Todos hemos escuchado en algún momento a periodistas y políticos acusar de “populistas” a sus contrarios de forma casi arbitraria. Pero no parece que nadie sepa qué significa exactamente: ya sea por desconocimiento o malicia, la inmensa mayoría de veces que escuchamos este “insulto” está siendo utilizado erróneamente al confundirlo con demagogia u oportunismo. El objetivo de este artículo no es solo definir su significado, sino también reflexionar sobre las posibles externalidades que pueden resultar de la popularización de estos movimientos —porque sí, los populistas existen y hay grupos que pueden ser definidos como tal—.

Definamos populismo

Donald Trump, Marine Le Pen, Pablo Iglesias, Evo Morales, Volodímir Zelenski, Mateo Salvini… Todos estos líderes son considerados a menudo populistas. Sin embargo, ¿qué significa esto? Muchos de estos líderes son claros antagonistas ideológicos. ¿Cómo puede ser que podamos incluir a todos estos políticos dentro de la misma categoría?

Isaiah Berlin ya comentaba en 1968 que es complicado producir un modelo analítico que explique el fenómeno del populismo “sin que salgan necesariamente a la superficie cuestiones sobre desarrollos específicos de modelos específicos en lugares concretos“. Es muy difícil aplicar una definición particular a otros casos en favor de generar una “unificación artificial” que en el mundo real no vamos a encontrar nunca. Por este motivo, Berlin no encuentra especialmente interesante encontrar un “populismo platónico”1, la gran tragedia original repetida como miserable farsa hasta el fin de la historia.

Sin embargo, que no exista un populismo originario o idílico, no quiere decir que no podamos definirlo. En este sentido, Cas Mudde es el autor que más útil resulta a la hora de comprender este fenómeno. Este politólogo neerlandés dice que, aunque en los medios de comunicación se confunde el discurso emocional y las soluciones simples (demagogia) y políticas oportunistas para comprar el apoyo del electorado (oportunismo) con populismo, es importante entender que ninguna de estas prácticas es inherente o exclusiva de las formaciones populistas. El populismo es, en realidad, “una ideología [débil] que separa a la sociedad en dos grupos homogéneos y antagonistas, ‘la gente pura’ contra la ‘élite corrupta’, y que opina que la política debería ser una expresión de la volonté générale (voluntad general) de la gente”2. El populismo debe adherirse a otros movimientos políticos para existir porque no es capaz de sostenerse por sí solo.

Robert Barr añade que este tipo de discursos son utilizados para canalizar el descontento popular hacia un conjunto de actores políticos que se aprovechan de la situación para hacer de “oposición semi-desleal”3. “Estas apelaciones buscan apoyos no solo en oposición a los titulares, sino a toda la élite atrincherada […]. No obstante, no llegan a demandar la sustitución de la democracia per se […]”. Los discursos antiestablishment son utilizados por outsiders o insiders4, con el único objetivo de conseguir apoyo popular en momentos de descontento generalizado5. Berlin, tras tratar la problemática de definir este fenómeno, que es diferente en cada lugar y momento histórico, comenta que es una noción vaga que trata al “pueblo” (Volk) como una “comunidad” (Gemeinschaft) con “raíces en el pasado, reales o imaginarias, que se encuentra unida gracias a un sentimiento de fraternidad y deseo de algún tipo de igualdad y, a lo mejor, libertad […], y que se opone a una sociedad competitiva [y] atomizada6.

Entender el populismo
a través de varias aproximaciones

Para terminar con la revisión bibliográfica, me veo obligado a explicar de la forma más breve posible las diferentes formas en las que podemos comprender estos movimientos. La aproximación ideológica, que es la que ya hemos tratado, establece que estas herramientas discursivas son aquellas que identifican a una población “homogénea y virtuosa” y que la enfrentan a un conjunto de “élites y peligrosos ‘otros'” que buscan limitar los “derechos, valores, prosperidad, identidad y voz” de la “gente”, del “pueblo”8. Se identifica a “los buenos” con la voluntad general y a “los malos” con con una élite conspiratoria. Por ejemplo, dentro de este tipo de discursos, “suscitar divisiones internas entre ‘el pueblo’ era, como en la cultura política estadounidense con su noción de ‘antiestadounidense’, visto como ‘contrario al interés nacional'”9. Se busca unificar atacando a otros.

Una aproximación estructural, según estos autores, daría a entender el populismo como un intento de conformar “amplias coaliciones de clase transversales para implementar un conjunto de políticas reformistas cuyo objetivo sería catalizar el desarrollo económico sin producir conflictos sociales7. Por otra parte, desde el punto de vista de la economía, este tipo de discursos tienden a prometer que se va a redistribuir la renta entre ciertos grupos de interés. Depende del partido que queramos analizar, querrán darles a los trabajadores los recursos que la burguesía o los bancos roban. O dejar de atender a inmigrantes y otros “indeseables” para que los nacionales puedan recuperar las ayudas que les corresponden. Por último, el enfoque político-institucional hace ver que, por lo general, los líderes populistas son actores no pertenecientes al escenario político clásico, outsiders, que desarrollan discursos antiestablishment.

Lo importante: ¿esto es bueno o malo?

