Vulnerabilidad, trabajo de duelo y salud mental: hacia una ética del cuidado. Parte 1 de 2

Una versión preliminar de este trabajo fue presentada como ponencia, titulada Duelo, vulnerabilidad y salud mental. Reflexiones y posibilidades filosóficas en el mundo actual, dentro del Congreso Virtual Internacional Universidad, sociedad y crisis humanitaria1, organizado por la Universidad Autónoma de Chiapas, los días 26 y 27 de noviembre de 2020.

La situación de pandemia por coronavirus (SARS-COV-2), declarada por la Organización Mundial de la Salud (OMS) el 11 de marzo del año 2020, cuyas consecuencias y transformaciones a nivel mundial aún se encuentran en estado de exploración, contribuyó, entre otras cosas, a repensar con mayor esmero, y quizás hasta detenimiento, nuestra extraña y paradójica condición humana.

Lo anterior no se debió solo a que la situación pandémica reveló las profundas desigualdades —económicas, políticas, sanitarias e infraestructurales, por citar algunas— existentes entre los estados-nacionales en cuanto a las alternativas de contención para el avance de contagios y a las estrategias de atención hacia y aislamiento de la población afectada; o que demostró cómo al interior de los espacios nacionales persisten sectores poblacionales considerados y tratados como socialmente irrelevantes, en razón de su menor productividad —por ejemplo, las personas adultas mayores como uno de los sectores más afectados no solo por la enfermedad misma, sino por las medidas impuestas para su protección, tales como el confinamiento social—. Su principal impacto radica en haber mostrado lo frágiles y precarios que somos tanto los seres humanos como las instituciones creadas para nuestro propio auxilio. Permitió darnos cuenta de nuestra vulnerabilidad originaria.

En las líneas siguientes se ofrece una breve reflexión filosófica acerca de nuestra insuperable exposición ante las heridas del mundo y la constante amenaza de pérdida de nosotros/as mismos/as y de los/as otros/as; situación que trae consigo la necesaria participación, no elegida ni deseada, en continuos procesos de duelo convertidos, a veces, en auténticos suplicios cotidianos que cuestionan la supuesta potencia controladora al interior del mundo construido por nosotros mismos; en suma, cuestionan nuestra salud mental.

Después de la situación de pandemia, hace ya tres años de su aparición, y ante los profundos cambios demográficos proyectados hacia el 2050 en torno a la pirámide poblacional que implicará un incremento de la población adulta mayor en varios países del mundo, es preciso contribuir al establecimiento de una ética del cuidado basada en el reconocimiento de nuestra vulnerabilidad inherente o nuestra exposición corporal, y la oportunidad de repensar la interdependencia en clave hospitalaria.

Condición humana
y vulnerabilidad

Desde que el filósofo prusiano Immanuel Kant instituyera las preguntas fundamentales de su programa de Antropología Filosófica: ¿qué puedo conocer?, ¿qué debo hacer?, ¿qué me es lícito esperar?, en suma, ¿qué es el hombre?; múltiples esfuerzos se realizaron con el fin de encontrar una respuesta a la cuestión de la naturaleza o la esencia de lo humano. Sin embargo, ya la filósofa judía-alemana, Hannah Arendt, reconoció la imposibilidad humana para alcanzar una definición certera de lo que somos; razón por la cual solo nos es posible indicar las condiciones de nuestra existencia —la propia vida, natalidad y mortalidad, mundanidad, pluralidad y la tierra—, sin por ello llegar a “‘explicar’ lo que somos o responder [absolutamente] a la pregunta de quiénes somos” (2003, p. 25). La incertidumbre no es únicamente una característica de nuestra relación con el mundo, sino que forma parte de la relación con nosotros/as mismos/as y con los/as demás.

Entre las dos metáforas rivales empleadas para describir la condición humana —la del desierto y la del océano—, es la primera la que se ha convertido actualmente en la más definitoria. En palabras del filósofo español, Josep M. Esquirol (2012), la metáfora del océano remite a integración, a totalidad y a eternidad, tal como se manifestó en la época moderna de divinización del sujeto y su potencia creadora y ordenadora que auguraba la posibilidad de un mundo donde todo estuviera controlado y nada fuera imprevisible. Por su parte, la metáfora del desierto refiere a la intemperie, a la singularidad plural y a la temporalidad finita, en otras palabras, a la experiencia del desamparo. Desamparo que nos lleva, forzosa e irreparablemente, a sentirnos y, en cierto modo, a estar a expensas, requerir el cobijo de los/as otros/as, no solo en ciertos periodos de nuestra vida —la infancia y la vejez, por citar quizás los más relevantes—, sino a lo largo de toda nuestra existencia –aunque por periodos esto no pareciera ser necesario–.

