Podemos definir con la palabra socialismo a una corriente de pensamiento filosófico-político con un marcado carácter social y económico, que promueve la posesión pública de los medios de producción y que mediante un control colectivo y planificado de la economía busca el beneficio del interés general de la sociedad.

Los orígenes del socialismo podemos centrarlos en dos focos principales; la Inglaterra de la era industrial y en plena efervescencia de la revolución científica del siglo XIX, y en el continente, la Francia post revolucionaria. En el primero destacaría la figura de Robert Owen, que propugno la creación de ciudades de tipo corporativo; mientras que en Francia destacaría la influencia de Henri de Saint-Simon, que trató de instaurar una nueva ética social que regulara las relaciones entre ricos y pobres.

Aunque estas figuras rápidamente se verían ensombrecidas por dos figuras que definirían y fijarían el camino que el socialismo habría de llevar. Estamos hablando de K. Marx y F. Engels. Tanto para Marx como para Engels el socialismo es un estadio intermedio entre el capitalismo y el comunismo, un tipo de formación que sucederá al capitalismo, del mismo modo que este había sucedido al feudalismo. Para ambos pensadores, la finalidad del socialismo es satisfacer las necesidades y culturales de toda la sociedad y de cada uno de sus miembros, con un desarrollo planificado de la economía y el aumento de la productividad social del trabajo.

Pero el socialismo, como cualquier otra ideología, ha sufrido a lo largo del tiempo diversos planteamientos y puntos de vista. Así pues, constituye lo que se ha denominado la época clásica a los años entre la Segunda Internacional (1889) y el estallido de la Primera Guerra Mundial (1914). Sería en este periodo cuando se producirían los debates que trajeron consigo un socialismo dirigido a participar en las instituciones democráticas de los distintos estados, muy distinto este socialismo al que en un principio se había planteado de insurrección, como el propio F. Engels había reconocido cincuenta años después de la aparición de El manifiesto comunista. Atrás quedarían los debates entre K. Marx y M. Bakunin acerca de la estrategia revolucionaria para acabar con el capitalismo. Pero Marx murió en 1883 por lo que no llegaría a ver el progreso del socialismo a través de la democracia y cuando ni siquiera se habían creado los partidos socialistas a excepción del partido español (1879).

Así pues, dicha teoría instrumentalista-extincionista del Estado que posteriormente retomaría Lenin en su obra El Estado y la Revolución, pasaría a ser sustituida por una estrategia más favorable a introducir el socialismo a través de las instituciones democráticas representativas.

Tras la desaparición de Engels las tres grandes figuras que protagonizaron el debate dentro de la socialdemocracia alemana fueron K. Kautsky, E. Bernstein y R. Luxemburgo. Los planteamientos de Bernstein y Kautsky siguen hoy vigentes. Bernstein consideraba que la tarea de los socialistas era crear un partido democrático que fuese defensor de las reformas sociales y que permitiera al socialismo heredar el legado del liberalismo; como persona pacifista que era, creía en la conveniencia de avanzar hacia una sociedad más justa, sin exaltaciones en la lucha política, a través de un camino lineal, evolutivo y pacífico.

Por su parte, Kautsky planteaba un camino distinto para el socialismo. Entendía que el socialismo debía seguir una vía democrática pero sin confundirse con el liberalismo; puesto que el socialismo postulaba una sociedad distinta, debía preservar su identidad hasta el día en que pudiera alcanzar el poder y cambiar de raíz la sociedad burguesa. Mientras llegaba ese gran momento, lo importante era acumular fuerzas mediante la construcción de grandes partidos de masas vinculados a los sindicatos. Partido y sindicato serían las dos caras de la misma moneda.

En este periodo de socialismo clásico, la prioridad era el interés de los trabajadores y, por tanto, prevalecía la idea de que los socialistas no debían entrar en polémicas que para ellos eran ajenas como las referidas a la forma de Estado entre monarquía o república, en materia de religión o entre centralismo y federalismo.

Pero los debates internos dentro del socialismo entre la visión de Bernstein y Kautshy terminaron de forma abrupta en 1914 con el inicio de la Primera Guerra Mundial. Este socialismo de entre guerras vivirá un momento de incertidumbre en el que la violencia estará en el centro de la escena y mientras los proletarios acuden a perder la vida al campo de batalla; el mundo pacífico que postulaba Bernstein saltaba por los aires.

Fue en este momento de la historia cuando la añorada revolución planteada por K. Marx y F. Engels tuvo lugar; además lo hizo en el sitio más inesperado como era la Rusia zarista. Pese a que el acontecimiento era deseado por los obreros socialistas, se produjo en un lugar tan inesperado que la estrategia socialista internacionalista cambió radicalmente.

Lenin transformaría el concepto de partido y la teoría de la revolución, basados ambos en una nueva teoría del Estado. Volvería de nuevo la teoría instrumentalista-extincionista del Estado. Así pues, el Estado seria definido como un instrumento de la clase dominante y, por tanto, la revolución consistirá en la destrucción del aparato de ese Estado burgués y su sustitución por una dictadura del proletariado que irá creando las condiciones para una paulatina disolución del poder político hasta llegar a la extinción del propio Estado. Lenin también consideraba que la organización internacional debía cambiar. Para los bolcheviques era imprescindible construir el partido de la revolución que funcionaría como una organización militar.

