Aquel país desconocido (meditaciones en torno a la memoria histórica y el futuro)

El título de la sexta entrega de la saga cinematográfica de Star Trek se titula «Aquel país desconocido» (Meyer, 1991). Estas palabras fueron tomadas de Hamlet, de la escena IV del acto III, extraídas de la expresión con la que el mismo Hamlet se refiere a la muerte, al que llama «aquel país desconocido de cuyos límites ningún caminante torna». No deja de tener su enjundia filosófica que unas palabras escritas por el genial William Shakespeare para referirse a lo que representa en la condición humana el muro final contra el que se estrella toda esperanza existencial se utilizaran en la película de ciencia ficción como metáfora del futuro entendido como horizonte de esperanza.

Ese es en cualquier caso el territorio natural de la ciencia ficción: el futuro. Y en sus creadores podemos encontrar tanto propuestas que inspiran esperanza como prospecciones de lo más terroríficas. Me da por pensar que la ciencia a secas tiene algo de núcleo de optimismo, aunque solo sea por la promesa de una nueva verdad que nos regale la dicha del conocimiento, que en sí misma es inagotable, ya que conforme se expanden sus límites también lo hacen los del misterio.

Esto se ve de manera notable en una serie de divulgación científica que roza en ocasiones la especulación de la ciencia ficción sin ocultar sus fundamentos filosóficos. Me refiero a la ya clásica Cosmos del que fuera astrofísico norteamericano y también escritor (con aportaciones a la ciencia ficción) Carl Sagan, un ejemplar exponente de los ideales de la ilustración y un excelso divulgador de la utopía del humanismo cosmopolita, un creyente en las virtudes de la especie humana.

En el capítulo de la serie titulado La persistencia de la memoria (Sagan, 1980, capítulo 11) Sagan muestra la continuidad existente entre la evolución biológica de nuestra especie y la evolución cultural. Llama la atención sobre el hecho, no precisamente evidente por sí mimo, de que ambos procesos tienen su esencia en la conservación y en la transformación de la información, entendida como el conjunto de instrucciones (o algoritmos diremos hoy bajo el dominio del paradigma digital) que determinan lo que somos tanto en el plano natural como en el social. Por la vía de la filogénesis, que constituye la herencia que cada uno recibe de la especie al nacer, venimos dotados de un encéfalo, cuyo cerebro tiene en su corteza o neocórtex, el producto orgánico más elaborado por la selección natural, la plataforma desde la cual trascender los límites naturales a los que, en principio y como a todos los seres vivos, nos condena la naturaleza. En esa capa de tejido vivo de entre 2 y 4 milímetros de grosor, conformada por los cuerpos neuronales (somas), se produce el milagro de la transformación de la materia en consciencia. No sabemos muy bien cómo, aún, pero todo indica que ahí ocurre el salto cualitativo de la información genética que pasa a convertirse en información nueva, que escapa a las leyes de la evolución biológica para ser la materia prima con la que fabricamos la cultura. La evolución cultural es posible por la persistencia de la memoria, que con el tiempo no se ha limitado a la de los cerebros. Su expansión, más allá de la corteza cerebral, ha sido posible por la invención de los libros y otros soportes más sofisticados técnicamente con los que actualmente contamos.

Por eso Carl Sagan resume lo que él llama muy atinadamente «el largo viaje evolutivo de la humanidad» como el tránsito «desde los genes, pasando por el cerebro hasta llegar a los libros» (Sagan, 1980, capítulo 11). Según él, un viaje de éxito por cuanto nos ha permitido salir del estado de barbarie gracias a la invención de la civilización, que no es sino el estado de cosas en el que nos protegemos de las incertidumbres de una existencia en principio carente de ley y conocimiento. En su visión optimista de la humanidad el científico norteamericano subrayaba, claro está, el papel de la ciencia, una actividad cultural generadora de la mejor versión del conocimiento, el que más se aproxima a la verdad, vital para entender quiénes somos y en qué consiste este abrumador escenario que es el universo del cual formamos una ínfima parte.

El documental exhala una fe conmovedora en la especie humana, en su horizonte histórico de posibilidades, en su afán por conocer y comunicarse, por prolongar el hilo de información evolutivo más allá de los confines de nuestro planeta y conectar con otras civilizaciones extraterrestres. Vislumbra –no olvidemos que la realización del programa data de 1980– las posibilidades que ofrece la entonces incipiente tecnología computacional de elevar exponencialmente las posibilidades humanas de expansión de la información y de la comunicación como nunca antes se había logrado, haciendo palidecer la que ya fue en su momento una revolución tecnológica de la información como jamás se había visto, la de la imprenta de Johannes Gutenberg de mediados del siglo XV. Aquí intuyó Sagan el probable nacimiento de «una conciencia global», que actualmente es posible que reconociera en internet (¿o no?) si siguiese vivo. Esa confianza en el destino de nuestra especie lo materializa el astrofísico norteamericano en el proyecto Voyager de exploración espacial, un mensaje en una botella lanzado a la inmensidad del vacío cósmico hace casi medio siglo. Dos naves no tripuladas con información sobre nosotros y nuestro planeta que ya se encuentran más allá de los confines de nuestro sistema solar; quién sabe si en el algún punto ignoto del espacio-tiempo tropiece alguna de ellas con algún ser pensante capaz de comprenderla. Sentencia Carl Sagan a partir de este gesto tecnológico con implicaciones de índole existencial: «nadie envía un mensaje así en un viaje semejante si carece de una pasión cierta por el futuro (without a possitive passion for the future)» (Sagan, 1980, capítulo 11).

