleza, y no me refiero a la pérdida de conocimiento sobre nuestro entorno, a la destrucción de ecosistemas o a no poder ver las estrellas desde las ciudades. El ser humano vive de espaldas a la naturaleza porque, simplemente, ha decidido que no forma parte de ella, que está por encima de lo que ocurre fuera del ámbito de nuestras ciudades, nuestras fábricas, nuestras granjas, nuestros lugares de vacaciones y, en general, de nuestras cada vez más exigentes necesidades. El desarrollo tecnológico y científico, en lugar de ayudarnos a construir una mejor sociedad, nos ha colocado artificialmente en un trono de superioridad y dominio, desde el que miramos el mundo como si tuviésemos el derecho de hacer con él, y con los seres que en él habitan, lo que quisiéramos. Estamos tardando mucho en darnos cuenta de que no es así.

Si nos aplicamos la clasificación que mencionábamos al principio, como población y como sociedad vivimos en el mundo del exceso. La idea del progreso, asociada al avance hacia delante con un sentido de perfeccionamiento, de ser cada vez mejor, se ha vinculado falazmente a la economía, la tecnología y el consumo. Progresar es crecer económicamente, tener más beneficios, generar más riqueza, promover el consumo, desarrollar nuevos dispositivos y presentar continuamente una novedad que necesariamente sentiremos que debemos adquirir.  Así, los gobiernos y demás poderes presentan como necesarias todas las políticas que promueven lo antes mencionado. Se supone que cuando conseguimos algo que necesitamos, aparece una suerte de satisfacción que calma nuestras ansias, pero lo que ocurre realmente es que cuanto más tenemos, más crecen nuestras necesidades.

Si lo pensamos bien hay muy pocas cosas que sean realmente necesarias. Necesitamos comer y beber para seguir vivos, necesitamos protegernos de las inclemencias del tiempo y vestirnos, necesitamos respirar, tener los medios para cuidar de nuestras familias, sentir y dar afecto, tener lazos de amistad y percibir que, en las cosas que nos ocurren y en las circunstancias que vivimos, hay una finalidad, un sentido vital que nos trasciende; y no digo que sea así, sino que necesitamos verlo así.

Nuestras sencillas necesidades se han convertido en algo perverso y vacío a causa del exceso. Muere más gente por problemas derivados de la obesidad que del hambre, la mayoría de las personas tienen qué comer, por la mala calidad y artificialidad de la comida. El coste de ser ocho mil millones de personas en el planeta exige alimentar a toda esa gente, aunque sea con basura, para que mantenga activa la máquina de progresar. Necesitamos un lugar donde vivir, y se ha convertido la vivienda en un bien de mercado con el que especular y enriquecerse unos pocos a costa de estrujar hasta el límite las economías familiares. Necesitamos vestirnos, y la industria ha creado un sistema de ropa efímera y frágil, que exige comprar más y más para no quedar fuera de la imagen de lo socialmente aceptado. Necesitamos respirar, pero el aire está contaminado. Necesitamos cuidar de nuestras familias, pero la sociedad se cobra cualquier tiempo que pudiéramos querer dedicar a nuestros hijos, parejas, padres, amigos y hermanos, con la culpabilidad del que niega a la maquinaria su cuota de máximo esfuerzo y sacrificio con la promesa del progreso personal y la autorrealización. Necesitamos un sentido vital y trascendente, que es una de las cosas más humanas que tenemos, y nos lo han mezclado con dogmas religiosos, contradicciones científicas, extremismos políticos y tarjetas de crédito. Por eso, debajo de todas nuestras necesidades, de todo lo que parece movernos en el sentido del eterno progreso, lo que hay es un inmenso vacío que tratamos de llenar con falsas necesidades. En esa oscuridad que rodea el vacío, dejamos de ver lo que verdaderamente necesitamos.

Hemos sobrepasado los límites del planeta con la falsedad del crecimiento progresivo, la falsedad del bienestar para todos y la de una tecnología que nos va a sacar de todas nuestras miserias. Hay apps para detectar el maltrato, pero no sabemos cómo enseñar a los niños respeto que se requiere para evitar que ocurra.

Los ocho mil millones de personas que somos ahora, constituimos un exceso que genera, a su vez, nuevos excesos: de plásticos, de fósforo y nitratos, de caza furtiva, de consumo de carne, de uso de pesticidas, de pobreza, de miseria, de tristeza, de dolor…

En ningún momento afirmaré que los avances tecnológicos sean malos o que haya que eliminarlos, al igual que la economía o la industria, pero sí que hay que empezar a usarlos de manera más cuerda, y alejarnos paulatinamente de esta locura en la que nos hemos metido. No es necesario renunciar a la electricidad, ni a vivir con una cierta comodidad, pero es demencial que el centro de nuestras vidas se haya puesto en el consumo por el consumo en sí, a cualquier precio, sobre todo porque ese precio somos nosotros mismos. Por mucho que nos sintamos por encima de la naturaleza, la verdad es que no lo estamos. Los desequilibrios que causamos tienen consecuencias trágicas a las que nunca seremos ajenos y, quizá, solo quizá, el progreso debería dejar de centrarse solo en los avances materiales y empezar a tener en cuenta los morales. ¿De qué sirve ser más y tener más si no somos mejores personas?

Creo firmemente que ninguna política, ninguna empresa, ninguna religión y ninguna tecnología nos van a sacar de nada si no empezamos, cada uno, a dar los pasos para cesar en nuestras propias vidas esta locura antinatural del exceso. Es un grito voraz y salvaje que no permite oír esa voz interior que todos tenemos y que se pregunta, ¿tener más o necesitar menos?

Artículo original de:

Fátima Gordillo (Cord. Revista Esfinge):
Periodista, consultora y profesora de oratoria y teatro. Ha trabajado como redactora en el diario Granada Digital y en las revistas Computer Hoy y Tek’n’Life, entre otras. Coordina el magazine digital Revista Esfinge. Autora de Ensayo sobre las palabras (Obelisco. 2022)

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Cita este artículo (APA): Gordillo, F. (2023, 28 de junio). La necesidad y lo necesario. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2023/06/la-necesidad-y-lo-necesario

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por Revista Esfinge

La Revista Esfinge promueve el conocimiento, la reflexión y el diálogo, como medios que proporcionen, en estos tiempos convulsos, herramientas válidas para el respeto y la convivencia de los seres humanos entre sí y con su entorno, porque lo que nos une es mucho más poderoso e importante que lo que aparentemente nos separa.

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