Como parte de nuestra alianza con la "Revista Esfinge", mensualmente compartimos en ambas publicaciones "filosofía en el espejo", una columna que, bajo las perspectivas de sus responsables editoriales, reflexiona en relación a un tema específico.

En 1908 se descubrieron, en la cueva francesa de Chapelle-aux-Saints1, los restos de un individuo neandertal que, al poco tiempo, fue bautizado como “el viejo”. En aquellos momentos, la interpretación de los huesos de “el viejo” hizo volar la imaginación de los investigadores, describiendo en sus resultados a aquel individuo como lejano pariente salvaje y brutal, que caminaba como un simio y apenas tenía relación con los humanos modernos y civilizados de la época. Lo más probable era que se comportara como un animal, abandonando a los más débiles y enfermos a su suerte para garantizar la supervivencia física del grupo. La realidad, descubierta algunos años después, dibujó un retrato muy distinto de aquellos homínidos de aspecto estúpido: “el viejo” padecía una grave artrosis cervical, que le había deformado también otras articulaciones, haciéndole en gran medida dependiente de la compasión de sus congéneres. Hoy sabemos que no solo “el viejo”, sino también muchos otros individuos heridos, malformados o enfermos de distintas edades y géneros, fueron cuidados durante largo tiempo por una o varias personas cercanas que a su vez, fueron apoyadas con alimentos y protección por el resto del grupo.

La compasión, como sentimiento propio de la condición humana, aparece ahora reiteradamente en la prehistoria de la humanidad desde hace más de un millón de años. Esa fue, probablemente, nuestra conquista más importante. No había electricidad, no había internet ni televisión, no había calefacción ni aire acondicionado, la comida no se conseguía en supermercados ni la ropa técnica contra el frío en tiendas deportivas, no había sanidad pública, ni universidades, no podíamos hablar por teléfono o videoconferencia con personas que estuvieran a cientos de kilómetros de distancia, no había vehículos que facilitaran el transporte y los viajes, no existían las ciudades, los ordenadores, los telescopios ni la democracia. Hoy sí. Hoy tenemos infinidad de cosas que nos permiten viajar fácilmente y con rapidez, vivir seguros y sanos, adquirir conocimientos sin morir en el intento, comunicarnos con gente que está en la otra punta del planeta, estamos viviendo la época que las personas de principios del siglo XX imaginaron como dorada, el culmen del desarrollo tecnológico, el fin de la pobreza, el fin de las guerras, el fin de todo lo que nos impedía ser felices.

La Edad Dorada que soñábamos se ha convertido en la Edad de la Soledad. Solo en España2, el 13,4% de la población padece lo que se ha dado en llamar como “soledad no deseada”, un eufemismo para no asumir que hay millones de personas en nuestro país que siente que no le importa a nadie. Los informes que se refieren a este problema no expresan un estado de ánimo transitorio, sino una situación que se extiende en el tiempo durante más de seis años, y que conlleva tristeza profunda, ansiedad, depresión, angustia, enfermedades cardiovasculares, deterioro de las facultades físicas y mentales, aislamiento e, incluso, la muerte prematura, ya sea por alguna de las enfermedades derivadas de la soledad o por suicidio.

De alguna manera, nuestra búsqueda de la felicidad se ha centrado tanto en los avances técnicos, hemos puesto tanto énfasis en la comodidad de una llamada para que nos traigan una hamburguesa a casa, en que haya existencias ilimitadas de papel higiénico en los supermercados o en echar la siesta a 21 grados en verano, que hemos perdido algo importante por el camino. La soledad que afecta a España no es más que el reflejo de una pandemia de proporciones mundiales que aumenta cada año. Podría pensarse que son los ancianos los más afectados por ella, pero curiosamente, son los adultos jóvenes los que más duramente padecen esta soledad no deseada. Los hijos de la generación que conquistó los grandes logros sociales en Europa, se despiertan cada día en un mundo donde se habla sin comunicar, se establecen contactos sin vínculos personales, se opina sin pensar e importa más grabar con el móvil un accidente que ayudar a los heridos. Hoy más que nunca la vida que vemos es “la caverna” que describiera Platón, donde las sombras que nos rodean proyectan imágenes falsas que tomamos por reales, hasta que tratamos de apresarlas y se deshacen en nuestras manos. Los valores que nos convirtieron en humanos son ahora los eslóganes de zapatillas de deporte, bebidas ultra-azucaradas, coches de lujo y cremas antiarrugas, y perseguimos esas cosas como si al cargarlas en nuestra tarjeta de crédito, hubiéramos comprado también la felicidad, la libertad, la seguridad y la autoestima que anuncian. La cosa tendría cierta gracia si no resultara tan ridículamente triste. Nos aferramos a las imágenes aleatorias que nos vomita encima el móvil para no pensar, para no darnos cuenta de que si la pantalla se apaga… cuando la pantalla se apague, también se habrá apagado el falso destello que nos impide mirar hacia dentro de nosotros mismos y ver, quizá, una nada aterradora.

Estamos enfermos de soledad porque no nos queremos. La vida se ha volcado tanto en la apariencia que se ha perdido la capacidad de valorar lo real. Hay gente tan incapaz de establecer relaciones de verdad, relaciones duraderas, comprometidas y vivas, ya sea con una pareja, una amistad, un familiar o una mascota, que se enquistan en sí mismos. Suponemos que querernos a nosotros mismos es el primer paso para relacionarnos con los demás, pero para querernos a nosotros mismos es imprescindible, antes, aprender a querer a los demás. Sin los demás no podemos ser nosotros, es así de simple y así de maravilloso. Quien no puede querer a otros, quien no se puede comprometer con otros, quien no puede valorar a otros ni respetar a otros, jamás se querrá, comprometerá, valorará ni respetará a sí mismo. No nos queremos porque no queremos a los demás, y por eso estamos solos. ¿Cómo esperar que los demás quieran acompañarnos en la aventura de la vida si no estamos dispuestos a hacer eso mismo por los demás? ¿Quién querrá cogernos la mano en los momentos difíciles de la vida o en el tránsito hacia la muerte, si rechazamos tomar la mano de la gente que nos rodea?

Notas

[1] Wikipedia. Hombre de La Chapelle-aux-Saints. https://es.wikipedia.org/wiki/Hombre_de_La_Chapelle-aux-Saints

[2] Servimedia. (2023, 3 de junio). El 13,4% de los españoles se encuentran en situación de soledad no deseada, cuyo coste equivale al 1,17% del PIB. Servimedia. https://www.servimedia.es/noticias/13-4-espanoles-encuentra-situacion-soledad-no-deseada-cuyo-coste-equivale-1-17-pib/3713490

Artículo original de:

Fátima Gordillo (Cord. Revista Esfinge):
Periodista, consultora y profesora de oratoria y teatro. Ha trabajado como redactora en el diario Granada Digital y en las revistas Computer Hoy y Tek’n’Life, entre otras. Coordina el magazine digital Revista Esfinge. Autora de Ensayo sobre las palabras (Obelisco. 2022)

Imagen | Unsplash

Cita este artículo (APA): Gordillo, F. (2023, 11 de agosto). Estamos enfermos de soledad. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2023/08/Estamos enfermos de soledad

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por Revista Esfinge

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