Vulnerabilidad, trabajo de duelo y salud mental: hacia una ética del cuidado. Parte 2 de 2

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El sufrimiento y la pérdida, elementos constituyentes de las experiencias en torno a la muerte, cuestionan constantemente eso que la Organización Mundial de la Salud (OMS) denomina “salud mental”, ese “estado de bienestar en el cual el individuo es consciente de sus propias capacidades, puede afrontar las tensiones normales de la vida, puede trabajar de forma productiva y fructífera y es capaz de hacer una contribución a su comunidad” (2018). Nos hacen darnos cuenta de que ese “estado de bienestar” no es permanente, pende de un hilo delgado que, en cualquier momento, puede desgarrarse o hasta romperse. En cierto modo, tanto ese estado de bienestar total como el desgarramiento de dicho estado son acontecimientos excepcionales y pasajeros.

El problema es que detrás de la idea de lo saludable, al menos en el sentido ofrecido por determinados Organismos Internacionales, ya no comprendido únicamente como la ausencia de afecciones y/o enfermedades, persiste aún un temor a lo otro, lo incontrolable, lo contingente, la incertidumbre. Estas experiencias son bloqueadas, negadas, incluso patologizadas; se les oculta detrás de un reduccionismo neuro-farmacológico que ralentiza reacciones e impulsos, o de un imperativo psico-terapéutico que busca canalizarlos oportunamente. En palabras de Judith Butler, cuando el duelo es algo que tememos, nuestros miedos pueden alimentar el impulso de resolverlo rápidamente, de desterrarlo en nombre de una acción dotada del poder de restaurar la pérdida o de devolver el mundo a un orden previo, o de reforzar la fantasía de que el mundo estaba previamente ordenado.

Es el temor al duelo, a sentirlo en toda su intensidad, el que nos lleva a anhelar una resolución demasiado rápida, a no querer experimentar el sentido de ausencia vivida por la pérdida de alguien o algo deseado y amado. Dicho temor puede remitirnos a la ilusión tranquilizadora de la preexistencia de un orden previo al que buscamos apresuradamente volver. Es retornar al “estado de bienestar” donde todo es normal y las cosas funcionan bien, tanto en el interior como a nuestro alrededor, de acuerdo con un conjunto de criterios socio-culturales de productividad que hoy son cada vez menos cuestionados y cada vez más promocionados.

La búsqueda de una incesante productividad viene ligada al fomento de un ideal controlador que intenta sobreponerse a la contingencia de la vida, se derivan nociones como la antes aludida “salud mental” que, en vez de poner el acento en nuestra capacidad de ser afectados/as y nuestra capacidad de reinventarnos a partir de esas afecciones, prioriza el mantenimiento de un estado ejemplar de “calidad de vida”, mediante el impulso de fórmulas más o menos homogéneas que promueven una mayor autonomía e independencia –v.gr. las máximas sugeridas por la OMS para la Década del Envejecimiento Saludable (2021-2030)–. De ese modo, toda dependencia es rápidamente señalada como una característica negativa, con lo que se impugna la condición de amparo, protección y cuidado propia de lo humano. En lugar de acentuar cómo poder ser cuidados de mejor manera, el énfasis se coloca en la posibilidad de mantener la capacidad funcional y evitar tener que ser una “carga” para grupos cercanos e instituciones.

Pero hablar de salud mental, incluso física, es, o quizás debería ser, hablar de un devenir variable e impredecible, más que de un estado ideal donde nada está fuera de control y de los límites de lo establecido, tal como se insinuó antes. La experiencia singular de la salud es posible solo cuando se han vivido los desajustes de la enfermedad, tal como intentó mostrar el filósofo alemán Friedrich Nietzsche en sus reflexiones sobre la “gran salud” (en Bacarlett Pérez, 2006). De este modo, una salud idónea pasa por el reconocimiento de nuestra vulnerabilidad y exposición corporal, por la apertura ante el dolor y el sufrimiento, así como por la posibilidad ineludible de la elaboración de trabajos de duelo, individuales y colectivos. De acuerdo con María Bacarlett Pérez, filósofa estudiosa del pensamiento nietzscheniano, estar sano es poseer la propia actividad y potencia, hacer que lo reactivo que hay en nosotros trabaje a favor de nuestra fuerza activa, pero este movimiento requiere de la enfermedad, solo es verdaderamente sano aquel que ha enfermado y ha tenido fuerzas para recobrarse e inventarse una nueva salud (2006, p. 176).

La enfermedad no es, entonces, un estado de desequilibrio que rompe con la salud o el estado de vida normal, sino la posibilidad de reconfiguración y reinvención de estados corporales que constituyen nuevas formas de salud igualmente precarias e inestables.

Hacia una ética del cuidado

La pregunta es: ¿por qué requerimos pensar(nos) en términos de orden y de certezas? ¿Por qué tememos tanto a esas experiencias de dolor y sufrimiento ligadas a la pérdida, la enfermedad y la muerte? Hablar de estas y de la salud se ha convertido en un hecho cotidiano en el mundo actual, lo cual no significa que se apropien y asuman adecuadamente. La saturación de discursos sobre la salud oculta el temor hacia lo contingente y lo incontrolable. El anhelo de una vida saludable, de una versión fitness, es la muestra de la negación de la temporalidad y la finitud que nos atraviesa en tanto cuerpos situados, es el afán de una juventud eterna –entendida como potencia incontenible– (Costa, 2017) que deja fuera de su campo de experiencia los cuerpos marcados por la necesidad de ser cuidados y arropados.

