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¿Solo lo humano piensa?: una consideración de carácter etológico

El presente artículo pertenece a la decimosexta conferencia de nuestro evento anual en honor a la filosofía, la FILOCONF 2022, llevado a cabo 18 al 20 de noviembre de 2022. Puedes revivir todo el evento en nuestro canal de YouTube.

Desde sus inicios, el ejercicio filosófico ha sido caracterizado como una actividad relativa al pensamiento. “Me examiné a mí mismo” (DK 101) dice Heráclito; por su parte Parménides se aventura a decirnos, como parte del camino divino de investigación filosófica que le reveló la diosa, que “pensar y ser son una y la misma cosa”. Platón y Aristóteles solo reforzarán más la cerrazón entre pensamiento y filosofía, uno a través de la mayéutica y la dialéctica, el otro mediante la sistematización del pensamiento como forma de investigación relativa a la ciencia. La tradición temprana sentó las bases del ejercicio filosófico como una actividad que de suyo hace uso de la facultad del hombre para ponderar, dudar, cuestionar, construir hipótesis y comunicar de manera coherente lo pensado. La modernidad temprana y tardía no harían más que perpetuar esta tradición reflexiva, en la que el pensamiento era característico de la actividad filosófica. “Los filósofos son los pensadores. Así se llaman porque propiamente el pensamiento tiene su escenario en la filosofía.” (p. 16), afirma Heidegger (2005), reiterando la identificación entre filosofía y pensamiento. Por su desenvolvimiento, podemos decir que el desarrollo de la historia de la Filosofía es una parte del desarrollo de la historia del pensamiento humano, en tanto que el quehacer filosófico se hace posible mediante la actividad del pensamiento. Lo que queremos decir cuando afirmamos que la filosofía es algo que se “hace” con el pensamiento y no con, por ejemplo, las manos o los pulmones, es que la capacidad de pensamiento es condición necesaria de toda filosofía, pues sin esta, no es posible la reflexión, escritura, sistematización, comunicación y recepción de contenido filosóficos alguno.

Aunado a la estrecha relación del pensamiento con la filosofía, se da el hecho de que el ser humano se ha llamado a sí mismo sapiens en tanto que se concibe como el ‘animal racional’, dotado de una capacidad de pensamiento que considera superior a la de los demás animales, misma que le ha permitido el progreso en su ciencia, tecnología, artes y humanidades. Se suele considerar que “A través de la razón el hombre se eleva sobre el animal, pero de tal manera que aquel tiene que volver la mirada al animal que deja por debajo, para tomarlo bajo sus riendas” (Heidegger, 2005, p. 45), dejando ver como el hombre estima su capacidad racional como el rasgo definitivo que lo separa de la animalidad meramente salvaje y le da la tarea de dominarlo y domesticarlo, como si este estuviera ahí para servirle.

Partiendo de la puesta en duda de la división hecha por el hombre en la que se coloca a sí mismo como el animal racional, expondré una reflexión en torno a la actividad de pensamiento que aparece en algunos animales, y que la etología ha denominado cognición animal. Los estudios de la etología han explorado los límites del pensamiento presente en primates, cetáceos, paquidermos, aves e incluso algunos cefalópodos e insectos, centrándose en algunas áreas de la actividad cerebral y mental.

Las preguntas que nos han de abrir la puerta a esta reflexión son: ¿Qué entendemos por pensar? y ¿qué tan lejos están, realmente, los animales de pensar? Tratar de ofrecer ideas que permitan seguir pensando estas preguntas es la finalidad de esta ponencia, con miras a ofrecer una respuesta breve a la pregunta: ¿Sólo lo humano piensa?

Las motivaciones que me orillan a esta reflexión parten de considerar que el ejercicio del pensamiento necesariamente ha de vincularse con lo otro. Esto no por un afán de dominación de aquello no humano diferente de nosotros, sino como una vía de reflexión que considera a lo animal en su especificidad, en torno a la pregunta por aquello que hace posible la propia actividad filosófica, el pensamiento.

Para pensar el pensamiento:
un preludio necesario.

Si hemos de examinar el pensamiento en los animales no humanos, es necesario comenzar por preguntar: ¿Qué queremos decir cuando decimos que algo piensa?

Para responder esta pregunta mostraré tres posibilidades de comprender la actividad de pensar, tomando la filosofía, la gramática y lo dicho por la cognición animal como punto de partida. Desde lo expuesto por estos abordajes trataré de mostrar qué entiendo por pensar, no en el sentido del animal racional, sino en uno más amplio que incluya especies animales no humanas.

