Las personas somos un cuerpo material. Somos millones de células que constituyen los órganos que nos conforman (huesos, músculos, vísceras…). Generalmente, ese cuerpo tiene una cabeza, dos brazos y dos piernas, aunque hay excepciones en las que no es así. Y a la vez que somos toda esta materia, somos también autoconciencia inmaterial. Hay quienes la llaman alma, espíritu, yo o subjetividad. La cuestión es que es algo opuesto a lo físico, pero que forma parte de nosotros al igual que él. Los individuos somos la unidad en la que residen estos opuestos y gracias a ello podemos percibir a la par que apercibirnos.

Somos individuos que piensan y sienten. Y a veces piensan lo que sienten, mientras otras veces sienten lo que piensan. Somos un poco caóticos, no lo voy a negar. Es lo que tiene ser el punto de unión de estos contrarios. Muchas veces se ha ensalzado nuestra capacidad de pensar y razonar, y se ha mostrado a la razón como el elemento que nos constituye principalmente. Pero las emociones también forman parte de nosotros y nos influyen e incluso se imponen a nuestra razón. Mientras que controlamos nuestros pensamientos, no sucede así con nuestras emociones. No decidimos estar felices o tristes, simplemente emerge en nosotros esa emoción. Somos dueños y esclavos de nosotros mismos. 

Aquí en la Tierra oirás a muchos decir que somos una especie superior, la más evolucionada, la más importante. Es cierto que destacamos (aunque quizá más por las cosas malas que hemos hecho que por las buenas), pero no podemos desprendernos de nuestra faceta animal, de que somos animales, aunque diferentes al resto. Nuestra concepción de superioridad se tiene que enfrentar continuamente con nuestro parentesco animal. Nuestro orgullo se contradecirá siempre con nuestra insignificancia. 

Encontrarás, por tanto, que el ser humano es naturaleza. Tiene instintos, como el de supervivencia que le lleva a realizar determinadas actuaciones con el fin de evitar la muerte. Pero además, somos también cultura. Nuestras creencias, nuestros rituales, nuestras costumbres, configuran cómo percibimos el mundo y a nosotros mismos, y nos hacen ser de una forma u otra.

Dentro de la cultura encontramos los llamados “valores morales”, que representan la bondad de una acción, tales como la honestidad, la solidaridad, la equidad o la empatía. Las personas somos seres éticos, que reflexionamos sobre el bien. Somos quienes establecen el deber ser, pero somos también quienes lo incumplen. Prohibimos matar, pero vemos como constantemente se suceden noticias sobre asesinatos y homicidios. Somos los que decimos que hay que respetar la naturaleza y hacer un uso medido de sus recursos, pero luego la contaminamos y sobrecalentamos con nuestras acciones. Somos quienes redactamos los derechos humanos y los usamos constantemente en nuestras argumentaciones, pero luego los violamos. Los que nos decimos a nosotros mismos que somos los seres más éticos, pero luego llevamos a cabo las acciones más inmorales. Somos los que queremos estar unidos, pero nos separamos. Los que creamos comunidades para vincularnos con las que nos desvinculamos de tantos otros. Somos quienes hablan del bien, pero luego hacen tanto mal, y es importante pensar en ambas facetas cuando nos reconocemos como humanos.

Somos quienes se ven a sí mismos como humanos, pero también necesitan ser reconocidos como tal por otros. Somos seres autónomos, que presumen de su capacidad de decisión, pero luego somos las criaturas más dependientes de multitud de soportes. Bien sean otras personas, unas condiciones materiales o los aparatos electrónicos, nuestra independencia lucha con la imposibilidad de desvincularse de ellos. Así que no pienses en los humanos como sujetos aislados y subsistentes por sí solos. Tenemos vida pública a la par que privada, dos esferas contrarias en las que residimos simultáneamente. Convivimos en sociedad, votamos, debatimos, a la par que también cuidamos nuestro cuerpo y estamos en el ámbito doméstico. Somos seres sociables a la par que solitarios. Ahora, más que nunca, estamos expandiendo esa interacción social entre individuos de todo el globo terráqueo gracias al avance de la tecnología y, sin embargo, podemos pasar horas encerrados jugando a un videojuego o leyendo.

