El presente artículo es una traducción de Luis López Galán del texto Death is Overrated, de Rivka Weinberg, que ha sido traducido con autorización de The Philosopher como parte de la alianza de colaboración que tenemos con ellos. 

Se dice a menudo que la muerte crea sentido para luego destruirlo. Se piensa que otorga sentido a la vida al construirle etapas, una forma y la coherencia de una narrativa, con inicio, nudo y desenlace. Esto nos ayuda a edificar un significado para nuestro discurrir en el mundo y nos permite vernos a nosotros mismos como personas con una identidad que se desarrolla a lo largo de toda una vida. Pero se supone que la muerte también socava el sentido de la vida al acabar con nosotros, limitando el impacto y la importancia de nuestros esfuerzos y finalmente borrando todos los vestigios de nuestras vidas. ¿Por qué molestarnos en trabajar tan duro si tanto nosotros como todo lo que hemos hecho desaparecerá tarde o temprano? Incluso si algunos de nuestros esfuerzos tienen un impacto más allá de nuestras vidas, en algún momento todo se disipa y desaparece. La muerte es como la marea que llega y arrastra no solo los castillos de arena que construiste, sino también a ti mismo, la propia identidad que los construyó. De esta manera, la muerte mina el sentido. Por lo tanto, es ya un lugar común comprender la muerte primero como la fuerza que presiona para que exista un sentido en lo que hacemos, pero también como la destructora de ese mismo sentido. Sin embargo, observa lo que sucede si sacamos la muerte de la ecuación. Digamos que vivimos para siempre, que somos inmortales como los dioses. ¿Y luego qué? Creo que nos daríamos cuenta de que no es la muerte, sino el tiempo, lo que es tan necesario para el sentido, así como para minimizarlo.

Muchos argumentarían que, al significar un punto final, la muerte les da a nuestras vidas estructura narrativa, coherencia y sentido. Pero es el tiempo lo que proporciona una forma suficiente que permita la secuencia vital, y que esta a su vez permita una narrativa significativa. Antes, durante, después; ayer, hoy, mañana. Somos una historia que se desarrolla en el tiempo. Sin que el tiempo marque nuestras vidas, es difícil comprender la vida en absoluto porque vivimos en los fundamentos del presente, el pasado y el futuro. Es casi imposible imaginar una significación atemporal. Uno podría evocar una visión difusa de existir en un estado atemporal de pura alegría, o una visión más distópica de tristeza desmedida. ¿Podríamos existir en un estado atemporal de alegría y tristeza al mismo tiempo? Solo si las dos emociones contradictorias ocurrieran simultáneamente, ya que no puede haber secuencia sin tiempo. Sin embargo, incluso un estado de pura alegría suena más a estar bajo los efectos de alguna droga que a una vida significativa. ¿Puede ser realmente significativa si eso es todo lo que en ella sucede? Sin esfuerzo, sin esperanza, sin éxito, sin fracaso. Algunas de las estructuras fundamentales de sentido no se darían sin tiempo, al orientarse todas ellas sobre pasado en relación con presente y futuro. Incluso el amor perdería gran parte de su significado en ausencia de tiempo, porque carecería del elemento de fidelidad que caracteriza al amor profundo y duradero, manifestado al persistir en las buenas y en las malas a lo largo de los años. Sin tiempo, es difícil concebir gran parte de lo que consideramos que da sentido a nuestras vidas. Sin embargo, mientras vivamos en el tiempo, incluso si viviéramos para siempre, gran parte de lo que hace que nuestras vidas cotidianas sean significativas podría permanecer. Sin la muerte no tendríamos una narrativa final de nuestras vidas, un final definitivo, pero aún podríamos tener algo similar a una serie de televisión o, si se mantiene lo suficientemente emocionante, una telenovela. Una historia muy larga e interminable, pero, aun así, una historia, con una estructura narrativa y un significado día a día.

El papel del tiempo

Hay quien ha llegado a afirmar que la muerte es necesaria como condición de fondo para el significado que le damos al riesgo, la recompensa y los recursos limitados. Sin la muerte, sostienen, no sentiríamos urgencia en lo que hacemos, ninguna razón en particular para llevar a cabo cosas que aún estarían ahí para ti mañana, ningún motivo para apreciar el hoy. No obstante, estas conclusiones pasan por alto el papel del tiempo. Él es telón de fondo para el riesgo, la recompensa y el moverse uno hacia adelante. Sin la muerte, el amor seguiría siendo un riesgo: ¿Seré correspondido? ¿Terminará en desamor? ¿Qué pasará con nuestros hijos, si tenemos la suerte de tenerlos? Empezar un proyecto seguiría siendo arriesgado: ¿Se desarrollará como se planeó, terminará en humillación o satisfacción? ¿Habrán merecido la pena nuestros esfuerzos? No necesitas la muerte para sentir presión: hay que contratar a una banda a tiempo para la boda; hay que mostrarles a los hijos cuánto se les ama mientras siguen creciendo; hay que invitar a salir a esa chica antes de que se vaya de la estación de tren… De manera similar, las recompensas de los riesgos que asumimos y las cosas que hacemos con nuestro tiempo seguirían siendo significativas. Seguiríamos obteniendo esas recompensas y estas estando en riesgo, no podríamos darlo todo por sentado. Seguiríamos enfrentándonos a las limitaciones de recursos, posiblemente incluso más que obligados al cuidado de nuestro planeta, al cultivo de suficiente comida para evitar el hambre y la desnutrición, a decidir a qué prestar atención y qué puede posponerse sin un costo excesivo. Tanto el riesgo como la recompensa continuarían teniendo significado sin la muerte, y tal vez se volverían aún más significativos, ya que sus efectos podrían durar mucho más tiempo y, por lo tanto, tener un impacto más profundo y significativo. El tiempo es la condición de fondo para el significado.