El término pensar proviene del latín pensare, que tenía el significado de pesar, calcular o sopesar. Una de las definiciones clásicas que la filosofía da del pensar es la planteada por Platón en Teeteto, diálogo donde caracteriza el pensar como “el discurso que el alma tiene consigo misma sobre las cosas que somete a consideración” (2008, p. 72). Del planteamiento platónico podemos inferir tres cosas: 1) el pensamiento es conciencia de sí, en tanto que la psyche dialoga consigo misma, esto en la medida en que 2) es consciente de que existe diferenciada entre un conjunto de objetos distintos de ella y 3) tiene la capacidad de someter a escrutinio aquellos objetos que la ocupan e interpelan. Estas características muestran al pensamiento como la facultad subjetiva capaz de captar los objetos externos a ella y ponderarlos desde una perspectiva personal.

Por su parte, la Real Academia de la Lengua Española, en la versión en línea de su diccionario, ofrece un conjunto de características propias del pensar: Es el proceso de formar o combinar ideas o juicios en la mente, de examinar mentalmente algo con atención para formar un juicio u opinión sobre algo1. Aunque las últimas dos acepciones registradas en el diccionario hacen referencia a la memoria y el recuerdo, de momento daremos por sentado que estas dos funciones son inherentes al pensar, pues pensar lo que aparece ya es recordar las uniformidades que se presentaron anteriormente con dicho objeto. Todos los procesos señalados por la RAE tienen que ver con la facultad mental de ponderar aquello que aparece frente a ella, en tanto que lo examina y reflexiona sobre ello, ya para formarse una opinión, ya para comprender más a cabalidad el objeto sobre el cual inquiere.

Finalmente, otra posible forma para comprender la actividad de pensar, es que recurramos a una proveniente de la etología cognitiva (disciplina encargada de estudiar las capacidades mentales de los animales no humanos, así como los procesos por los cuales reciben y procesan la información de su entorno mediante sus sentidos). Según la etología cognitiva, el pensamiento está conformado por estados internos de conciencia dotados de eficacia causal para incidir sobre la conducta, la toma de decisiones y los procesos cognitivos; dichos estados internos poseen “un referente –el estado de cosas sobre el cual versan– y una forma aspectual –el modo en que tales estados de cosas son representados–” (Danón, 2016). Esto quiere decir que le pensamiento siempre versa sobre los objetos que aparecen frente a él, y a la vez, tiene una manera determinada de representar dichos objetos a partir de las capacidades de sus sentidos, como del nivel de complejidad simbólica con que pueda articular y ordenar las percepciones sensibles.

Considerando los planteamientos revisados, podemos decir que la actividad del pensar es aquella que nos permite captar los objetos extracorporales y externos a ella, y ponderarlos desde una perspectiva subjetiva. El modo en que realiza esto es a través de la conformación y articulación de estados de conciencia que modifican y conforman la conducta, toma de decisiones y procesos cognitivos del animal en cuestión a partir de un estado de las cosas, y una representación específica de dicho estado. Además, cabe señalar que, en esta actividad de ponderación, escrutinio, reconocimiento y estudio del pensar, la memoria y la repetición están ya implícitas, pues incluso cuando experimentamos algo por primera vez, lo asociamos con alguna otra cosa anterior a fin de que el objeto nuevo nos resulte más familiar. En el trato cotidiano con el mundo circundante, la actividad del pensar está implicada en un conjunto de habilidades prácticas de relación y respuesta a los estímulos externos; de acuerdo con la etología cognitiva, podemos enlistar las siguientes: Atención, categorización, memoria, cognición matemática y espacial, uso de herramientas, razonamiento y solución de problemas, lenguaje y autoconciencia. Todos estos rubros están presentes de manera interconectada no solo en el pensamiento humano, sino también en determinadas especies para funciones que van desde la obtención de alimento o pareja, hasta la transmisión de información y la resolución de problemas. A fin de ahondar de manera más específica en el tema, pasaremos a abordar ejemplos específicos.

¿Y lo demás?,
¿O solo el Homo sapiens piensa?

