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La belleza es una criatura en peligro de extinción. La belleza se hunde en el asfalto de un mundo deshonesto, hostil… de un mundo en plena crisis ético-política. ¿Puede haber belleza sin bondad, sin honestidad? ¿Puede existir «lo bello» si no existe «lo bueno»? 

De esta inquietud estético-moral nace La belleza, canción de Luis Eduardo Aute1. En ella, el autor establece una relación entre la fealdad y la deshonestidad: entre lo antiestético y lo inmoral. Aute habla, pues, de una belleza moral, ética y política: habla de la textura de la honestidad, la pincelada de la libertad y las tonalidades de la justicia. Lo bueno es, por tanto, una experiencia estética. Lo bello no puede ser deshonesto, egoísta y falto de amor.  

Esta interpretación moral de la belleza no es sino una concepción práctica de la misma. Lo bello no es una proporción ideal al estilo platónico, tampoco es una realidad artística autónoma al estilo moderno; sino que es un «hacer», una voluntad performativa que tiene un impacto en el mundo —como ese impulso que recorre el cuerpo de El David—. Para Aute, lo bello cambia —y mejora— el mundo. 

Ahora bien, resulta pertinente aclarar algo: no es lo mismo hablar del contenido ético del arte que hablar de la ética como manifestación estética. Mientras que la primera tesis presupone una concepción exclusivamente artística de la belleza, la segunda considera la belleza como algo no solo artístico sino también moral e incluso político. Luego, este artículo no trata de la ética de lo estético, sino de la estética de lo ético: de la belleza de hacer el bien. No vengo a hablar de la poesía como algo ético: sino de la ética como una forma de poesía. Aclarado esto, cabe preguntar: ¿dónde está esa belleza que tanto añoraba Aute?

Perspectiva antigua

Tolstoi se prohibía a sí mismo escuchar a Tchaikovsky, pues consideraba el arte un aderezo artificial de la realidad, un alejamiento de la verdad. Esta tesis, claramente relacionada con la platónica, defiende que las artes son siempre inmorales porque son mera imitación. Para Platón, la obra de arte es ontológicamente insuficiente, pues es una imitación del mundo sensible, que es, a su vez, una imitación del mundo de las ideas. El arte es, por lo tanto, mera mímesis. Esta limitación metafísica deriva en una insuficiencia moral, pues para Platón el Bien es puro ser: es la idea de las ideas. Dicho esto, quedan claras dos premisas clave: para Platón, la Belleza es una idea independiente al Bien; y, a su vez, el arte, al carecer de ser, carece de Belleza. Lo estético es una proporción ideal, una perfección abstracta; y no La belleza de Aute —en cuanto pieza artística— ni la belleza de la que habla La belleza —en cuanto reivindicación moral—. Luego, para Platón, lo bello no es ni la obra artística ni el acto moral. La belleza platónica no es estética ni moral: es metafísica.

Perspectiva moderna

Ahora bien, esta mística concepción de la belleza va a ser rebatida por la Modernidad. Para autores como Shaftesbury, Lessing y el propio Kant, la estética y el arte se hallan indisolublemente vinculadas, pues la finalidad del arte es encarnar la belleza. Esto deriva en una división —algo radical, a mi parecer— entre ética y estética. Para los modernos, la estética, a diferencia de lo que defiende Aute, es meramente artística. Los juicios éticos nada tienen que ver con los estéticos y, por tanto, la moralidad deja de ser territorio del arte —y, por consiguiente, de la belleza—. Es decir, si bien el deber y la justicia formaban la piedra angular de las preocupaciones filosóficas de Kant, en ningún momento este las consideró como manifestaciones de una belleza moral —que es lo que pretende hacer Aute—.

Una nueva perspectiva:
la belleza moral

La debilidad de la postura moderna es, a mi parecer, una interpretación parcial del término «belleza», basado en criterios exclusivamente artísticos —o metafísicos, en el caso de Platón—. Pero, ¿dónde queda la belleza del acto? Esto es, la belleza moral y práctica; la belleza de la que habla Aute. Por otra parte, por más que los modernos se empeñaran en hacer del arte y la moralidad dos realidades independientes, lo cierto es que están irremediablemente entrecruzadas. La obra de arte es moral —o inmoral— en su verdadera naturaleza, ya que no es sino el resultado de la voluntad del hombre. Por ello mismo, la estética es tan artística como ética. ¿Por qué si no hablamos de la «nobleza de un material», así como de la «nobleza de un acto»? ¿Por qué si no hablamos de una pieza bella, así como de una actitud bella? 