Con todo, el tiempo también erosiona el sentido. Lo podemos ver al elucubrar sobre qué sería de nosotros si nunca muriéramos. Si viviéramos eternamente, atestiguaríamos lo que el tiempo hace con nuestros logros, compromisos y esfuerzos, y ése podría ser un destino peor que la muerte. Aquello en lo que pusimos tanto cuidado y esfuerzo hace cien o cien mil años apenas sería un recuerdo ahora, con la angustia añadida de vivir el proceso y ver con nuestros ojos el futuro de nuestras actuales ocupaciones y pasiones. Las pinturas quemadas, los libros olvidados, el amor perdido, la sinfonía que nadie ha interpretado en diez mil años, las amistades que se han desvanecido.

Vivir eternamente,
pero ¿aniquilados por el propio tiempo?

Además, si viviéramos eternamente podríamos tener dificultades para mantener la memoria psicológica y la continuidad que proporcionan el andamiaje de nuestra identidad personal. En algún momento podríamos llegar a ser aniquilados por el propio tiempo. Cada uno de nuestros “yoes” se iría desvaneciendo con el tiempo, una y otra vez. Sus arenas podrían acabar con nosotros si viviéramos lo suficiente. El tiempo infinito plantea problemas de significado. Sospecho que por eso muchas religiones conciben la vida eterna después de la muerte como algo ajeno al tiempo, fuera de él; ausente por completo de ese elemento como tal. Es muy difícil imaginar cómo sería ese tipo de existencia o si sería una forma en la que querríamos existir. La religión no me ha convencido con sus promesas sobrenaturales, pero al menos sabe cuál es el problema.

El lema vivir el momento se utiliza como una forma de lidiar con los problemas de sentido planteados por la muerte, y quizás vale la pena considerarlo también como una forma de hacer frente a los problemas de sentido planteados por el tiempo. Pero hay un límite en cuán bien puede funcionar este enfoque. Hacerlo únicamente en el presente puede tener un costo, porque el futuro está llegando, le prestemos atención o no, así que es mejor estar preparados. La significación y la atemporalidad, el constante presente, no son compañeros naturales. Imagina de nuevo ese estado atemporal de amor puro, imagina flotar sobre un mar de nubes suaves. ¡Qué maravilla! Pero solo durante un rato. Es difícil aceptar que ese estado, de nuevo, como de estar bajo los efectos de alguna droga sea agradable para siempre. Y casi imposible imaginarlo como significativos. Necesitamos tiempo para lo que la mayoría de nosotros podemos reconocer como sentido, incluso si el tiempo en sí mismo termina convirtiéndonos en polvo. (Este aspecto del problema de sentido parece pasar desapercibido en las descripciones religiosas de la vida después de la muerte).

A pesar de su destacado papel, la muerte no es el fantasma que acecha nuestras ambiciones significativas. Mantendríamos nuestras posibilidades y problemas de sentido tanto si fuéramos mortales como si no lo fuéramos. Es el tiempo, y no la muerte, el que le otorga forma a la vida y en algún momento nos borra a nosotros y a nuestras acciones, socavando el sentido de nuestras vidas. Curiosamente, la muerte puede ser la forma más fácil de enfrentar nuestras limitaciones de sentido porque, aunque sabemos que se acerca, nos ahorra tener que presenciar cómo nuestras identidades y proyectos pasados, amores, pasiones y logros se desvanecen en la falta de sentido. Así que no culpemos ni alabemos a la muerte como creadora o destructora de sentido. En cuanto a este, la muerte simplemente hace lo que el tiempo haría eventualmente de todos modos, pero quizás de manera más misericordiosa. Si vas a ser aniquilado y tus esfuerzos no llegarán a nada, es más fácil si no tienes que presenciarlo. Morir es menos agonizante. La muerte es solo un marcador de tiempo: te dice cuándo se te acaba y te saca de atestiguar cómo tus proyectos parten hacia la nada.

El tiempo es la complicación, amigos míos: no se puede tener sentido con él, pero tampoco sin él. Reconocer que es el tiempo el que hace que la vida sea significativa o no nos permite obsesionarnos un poco menos con la muerte y reconciliarnos con el elemento fundamental de nuestras vidas: el tiempo que tenemos para vivir.

Texto de:

Rivka Weinberg
Profesora de Filosofía en el Scripps College de Claremont. Está especializada en ética, bioética y metafísica del nacimiento, la muerte y el sentido.  

Traducción:

Luis López Galán 
Colaborador de medios como El vuelo de la lechuza, Espacio 17 Musas o El placer de la lectura; ofrece servicios editoriales y es, en la actualidad, estudiante de Grado de Filosofía. Español residente en Inglaterra, y con las letras como principal pasión, la combinación cultural y literaria de ambos países lo mantiene ocupado cada día, siempre con una principal motivación: continuar aprendiendo.

Imagen | Wikimedia Commons

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por The Philosopher

The Philosopher es la revista de filosofía con más tiempo en circulación en el Reino Unido, publicada desde 1923. Su objetivo es publicar filosofía emocionalmente inteligente, formalmente innovadora y socialmente justa.

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