Algo que tengo que enfatizar puntualmente, es que en este trabajo partimos de la hipótesis de que lo animal piensa, pero sin que esto signifique que podemos comprender a cabalidad, desde lo humano, lo que significa pensar como un animal no humano. Las dificultades existentes para, por un lado, comprender las formas sensibles en las que los animales no humanos se relacionan con el mundo (Nagel, 1974) y, por otro, para tratar de traducir a nuestros conceptos humanos la actividad del pensamiento animal (Danón, 2016), es algo que reconocemos como un hecho y no pretendemos que se puedan superar estas dificultades a partir de lo aquí expuesto. Partiendo del reconocimiento de estas limitantes, tanto de contenido como comunicativas entre el pensamiento animal no humano y el humano, es que me gustaría pensar detenidamente un poco más sobre los ejemplos animales de comportamiento reflexionado que iniciaron mi presentación.

El primer ejemplo nos mostraba a un simio reconociendo no solo el orden de los números sino recordando, de manera casi instantánea, el orden en que los números aparecían en la pantalla, y replicando dicho orden al presionar las casillas. En este proceso podemos reconocer la puesta en marcha de las capacidades de atención, categorización, memoria y una proto-cognición matemática.

El hecho de que el animal tuvo que llevar a cabo un proceso análogo, al menos, a los mencionados se hace claro en el hecho de que llevar a cabo dicho proceso sería necesario para nosotros, es decir, es ineludible para poder realizar la acción mostrada, incluso para animales cuya inteligencia se considera que está más desarrollada.

El segundo ejemplo es un poco más complejo, pues implica las habilidades de atención, memoria, cognición espacial, uso de herramientas y resolución de problemas, funciones que normalmente se asocian con las capacidades de pensamiento más abstractas del ser humano. En este tipo de pensamiento como sustrato de lo sensible, es que se construye, consciente e inconscientemente, el terreno conceptual sobre el que lo sensible es proyectado y comprendido. Tanto el cuervo como el ser humano muestran la capacidad de comprender los elementos que aparecen en su entorno como posibles herramientas a utilizar, a fin de exceder los límites impuestos por sus anatomías con miras a la realización de tareas específicas.

No pretendo afirmar que los cuervos sean igual de pensantes o inteligentes que los seres humanos, sino mostrar que existe una región en la que la actividad neuronal de ambos animales se roza de una manera poco usual que resulta sorprendente. En tanto que el uso de las facultades cognitivas enunciadas es resultado de estados internos que modifican el actuar de los animales en cuestión, es claro que alguna actividad de pensamiento está implicada en dichos procesos.

Si aceptamos que lo animal piensa, habremos de dar cuenta entonces de cuál es la relación que dicho pensamiento tiene con el pensamiento humano.

Respecto a esta distinción, se suele considerar que los animales están más bien orientados por su parte sensible y corporal, dominando en su pensar lo relativo a la irritabilidad, los impulsos y la satisfacción de necesidades fisiológicas. A su vez, se comprende el pensamiento más abstracto y matemático como un pensamiento que reflexiona y escudriña las condiciones dentro de las cuales aparece. Así, se suele pensar a los animales como guiados por instintos, necesidades e impulsos de supervivencia y/o irritabilidad, lejos de la capacidad de comprensión del entorno y autoconciencia de sí de los seres humanos.

Esta división no hace justicia a los comportamientos mostrados en los ejemplos que vimos, y, por lo tanto, no puede ser considerada como una representación fiel del fenómeno de la cognición animal. Si hemos de ser justos con tal hecho, tendríamos que decir que la actividad del pensar se despliega entre una gama de posibilidades que van desde la irritabilidad hasta la resolución de problemas, pasando por la ubicación espacial, la comprensión de las circunstancias, el uso de herramientas y la autopercepción.

Al mostrar tales capacidades de pensamiento semi-abstracto, sería poco racional negar que alguna capacidad de pensamiento reside en los animales, pues muestran comprensión de sí mismos y de su medio, incluso si es en una medida diferente, y aparentemente inferior, a la del ser humano.

