En el ensayo titulado «El valor de la filosofía» perteneciente al libro Los problemas de la filosofía, Bertrand Russell define la relación entre filosofía y ciencia. Ambas –afirma el filósofo británico– persiguen el conocimiento; ahora bien, cuando se trata de demarcar sus ámbitos de competencia, el autor reconoce que es fácil hacerlo cuando se trata de las ciencias positivas y no tanto en lo que corresponde a la filosofía. Todo el mundo sabe que la biología se ocupa del estudio de los seres vivos y cuanto comporta el fenómeno de la vida y que la geología tiene por objeto de investigación la corporeidad de la Tierra, su estructura y componentes físicos, así como los procesos a los que se ve sujeto el planeta como sistema natural. En lo que respecta a la filosofía, sin embargo, la cosa se torna más –digamos– escurridiza.

Cuando se me plantea la pregunta de qué es la filosofíaque es cosa frecuente cuando uno se dedica a la docencia– nunca me quedo satisfecho con la respuesta que doy. En tal coyuntura no puedo evitar sentirme totalmente identificado con el padre de Mafalda, ese entrañable personaje creado por el dibujante argentino conocido por el apodo de Quino. Mafalda es una niña de entre ocho y diez años inusualmente inteligente, la mar de curiosa e insolentemente crítica. En una de las tiras creadas por Quino la chiquilla se dirige a su padre, que se encuentra absorto en su afición más querida que es el cuidado de sus plantas, para espetarle de buenas a primeras: «papá, ¿qué es la filosofía?». Después de una elipsis, vemos al padre con cara de angustia y rodeado de libros sin haber dado aún una respuesta a la pregunta de su hija.

Yo diría que la filosofía trata de ideas. Ciertamente, al filósofo le interesa (o debería interesar) ante todo la realidad, eso que en nomenclatura metafísica tradicional –la acuñada por Parménides de Elea hade dos mil quinientos años– se denomina «el ser» o «lo que es» o «el ente». Ese es el aliciente último (o primero según se mire) sin duda, pero en esa búsqueda primordial, tanto desde la perspectiva histórica como desde la epistemológica, el filósofo tropieza con las ideas. Digamos que en el devenir de su desarrollo, conforme la filosofía (occidental) gana en sofisticación, se hace con un bagaje que le da herramientas de análisis más elaboradas gracias a la generación de un lenguaje específico, se torna consciente de la relevancia que la conciencia del sujeto tiene en el proceso del pensamiento que trata de aprehender la verdad de las cosas. Y aquí es donde, por así decir, tropieza con la evidencia insoslayable de las ideas (nada que ver con el sentido que la palabra –traducción discutible del original griego– tiene dentro de la doctrina platónica).

