Artículo publicado el 12 de mayo de 2021 en Στοά, nuestro newsletter. Se comparte debido a que cambiamos de gestor a Substack. 

Imagina, por un momento, esta escena:

Te encuentras en la sala de espera del aeropuerto, impacientemente esperando el embarque de tu vuelo, ese vuelo que te llevará a “ese lugar” idílico, el destino de tus sueños que has anhelado visitar desde siempre.

¿Cómo matas el tiempo?

Con casi toda seguridad, recurres a tu fiel acompañante, tu smartphone. Sin darte cuenta, tu mano se desliza por su pantalla, y acto seguido, en una especie de ritual tan arraigado que se asemeja a un reflejo, te encuentras tomándote una selfie. Una que te retrata en tu mejor momento, lista para actualizar tu estado en Facebook o Instagram con un efusivo “me voy de viaje, amigos”.

Vivimos en una sociedad de selfies, una realidad de nuestra era.

Cada lugar, cada evento al que asistes parece requerir de una documentación casi obsesiva. En este mismo viaje imaginario, una vez que llegas a tu destino soñado, lo segundo o tercero que haces tras acomodarte en tu alojamiento, es proclamar a los cuatro vientos tu ubicación (sin entrar en discusiones sobre “privacidad”). Esto ocurre incluso antes de tomar un respiro, de pararte a absorber el ambiente, a llenar tus pulmones con el aroma característico de la ciudad.

Pero esto no es exclusivo de los viajes.

Si te diriges a un concierto, un evento deportivo, o cualquier otro acontecimiento, cada momento “debe” ser capturado y compartido. Nos consume una especie de angustia cuando no mostramos a nuestros “amigos” lo que estamos haciendo, cuánto —afirmamos— estamos disfrutando de ello. El acto de vivir se ha convertido en un espectáculo constante, una representación en vivo para el escrutinio y la admiración de los demás.

Y aquí viene la parte controvertida:

1) Exhibimos nuestra aparente diversión y,

2) Al mismo tiempo, al estar ocupados tomando “esa foto” o ese video, no estamos presentes al cien por ciento en el lugar.

¿Por qué es problemático?

No es una cuestión moral lo que trato de abordar aquí, sino una reflexión que va un paso más allá. Esa foto que publicamos en la red está, en su mayoría, editada, recortada y capturada desde nuestro mejor ángulo, en el momento que juzgamos perfecto (que a menudo es una construcción propia) y mostrando lo que deseamos… Esto es, lo que compartimos en la web no refleja, ni de lejos, lo que realmente estamos experimentando.

Durante la vivencia de una experiencia, nos concentramos más en inmortalizar ese momento perfecto y subirlo a Internet, que en transformarlo en un instante personal e intransferible. En lugar de ser algo íntimo, lo convertimos en “algo más” que compartir con nuestros amigos y seguidores.

Un concierto. Un viaje. Una visita al zoológico, al museo o a un centro comercial debería ser exactamente eso… un descanso del mundo digital 2.0 en el que estamos inmersos y al que nos transportamos constantemente cada vez que desbloqueamos nuestros teléfonos móviles.

Sí, tomar una foto o un video no es intrínsecamente malo, pero en lugar de dedicarse con fervor a conseguir la fotografía impecable con la Torre Eiffel de fondo, ¿por qué no detenerse a capturar ese momento con la lente más maravillosa que poseemos?: nuestros propios ojos.

Vivir la experiencia en vez de permitir que las fotos la vivan por ti es un regalo a uno mismo. Tal vez es hora de que nos preguntemos si estamos viviendo nuestras vidas o si simplemente estamos documentándolas. Eso no significa que debamos dejar de hacer fotos, sino que tal vez necesitamos recordar qué es realmente importante: vivir el momento, no solo capturarlo.

Imagen | Unsplash

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por Miguel Ángel

ceo de filosofía en la red, drando. en Filosofía, mtro. filosofía y valores, lic. en psicología organizacional, PTB en enfermería; catedrático de licenciatura en la Universidad Santander (México)

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