El último de los videos proyectados nos muestra la reacción que tienen los elefantes ante la muerte de un individuo perteneciente a su manada, mostrando como estos despliegan una serie de comportamientos específicos presentes únicamente en los decesos de individuos de su propia especie. Los elefantes son considerados animales inteligentes y muestran comportamientos complejos, como altruismo, empatía, cooperación y resolución de problemas. Además, se ha comprobado que los elefantes africanos se organizan en manadas lideradas por una hembra de edad, denominada matriarca, que transmite sus conocimientos al resto de la familia, como las rutas migratorias, dónde encontrar agua, comida, sal, etc. Años atrás se consideraba a los actos funerarios como el distintivo de la especie humana, hasta que se comenzó el estudio de los comportamientos de los elefantes africanos. Cuando un elefante muere, toda la manada se comporta al tanto de la situación. Si se trata de una cría, la madre permanece junto al cadáver varios días e incluso trata de transportarla consigo con ayuda de la trompa o los colmillos. Cuando muere un adulto, los otros elefantes tratan de levantarlo y no se separan de él hasta que sus restos entran en putrefacción. Las actitudes de reconocimiento y cercanía al cuerpo inerte de uno de sus compañeros de manada, no se limitan al círculo consanguíneo del espécimen finado, sino que se extienden a los lazos sociales entablados con individuos de otras ‘familias’ al interior de la manada. Se ha llegado a especular con que las actitudes de los elefantes frente a la muerte, no solo muestran que estos experimentan algo como emociones, sino que también pueden ser un indicador de que los elefantes poseen la autoconciencia suficiente para saber que eventualmente morirán, y comprenden la ausencia que conlleva la muerte.

Los ejemplos examinados muestran cómo los animales pueden llegar a tener procesos mentales cercanos a los que encontramos como parte del pensamiento humano, no solo en la resolución de problemas, sino también en el reconocimiento de las circunstancias que les rodean más allá del acto de la supervivencia o la faena de la satisfacción de las necesidades diarias. Como sea la actividad mental de los animales y los términos en que es comprendida por el animal no humano, son problemas sobre los que no podemos investigar dadas las limitaciones de nuestra mente y la imposibilidad de comunicarnos de manera minuciosa con el animal.

No obstante, los ejemplos mostrados dejan ver capacidades de pensamiento animal, frente a situaciones específicas. Ahora, si es verdad que el pensamiento se conforma por estados internos que modifican el actuar de los animales en cuestión, es claro que alguna actividad de pensamiento está implicada en los fenómenos presentados, y que solo se distinguen entre sí por los grados de complejidad que alcanzan.

Más adelante argumentaré sobre cómo la única diferencia entre el pensamiento humano y no humano es el tipo de contenidos sensibles y la complejidad de los procesos psicosomáticos que llevan a un grado u otro de representación simbólica de información.

De los ejemplos revisados podemos inferir que la capacidad de pensamiento es algo común a determinadas especies del reino animal, capacidad que les permite ponderar las circunstancias con miras a la resolución de problemas, a la abstracción de diferentes elementos como objetos utilizables para fines determinados, y que viene acompañada con un determinado grado de autoconciencia y comunicación entre ellos.

¿Y cómo nos relacionamos
como humanos con el pensar animal?

He dicho que la motivación por la cual esta ponencia se escribe es la de abonar a la reflexión filosófica en torno a la relación que el pensamiento humano tiene con todo aquello distinto de él en este universo.

Pensar cada ente en su especificidad es algo que la filosofía no puede evadir como tarea necesaria, y es en ese sentido que propongo este texto. Aunque me he limitado a tres ejemplos, especies como los pulpos, las abejas, las hormigas, algunos peces y mamíferos como los cerdos o las ballenas, han demostrado niveles de abstracción y de asociación que sugieren rastros de pensamiento implícitos en sus conductas.

Las diferentes actividades y capacidades contenidas en el pensamiento, tanto humano como no humano, sirven, al menos inicialmente, para responder a las circunstancias externas con que el individuo se enfrenta, a fin de tratar de resolverlas de la manera más conveniente y satisfactoria en cada caso; sea que se trate de conseguir alimento o de resolver tareas abstractas que implican actividades como contar, recordar órdenes y almacenar información y replicarla, diversas especies han demostrado tener la capacidad de llevar a cabo dichas tareas en las que está implicado el proceso del pensar.

La hipótesis que me gustaría, más que defender, traer al estrado para ponerla a prueba, sería la de que el pensamiento es algo común a más de una especie del reino animal, y la única diferencia que existe entre el pensamiento de una y otra es la forma aspectual en que el estado de cosas circundante es representado; misma que está en estrecha relación con el referente y el nivel de complejidad simbólica con que el pensamiento es capaz de organizar y relacionar información proveniente de su entorno; la visión de un mismo espacio. Por ejemplo, supongamos un jardín o un parque; no es la misma para el hombre que para el perro, o la abeja, pues cada uno percibe los objetos circundantes de modos distintos y sus necesidades derivan en intereses específicos y diferenciados: el humano hallará placer en la contemplación de la naturaleza o del aire libre, mientras que la abeja buscará el polen disponible para regresar con dicha información a su colmena.

