Reflexión sobre los asientos preferenciales u obligatorios

Para comenzar debemos plantear una situación con la intención de ilustrar el tema que atenderemos. Si usted ha subido al transporte público verá que hay una distinción dada en los asientos por colores. Naturalmente, son de color amarillo o rosa con el distintivo característico de un estampado superior que indica el señalamiento de obligatoriedad o preferencia hacia personas con discapacidad visual, embarazo y tercera edad.

La idea de implementar estos asientos podemos pensarla en atención a las desigualdades que enfrentan las personas por alguna discapacidad física, que hacen de estas condiciones o discapacidades una complicación de su traslado hacia su destino. Sin embargo, hay un hecho al cual pondremos en cuestión y que quizás no sea tan ajeno a su experiencia en el transporte público. Imagine o piense, dado el caso de que usted haya o no subido al transporte público, que usted ingresa a una unidad del transporte público. Seguido de eso, usted ve que los asientos están ocupados y que las personas paradas comparten condiciones pertenecientes a las designadas por los asientos preferenciales u obligatorios, mientras que los asientos no preferenciales u obligatorios son usados por personas que no presentan ninguna discapacidad física.

Hasta el momento el planteamiento le parecerá quizás lógico o razonable, puesto que estamos presenciando el hecho de que a cada uno se le está dando lo que le corresponde, que es una idea vinculada no solo al derecho, sino a la justicia. Ahora bien, podrá preguntarse ¿cuál es el caso que pone en problema esta situación? Seguiremos con el planteamiento de este hecho para esclarecer más la problemática.

Después presencia algo que le llama la atención, entre esos asientos preferenciales hay una proximidad considerable de las personas a las que preferencial u obligatoriamente están designados los asientos, esperando que dejen de ser usados. Después de ello, se sube una persona digamos, con condiciones físicas menos favorables y es una persona de la tercera edad. Una de las personas que está sentada es también de la tercera edad, pero digamos que con condiciones físicas no tan desfavorables y quizás con menor edad. Esta persona ve ingresar a la de condiciones físicas menos favorables y le llama para cederle el asiento en lo que las personas próximas están de acuerdo dadas las condiciones menos favorables de dicha persona.

Podremos pensar de aquí cual es la problemática. ¿Por qué las demás personas con condiciones físicas óptimas, si nos permitimos decirlo así, no ceden su asiento para otorgárselo a las personas con condiciones menos favorables o discapacidad? Y aún más, ¿qué lleva a la persona a ceder su asiento y no portarse de una manera egoísta, siendo que cumple con las condiciones físicas para el asiento? Y, ¿qué lleva a las personas próximas a aceptar ese hecho?

En atención a la primera pregunta, trataremos el tema de las complicaciones de la subordinación de la racionalidad por lo razonable. En mucho es dicho la razón de algo, como la razón de ser, la razón del más fuerte, etc. Entenderemos por razón, en este sentido, como el fundamento de algo, un tener razón no como una cualidad del ser humano como racional, más bien referido a algo razonable, cómo lo entendido y aceptado.

De esta manera podremos decir: la razón es lo razonable, el fundamento entendido y aceptado. Siendo así, lo racional, perteneciente a la cualidad humana de la racionalidad. En esto encontramos una diferencia, a decir que lo razonable es aquel discurso tomado como razón por ser entendido y aceptado, mientras que la racionalidad es la capacidad humana de un ser racional.

Tener clara esta diferencia nos ayuda a visibilizar y atender la primera cuestión: ¿por qué las demás personas con condiciones físicas óptimas, si nos permitimos decirlo así, no ceden su asiento para otorgárselo a las personas con condiciones menos favorables o discapacidad? En lo que podremos responder como seres racionales, que por el hecho de que les parece razonable merecer estar en su asiento no lo ceden a las personas con discapacidad o condiciones físicas menos favorables que tienen sus asientos designados. También pueden argumentar el tema de la igualdad, donde todos tienen el derecho a un asiento y pagan —sino cuentan con un apoyo de transporte— lo mismo por el lugar que ocupan en la unidad de transporte público.

Pero, como un acto de autonomía de la razón en tanto es razonable, podríamos discrepar de ello y distanciarnos como manifestación de la racionalidad y opinar que no es justo que esas personas, aun cuando sus lugares están designados, estén paradas. El problema se presenta cuando comenzamos a pensar a costa de nuestro entendimiento racional, sobre la razón, sobre lo razonable que justifique el hecho de que algo es correcto y aún más, que es deber. Entendiendo esto, es cuando podemos responder a la pregunta diciendo que las personas con condiciones físicas óptimas no ceden su asiento por una subordinación de la racionalidad por lo razonable. Hasta aquí dejaremos este tema para atender a las otras dos preguntas restantes.

Recordemos las preguntas faltantes: ¿qué lleva a la persona a ceder su asiento y no portarse de una manera egoísta, siendo que cumple con las condiciones físicas para el asiento? Y, ¿qué lleva a las personas próximas a aceptar ese hecho? Debemos atrevernos a responder primariamente a estas preguntas para después explicarlas, contrariamente a lo que hicimos en la pregunta anterior. Responderemos que: por la interpasividad de la experiencia de justicia.

