Los términos liberal y liberalismo tuvieron su origen o aparición por primera vez en España, en concreto alrededor de los debates y acontecimientos acaecidos en torno a las Cortes de Cádiz de 18121. Ambas palabras eran de nueva creación, nacidas del enfrentamiento interno entre los partidarios del absolutismo y los defensores de un modelo de estado constitucional. Dichas palabras no aparecían ni en la Enciclopedia francesa ni en la Británica.

Pero esos vocablos recién surgidos, rápidamente pasaron a utilizarse finalmente para denominar a una posición ideopolítica que había surgido ya desde mediados del siglo XVII y alcanzado su culminación a lo largo de los dos siglos siguientes.

El liberalismo vendría de la mano de la modernidad y esta, sin duda, tiene su base en una serie de acontecimientos que sin los cuales la historia hubiera sido otra. Así pues, cuatro grandes revoluciones marcan el advenimiento de la modernidad:

En primer lugar, la Revolución científica y el consecuente establecimiento una nueva concepción de la ciencia basada en el uso de la razón. En segundo lugar, la Reforma protestante con el consecuente establecimiento de nuevas iglesias, que traería aparejado el cuestionamiento del poder y jurisdicción del Papa y de la Iglesia Católica, así como el recurso a la libertad religiosa y de conciencia. En tercer lugar, la Revolución económica que traería consigo el nacimiento del capitalismo, la instauración de la propiedad privada y la expansión del comercio y las relaciones mercantiles, provocando el fin definitivo de la economía feudal. Y por último, las Revoluciones políticas inglesa, americana y francesa con la consiguiente instauración de nuevas formas de poder social y colectivo para el pueblo, reconociendo por primera vez derechos y libertades civiles y políticas poco antes inimaginables. Y como elemento aglutinador de todos esos movimientos socioeconómicos no debemos olvidar la Ilustración y su proyecto de alcanzar el progreso social, material y moral a través del conocimiento y la racionalidad.

Con la aparición en 1776 de la obra An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations, el escocés Adam Smith establecía las bases del futuro liberalismo del siglo XIX. La novedad que presentaba esta obra es que por primera vez se planteaba la idea de poner el valor de un determinado producto en el trabajo necesario para producirlo; así pues, dado que la productividad del trabajo se incrementaba con su división, su introducción resultaba deseable y a su vez se dejaba de lado el modelo anterior en el que un solo obrero realizaba todas las operaciones necesarias para la producción de ese producto. Por tanto, el precio de un producto queda determinado por el trabajo invertido en su fabricación así como otros factores como el capital invertido, siendo el mercado quien fijara su precio final; pero este precio final podrá verse alterado por otro factor como es la ley de la oferta y la demanda, en la que cuando la primera excede a la segunda el precio baja, y viceversa.

Smith pensaba que el mercado tiene sus propios mecanismos para su autorregulación basándose en el hecho de que cada sujeto interviniente en ese mercado busca su beneficio individual, por lo que la economía puede funcionar de forma autónoma, sin la injerencia del estado, cuya actuación debía quedar limitada a las obras públicas y a la prevención de la aparición de monopolios, los cuales desequilibrarían el sistema.

Pero en este nuevo pensamiento liberal, cabe destacar aparte de Adam Smith otras figuras no menos importantes para el devenir de esta nueva filosofía política, como son John Locke, Montesquieu, David Hume, Jeremy Betham, Immanuel Kant, Benjamin Constant, John Stuart Mill, Thomas Paine, Wilhem von Humboldt y muchísimos otros que hicieron aportaciones fundamentales.

En cualquier caso, el liberalismo mostrará desde sus mismos comienzos una constante preocupación por el individuo y su lugar en la sociedad. Su lucha se centrará contra el autoritarismo político, religioso y social, todavía muy presentes en las sociedades tradicionalistas. Con una posición claramente individualista, el liberalismo pasó a considerar al individuo como un ser que tiene una vida independiente, que precede a cualquier grupo o asociación humana y cuya existencia nada debe a ellas. Es también un sujeto racional, capaz de dirigir por sí mismo su propia conducta así como de ostentar la capacidad de determinar cuáles son sus preferencias, necesidades y fines.

Pero el individuo liberal es también un propietario, que se caracteriza de forma esencial por ser poseedor de su persona y capacidades, así como de los frutos que de su trabajo o actividad se deriven. Para esta concepción, el individuo se desarrolla básicamente a través de la constante acumulación de posesiones en plena competencia con los otros individuos. Estos individuos, asimismo, son libres e iguales, poseedores de un derecho natural o humano a la libertad y a la igualdad que la sociedad y el Estado no solo es que en modo alguno otorgan, sino que están obligados a respetar, promover y proteger.

Sin embargo, aunque el liberalismo tradicionalmente ha tendido a concebir la libertad como una prerrogativa de todo individuo, los liberales clásicos fueron muy conscientes de que la libertad absoluta de todos los individuos, generaría interminables conflictos, se mostraron dispuestos a reducir la libertad en aras de otros valores y por de pronto, de la misma libertad. Por tanto, la libertad no consistiría en la posibilidad de que cada cual pudiera hacer lo que quisiera, sino en estar libre de la violencia de los otros, es decir, en la ausencia de coacción o interferencia por parte de los demás individuos de la sociedad; consistiría más bien en una libertad negativa, que tendrá como imperativo categórico para todos los miembros de la sociedad –incluido el Estado–, la no interferencia en la libertad de los demás miembros. Y el papel del poder político quedará reducido en la obligación de respetar, proteger y promover dicha libertad negativa así como la protección de la propiedad privada, fundamento último de dicha libertad.

