Una filosofía ética del cambio, la diversidad y la unidad desde una metafísica del devenir

En primer lugar, un existente (esto es, todo aquello que existe, entendiendo “existencia” en su sentido más amplio) puede ser descrito por una serie de tonos (llamo “tono” a todo aquello que un existente cumple) t1, t2, t3, t4, etc. Pero tales tonos son, a su vez, existentes. Sustituyendo cada tono por su descripción, obtenemos (t11, t12, etc.), (t21, t22, etc.), (t31, t32, etc.), (t41, t41, etc.), etc. A esta sustitución la llamamos “concreción”. Una descripción que no puede ser concretada la llamamos “esencia individual”. Una descripción que no es resultado de ninguna concreción la llamamos “esencia general”. Una descripción que es resultado de una concreción la llamamos “esencia especial”. Al proceso de concretar una esencia general en una esencia individual mediante la concreción de esencias especiales la llamamos “arborescencia”. Si hay una arborescencia de la cual podamos derivar toda la existencia, a su esencia general la llamamos “esencia generalísima”.

Todo existente e podemos caracterizarlo por la agrupación de todos los tonos que cumple. A esto lo llamamos la “tonalidad de e”. Ahora, un nombre atribuido a tal existente e consta dentro de tal descripción. En este sentido decimos que tal nombre es una parte de e. Pero los existentes pueden pasar de no ser nombrados a ser nombrados. Luego, respecto al ser nombrados, los existentes cambian. Por otra parte, todo existente tiene un nombre, pues, de haber existentes innombrables, estos recibirían el nombre común de “existente innombrable”. Entonces, todo existente, por estar en contacto con un sujeto cambiante (aquel que habla, escribe, etc.) cambia. Ahora bien, si todo cambia, cambian también los existentes atemporales (aquellos fuera del tiempo tal y como nosotros lo experimentamos). Por tanto, necesitamos una descripción del cambio que englobe la temporalidad y la atemporalidad, aunque esta sea dada desde nuestra perspectiva temporal. Así es como alcanzamos la noción de “momento general”.

Supongamos que estudiamos un determinado existente e. Primero, en una etapa et.1, preguntamos si nuestro objeto de investigación es tal existente e. Como hemos asumido que estamos estudiando tal existente e, obtenemos que sí. Ahora, en una nueva etapa et.2, preguntamos si nuestro objeto de investigación sigue siendo tal existente e. Si obtenemos que no, e ha cambiado, pues ya no es nuestro objeto de investigación. Si obtenemos que sí, podemos predicar con verdad el nuevo predicado “en esta nueva etapa et.2 en la que ahora estamos, e es nuestro objeto de investigación”, cosa que no podíamos predicar con verdad en la anterior etapa et.1, pues en tal anterior etapa no estábamos en esta nueva etapa et.2 a la que nos referimos. Por tanto, e ha cambiado; e siempre cambia.

Ahora, tomemos el “Ser” (esto es, al menos, el predicado más general predicable con verdad de todos los existentes). El Ser lo tomamos aquí como, al menos, la esencia generalísima (si “esencia generalísima”) es un término que utilizamos en un sentido lógico (relativo a la estructura de un sistema, a su formalidad, no tanto a su contenido; considerando sus operaciones válidas), “Ser” lo utilizamos para nombrar al mismo existente, pero con un sentido ontológico). Si el Ser cambia, cambia todo existente, como es fácil de ver. Es decir, para un momento general determinado dejamos de tener todos los existentes, pues ya no podemos encontrarlos según su tonalidad, ya que esta ha cambiado. Tenemos, entonces, la Nada (esto es, la ausencia de todo existente). Pero la Nada podemos, como estamos mostrando ahora, nombrarla y conceptualizarla. Por eso mismo, como antes vimos, cambia. Por tanto, en un momento general dejamos de tener la Nada. Pero si no tenemos la Nada, entonces tenemos algo. Ese algo debe ser un existente, y por ende debe ser. Entonces, tenemos el Ser. Obtenemos así el “esquema de cambio simple”: para un Ser S, la nada N, y un Ser cambiado S’, tenemos: S-N-S’. Todos estos son existentes, pues existen. Por eso mismo, son, es decir, se engloban dentro de un ser S. Así, obtenemos (S-N-S’)=S. Esto lo llamamos un “Ser discontinuo”. Como la Nada nada es, obtenemos que esta es nula en nuestro esquema, por lo que este se simplifica a (S-S’)=S. Esto lo llamamos un “Ser continuo”. En tanto S, N y S’ son, en un sentido especial, diferentes seres, y S es, en un sentido general, un solo ser, las identidades expuestas muestran también una relación entre lo Uno y lo Múltiple. Siguiendo nuestro anterior argumento: primero consideramos lo Uno (S), posteriormente, lo Múltiple (S-N-S’), y después lo Uno (S), seguidamente, lo Múltiple (S-N-S’), y así… y esto según un Ser continuo-discontinuo (S-S’; S-N-S’). A las instancias del Ser en el esquema de cambio simple (es decir, a S, S’ y S) las llamamos, a cada una, un “ser”; a todas ellas, “seres”.

El cambio de cualquier existente es un cambio de todo el Ser, pues le implica, como podemos deducir de lo antes dicho. Entonces, todo cambio es el cambio representado por el esquema de cambio simple, S-N-S’. Así, vemos el sentido de tal nombre, pues este tipo de cambio es simple, mínimo, único y no continuo con ningún otro cambio (con ninguna otra forma de cambio, es decir, discreto). Por eso decimos que es un “cuanto de cambio”.