Ahora resulta necesario atender ¿qué es la interpasividad? Para ello nos permitiremos mencionar que:

El otro lado de la interactividad es la interpasividad. El reverso de interactuar con el objeto (en lugar de mirar pasivamente un programa) es la situación en la que el propio objeto se apropia y me priva de mi propia pasividad, de manera que es el propio objeto el que disfruta del programa en mi lugar, aliviándome de la obligación de gozarlo por mi cuenta.

(Zizek, 2008, pág. 33)

A esto, en la consideración antes dada, hay que aplicarlo y decir, si la interpasividad me lleva a realizar una actividad donde experimento indirectamente la pasividad, a través de otro que disfruta por mí, en el caso del asiento, son las personas que ceden y visualizan el momento, las que experimentan indirectamente la justicia a través de la persona de la tercera edad con condiciones físicas menos favorables. Es decir, experimentan la justicia. El problema es ¿realmente es justo? Y atender a ello es saber que no lo es.

Aplicando esta condición interpasiva, pensemos en el lamentable hecho de ser asaltado. Digamos que vamos por una calle cerca de nuestra casa y que extrañamente no está siendo transitada por gran cantidad de personas como de costumbre, de la nada aparece una persona cubierta del rostro y con un arma de fuego nos pide nuestras pertenencias, a lo que nosotros teníamos nuestro teléfono celular en la mano y nos lo arrebata para irse corriendo. Llegando a nuestra casa, angustiados por lo sucedido, hacemos la acción de prender la televisión y no ver la serie nocturna de costumbre, nos sentamos y nos ponemos a cambiar los canales hasta ver los noticieros de la noche, en la que casualmente nos encontramos el caso de que fue atrapado un ladrón en las que la narrativa es coincidente con la nuestra, hay cierta satisfacción al saber que ha sido atrapado el ladrón como una cierta experiencia de justicia que nos ha sido cubierta. Pero ¿realmente nos ha sido cubierta?

Tenemos ante nosotros dos problemas, en principio y con atención a la primera pregunta, el problema sobre la subordinación de la racionalidad por lo razonable y en segundo, con atención a las dos preguntas restantes, el problema sobre la interpasividad del sujeto o como es el caso, los sujetos en la experiencia de justicia.

Aunque mucho se puede hablar de esto, debemos atender una última cuestión que me parece necesaria. Primero: ¿cómo podemos garantizar la experiencia de justicia directa? Por lo que queda en el ejemplo de los asientos, se nos aparecen dos ideas que atender, en principio: aumentar los asientos preferenciales. Esto generaría una mejor distribución de los lugares. Segundo: servirnos de la interpasividad orientándola al criterio de favorecer a las personas vulnerables. Pues más allá de los estampados, ¿qué sería de los niños, personas con alguna enfermedad, o cualquier persona que se encuentre en una condición menos favorecida, vulnerable? Servirnos de favorecer a los otros como un sentido de justicia debe ser el indicador de nuestro actuar. Y, ¿cómo es que nos servimos de servir a otro? Partiendo de la idea de que lo que uno escoge para su bien lo escoge para el bien de otro. Es posible pensar que el otro actuará según su idea de justicia, quizás como merecedor de su lugar, pero caer en esta dinámica nos llevaría al problema de subordinar nuestra capacidad racional a lo razonable. El objetivo es contradecir esta razón con un actuar que impulse al cambio, hasta que después se vuelva razonable, como producto de la contradicción racional, el dejar el asiento a las personas vulnerables más allá de los asientos designados. Una posición ética de justicia de las personas vulnerables, del sufrimiento, en la que es improbable la pretensión de desvirtuar mediante un solipsismo existencial, particularizando la experiencia de injusticia.

Hoy parece importante, antes de preguntar por una definición de justicia, el preguntar por quién padece la injusticia, pero si se nos pregunta tendremos que responder de una manera afirmativa más que definitiva, en atención de las distintas experiencias de injusticia y en la respuesta que da Sócrates según Platón (1988):

En tal caso, mi amigo, parece que la justicia ha de consistir en hacer lo que corresponde a cada uno del modo adecuado

República IV, 433b.

Siendo el hacer, a partir de una posición ética de justicia en atención a las personas vulnerables, de quienes sufren por la injusticia; lo que corresponde, producto de la racionalidad y; del modo adecuado, en atención a la experiencia de injusticia de las personas vulnerables y que sufren.

Bibliografía

Platón. (1988). Diálogos IV República. Madrid: Gredos.

Zizek, S. (2008). Cómo leer a Lacan. Buenos Aires: Paidós.

Artículo de:

José Samuel López Lara (autor invitado):
Nacido en Zapopan, Jalisco. Es estudiante de la carrera de Abogado en el Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades sede Belenes de la Universidad de Guadalajara, en la que actualmente es Consejero de la División de Estudios Jurídicos.

Cite este artículo: López, J. (2023, 07 de agosto). Reflexión sobre los asientos preferenciales u obligatorios. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2023/08/reflexion-sobre-los-asientos-preferenciales
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