Como vemos, tiene poco sentido guardar en el estante de ética la Crítica a la razón práctica y en el de estética la Crítica del juicio —esta última obra también tiene contenido ético precisamente porque gira en torno a la estética—. En parte, esta forzada división se debe a la fundamentación racionalista de la moralidad que, en el plano de la filosofía práctica, deja de lado conceptos aparentemente irracionales —como la belleza—. Ahora bien, si seguimos la tesis propuesta por Alasdair MacIntyre, parece algo radical fundamentar la ética única y exclusivamente en una razón abstracta. El propio Kant dice2: «Sin el sentimiento moral no habría para nosotros ni lo bello, ni lo sublime, que en él se basa la pretensión, por así decir, legal, de aprobación». Para Kant, así como para Aute, si no hay ética tampoco puede haber belleza. Lo bueno es, en esencia, bello.

Podemos resumir esta tesis en una propuesta clave3 de José Antonio Marina: «La estética transfigura el mundo y la ética lo transforma. Esta transformación puede ser bella». ¡La transformación puede ser bella!: ese es el quid de la cuestión. Es decir, la moral (la razón práctica kantiana) produce un cambio en el mundo en cuyo espectáculo se produce una experiencia estética. Se trata de una propuesta absolutamente revolucionaria, pues hace de la ética una estética del acto, una «poética de la acción», en términos de Marina. Desde este ángulo, lo estético no es, de facto, artístico; y por ello, la belleza no es solo pióesis, sino también praxis. Recordemos aquel verso de Celaya4: «Tal es mi poesía: poesía-herramienta».

Retomemos ahora la cuestión inicial: ¿dónde está la belleza? En realidad, Aute nos demuestra que la belleza nace y muere en los rincones más cotidianos de nuestra vida. Por ello mismo me interesa tanto esta interpretación moral de la belleza: porque tiene que ver con lo práctico, con lo performativo. Tiene que ver con la transformación de nuestro mundo. Luego, la belleza no reside (únicamente) en un lienzo, ni en la superficie de un mármol —y, desde luego, tampoco reside en una realidad metafísica—: la belleza está en el acto, en la conducta humana. Restringir lo estético al Arte supone una «privatización» de la belleza, ya que implica limitar su vida a la «obra», a la pióesis, a la voluntad individual del artista. Pero la belleza, por extraño que parezca, también reside en el civismo, en la política empática, en la defensa de lo público —¿pagar impuestos es una experiencia estética?—.

Por ello mismo Aute estaba tan preocupado: porque la muerte de «lo bello» responde a la ausencia de «lo bueno», responde a la extinción de esa voluntad performativa que transforma el mundo. «El que trepe a lo más alto / pondrá a salvo su cabeza / aunque se hunda en el asfalto la belleza», dice el cantautor. La corrupción moral, la mentira y el odio son, al igual que en un lienzo, la putrefacción que agrieta la belleza. Pero, ¿qué podemos hacer nosotras, como fieles defensoras de lo bello? Pues bien, Aute es claro y conciso. Nos dice: «¡Viva la revolución!» Viva la sublevación contra lo deshonesto, egoísta y corrupto… En un mundo donde reina el solipsismo neoliberal, no hay mayor insurgencia que buscar la belleza en la mirada del otro.

Que viva, que viva la disidencia de transformar el mundo.

Notas

[1] LuisEduAuteVEVO. (2017, noviembre 24). Luis Eduardo Aute – La belleza [Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=uxYdyXGHZxs

[2] En una carta a Reichardt del 15 de octubre de 1790, contenida en el volumen XI de la edición de la Academia.

[3] S/A, Entrevista a José Antonio Marina: “La estética transfigura el mundo; la ética lo transforma”. Fedro, Revista de estética y teoría de las artes. Número 3, junio 2005. ISSN 1697 – 8072

[4] Gabriel Celaya. La poesía es un arma cargada de futuro. (n.d.). https://www.amnistiacatalunya.org/edu/2/dudh/dudh-g.celaya-3.html

Bibliografía

Castro Rodríguez, S. J. (2012). Ética y estética: una relación ineludible. Revista latinoamericana de bioética, 12(1), 62-69. Extraído de: http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1657-47022012000100006&lng=en&tlng=es.

Lo estético y lo ético. Diccionario filosófico. Extraído de: https://www.filosofia.org/enc/ros/este3.htm

Roncero, L. (2020) El arte pregunta, tú respondes: ética y estética para repensarnos. Extraído de: https://21gramos.net/etica-y-estetica-para-repensarnos/

Imagen | Unsplash

Artículo de:

Elena Verdugo (autora invitada):
Estudiante de Filosofía en la Universidad Autónoma de Madrid (UAM). Trilingüe (español, francés e inglés). Obtuvo el 2º premio de disertación en la OFM (Olimpiada Filosófica de Madrid) de 2022, y el 1º en 2023.

Cite este artículo (APA): Verdugo, E. (2023, 18 de agosto). Lo bueno y lo bello: una poética de la acción. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2023/08/lo-bueno-y-lo-bello
#arte, #estética, #ética, #reflexión

por autores invitados

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