Pese a todo ello, desde el comienzo del siglo XIX sería ya palpable que el liberalismo clásico había entrado en crisis. El aumento de la pobreza, la miseria, el analfabetismo y las enfermedades, junto a las pésimas condiciones de vida y de trabajo, hicieron patente que era necesaria una gran reforma del programa liberal. La crisis económica que azotaba a los países más capitalistas, puso en evidencia la creencia liberal de que el propio mercado a través del desarrollo económico solucionaría por sí mismo estos problemas sociales.

De este espíritu reformista forzado por la situación económica, surgirían dos tendencias en la búsqueda de ese liberalismo cuasi utópico que solucionaría todos los problemas surgidos.

Por un lado, un liberalismo de carácter más social, liderado por pensadores como T. H. Greene o J. Rawls, propugnaban un nuevo individualismo para el cual el individuo es un ser social y autónomo además de racional; todo ello junto a una imagen de la sociedad según la cual esta ya no constituye un mero agregado de individuos egoístas sino, por una suerte de entidad colectiva conformada por individuos racionales y autónomos pero igualmente interdependientes, cooperadores y capaces de ayuda o asistencia mutua. Así pues, este nuevo liberalismo social promueve un individualismo en un doble sentido: por un lado, la existencia e individualidad del sujeto está condicionada socialmente y su desarrollo dependerá de factores y condiciones sociales.

Pero también surgirá un liberalismo conservador, para el que la propiedad privada es el primero y más importante de los derechos individuales; un derecho que consideraban tan absoluto como ilimitado, el cual admitiría muy escasas restricciones en cuanto a uso y alcance. Este liberalismo de corte más conservador tendrá como objetivo recuperar los principios del auténtico liberalismo como el individualismo radical, para el cual los individuos y los derechos que les corresponden tendrán tan largo alcance que convertirán en ilegítima cualquier actividad del Estado que vaya más allá de sus funciones protectoras; el fundamento de dichas posiciones se encontrará, por tanto, en la propiedad privada y la libertad individual.

Una vez sentadas esas premisas, el liberalismo conservador pretende solucionar el problema relativo a la igualdad mediante el recurso a la igualdad ante la ley y a la igualdad de oportunidades, entendida esta última como el igual reconocimiento de los méritos y capacidades de cada uno de los individuos de la sociedad; y todo ello independientemente de las capacidades y los méritos que posea cada uno. Dicha concepción de la igualdad de oportunidades adquirirá su verdadero sentido cuando se la interpreta como carrera abierta a los talentos, es decir, como una lucha por los recursos y posiciones en el ámbito social entre sus individuos, ideas, por otro lado, muy próximas a la teoría evolutiva darwiniana, eso sí sacada de contexto y reconfigurada, puesto que en la teoría de Darwin encontraremos la adaptación al medio del más apto, y no del más fuerte, como propondrán los liberales de corte conservador.

Pero pese a los distintos problemas con los que el liberalismo se ha ido topando desde su nacimiento como ideología política, es innegable que actualmente goza de una excelente salud teórica junto a una hegemonía casi a nivel mundial; y todo ello pese a las tensiones a nivel interno que está sufriendo. Así, siguen estando, por un lado, un liberalismo social que tiene como núcleo la defensa de el individualismo social, el establecimiento de ciertos límites a los derechos de propiedad, la promoción de igualdad ante la ley y la igualdad de oportunidades, una mejor redistribución de la riqueza a través de procedimientos de justicia social, un amplio grado de intervencionismo estatal y la democracia representativa como potenciación de la participación política de la ciudadanía. Por otro lado, sigue vigente un liberalismo conservador que defiende como base de su argumentación una propiedad privada como derecho cuasi-absoluto, unido a un individualismo posesivo, la libertad entendida en sentido exclusivamente negativo, la reducción de la igualdad a la igualdad ante la ley, el rechazo de casi toda forma de redistribución de la riqueza, la reducción al mínimo de la acción del Estado y una democracia protectora y elitista.

Todas estas tensiones ideológicas son muy complejas y muestran diferentes puntos de fricción en razón de la proximidad de una u otra cara del liberalismo a las restantes variantes de pensamiento político.

Por último, el futuro teórico y práctico del liberalismo dependerá en gran medida de la solución que presente a los distintos retos que se le plantean como el ecologismo, el feminismo, la inmigración o el multiculturalismo.

Notas

[1] Wikipedia. Cortes de Cádiz. https://es.wikipedia.org/wiki/Cortes_de_C%C3%A1diz

Bibliografía

Quesada, Fernando. Ciudad y ciudadanía. Editorial Trotta.

Imagen Pixabay

Artículo de:

Rubén García Díaz (autor invitado):
Licenciado en Derecho por la Universidad Autónoma de Madrid. Estudiante y apasionado de la Filosofía, de la Literatura, de la Historia, del Arte y de la Cultura en general.

Cite este artículo (APA): García, R. (2023, 12 de agosto). Pensamiento político: el liberalismo. Parte 2 de 4. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2023/08/pensamiento-politico-el-liberalismo
#derechos negativos, #liberalismo

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