Al hallarse la percepción condicionada por la forma aspectual desde la cual el animal se acerca al mundo y determinada por sus sentidos y capacidades fisionómicas, es evidente que los contenidos variarán de uno a otro; sin embargo, la actividad del pensar que les permite asir e interpretar los objetos circundantes, subyace a todas las especies que han demostrado alguna inteligencia.

Los estudios realizados con el objetivo de estudiar la capacidad de los animales para pensar, en general, consideraron que los mamíferos superaban en inteligencia a reptiles, anfibios o peces que, a su vez, eran superados por las aves. Dentro de ellos, los primates, los elefantes y los delfines destacaban como más inteligentes, siendo el pulpo una excepción a la clasificación propuesta, pues es considerado como poseedor de una inteligencia considerable.

El establecimiento de esta gradación no es baladí, pues parte, por un lado, del grado de complejidad del organismo estudiado, así como del nivel de desarrollo de su sistema nervioso central y periférico, partiendo de una base fisiológica.

Si tomamos como legítima esta escala de complejidad de los organismos, cabría caracterizar al pensamiento como una capacidad que está inserta dentro de una gradación de niveles que implican diferentes funciones cognitivas y sensibles, mismos que dependerán de la especie en cuestión. El nivel de complejidad del pensamiento de cada una de estas especies estaría posibilitado en relación con la fisionomía y el tipo de funcionamiento del sistema nervioso central y periférico del animal en cuestión (Sagan, 2003), así como al entorno dentro del cual este ha tenido que desarrollarse.

Reconocer esta gradación de la actividad del pensar, es más fiel con el fenómeno como aparece que el dar por sentada la división entre el animal humano y el no humano, como si este último estuviera únicamente dominado por los impulsos derivados de sus instintos, negándosele toda posibilidad de pensamiento, por rudimentario o salvaje que este resulte. El estudio de la etología permitirá conocer detalladamente los alcances de la cognición animal, con miras a reconocerlos de manera más detenida en cuanto especie no humana, autónoma e independiente del hombre.

Finalmente, y a manera de invitación a pensar el pensamiento, más allá del hombre, me gustaría cerrar esta ponencia con una cita de “¿Qué significa pensar?” de Heidegger (2005):

Como el viviente racional, el hombre ha de poder pensar, con tal que quiera hacerlo. Pero quizá el hombre quiera pensar y no lo logre. A la postre, en este querer pensar pretende demasiado y, por ello, puede demasiado poco. El hombre puede pensar en cuanto tiene la posibilidad para ello. Pero esa posibilidad no nos garantiza todavía que seamos capaces de hacerlo.

(p. 13)

Notas

Para esta presentación se proyectaron, al inicio, tres ejemplos de comportamientos animales en video, centrados, respectivamente, en: 1) resolución de problemas por parte de un córvido, 2) asociación simbólica y ejercicio de memoria por parte de un simio y 3) comportamiento de un manada de elefantes africanos frente a la muerte.

[1] Véase https://dle.rae.es/pensar?m=form

Bibliografía

Danón, L. (2016). El pensamiento animal y su expresión lingüística. Análisis filosófico. 36 (2) Extraído el 22 de julio de 2022 desde http://www.scielo.org.ar/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1851-96362016000200005&lng=es&nrm=iso

Heidegger, M. (2005). ¿Qué significa pensar? Madrid: Trotta.

Nagel, T. (1974). “What is it like to be a bat?”. The Philosophical Review. 83 (4): 435–450.

Platón (2008). Diálogos V Parménides, Teeteto, Sofista, Político. Madrid: Gredos.

Sagan, C. (2003) Los dragones del Edén. Ciudad de México: Planeta De Agostini.

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Cite este artículo (APA): Pérez, S. (2023, 15 de agosto). ¿Solo lo humano piensa?: una consideración de carácter etológico. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2023/08/solo-lo-humano-piensa
#animal no humano, #cognición animal, #inteligencia animal, #pensamiento, #procesos cognitivos

por Saúl P. Quiroz

Licenciado en Filosofía con formación en Estética e Historia del Arte (UNAM). Ha sido profesor adjunto en las clases de Historia de la Filosofía y Metafísica a cargo del Dr. Ricardo Horneffer. Interesado en la ontología, la fenomenología, el vitalismo, la estética, la lógica y la teoría, crítica y práctica de las artes. Con formación en Crítica de Arte (MUAC), Curaduría (Museo Tamayo) y Museología (CCUT).

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