Nos puedes encontrar haciendo una gran diversidad de acciones, muchas de ellas motivadas por la curiosidad. Las personas somos, sobre todo en nuestros primeros años de vida, seres curiosos y de esa curiosidad emanan muchas preguntas. Buscamos darles respuestas, buscamos conocer y llenamos grandísimas bibliotecas ilusionados por la inmensidad del conocimiento humano. Llegamos incluso a comparar nuestra inteligencia con otras especies y decimos que somos los más inteligentes, pero si pudiéramos ser conscientes de todo lo que nos queda por conocer, nos daríamos cuenta de lo ignorantes que somos. Somos quienes conocen y quienes ignoran. Somos una continua comprensión del mundo (a través de la física, la biología o la geología), pero también una gran incomprensión de nuestro interior, en parte inconsciente.

Desconocemos muchas cosas y, sin embargo, estamos seguros al menos de una, de la muerte. Somos existencia y vida finita. Pero, a pesar de ser mortales, vivimos más allá de la muerte por medio del recuerdo en otros. Somos mortales, pero, a la vez, no lo somos. El recuerdo es esa última esperanza a la que nos agarramos, muchas veces con desesperación. Dejaremos de existir, pero nos recordarán, y mientras lo hagan seguiremos estando presentes. No se tratará de una presencia corpórea, pero sí de una presencia. Somos vida, pero la vida se reduce a recuerdos.

Y quizá algún día este texto quede como recuerdo de lo que fue el ser humano, porque ahora más que nunca nosotros mismos estamos cambiando nuestra propia condición humana. Emergen palabras como posthumanismo, que quieren mostrar como nuestra condición engloba tanto las características anteriormente mencionadas, y que se habían usado para hacer referencia a “lo humano”, como las características que no se concebían como propias a nosotros y que son resultado, por ejemplo, de la influencia de la tecnología en lo que somos. Así es el caso de las prótesis. Ahora más que nunca somos humanos que tratan de superar lo característicamente humano: la limitación

Como ves, más que una contradicción, somos muchas contradicciones. Y todas nos conforman por igual. No podría quedarme con un solo aspecto de las personas humanas porque entonces eso dejaría de ser humano para pasar a ser una disección que hemos hecho de una parte de nosotros. La consistencia de nuestra identidad consiste en la interconexión de todos nuestros aspectos contradictorios. No se trata de pensar a los humanos como un árbol que tenga unas raíces fundamentales, una base, algo más esencial que todo lo demás; sino de pensar en nosotros como un rizoma que carece de jerarquía y en el que cualquier elemento puede influir en otro.

Y con todo somos una bella contradicción, que vive como si no lo fuera. Es como ver un mar en calma sabiendo los peligros y las luchas que se estarán librando en las profundidades de esas aguas. Somos esa tensión perpetua que nunca se resuelve y menos mal que no lo hace, porque si lo hiciera, entonces, fuéramos lo que fuéramos, ya no seríamos humanos. Sé que no somos fáciles de entender por completo y llegar a hacerlo me podría llevar muchas más hojas de escritura. Somos tantas cosas… Incluso parece que lo somos todo, aunque en el fondo no seamos nada. Al final nos reducimos al polvo, aunque polvo de estrellas. 

Imagen | Unsplash

Cita este artículo (APA): Quirós, A. (2023, 20 de septiembre). El ser humano es una contradicción. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2023/09/el-ser-humano-es-una-contradiccion
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por Ainara Quirós Castro

Madrileña. Estudiante de primer curso de Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid. Interesada en la interconexión con mis estudios anteriores enfocados a las ciencias (química, biología, física...). Intentando transmitir "mi sorpresa" a través de la filosofía vinculándola con aspectos de nuestro día a día.

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