Es precisamente aquí donde la filosofía, no la enseñanza teórica hasta hoy hegemónica sino una actitud concreta orientada hacia la transformación de la totalidad de la existencia personal y social, cobra mayor sentido. Si son los acontecimientos y nuestras relaciones las que nos definen, requerimos de una actitud filosófica y un sentido ético no fundados en la ilusión de un mundo previamente ordenado que prescinde de la experiencia y la contingencia; en términos de Mèlich (2012), requerimos de una ética no trascendental basada en la respuesta hacia los/as otro/as.

Necesitamos avanzar hacia una ética del cuidado fundada en el reconocimiento de una vulnerabilidad común que nos oriente hacia el acompañamiento del otro/a que sufre. Una ética del cuidado que posibilite sentirnos a modo de “autores de nuestras acciones” para reconocernos “como no-cosas” (Domingo Moratalla, 2007, p. 290). Esto es un elemento necesario para permitir que el otro participe en su propio proceso, que sea un agente capaz de comenzar algo nuevo en el mundo o de reconfigurar algo en su interior, y no un paciente reducido a una cosa a ser tratada o manipulada. Este es el sentido fundamental de, en términos del filósofo francés Paul Ricoeur, el “pacto de cuidados” (en Domingo Moratalla, 2007) establecido entre una persona que sufre y pide, con otra que sabe una técnica para ayudarla o, en su defecto, hace todo lo que está a su alcance para acompañarle y protegerle de la mejor manera posible.

A fin de cuentas, todo sufrimiento es biográfico, no meramente biológico (Domingo Moratalla, 2019), se siente como parte de una vida socializada, por lo que una adecuada salud mental parte de aprender a convivir con lo paradójico de la existencia, poner entre paréntesis nuestras certezas, aceptar la contingencia propia de lo humano y de sus configuraciones sociales. El cuidado no es solo de sí mismo/a, implica a los/as otros/as y las instituciones; de cara a la construcción de nuevas formas de experiencia que no nieguen otras formas igualmente posibles. El cuidado remite, entonces, a una actitud abierta y atenta a la escucha del relato de quien padece un dolor, con una voluntad dispuesta a demorarse, a poner bajo la lupa esos pequeños indicios aparentemente insignificantes. Es pasar de una mirada distraída y esporádica, a una escucha atenta.

Bibliografía

Arendt, H. (2003). La condición humana. Buenos Aires: Paidós.

Bacarlett Pérez, M. L. (2006). Friedrich Nietzsche. La vida, el cuerpo y la enfermedad. Toluca: Universidad Autónoma del Estado de México.

Butler, J. (2006). Vida precaria: el poder del duelo y la violencia. Buenos Aires: Paidós.

Costa, F. (2017). Vida saludable, fitness y capital humano. En F. Costa y P. Rodríguez (Comps.). La salud inalcanzable. Biopolítica molecular y medicalización de la vida cotidiana [pp. 113-139]. Buenos Aires: Eudeba.

Domingo Moratalla, T. (2019). “Hacia una antropología hermenéutica del sufrimiento. Fenomenología de la acción (y del sufrir), ética de la resistencia y hermenéutica de la parsimonia. (Una presentación de El sufrimiento no es el dolor de Paul Ricoeur)”. ISEGORÍA. Revista de Filosofía Moral y Política, (60), 75-91. https://doi.org/10.3989/isegoria.2019.060.05

Domingo Moratalla, T. (2007). Bioética y hermenéutica. La aportación de Paul Ricoeur a la bioética. Veritas, II (17), 281-312.

Esquirol, J. M. (2012). La primera palabra, o la esencia del lenguaje como amparo. ISEGORÍA. Revista de Filosofía Moral y Política 31 (1): pp. 103-120. https://doi.org/10.15304/ag.31.1.227

Levinas, E. (2003). Dios, la muerte y el tiempo. Madrid: Cátedra.

Mèlich, J.-C. (2012). Filosofía de la finitud. Barcelona: Herder Editorial. Mèlich, J.-C. (2014). “La condición vulnerable (una lectura de Emmanuel Levinas, Judith Butler y Adriana Cavarero)”. Ars Brevis [en línea] (20): pp. 313-331. https://raco.cat/index.php/ArsBrevis/article/view/295373

Artículo de:

Luis Ernesto Cruz Ocaña (autor invitado):
Pedagogo, antropólogo y filósofo. Profesor de la Universidad Autónoma de Chiapas. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores. Interesado en religiosidad contemporánea, muerte y duelo, bioética y narratividad, biopolítica y tecnología en el marco de los debates de Antropología Filosófica y Estudios Culturales latinoamericanos.

Imagen | Fotografía tomadas por el autor

Cite este artículo (APA): Cruz, L. (2023, 10 de junio). Vulnerabilidad, trabajo de duelo y salud mental: hacia una ética del cuidado. Parte 2 de 2. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2023/06/salud-mental-etica-del-cuidado
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por Universidad Autónoma de Chiapas

La Licenciatura en Filosofía de la Facultad de Humanidades, Campus VI (UNACH) inició sus actividades en 2011, siendo una de las primeras en ofrecer formación filosófica de carácter público en el sur de México. Su objetivo es formar filósofos orientados a la profundización en los aportes de la filosofía latinoamericana, mexicana y de los pueblos originarios a la filosofía occidental; a la reflexión sobre problemáticas de docencia y didáctica de la filosofía en el nivel medio superior; y al fomento de las prácticas filosóficas para el impulso de una actitud filosófica en la vida cotidiana.

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