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Artículo publicado originalmente el 30 de marzo de 2016 en la versión anterior de Filosofía en la Red. El presente texto es una reedición. 

A diferencia de los románticos alemanes que explícitamente resistieron la ilustración y la razón moderna, Hegel quiso presentarse a sí mismo como un defensor de la razón. Pero, francamente, sus escritos están muy lejos de exhibir dotes racionales. Su obra es notoriamente incomprensible en su mayor parte. Una persona racional busca hacerse entender, y en ese sentido, defiende la claridad en el lenguaje. Hegel, en cambio, escribió en frases rimbombantes (Napoleón es el “espíritu del mundo montado a caballo”, “el devenir es la síntesis del ser con el no ser“) que ha dejado a más de un lector rascándose la cabeza. Autores como Derrida, Lyotard o Deleuze (a quienes no se les entiende casi nada), tienen un precedente oscurantista en Hegel.

En algunas partes de su obra en las cuales, aparentemente sí se da a entender, Hegel dice cosas tan absurdas, que muchas veces me he preguntado si más bien tenía un extraño sentido del humor. El sentido común no es siempre de fiar en asuntos filosóficos. Pero, cuando un autor sistemáticamente dice cosas que son totalmente ajenas a lo que una persona común postularía, cabe sospechar que algo está mal con él.

Consideremos, por ejemplo, su famosa idea sobre la relación entre amos y esclavos. Dice Hegel que, en la historia de la humanidad, el espíritu siempre ha buscado la autoconciencia, y eso conduce a una lucha por el reconocimiento. Esta descripción es de por sí sospechosa (¿espíritu?, ¿estará hablando Hegel sobre Casper?), pero en fin, por el momento admitamos que, efectivamente, la búsqueda del reconocimiento tiene mucho peso en la psicología humana. Todos tenemos alguna dosis de narcicismo, todos queremos que los demás digan que somos geniales.

En esta lucha por el reconocimiento, sigue Hegel, se da una confrontación que casi desemboca en la muerte. Pero, esta confrontación no puede terminar en la muerte, pues si uno de los partidos en confrontación muere, no podrá reconocer el triunfo del otro, y así, el vencedor se quedará sin nadie que lo reconozca. De nuevo, lo que Hegel dice es plausible, pero no es lo suficientemente claro. ¿En qué circunstancias ocurren estas confrontaciones? ¿Cuáles son algunos ejemplos históricos concretos? En fin, Hegel es más dado a la palabrería que a los datos concretos, pero una vez más, dejemos pasar esto y asumamos que, en efecto, cuando hay confrontaciones por el reconocimiento, a veces no se llega a la muerte, aunque, por supuesto, muchas otras veces, sí hay víctimas fatales.

Hegel se pregunta: en esta confrontación, ¿quién es el ganador y quién es el perdedor? Y, es en estas respuestas donde Hegel ya empieza a decir cosas muy extrañas. Según él, quien prefiere la vida y teme a la muerte, se convierte en esclavo. Y, quien prefiere la libertad y no le importa morir en la lucha por el reconocimiento, se convierte en el amo. Así, en esa lucha por el reconocimiento, el perdedor es un cobarde, y paga su cobardía perdiendo su libertad y convirtiéndose en esclavo.

En otras palabras, ¡Hegel culpa al esclavo por su propia esclavitud! Kunta Kinte estaba tranquilamente en su aldea africana, cuando de repente, llegó un negrero europeo. Kunta Kinte quedó un poco confundido por la llegada de este nuevo visitante, y en un dos por tres, ya tenía los grilletes encima, destinado a ser esclavo en una plantación de algodón en Nueva Inglaterra. Obviamente, para alguien con sentido común, Kunta Kinte es una víctima. Pero, Hegel no lo vería así. Kunta Kinte se buscó su propio destino, al preferir la vida por encima de la libertad en la lucha por el reconocimiento.

Las cosas raras que Hegel dice sobre la relación entre amos y esclavos no terminan ahí. Son de sobra conocidos los suplicios de la esclavitud. Y, cualquier persona con sentido común postularía que, en una relación de esclavitud, obviamente el amo tiene la ventaja. Pero, de nuevo, Hegel tiene una cruzada contra el sentido común, pues el filósofo postula que, en esta dialéctica entre amo y esclavo, quien realmente tiene una ventaja es el propio esclavo. Según Hegel, en tanto el amo depende de la labor del esclavo, deja de ser libre. En cambio, el esclavo, a través de su trabajo, se realiza él mismo en su conciencia (nuevamente, vale preguntarse qué es exactamente “realizarse en su conciencia”, pero en fin, dejémoslo pasar), y supera el sentido de dependencia que ahora el amo sí tiene.

Esta idea de Hegel me recuerda un poco al cinismo de los nazis cuando, en Auschwitz, colocaron una infame consigna como cartel de bienvenida a los prisioneros: “El trabajo os hace libres”. Hegel no se conforma con decirle al esclavo que él merece su condición por ser un cobarde, sino que además, su trabajo para el amo es una manera de encontrar su propia conciencia. En otras palabras, Hegel termina por decir que la esclavitud es buena para el propio esclavo.

Alguna otra gente se dio cuenta de que lo que Hegel enseñaba eran cosas muy extrañas, y trataron de hacérselo ver. ¿Cómo? De la misma manera en que yo estoy tratando de confrontar a Hegel: aplicando una dosis de sentido común, y señalando hechos que no concuerdan con las teorías de Hegel. Ante esos críticos que le señalaban hechos contrarios a su teoría, Hegel supuestamente respondió con esta frase infame: “Si los hechos contradicen a mi teoría, tanto peor para los hechos” (según alguna crónica no del todo confiable, Hegel decía que había siete planetas, debido a la relevancia metafísica del número siete, y cuando le mostraron la evidencia astronómica de que había más de siete, mandó al carajo la evidencia).

Según parece, esta frase en realidad es apócrifa. Pero sí refleja bastante bien su actitud filosófica general. Una frase que sí está muy bien documentada, en cambio, es aquella que pronunció en su lecho de muerte: “Solo un hombre me ha entendido… Y ese no me entendió”. Nunca mejor dicho. Quizás esta sí sea una de las frases más sensatas de Hegel.

Imagen | Wikipedia

Artículo de:

Gabriel Andrade (colaboración):
Venezolano. Sociólogo. Autor del libro “El Darwinismo y la religión” (Universidad de Cantabria, 2009).

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Artículos publicados en la versión anterior de Filosofía en la Red (previo al 11 de septiembre del 2020). Se publican como parte del proceso de rescate de textos.

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