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Imaginemos que van a sacar al mercado unos nuevos coches que no necesitan conductor, ya que se desplazan autónomamente. Dada esta autonomía, es necesario programar el coche para que sepa responder ante las diversas situaciones a las que puede que tenga que hacer frente. Una de ellas es la de encontrarse con una persona en mitad de la carretera, donde no debería estar, porque, por ejemplo, está cruzando por dónde no debe. Se debe decidir si programar el coche para que intente frenar, a riesgo de que no consiga detenerse antes de provocar el accidente; o programarlo para que gire bruscamente, existiendo la posibilidad de que se estampe contra una pared u otro objeto a los márgenes de la carretera, lo que podría acarrear graves daños para los ocupantes del coche. Pensemos ahora que nosotros somos los compradores de ese coche y, por tanto, sus futuros ocupantes. Si la empresa automovilística nos pregunta cómo queremos que esté el coche programado ante tal situación, seguramente respondamos que lo mejor es que el coche intente frenar, a riesgo de que no lo consiga a tiempo, pues apreciamos nuestra vida y no creo que a nadie le parezca la mejor opción comprarse un coche a sabiendas de que no dudará en estamparle ante situaciones así. Pero, ¿y si nos hicieran esa misma pregunta cuando estamos decididos a no comprar ninguno de estos coches autónomos? ¿Qué ocurriría si tuviéramos que responder, no como comprador, sino como un ciudadano más que, por ciertas circunstancias, pudiera ser quien estuviera en medio de la carretera? En ese caso, preferiríamos que el coche diera un volantazo, a fin de protegernos a nosotros viandantes. 

¿Qué raro, no? Parece que frente a la misma pregunta, ¿cómo programamos el coche ante tal situación?, respondemos de manera distinta según lo hagamos como compradores particulares o como ciudadanos viandantes. No es que seamos personas contradictorias, sino que las respuestas se encuentran enunciadas desde lugares distintos. Rousseau aquí nos diría que cada uno como particular tiene una voluntad individual que mira por sí mismo, pero como ciudadano tiene una voluntad general que mira por todos los demás. Nuestra voluntad individual puede ser opuesta o diferente a la voluntad general, porque mientras nuestro propio interés apunta a nuestras preferencias individuales, el interés común apunta al respeto de los derechos de todos. En la filosofía de Rousseau se defiende que el objetivo de la voluntad general es el bien común, la conservación y el bienestar general, sin embargo, ¿cabría cuestionar, sobre todo en tiempos de polarización política como los nuestros, si de verdad podemos encontrar algo así como una “voluntad común a todos”?

Su interés particular puede hablarle de forma totalmente diferente a como lo hace el interés común; su existencia absoluta y naturalmente independiente puede llevarle a pensar que lo que debe a la causa común es una contribución gratuita, y que para él es más oneroso el pago que para los demás es perjudicial la pérdida.

Rousseau, 2017, Libro I

Si Rousseau considera que hay un interés común, es porque sin este no podría haber sociedad. El vínculo social solo se sostiene sobre la base de que haya en todos los intereses particulares, incluso en los diametralmente opuestos, al menos un punto en el que coincidan. Así ocurre con los derechos humanos, cuyo respeto y cumplimiento está presente en todo interés. Del interés común es de donde debe partir toda política y toda acción de gobernar, pues solo gracias a él es posible la creación y mantenimiento de las sociedades. 

Rousseau dedicó gran parte de su obra política a reflexionar acerca de la democracia y de la soberanía popular. Cuando la soberanía recae en el pueblo, cada cual contrae una obligación, no consigo mismo, sino con el todo, el pueblo, del que forma parte. Este compromiso político pasa por votar como ciudadanos en vez de como particulares, por anteponer la voluntad general a la propia, por adquirir conciencia de que la política es algo que nos incumbe a todos. 

La diferencia entre voluntad particular y voluntad general nos permite establecer un criterio que distinga entre leyes y gobiernos legítimos e ilegítimos. El cumplimiento de una voluntad particular acarrea desigualdades, las cuales podrían acabar aplicándose a uno mismo, por lo que no nos interesa que se siga una voluntad particular. En cambio, la voluntad general apunta al respeto de nuestros derechos y es, por tanto, provechoso para todos que se cumpla la voluntad general, siendo el interés de esta un interés válido para cualquiera. Por eso, a la hora de votar, hagámoslo con miras a la voluntad general, la cual está presente en todos en tanto que ciudadanos. No olvidemos que todo “yo” pasa por un “nosotros”, que en el fondo nos interesa y beneficia anteponer el interés común al propio. Si cada cual vota teniendo estas ideas en la cabeza, Rousseau no duda de que el resultado de la votación será manifestación de la voluntad general. Pero, si cada cual vota con miras al interés particular, entonces la mayoría resultante en las elecciones será expresión, no de la voluntad general, sino de la voluntad de todos, que no es sino suma de voluntades particulares, por lo que miraría hacia el interés privado. En ese momento, el pueblo dejaría de ser libre, porque solo lo es cuando no está sometido a ninguna voluntad particular. Su libertad y autonomía la adquiere por medio de la voluntad general.

No siendo la soberanía sino el ejercicio de la voluntad general.

Rousseau, 2017, Libro II

En el caso de que los intereses particulares ganen fuerza, la degeneración política está asegurada. Quien da preferencia a su interés particular, antes que al común, no es porque no esté a favor del interés común, pues en tanto que común está presente en cada uno, sino porque considera que el mal público que puede generar resulta, prácticamente, irrelevante, comparado con el bien privado que puede adquirir. 

El vínculo social comienza a aflojarse y el Estado a debilitarse, cuando los intereses particulares empiezan a adquirir fuerza (…) el interés común se altera y encuentra oponentes; ya no reina la unanimidad en las votaciones.

Rousseau, 2017, Libro IV

Aquellos, por ejemplo, que venden su voto por dinero, no afirman ser indiferentes a la voluntad general, al interés común, solo lo evitan, le dan la espalda, como si no existiera. Quien vende su voto cambia la pregunta a la que contestar. En vez de responder con su voto a la cuestión “¿qué es ventajoso para el país?”, responden a la pregunta “¿qué es ventajoso para tal partido o particular?”.

Frente a unas votaciones conviene, más que nunca, recordar que lo político es una cuestión central, que más allá de ser particulares, somos ciudadanos que deben estar dispuestos a implicarse en los asuntos públicos. Somos animales políticos. Podremos ceder el poder (y lo hacemos por medio de la creación de instituciones que ejerzan el poder ejecutivo, legislativo y judicial), pero no podemos ceder nuestra voluntad. Una voluntad que tenemos el derecho, e incluso diría el deber, de manifestar. Porque si no, de nuestro silencio se presupondrá el consentimiento.

Bibliografía

Rousseau, J-J. (2017). El contrato social. Akal.

Imagen | Unsplash

Cita este artículo (APA): Quirós, A. (2023, 23 de julio). Consejos de Rousseau para votar en unas elecciones. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2023/07/consejos-de-rousseau-para-votar
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por Ainara Quirós Castro

Madrileña. estudiante de tercer curso de filosofía en la Universidad Complutense de Madrid. Interesada en la interconexión con mis estudios anteriores enfocados a las ciencias (química, biología, física…). Intentando transmitir "mi sorpresa" a través de la filosofía, vinculándola con aspectos de nuestro día a día.

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