Una filosofía ética del cambio,
la diversidad y la unidad

Ahora, de todo lo presentado obtenemos, en primer lugar, que nosotros, existentes como sujetos éticos (entendiendo ética como “filosofía práctica del comportamiento”), cambiamos. También cambian nuestra felicidad y sus objetos, pues son existentes. Según vimos en la exposición del concepto de “momento general”, esto puede ser, informalmente hablando, o bien porque tales existentes se “perpetúan en la existencia”, o bien porque tales existentes “cesan en la existencia” (y, así, dan lugar a otros existentes diferentes). Los existentes éticos (esto es, respectivos a la ética) que no cesan en la existencia los llamamos “imperturbables”. A los que cesan en la existencia, los llamamos “pasionales”.

La ética que encuentra como esencia individual (esto es, como su fin) los existentes éticos imperturbables la llamamos “ataráxica”. Por el contrario, si encuentra como esencia individual los existentes éticos pasionales, la llamamos “hedónica ingenua”. Ahora, en tanto en la ética el sujeto ético (que aquí lo tomamos como la esencia general de la ética, es decir, de donde parte) se concreta en la esencia individual del fin ético, decimos que el sujeto ético, mediante máximas (así llamamos a las especificaciones de la ética) se especifica en un fin ético. A este tipo de éticas las llamamos “éticas de máximas” o “éticas arborescentes”.

Ya que todo existente cambia, y puesto que el proceso de especificación es un proceso cambiante (pues se basa en la especificación, que es un cambio), tanto las éticas ataráxicas como las éticas hedónicas ingenuas tienen un fin y un proceso cambiantes. Por su parte, los sujetos éticos también son cambiantes (pues se concretan mediante máximas) y diversos (pues pueden tanto concretarse en la pasión como en la imperturbabilidad, siendo tanto hedónicos como ataráxicos). Respecto a esto último, interpretamos el esquema (S-N-S’)=S en estos términos de cambio y diversidad ética de la siguiente manera. S puede ser un “sujeto ético” y, también, un “ser ético”. Indicando esto con un subíndice “et” para “ético”, obtenemos (Set-Net-Set’)=Set. Esto significa, como sabemos, que de la diversidad (la diversidad ética) tenemos la unidad (la unidad ética). Y a esta unidad ética mediante la diversidad ética (Set) la llamamos “sujeto ético universal”. Así, vemos que de la diversidad de especificaciones que tiene el sujeto o ser ético (pues puede ser hedónico, ataráxico, …) y el cambio del que participa mediante estas (pues el sujeto ético mediante máximas busca alcanzar un fin ético y, así, cambiar), es lo que le da unidad al sujeto ético universal, lo que lo sostiene en cuanto tal, su pilar, lo que está aguantando debajo, lo que le subyace, su substancia.

Por eso, un existente ético que esté conforme con el sujeto ético universal debe estar conforme con el cambio (respecto al sujeto ético, decimos que debe tener “consciencia del cambio”, esto es, de que nuestra existencia ética, lo que nos gusta, disgusta, valoramos, despreciamos, etc., es cambiante), debe estar conforme con la diversidad (respecto al sujeto ético, decimos que debe tener “consciencia de la diversidad”, pues el sujeto ético universal puede concretarse diferentemente, según la situación particular de cada sujeto) y debe estar conforme con la unidad (respecto al sujeto ético, decimos que debe tener “consciencia de la unidad”, pues el sujeto ético universal tiene una substancia que puede seguir, desarrollar, florecer y así alcanzar la felicidad del sujeto ético universal en tanto sujeto universal). Es decir, debe estar conforme con su florecimiento en tanto sujeto ético universal. Es por eso que llamamos a este tipo de ética “eudaimónica”.

Esta ética, la eudaimónica, no encerrándose en una serie de máximas, toma las diferentes éticas por igual, permitiendo, en principio, el salto de una de ellas a cualquiera de las demás. En este sentido, decimos que tal ética es “rizomática”. En resumen, la ética eudaimónica-rizomática propuesta nos diría: “sé consciente de que eres uno entre muchos, de que eres uno y muchos, de que cambias; intenta conocerte a ti mismo en el momento dado, intenta encontrar las máximas que permiten tu florecimiento particular; tus intentos serán cambiantes, diversos, errados o acertados, pero mediante ellos podrás desarrollar, al menos, las tres conciencias y una razón de acuerdo con ellas y contigo, y a esta razón, que es habilidad para adaptarse a los cambios y a lo diverso sabiendo apuntar a la unidad que es el florecimiento y la felicidad según como tú eres, la llamamos virtud”.

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Artículo de:

Jaime Calaforra Arranz (autor invitado):
Estudiante de Filosofía en la Universidad de Valencia. Con intereses generales en la filosofía, la poesía y narrativa y las ciencias formales. En cuanto a la filosofía, le interesa mucho la lógica, la metafísica, la epistemología, la ética y la filosofía política.

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Cita este artículo (APA): Calaforra, J. (2023, 08 de agosto).Una filosofía ética del cambio, la diversidad y la unidad desde una metafísica del devenir. https://filosofiaenlared.com/2023/08/filosofia-etica-del-cambio
#cambio, #Devenir, #ética, #Metafísica

por autores invitados

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