Parece, entonces, que el populismo es un marco comunicativo o una ideología débil dependiendo de las características del grupo al que nos refiramos— que se utiliza para conseguir apoyo popular entre las masas. Divide a la sociedad en dos grupos antagónicos: la mayoría, oprimida por las élites y presa de un sistema político y económico que bloquea o dificulta su desarrollo; y las propias élites, la minoría que se aprovecha de su poder político y económico para mantener vivo un modelo político caduco y corrupto. Las herramientas dialécticas populistas parece que convergen en la demanda de una sociedad libre de élites, para conseguir que el “pueblo” vuelva a ser soberano. De una forma u otra, buscan una democracia más pura o, incluso, radical. Puede ser un marco comunicativo si estas ideas son utilizadas meramente como herramienta dialéctica, o una ideología débil si de estas ideas surge un programa político más complejo.

El populismo es antipluralista y puede llegar a percibir a sus opositores como “traidores“. Esto puede extenderse a la propia percepción de las instituciones democráticas cuando estas limitan la acción del pueblo. Esto presenta un problema importante: el constitucionalismo existe porque desconfiamos del gobernante. Los poderes del Estado se separan y el ejecutivo cumple la ley si quiere ser considerado como legítimo. Las democracias liberales funcionan equilibrando la expresión de la voluntad popular a través de los representantes políticos, y la protección del orden constitucional. Los populistas tensionan irremediablemente esa relación entre los deseos de la mayoría y las limitaciones que pone el sistema, y pueden entenderse como “populismos autoritarios” aquellos que promueven la desconfianza hacia las instituciones democráticas.

En la práctica, los populistas han reforzado el sistema democrático de sus países (ej., Morales en Bolivia), y lo han destruido (ej., Fujimori en Perú). En relación con la teórica relación [entre democracia y liberalismo], los populistas tienden, principalmente, a apoyar y fortalecer los aspectos democráticos de la soberanía popular y el Gobierno de la mayoría incluyendo, entre otras cosas, grupos marginalizados o excluidos o instrumentos plebiscitarios como referéndums o iniciativas legislativas populares. A su vez, tienden a menoscabar los aspectos liberales […] acusados de limitar la expresión de la voluntad de la mayoría (o ‘voluntad general’). […] Raramente buscan acabar con la democracia como tal […]10.

Según Mudde, cuando han alcanzado el poder han intentado cambiar la Constitución y dotar de más poderes a aquellas instituciones elegidas directamente por las masas. Movimientos populistas han popularizado enormemente prácticas como los presupuestos participativos en ciudades como Madrid o Barcelona, pero también han provocado una acumulación peligrosa del poder en torno a los líderes en países como Hungría, donde Orbán y sus reformas constitucionales han conseguido atrincherar a Fidesz en los aparatos de Gobierno11. Si resulta beneficioso o perjudicial para el orden democrático dependerá enteramente del uso que se le dé a estas herramientas dialécticas, o de lo que piense el lector al respecto.

Notas

[1] Berlin, I. (2013 [1967]). To define populism. Londres: The Isaiah Berlin Virtual Library. Obtenido de https://berlin.wolf.ox.ac.uk/lists/bibliography/bib111bLSE.pdf, pág. 6.

[2] Mudde, C. (2004). The Populist Zeitgeist. Government and Opposition. En doi:10.1111/j.1477-7053.2004.00135.x, págs. 542-543.

[3] Una oposición leal, según Barr, sería aquella que ataca únicamente a ciertas figuras dentro del aparato del Gobierno y la administración. Por otra parte, una oposición desleal sería aquella que desafía al sistema en su conjunto, tanto a figuras importantes como el propio funcionamiento de las instituciones democráticas.

[4] Outsiders son aquellos que no pertenecen a la clase política tradicional: un partido nuevo, un movimiento de masas liderado por una asociación emergente, etc. Insiders son aquellos que ya cuentan con experiencia dentro de la arena política tradicional.

[5] Barr, R. R. (2009). Populists, outsiders and anti-establishment politics. Party Politics, 15(1), 29-48. En doi:10.1177/1354068808097890, pág. 30-32.

[6] Berlin, I. (2013 [1967]). To define populism. Londres: The Isaiah Berlin Virtual Library. Obtenido de https://berlin.wolf.ox.ac.uk/lists/bibliography/bib111bLSE.pdf, págs. 7-8.

[7] Devinney, T. M., & Hartwell, C. A. (2020). Varieties of populism. Global Strategy journal (10), 32-66. doi:10.1002/gsj.1373, pág. 35.

[8] Ibídem, pág. 35.

[9] Albertazzi, D., & McDonnell, D. (2008). Twenty-First Century Populism. The Spectre of Western European Democracy. Hampshire, Nueva York: Palgrave Macmillan. doi:10.1057/9780230592100, pág. 200.

[10] Mudde, C. (2013). Are populists friends or foes of constitutionalism? (Publisher’s version). Foundation for Law, Justice and Society, págs. 3-4.

[11] Mudde, C. (2013). Are populists friends or foes of constitutionalism? (Publisher’s version). Foundation for Law, Justice and Society. Obtenido de https://ora.ox.ac.uk/objects/uuid:fc657de0-ab0c-4911-8d2b-646101599b65, págs. 5-6.

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Artículo de:

Olmo Infante (autor invitado):
Soy estudiante de cuarto de Ciencias Políticas en la Universidad Complutense de Madrid.

Cita este artículo (APA): Infante, O. (2023, 01 de julio). Sobre el populismo. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2023/07/como-definir-el-populismo
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por autores invitados

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