Creo que no me equivoco si señalo que el momento decisivo para esa toma de conciencia ocurre en esa etapa de la historia del pensamiento que se conoce como filosofía moderna. En esa etapa tan fructífera, que culmina con la Ilustración, no exenta de errores por supuesto, se comienza a poner el foco en la mente del sujeto cognoscente. Es como si se reconociera la importancia capital de esa parte de la realidad –porque lo es– que trata de conocerla y que merece ella misma ser conocida. Son inagotables en capacidad de sugerir cuestiones y ofrecer opciones de reflexión a tal respecto las filosofías de John Locke, René Descartes, Baruch Spinoza, David Hume e Immanuel Kant. Todos grandes filósofos que desarrollan su obra en una coyuntura histórica enormemente convulsa desde el punto de vista político en gran medida como consecuencia de los enfrentamientos doctrinales de carácter religioso que causaron las guerras de religión que asolaron al continente europeo, en su nivel más alto, desde finales del siglo XVI hasta mediados del XVII con la conclusión de la espantosa Guerra de los Treinta Años. Se podría decir que fue el trasunto de una guerra de ideas que había adquirido la suficiente intensidad histórica como para emplearse en su combate las más altas instancias del poder de entonces. Exponente de esa confrontación es el caso de Galileo Galilei, el librepensador que mantiene un peligroso pulso con el poder que, a la postre, le conduce ante el Tribunal de la Santa Inquisición (para quien quiera documentarse con detalle es muy recomendable la lectura de Talento y poder, sobresaliente libro del profesor Antonio Beltrán Marí, hace una década fallecido). Es la prueba histórica de la trascendencia de las ideas para la humanidad, en lo bueno y en lo malo, dado que pueden ser un obstáculo para el entendimiento como un imprescindible instrumento de conocimiento y progreso. Por lo mismo las ideas deben permanecer siempre sometidas a un análisis continuo, a un examen crítico de sus fundamentos y al debate que las ponga en contraste con la diversidad de perspectivas. Lo contrario, es decir, la conservación de las ideas en su supuesta pureza, implica su muerte y/o su conversión en dogmas, lo que las convierte en estériles para el pensamiento. Es toda una metáfora insuperable que uno de los grandes filósofos de la época, Baruch Spinoza, se ganara la vida como pulidor de lentes. Pues bien, como lentes son las ideas que filósofos, científicos y demás pensadores se afanan por concebir para que nuestra comprensión de la realidad mejore.

Es la historia, pues, así como el proceso de maduración de la filosofía misma los que la conducen al reconocimiento del valor de las ideas, y que estas han de ser tenidas en cuenta por cuanto constituyen la intermediación entre el sujeto y el objeto de su conocimiento. Y es una enseñanza histórica que no debiera caer en saco roto. El estatus epistémico de las ideas y su procedencia, su relación con la experiencia y la verdad, incluso su génesis psíquica y sus efectos anímicos (piénsese en la Ética del mencionado Spinoza) son asuntos de la mayor relevancia en este período de la historia de la filosofía que culmina con dos de sus tesis más señeras sustentadas precisamente sobre el modo en que se resuelve la relación entre ideas y realidad, a saber: el idealismo trascendental kantiano y el idealismo absoluto atribuido a Georg Wilhelm Friedrich Hegel.

No son prescindibles las ideas en el mundo de la filosofía; es más, las cuestiones que se han ido planteando en relación con ellas son elemento central de investigación. En torno a ellas no solo se dirimen temas que podríamos adscribir a la filosofía teórica, sino también a su dimensión práctica, donde cabe situar los problemas de índole moral, ética o política. En este punto habría que abrir capítulo propio para tratar el tema de la ideología, cosa que no haré, pues me llevaría por otros derroteros que en este momento no es mi intención explorar. No obstante, apuntemos el hecho notable de que la ideología está siendo denostada de un tiempo a esta parte según los planteamientos del pensamiento político más conservador. Se trata de subrayar las virtudes del pragmatismo al ser una postura no contaminada por la ideología; postura, claro está, de quienes son conformes con el vigente orden de las cosas frente a las veleidades idealistas (equivalente aquí a utópicas o irrealizables) del pensamiento más progresista o transformador de las vigentes condiciones de vida. Se trata de desactivar ese pensamiento crítico que puede despertar las conciencias de quienes han sido colocados en situación de desventaja dentro del sistema de reparto de poder y riqueza.

Que los hechos no bastan para conocer la realidad tuvo que reconocerlo la filosofía de la ciencia de corte neopositivista. El método por el que abogó Francis Bacon al poco de iniciarse el siglo XVII y que es en gran medida la fuente histórica de inspiración del empirismo, basado prácticamente en la mera observación, carece de ese componente racional que otorga significado a la experiencia. Las posturas radicales de Ernst Mach y el círculo de Viena en la primera mitad del siglo pasado tuvieron que ceder ante las revisiones críticas de filósofos como Karl Popper y Thomas Kuhn, que volvieron a poner en el sitio que les corresponde a las ideas, incluyendo en estas no solo los conceptos específicamente científicos sino también las que conforman la atmósfera cultural en la que la labor científica se lleva a cabo y que influyen en el resultado de la misma (contexto de descubrimiento).