Ante la incertidumbre cotidiana, el sentido de vulnerabilidad se nos aparece como algo inherente a nuestra exposición ante los acontecimientos del mundo —una enfermedad viral o una crisis económica— y ante los/as otros/as —agentes de contagio o competencia en el mercado—. Es cierto que tenemos la potencia para iniciar algo en el mundo, pero de modo originario, padecemos múltiples situaciones que no esperamos. Nos ocurren cosas que exceden nuestra capacidad racional de control y ante las cuales vislumbramos, a veces a tientas, otra capacidad existencial para sobreponernos a los acontecimientos.

De acuerdo con el filósofo español Joan-Carles Mèlich:

Somos, desde el inicio, seres necesitados de acogimiento porque somos finitos, contingentes y frágiles, porque en cualquier momento podemos rompernos, porque estamos expuestos a las heridas del mundo.

(2014, p. 314).

Esta exposición se instala en el hecho de que estamos anclados/as en un tiempo y en un espacio, es decir, somos cuerpos situados. Nuestra condición corporal es, al mismo tiempo, lo que permite ser agentes como lo que nos hace seres sufrientes.

A diferencia de una tradición de pensamiento dualista, no somos esencialmente un alma o un espíritu caído en un cuerpo que lo aprisiona y somete a condiciones intramundanas que deben ser superadas, sino que nuestro modo de ser en el mundo es ya de entrada corporal. Es a través de nuestra corporalidad que establecemos relaciones con el mundo, con otros/as y con nosotros/as mismos/as.

Como expresa la filósofa norteamericana Judith Butler (2006), somos cuerpos socialmente constituidos, requerimos del reconocimiento y del vínculo con los demás que habitan con nosotros/as y, por ello, estamos amenazados/as constantemente por la pérdida, tanto de nosotros/as mismos como de otros/as, próximos/as o lejanos/as. Perder ese reconocimiento o ese vínculo es, también, perderse a uno/a mismo, sentirse desorientado en el mundo. Un mundo que nos precede a modo de una “gramática” que nos es heredada y a partir de la cual vivimos (Mèlich, 2012).

Trabajo ante la pérdida

En sintonía con ella, y en la búsqueda de un sitio para salirse de individualismos narcisistas y de comunitarismos esencialistas:

Es posible [al fin y al cabo] apelar a un ‘nosotros’, pues todos tenemos alguna noción de lo que significa haber perdido a alguien. La pérdida nos reúne a todos en un tenue ‘nosotros’. Y si hemos perdido, se deduce entonces que algo tuvimos, que algo amamos y deseamos […].

(2006, p. 46).

Perder a alguien, como sucede con la muertequizás la forma más radical que adopta la pérdida–, es una experiencia de reconfiguración total del yo; pero, al contrario de lo que creemos, no remite a la vivencia del ensimismamiento más absoluto donde cada quien se recluye en la intimidad más propia, sino a la posibilidad de sentirse parte de una comunidad que padece continuamente rupturas –sin las cuales no habría tampoco reconfiguraciones– y con la que se comparte el sufrimiento por las ausencias.

La muerte del otro/a es, según los planteamientos del filósofo judío-esloveno Emmanuel Levinas (2003), nuestra primera muerte o, en otras palabras, la propia muerte no es más que nuestra participación en la muerte de los/as otros/as que nos rodean. La propia experiencia del sufrimiento y de la muerte parte de nuestra implicación, más o menos constante, en el sufrimiento y la muerte de quienes comparten su cotidianeidad con nosotros/as. Es la transformación de una relación originaria que se estableció sin haber sido elegida, una relación que nos estructuró como individualidades y que, por esa razón, nos desestructura al romperse, al darse la pérdida.

De este modo, el duelo está en el origen de la cultura, del modo en que habitamos este mundo (Dastur, 2008). Nos permite darnos cuenta de la vulnerabilidad inherente a nuestra condición corporal y social, aunque también nos incita a intentar ir más allá de ella. Pero lo que hoy se manifiesta puede el día de mañana desaparecer. La ausencia, sea real o proyectada como posibilidad, de alguien o algo que en un momento está a nuestro lado y al otro ya no, nos perturba de tal modo que pone en duda nuestra capacidad de control y autonomía. Surge lo enigmático y aparecen nuestras más grandes incógnitas; incógnitas orientadas hacia el sentido de la existencia misma que no pueden ser completamente contestadas y, justo por eso, nos incitan a pensar sin tregua. Es aquello que, aunque parece carente de solución, no podemos simplemente obviar.