Al pensar en nuestros días sobre el destino de la humanidad observo que no nos encontramos con la misma disposición de ánimo en estos inicios del siglo XXI. Ahora el sentimiento que nos embarga es el de la nostalgia de un tiempo en el que la esperanza aún era un valor compartido generacionalmente; hace tiempo que ingresamos, casi sin darnos cuenta, en un tiempo nuevo, el tiempo de la desesperanza aprendida, el tiempo de la conversión de la idea de progreso en anatema, de la proscripción de la utopía, del masoquista regocijo en la recreación obsesiva de la distopía; o de las «retrotopías», en expresión de Zygmunt Bauman (Bauman, 2017), esto es, las utopías que se proyectan en un pasado idealizado. En cualquier caso, el tiempo futuro no es opción. Nos hemos situado en el tiempo pos, que significa el de después del final de la historia, ese final declarado ideológicamente desde la mirada de un liberalismo que ya se autoproclamó triunfante y universal a comienzos de la última década del siglo pasado, surfeando la cresta de la ola de la posmodernidad líquida que, como un maremoto, dejaba expedito el camino a la pandemia cultural de la obsesión patológica por la identidad, el bote salvavidas que le queda al náufrago que ha perdido de vista el horizonte del sentido. Estamos en la edad de la desesperanza aprendida, de la renuncia a un futuro mejor. Hemos recuperado esa cronopatía tan medieval que distorsiona nuestra percepción vital de tal modo que el anuncio del apocalipsis –lo reconozcamos o no– ha mutado en perverso objeto de fruición.

Hemos de asumir el desastre colectivo. En tanto que la profecía se va cumpliendo la salvación será un trabajo personal que nos abra las puertas de la versión premium de la vida, siempre en términos de una experiencia individualizada al margen de los entornos natural o social, coherente con esa cosmovisión compartida de una realidad fracturada. En este tiempo que no va a ninguna parte, porque ha sido vaciado de la dimensión del progreso ético, la obtención de privilegios particulares pasa a ser el aliciente vital número uno. Nos ha abandonado la pasión cierta por el futuro que el científico norteamericano destacaba como virtud esencial de la especie humana. Se entiende, puesto que tal virtud conlleva implícitamente un cierto ingrediente de reverencia por la historia en tanto en cuanto el futuro es ciertamente historia en potencia. Es como si Internet hubiera supuesto, en términos históricos, un cataclismo cronológico de borrón y cuenta nueva, una paradójica refutación de la persistencia de la memoria, una deslegitimación de la vocación por el relato capaz de dar sentido a los hechos. Para la inmensa mayoría de los que son obligados a estudiarla, diríase que la historia ha quedado reducida a un montón de folios escritos –fast food académico para la memoria a corto plazo– que nada tienen que ver con el yo solipsista de la era digital que se retroalimenta al margen de las coordenada históricas en un tiempo virtual que deja de existir en absoluto fuera de las pantallas.

¿Una consciencia global quería vislumbrar el filántropo Carl Sagan? Más bien una eclosión de mónadas que han convertido la realidad en una mercancía de autoconsumo sometida a una plasticidad delirante cuyo conocimiento merece la pena siempre y cuando produzca soluciones simples. La globalización no ha alumbrado esa inteligencia planetaria con la que soñaba el astrofísico al final de su documental; ha ido por otros derroteros: los del hipercapitalismo financiero, el cual ha triunfado imponiendo el reemplazo de la memoria histórica por la psicosis hiperactiva del cortoplacismo mediante un estricto direccionamiento de la atención colectiva y una vigilancia algorítmica de los entresijos de nuestras almas.

Sin la memoria histórica (precursora necesaria de la pasión por el futuro), cualquier propuesta de progreso es un sucedáneo narcotizador al quedar reducida a la consecución de una solución tecnológica que sirve, sobre todo, a la plena e inmediata satisfacción de cualquier deseo individual. A esto último ha quedado reducida la libertad.

Bibliografía

BAUMAN, Z. (2017): Retrotopía. Paidós Ibérica.

Meyer, N. (Director). (1991). Star Trek VI: aquel país desconocido (película). Paramount Pictures.

Sagan, C. (Creador). (1980). Cosmos (serie de televisión). Carl Sagan Productions, KCET, BBC, Polytel International.

Shakespeare, W.://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/hamlet-tragedia–1/html/ff18f76c-82b1-11df-acc7-002185ce6064_28.html

Imagen | Unsplash

Cita este artículo (APA): Agüera, J. (2023, 06 de julio). Aquel país desconocido (meditaciones en torno a la memoria histórica y el futuro). https://filosofiaenlared.com/2023/06/meditaciones-en-torno-a-la-memoria-historica-y-el-futuro
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por José María Agüera Lorente

Profesor de filosofía en un instituto de educación secundaria de Granada (España). Colaborador habitual de medios digitales y periódicos regionales; autor de artículos publicados en algunas revistas nacionales.

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