Resulta imposible pensar en la Grecia clásica sin imaginar sus tragedias o los apasionados cantos de los rapsodas. Tampoco se puede pensar en Roma sin recordar su arquitectura, ni en la Edad Media sin los iconos eclesiásticos que permitían que los iletrados accedieran al culto cristiano sin dificultades. En definitiva, el arte anterior a Hegel ocupaba un lugar central en la vida cotidiana, presentándose como un factor fundamental a la hora de identificar y diferenciar las etapas de la Historia, pues actuaba como la sede principal de la experiencia de cada sociedad al reunir sus rasgos e inquietudes más esenciales.

El desarrollo del comercio, la ciencia y la industria a partir de la Primera Revolución Industrial, empujó al arte hacia un lugar alejado y distinto de su clásica posición. Hoy en día cualquier individuo puede llevar una vida normal sin prestar atención a lo artístico, pero no se puede sobrevivir sin atender a la industria. Estamos acostumbrados a que los espacios dedicados a la producción artística, como el cine o los museos, estén separados de aquellos en los que se realizan las actividades cotidianas, pero un ciudadano ateniense del siglo V a. C. no entendería tal separación. Para él, los espacios dedicados al trabajo o la política también eran artísticos y culturales. Sin embargo, cuando los hombres y mujeres del futuro miren hacia nuestro tiempo, no pensarán en los libros que leemos, la música que escuchamos o los cuadros que admiramos, sino en el avance tecnológico y económico que rodea cada una de nuestras acciones y decisiones.

En sus Lecciones de estética, Hegel presenta el diagnóstico del «fin del arte» (Ende der Kunst) para expresar la crisis que este sufre debido al mencionado desplazamiento. No es una «muerte del arte» (Tod der Kunst), sino la conclusión de la producción artística tal y como la conocíamos. Es un cambio en su forma de ser, que se caracteriza por una mayor libertad creativa al haber sido expulsado a la periferia de lo cotidiano, lejos de las miradas imprudentes y abierto únicamente para quien quiera abrir los ojos a la nueva belleza del arte contemporáneo.

El arte ha dejado de procurar aquella satisfacción de las necesidades espirituales que solo en él buscaron y encontraron épocas y pueblos pasados, una satisfacción que, al menos en lo que respecta a la religión, estaba íntimamente ligada al arte. Ya pasaron los hermosos días del arte griego, así como la época dorada de la baja Edad Media1

Sin embargo, este filósofo no vivió lo suficiente como para experimentar la elevación de la popularidad de una forma de expresión artística que ha inundado cada rincón de nuestra vida diaria, haciendo que el arte vuelva a preocuparnos más allá de lo museístico. Si bien el tatuaje lleva a sus espaldas una larga tradición, en tanto que sus primeras manifestaciones se dieron hace 5000 años, su reciente auge en el mundo occidental rompe el esquema hegeliano para actuar como el retorno de lo artístico a su posición clásica, y podría convertirse en la sede principal de la experiencia de nuestro presente.

Antes de que los colonizadores los prohibieran, en la Polinesia los tatuajes cumplían una función socio-cultural importante, haciendo posible la identificación del rango social y la transmisión del saber. En el caso de los maoríes, que nunca han sido colonizados, los tatuajes están cargados de simbolismo y su significado no se conoce con seguridad, pero parece que buscan representar el estatus y otros aspectos únicos de la persona tatuada. Estas obras de arte aparecen como rasgo esencial de la cultura indígena y suponen la asunción de una tradición ancestral.

En las últimas décadas, el tattoo ha pasado de asociarse con la criminalidad a verse como algo completamente normal en nuestras sociedades. A diferencia de lo que sucede en las tribus, donde sí juega un papel como identificador cultural, en Occidente suele suponer un acto de rebeldía contra lo tradicional o el intento de diferenciarse de los otros, remarcando el individualismo que nos inunda desde la formulación del cogito cartesiano. Todavía no podemos defender que esta forma artística actúe como un factor característico de nuestras sociedades, pero cada vez estamos más acostumbrados a ver personas tatuadas y eso solo puede significar la vuelta de lo artístico al centro de la vida cotidiana.

Bajo el aspecto de la existencia exterior, el espíritu sabe dar una duración a lo que en las obras de arte saca de su propio interior. En cambio, la vida individual de la naturaleza es caduca, pasajera y mutable en su aspecto, mientras que la obra de arte se conserva, por más que el verdadero privilegio frente a la realidad natural consiste en el realce de la animación espiritual2.

El tatuaje se presenta como una forma de expresión profundamente filosófica y digna de ser estudiada con más detenimiento: Mientras, según Hegel, el pintor clásico sabe que su obra sobrevivirá y se hará libre cuando él haya muerto, el tatuador es un artista que busca plasmar algo permanente e inmutable sobre un lienzo que se reconoce como mutable y mortal, desapareciendo en cierto sentido la autonomía del arte. El cuerpo envejece, pero mediante la aguja es posible lograr que un fragmento de la eternidad de tu propio ser se convierta en objeto. Algo que te define y nunca cambia se hace corpóreo en una unión ontológica que no puede lograrse mediante ninguna otra forma de arte. Lo artístico aparece como la realización del ser humano en los objetos externos, pero ahora ese objeto es su propio cuerpo material. Lo ideal queda perfectamente representado y encapsulado en el plano de lo sensible, siendo ahora la cosa algo que percibe y piensa, no algo inanimado que se limita a ser percibido y modificado por las acciones del hombre. El tatuador construye una obra efímera cuando captura lo eterno del alma en un calco exterior que se va desvaneciendo conforme la persona tatuada se acerca a la muerte. Lo duradero y lo caduco se unen en la síntesis superadora que es la brevedad de lo permanente, en tanto que la idea se hace cuerpo cuando queda tatuada.

Además, en el tattoo confluyen las identidades creativas de dos sujetos diferentes, transformándose lo artístico en una relación intersubjetiva mucho más interesante que aquella que se da entre el sujeto que es el artista pictórico y el objeto que es su lienzo inerte. El tatuador dialoga con un lienzo vivo que ya no es blanco, sino que viene manchado por sus recuerdos. Así, el lenguaje permite construir algo único a partir del conocimiento y las vivencias de ambos, que desemboca en la representación pictórica de lo inmanente.

Puede que todavía no se haya convertido en un factor fundamental para diferenciar nuestra época y sociedad de cualquier otra, pues aún no juega el papel que desempeña en las tribus mencionadas, pero resulta acertado concluir con una llamada de atención para el viejo Hegel. Parece que el tatuaje ha venido para quedarse y ha permitido que nos acostumbremos a la presencia del arte en la vida diaria, llevándolo más allá de las puertas de los museos.

Notas

[1] Hegel, & Gabás Pallás, R. (1989). Lecciones de estética (1a ed.). Península.

[2] Ibídem.

Imagen | Pexels

Cita este artículo (APA): Gómez, G. (2023, 29 de septiembre). El tatuaje contra Hegel. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2023/09/tatuaje-estudio-filosofico
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