Me atrevo a afirmar que no nos encontramos en un momento histórico favorable a las ideas. Intelectualmente, al menos en lo que se refiere al ciudadano medio, el que se construye su cosmovisión no mediante un ejercicio autónomo de indagación crítica, sino a través de los medios de comunicación y, sobre todo, las redes sociales, donde las opiniones se confunden con los datos y todo contribuye a un totum revolutum o infodemia, se adopta más bien una actitud pasiva. Ello es congruente con una época en la que el selfi es el trasunto de la sobredimensión patológica del ego. Hoy no se fomenta la búsqueda activa de la verdad, punto de partida irrenunciable si se quiere verdaderamente saber, sino que se refuerza la espera pasiva de esos datos que, convenientemente proporcionados y algorítmicamente filtrados, contribuirán a justificar los prejuicios propios, que raramente son sometidos a falsación.

Ahora bien, parafraseando a Kant, el dato sin ideas es ciego. Aquí radica la explicación del éxito práctico de la así llamada posverdad. Porque el dato a menudo aparece desvinculado de las ideas, pierde su enlace con aquellos elementos epistémicos que contribuyen decisivamente a darnos la clave de su verosimilitud o su inverosimilitud. Tales elementos son el contexto, la historia y la estructura.

Vivimos en la era de los Big Data. Ciertamente, no parece que sea la de las grandes ideas. Es sintomático lo que pasa en España en el momento en que escribo este artículo. Estamos en campaña electoral previa a unas decisivas elecciones generales1 en las que el resultado puede posibilitar un gobierno en el que entre un partido de extrema derecha propugnando ideas que ya la historia se encargó de falsar el siglo pasado. Curiosamente, lo que más centra el interés de los medios son los datos de las encuestas que se hacen, pero apenas se destaca el debate de ideas, que es lo verdaderamente decisivo cuando nos enfrentamos a una decisión de tamaña importancia. Hay quien considera que la manipulación de los datos demoscópicos es otra arma más recientemente incorporada a la batalla política, otro factor más de efecto corrosivo para la democracia.

Los datos son ahora el oro de la nueva economía basada en la tecnología digital de la información y la comunicación. Esperamos arrobados que la inteligencia artificial haga su magia y nos ofrezca las claves para entender nuestra realidad; también para entendernos a nosotros mismos. Pero lo que necesitamos, quizá más que nunca, son nuevas ideas que nos proporcionen la llave que nos abra la puerta a un futuro mejor.

Notas

[1] Me refiero a las elecciones generales del domingo 23 de julio de 2023. ​Fueron las decimosextas elecciones generales democráticas, las quintas con Felipe VI como rey, y las primeras celebradas en un mes de julio. Son también conocidas con el numerónimo 23J. Más info: https://elpais.com/espana/elecciones/generales/

Bibliografía

Beltrán Marí, A. (2006): Talento y poder: historia de las relación entre Galileo y la Iglesia Católica. Laetoli.

Brown, H. I. (1984): La nueva filosofía de la ciencia. Tecnos.

Lavado, J. (2011): Mafalda, las tiras. Lumen.

Russell, B. (1991): Los problemas de la filosofía. Labor.

Spinoza, B. (2011): Ética demostrada según el orden geométrico. Alianza Editorial.

Imagen | Unsplash

Cita este artículo (APA): Agüera, J. (2023, 27 de agosto). Elogio de las ideas en los tiempos del Big Data. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2023/08/elogio-de-las-ideas-en-los-tiempos-del-big-data
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por José María Agüera Lorente

Profesor de filosofía en un instituto de educación secundaria de Granada (España). Colaborador habitual de medios digitales y periódicos regionales; autor de artículos publicados en algunas revistas nacionales.

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