El suicidio se considera en realidad un crimen; y un crimen que, especialmente bajo el fanatismo vulgar que prevalece en muchos países europeos, va seguido de un entierro ignominioso y de la confiscación de los bienes del hombre; y por esa razón, en un caso de suicidio, el jurado casi siempre emite un veredicto de locura. Ahora dejemos que los propios sentimientos morales del lector decidan si el suicidio es o no un acto criminal.

Piense en la impresión que le causaría la noticia de que alguien que conoce ha cometido un crimen, digamos, de asesinato o robo, o ha sido culpable de algún acto de crueldad o engaño; y compárela con sus sentimientos cuando oye que se ha encontrado con una muerte voluntaria, pues bien, ambos son crímenes.

Mientras que en un caso se despertará un vivo sentimiento de indignación y de extremo resentimiento, y pediréis a gritos castigo o venganza, en el otro os sentiréis conmovidos por la pena y la simpatía; y entremezclados con vuestros pensamientos puede llegar a haber admiración por su valor, en vez de la desaprobación moral que sigue a una acción malvada. ¿Quién no ha tenido conocidos, amigos, parientes, que por su propia voluntad han dejado este mundo, y deben ser considerados con horror como criminales? Rotundamente, no.

Soy más bien de la opinión de que el clero debería ser desafiado a explicar qué derecho tienen a subir al púlpito, o a tomar sus plumas, y calificar de crimen una acción que muchos hombres a quienes tenemos afecto y honor han cometido; y negar un entierro honorable a aquellos que renuncian a este mundo voluntariamente. No tienen ninguna autoridad bíblica de la que jactarse para justificar su condena del suicidio; es más, ni siquiera argumentos filosóficos que se sostengan; y debe entenderse que lo que queremos son argumentos, y que no nos dejaremos intimidar con meras frases o palabras de abuso.

Si la ley penal prohíbe el suicidio, no es un argumento válido en la Iglesia; y además, la prohibición es ridícula; pues ¿qué pena puede asustar a un hombre que no teme a la muerte misma? Si la ley castiga a las personas por intentar suicidarse, está castigando la falta de habilidad que hace fracasar el intento.
Por lo general, tan pronto como los terrores de la vida alcanzan un punto en el que superan a los terrores de la muerte, un hombre pone fin a su vida. Pero los terrores de la muerte ofrecen una resistencia considerable; permanecen como un centinela a la puerta que conduce fuera de este mundo. Tal vez no haya hombre vivo que no hubiera puesto ya fin a su vida, si este fin hubiera sido de carácter puramente negativo, una interrupción repentina de la existencia. Tiene algo de positivo; esta es, la destrucción del cuerpo; y el hombre se encoge ante eso, porque su cuerpo es la manifestación de la voluntad de vivir.

Sin embargo, la lucha con ese centinela no es, por regla general, tan dura como puede parecer desde lejos, principalmente como consecuencia del antagonismo entre los males del cuerpo y los males del alma del cuerpo y los males de la mente. Si tenemos un gran dolor corporal, o el dolor dura mucho tiempo, nos volvemos indiferentes a otros problemas; solo pensamos en curarnos.

Del mismo modo, un gran sufrimiento mental nos hace insensibles al dolor corporal; lo despreciamos; es más, si supera al otro, distrae nuestros pensamientos, y lo acogemos como una pausa en el sufrimiento mental. Es este sentimiento el que hace fácil el suicidio; porque el dolor corporal que lo acompaña pierde toda significación a los ojos de quien está torturado por un exceso de sufrimiento mental.

No es necesario ningún esfuerzo especial para superar sus sentimientos, ni es preciso excitar a estas personas para que den el paso; pero tan pronto como el guardián que están a su cargo se aleja por unos momentos breves, rápidamente ponen fin a su vida.

Por hacer un símil: cuando, en algún sueño espantoso y horrendo, llegamos al momento de mayor horror, este hace que nos despierte; desterrando así todas las formas horribles que nacieron de la noche. Y la vida es un sueño: cuando el momento de mayor horror nos obliga a romperlo, sucede lo mismo.

El suicidio también puede considerarse como un experimento, una pregunta que el hombre plantea a la naturaleza, tratando de forzarla a una solución. La pregunta es la siguiente: ¿qué cambio producirá la muerte en la existencia del hombre y en su percepción de la naturaleza de las cosas? Es un experimento muy inconcluyente, ya que implica la destrucción de la conciencia misma… que plantea la pregunta y espera la respuesta.

Imagen | Pixabay

Cita este artículo (APA): González, M. (2023, 16 de septiembre). La tentación de dejar de existir. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2023/09/la-tentacion-de-dejar-de-existir
#existencia, #Pesimismo, #reflexión, #Schopenhauer

por Mercedes González García

Estudiante de la carrera de Filosofía y de Educación Primaria por la Universidad de León de Castilla y León, España. Apasionada de la Filosofía y de la búsqueda de respuestas de las grandes incógnitas que han planteado la raza humana por el simple hecho de existir.

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