Estos planteamientos produjeron una división en el movimiento obrero europeo entre reformistas y revolucionarios, es decir, entre los defensores de una vía insurreccional y los que seguían siendo partidarios de una vía democrática del socialismo.

En este contexto, la Revolución rusa sirvió para constatar dos cuestiones que no habían sido previstas por los primeros socialistas: una fue la degeneración del poder político tras los procesos revolucionarios; la otra fue la dificultad de extender la revolución más allá de los confines de Rusia.

A día de hoy se sigue discutiendo acerca del momento en que se produjo la transformación de la dictadura del proletariado en una dictadura sobre el proletariado y sobre el conjunto de la población. Se debe tener en cuenta que ya en vida de Lenin se tomaron decisiones que afectaron decisivamente a la construcción de un socialismo sin democracia; la ausencia de partidos políticos, la represión de la oposición interna en el seno del partido bolchevique o la disolución de la asamblea constituyente fueron determinantes para esa deriva totalitaria que tomó el movimiento revolucionario obrero.

Por otro lado, la aparición en Alemania del partido Nacional-Socialista y del fascismo en Italia, sirvieron como muro de contención para la expansión de la Revolución rusa en el resto de Europa. Dichos movimientos sirvieron a los socialistas moderados, más partidarios de la vía democrática, para apostar definitivamente por esta vía, evitando totalitarismos de uno u otro bando.

Una vez que hubo finalizado la Segunda Guerra Mundial, llegó la época dorada del socialismo. A raíz de las transformaciones económicas y políticas y con la llegada del Estado de bienestar, se transforma también la democracia política, produciéndose un cambio en los partidos políticos, que comienzan a abandonar las viejas fronteras de clase.

Este socialismo democrático posterior a las dos guerras mundiales, buscará mantener sus señas de identidad reafirmando una vía democrática frente al estalinismo e intentando diferenciarse del imperialismo norteamericano. Y con la llegada del Estado de bienestar se transformará también la democracia política, abandonando los partidos políticos las antiguas fronteras de clase. Así pues, de los viejos partidos de clase, se pasará a organizaciones interclasistas en las que el objetivo principal consistirá en alcanzar mayorías electorales; y para obtener dichas mayorías será posible en la medida en que algunos sectores intermedios de la población no se posicionen radicalmente en contra.

Por tanto, los dirigentes socialistas de esta nueva etapa fueron muy conscientes de que la justicia social solo era posible siempre y cuando se consiguiese aunar la eficiencia económica y la cohesión social, la planificación estatal junto a la iniciativa privada, y todo ello en un mercado libre que no deje de lado la redistribución. Su estrategia se basará principalmente en asumir responsabilidades de gobierno y conseguir crear organizaciones capaces de alcanzar mayorías parlamentarias que permitan poner en práctica dichas políticas.

Y con la aplicación de dichas políticas llegarían los primeros resultados positivos: el estado de bienestar logró la integración de la clase trabajadora a través del consumo de masas. Este modelo productivo iría cambiando en los años sucesivos y con él la desaparición de un modelo de relaciones laborales; el viejo paradigma de organizaciones regladas, con acuerdos corporativos quedaría relegado.

Pero sería el año 1989 el que marcaría el final de una época. Con la desaparición del movimiento comunista, del pacto de Varsovia y de la Unión Soviética se cerrará definitivamente una etapa que afectará decisivamente al presente y futuro del socialismo.

Así pues, tras la caída del muro de Berlín, surgirán planteamientos divergentes dentro de la misma socialdemocracia: por un lado, una socialdemocracia liberal que entiende que el estado de bienestar no es posible mantener tal como se había venido conociendo. Por otro lado, una socialdemocracia de corte keynesiano que sigue apostando por el estado de bienestar y su mantenimiento mutatis mutandis; y por último, un socialismo de izquierda, con una perspectiva más sombría pero quizás más realista, que recuerda que no todos gozan de la globalización y reivindican una globalización alternativa, considerando que ha llegado el momento de diseñar un nuevo internacionalismo, poniendo sobre la mesa el problema ecológico, la diversidad cultural, un movimiento obrero organizado, junto a una educación pública y una sanidad universalista que aseguren los derechos socio-económicos.

En definitiva, con estos puntos de vista de nuevo cuyo, muchas veces en colisión, serán el tiempo y las circunstancias los que definirán cuál de estas visiones tendrá más utilidad y mayor aplicabilidad en una sociedad global cada vez más cambiante y con nuevos retos más complejos que resolver.

Bibliografía

Quesada, Fernando. Ciudad y Ciudadanía. Editorial Trotta.

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Artículo de:

Rubén García Díaz (autor invitado):
Licenciado en Derecho por la Universidad Autónoma de Madrid. Estudiante y apasionado de la Filosofía, de la Literatura, de la Historia, del Arte y de la Cultura en general.

Cite este artículo (APA): García, R. (2023, 22 de agosto). Pensamiento político: los socialismos. Parte 3 de 4. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2023/08/pensamiento-politico-los-socialismos

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