De ahí que, aunque actualmente cada vez más negado, ocultado e, incluso, patologizado, el trabajo de duelo, es decir, la posibilidad de dar testimonio, la mayoría de las veces en una narración entrecortada, de la desintegración vivida por una pérdida, es fundamental para establecer una adecuada relación consigo mismo/a en tanto ser finito. Es la experiencia del duelo, la angustia por la muerte del otro/a, la que permite establecer una relación consigo mismo/a como mortal (Dastur, 2008). El duelo, entonces, es una experiencia fundante de lo propiamente humano; negarse a vivirlo o establecer fórmulas para una correcta forma de sobrellevarlo es ya una reducción peligrosa.

Notas

[1] Ver: https://www.dcs.unach.mx/index.php/sala-de-prensa/item/6032-organiza-unach-congreso-virtual-universidad-sociedad-y-crisis-humanitaria

Bibliografía

Arendt, H. (2003). La condición humana. Buenos Aires: Paidós.

Bacarlett Pérez, M. L. (2006). Friedrich Nietzsche. La vida, el cuerpo y la enfermedad. Toluca: Universidad Autónoma del Estado de México.

Butler, J. (2006). Vida precaria: el poder del duelo y la violencia. Buenos Aires: Paidós.

Costa, F. (2017). Vida saludable, fitness y capital humano. En F. Costa y P. Rodríguez (Comps.). La salud inalcanzable. Biopolítica molecular y medicalización de la vida cotidiana [pp. 113-139]. Buenos Aires: Eudeba.

Domingo Moratalla, T. (2019). “Hacia una antropología hermenéutica del sufrimiento. Fenomenología de la acción (y del sufrir), ética de la resistencia y hermenéutica de la parsimonia. (Una presentación de El sufrimiento no es el dolor de Paul Ricoeur)”. ISEGORÍA. Revista de Filosofía Moral y Política, (60), 75-91. https://doi.org/10.3989/isegoria.2019.060.05.

Domingo Moratalla, T. (2007). Bioética y hermenéutica. La aportación de Paul Ricoeur a la bioética. Veritas, II (17), 281-312.

Esquirol, J. M. (2012). La primera palabra, o la esencia del lenguaje como amparo. ISEGORÍA. Revista de Filosofía Moral y Política 31 (1): pp. 103-120. https://doi.org/10.15304/ag.31.1.227.

Levinas, E. (2003). Dios, la muerte y el tiempo. Madrid: Cátedra.

Mèlich, J.-C. (2012). Filosofía de la finitud. Barcelona: Herder Editorial. Mèlich, J.-C. (2014). “La condición vulnerable (una lectura de Emmanuel Levinas, Judith Butler y Adriana Cavarero)”. Ars Brevis [en línea] (20): pp. 313-331. https://raco.cat/index.php/ArsBrevis/article/view/295373.

Artículo de:

Luis Ernesto Cruz Ocaña (autor invitado):
Pedagogo, antropólogo y filósofo. Profesor de la Universidad Autónoma de Chiapas. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores. Interesado en religiosidad contemporánea, muerte y duelo, bioética y narratividad, biopolítica y tecnología en el marco de los debates de Antropología Filosófica y Estudios Culturales latinoamericanos.

Imagen | Fotografía tomadas por el autor

Cite este artículo (APA): Cruz, L. (2023, 04 de junio). Vulnerabilidad, trabajo de duelo y salud mental: hacia una ética del cuidado. Parte 1 de 2. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2023/06/vulnerabilidad-trabajo-de-duelo
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por Universidad Autónoma de Chiapas

La Licenciatura en Filosofía de la Facultad de Humanidades, Campus VI (UNACH) inició sus actividades en 2011, siendo una de las primeras en ofrecer formación filosófica de carácter público en el sur de México. Su objetivo es formar filósofos orientados a la profundización en los aportes de la filosofía latinoamericana, mexicana y de los pueblos originarios a la filosofía occidental; a la reflexión sobre problemáticas de docencia y didáctica de la filosofía en el nivel medio superior; y al fomento de las prácticas filosóficas para el impulso de una actitud filosófica en la vida cotidiana.

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