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Nuestra vida transcurre a través de decisiones, acciones, palabras, etc. Para tomar una decisión, lo ideal sería tener tiempo suficiente para deliberar acerca de aquello próximo a ejecutar. Lamentablemente, la vida no admite demoras, y más regularmente de lo que deberíamos, actuamos sin conocer las consecuencias de nuestras acciones, y, quizá, algunas veces, sin conocer tampoco las intenciones detrás de ellas. Aún más, ¿es posible conocer de manera clara y distinta las consecuencias de aquello que hacemos? Arendt opinaría que no. Este breve texto dará algunas razones que da la pensadora. Por último, recuperaré el antídoto que Arendt propuso ante este dilema: el perdón.

¿Quién soy yo?
Aquello que hago

Como he dicho, las acciones y las palabras son aspectos que componen aquello que somos. Según Hannah Arendt, ambas son la respuesta a la pregunta: ¿quién soy?1. La respuesta a esta pregunta no se presenta de manera clara y distinta ante mí, como quizá sí lo pensaría Descartes2. Más bien, esta respuesta siempre queda patente ante los demás, en el espacio público, dónde la presencia de los otros es vital tanto para que mis acciones tengan existencia, como para conocerme a mí mismo.

La realidad de la esfera pública, radica en la simultánea presencia de innumerable perspectivas y aspectos en los que se presenta el mundo común

(Arendt,1958/2016, 66).

En esta esfera pública se muestran única y exclusivamente las cosas que merecen ser mostradas, y aquellas cosas que tendrán la mayor, más amplia publicidad posible, y que quedarán patentes y evidentes para para todos3.

Las condiciones de la acción

La acción, que es llevada a cabo en la esfera pública, queda descrita a través de las condiciones que se relacionan con ella: la pluralidad y la natalidad. Ella entiende por condición todo aquello que toca o entra en contacto con la vida humana4. La condición jamás explicará lo que somos, debido a que no somos seres condicionados absolutamente. Por un lado, la pluralidad es la condición básica de la acción, puesto que ella señala que somos iguales y distintos: somos iguales en tanto que humanos; somos distintos en tanto que diferenciados de todo aquel que existe, ha existido o existirá5. Por ende, se es único y a la vez humano. Por otro lado, la natalidad tiene al menos dos acepciones. En primer lugar, como inserción al mundo común: es un iniciar alguien, que se muestra único e irrepetible. Dicha inserción no surge de la necesidad, sino de la propia iniciativa6. En segundo lugar, como capacidad de hacer algo nuevo7, del que no cabe esperar que se haya hecho algo parecido, y por ende inesperado y capaz de realizar algo infinitamente improbable8.

De lo anterior se sigue que una de las características de la acción es su imposibilidad de predecirla. Y aún más, si traemos a colación el lugar en el que se lleva a cabo: la esfera pública, un lugar donde infinidad de historias podrían ser tocadas por lo novedoso de la acción, podemos inferir, con algunos pasos y páginas menos de las que utiliza Hannah Arendt para llegar a esta conclusión, que las consecuencias de la acción son irreversibles; todo aquello que entra en la esfera pública, cuya duración es más grande que la breve vida propia, queda inmortalizado por el testimonio y la mirada de los demás.

El perdón

La cuestión ahora es, ¿cómo ser libre de mí, de aquello que hago, si una vez hecho algo, soy esclavo de sus consecuencias? Arendt dirá que la solución a las vicisitudes de la acción, proviene de las facultades de la acción. Por un lado, el remedio a la imposibilidad de predecir, es la facultad de hacer y mantener promesas. Por otro lado, la facultad de perdonar, es una posible redención a la irreversibilidad de la acción. Ambas, considera Arendt, van juntas en cuánto a que cada una refiere a una modalidad temporal: el perdón refiere a la acción pasada, la promesa, refiere a las consecuencias futuras9. El perdón es la exoneración, solo mediante él se evita ser esclavo de la acción.

Me parece que existen tres aspectos en este fenómeno. El primero de ellos es el comenzar algo de nuevo10. Se cambia de opinión, se confía en un volver a empezar, y, en este sentido, tampoco se puede predecir el perdón. El segundo aspecto es que el perdón únicamente puede perdonar aquello que concerniente a los asuntos humanos; nada puede hacer respecto al mal radical11. El tercer aspecto es que el perdón es un asunto personal, puesto que cuando se perdona, ya por amor, ya por amistad, se le perdona a alguien12. Respecto al perdón por amor, este, menciona Arendt, fue descubierto por Jesús de Nazaret, y es un exonerar, no-mundano, desde el amor desinteresado y generoso por el prójimo13. Esta especie de perdón, la primera especie descubierta, según Arendt, por ser no-mundano, no es útil para la esfera de los asuntos humanos. Ella prefiere que el perdón sea llevado a cabo mediante la amistad o philia politiké: una amistad sin intimidad ni proximidad; se le considera a la persona desde la distancia14. Esta amistad es una consideración a quien actúa, independientemente de sus logros o fallos15; también cumple con el requisito de que sea un perdón personal.

¿Y el mal?

Da la sensación de que, aunque su análisis es muy fino, Arendt se dejó muchas cosas en el tintero. Hay que señalar que ella durante su vida solo pudo describir la esfera pública, la vida activa, no la vida del pensamiento. Ella planeó abordar este último aspecto de la vida16, pero no pudo terminar esta obra, ya que falleció antes de terminarla17. A pesar de ello, a aquello a lo que claramente renuncia es a proponer que el mal puede ser curado a través del perdón. El mal, propiamente dicho, es un mal inconsolable, un mal inexplicable, y, sobre todo, el mal que puedo hacer yo18. En pocas palabras, un mal que no aplica al dicho: “no hay mal que por bien no venga“. Si el perdón lo es solo de los asuntos humanos, ¿cómo hemos de salvarnos del mal?

Notas

[1] Arendt, H (2016). The Human Condition [La condición humana] (1a. ed.). Ciudad de México: Paídos. (Reimpreso por Gil R.  trad., 1958, Chicago: The University of Chicago Press). pp. 203-204.

[2] Descartes R. (1977).  Meditaciones Metafísicas con objeciones y respuestas (trad. V. Peña). Madrid: Ediciones Alfaguara. 17-30.

[3] Arendt, La condición humana, 59-61.

[4] Ibídem., 23.

[5] Ibídem., 200.

[6] Ibídem., 201-202.

[7] Ibídem., 23.

[8] Ibídem., 201-202.

[9] Ibídem., 257

[10] Ibídem., 257-260

[11] Ibídem., 260

[12] Ibídem., 261

[13] Ibídem., 261-262

[14] Ibídem.

[15] Ibídem.

[16] Arendt. H. (2000). Hannah Arendt/ Martin Heidegger, Briefe 1925 bis 1975 and andere Zeugnisse [Correspondencia 1925-1975 y otros documentos de los legados legados] (2a ed.). Barcelona: Herder. (Reimpreso por Ursula Ludz ed. & Kovacscics A. trad., pp. 193, 1998, Frankfurt: Vittorio Klostermann).

[17] Gómez, M. (2008). Sobre el concepto de Perdón en el Pensamiento de Hannah Arendt. Praxis Filosófica, 26, 131-149.

[18] García Baró M. (2006). Del dolor, la verdad y el bien. Salamanca: Ediciones Sigueme. pp. 181-182.

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Cita este artículo (APA): Lugo, J. (2023, 25 de septiembre). El perdón y la acción según Hannah Arendt. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2023/09/el-perdon-y-la-accion-segun-hannah-arendt
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