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La pregunta por el origen de la vida, su sentido, el fin, su significado o justificación solo se convierte en obsesiva en épocas de inestabilidad. Cuando la vida es satisfactoria no plantea problemas, su sentido no se cuestiona.

En un entorno seguro, el sentido de nuestra actuación es claro. Los valores del grupo nos guían desde que nacemos, los aprendemos por imitación, los aplicamos y los ampliamos. El sinsentido surge de la consciencia del divorcio que existe entre la persona y su vida. Cuando nos damos cuenta de que no gobernamos nuestra vida, empujados por las inercias, cuando vivimos ajenos a nuestra pureza, que, sin embargo, permanece inamovible. Y permanece inamovible por que eso es todo lo que somos realmente, si no estuviera, no seríamos. He aquí el conflicto.

Angustia como conexión

La poesía más profunda fue escrita desde el dolor de las poetas. Desde la frustración de las personas con sus vidas se creó el arte que permanece ajeno al paso del tiempo. Y es así porque nosotras mismas no lo dejamos perecer, ese arte, aunque abstracto, trae consigo un roce al sentido a través del ocaso del mayor sin sentido que esa persona fue a percibir en su vida, y ese roce nos calma, nos une en dirección a una respuesta que, aunque etérea, se torna hacia un matiz concreto.

Heidegger, en el Dasein, nos dice que el ser es “ser en sí” (intramundo dentro de un mundo), por lo tanto, es “ser ahí con”. Es en este punto donde se descubre que la vida humana es inauténtica, está abierta a la angustia.

La vida cotidiana nos mantiene adormecidos en tanto no pongamos en duda sus valores. Viviendo inmersas en la sociedad, no se nos plantean estas cuestiones, ya que hallamos respuestas para todo lo concreto, constantemente, y se difumina la pregunta fundamental.

Frente al existencialismo de Heidegger, Lukács, historiador y filósofo húngaro (1885-1971), considera que la vida cotidiana no está condenada irremediablemente a la inautenticidad. Creía que es posible llevar una vida con sentido si se conecta con ámbitos plenos para uno mismo, como el arte, la ciencia, la filosofía o la vida política. Así la vida particular pasa a ser universal.

Lo sacro
y el sinsentido

Si hay orden, hay control, y hay sentido. Al menos ese sentido al que me refería antes, ese que nos inhibe de plantearnos la pregunta fundamental, esa pregunta que atraviesa todo cuanto el ser humano haya podido inventar en vida.

Para el punto de vista religioso, el sentido de la vida se encuentra en la relación que la existencia profana establece con la existencia primordial sagrada. Los lugares sagrados ordenan el espacio, y las festividades ordenan el tiempo de las personas.

Los ritos de tránsito controlan los cambios relevantes que nos suceden en vida, el bautismo, la comunión, las bodas o el funeral son ejemplos que, mirándonos en un espejo, esclarecen cómo nuestra plena naturaleza, en su tránsito por nuestra vida humana, queda maquillada por la religión.

La religión nos dona un sentido, Dios es el último garante de la verdad, la bondad y la belleza. La moral y el sentido solo pueden basarse en algo trascendente que, sin embargo, no se puede analizar. Es un anhelo, una esperanza.

El sentido de la historia

Hay quien aboga porque en ser conservadores está la respuesta a nuestro sino. Sin embargo, la tradición es algo en constante renovación, no es conservadora. La transmisión y conservación del sentido supone su enriquecimiento con el avance de la vida. La noción de sentido histórico supone que el tiempo es un escenario donde se produce la vida, y con ella, la novedad. Es un ámbito heterogéneo, que no es siempre el mismo, es decir, exige una noción lineal o abierta del tiempo. Aquí surge la irreversibilidad de los acontecimientos, y el juicio del bien y del mal para con nosotros mismos, como seres humanos. Los errores nos hacen reflexionar y crecer hacia un bien mejor, pero son irrevocables, y perduran en nuestra memoria, en nuestra conciencia. No hay ningún sentido que justifique el hecho de un mal pasado. El sufrimiento y la miseria de las personas está, en numerosas ocasiones, hundida en la huella de la suela de los zapatos que han ido construyendo el camino de la historia.

Que hemos conseguido una sociedad mejor a partir de otra menos buena es un hecho, pero el mal pasado jamás podrá justificar un bien presente o futuro, al menos no moralmente. El criterio histórico de sentido puede ser contradictorio del criterio ético.

Utopía

La utopía surge cuando los anhelos de libertad y justicia que las religiones han hecho suyos pasan a ser creados por las personas. El bien y el sentido no son aquí algo a restaurar, sino algo a generar. Es un proyecto puramente humano. Un proyecto social en el que se hayan eliminado las causas que entorpecen la conexión de nuestra pureza con nuestra vida en sociedad. Es, de alguna manera, desconectar de ese sentido histórico. Aprender a pensar y sentir de otra manera, con otra relación con la naturaleza, como diría Marcuse en su pretensión de una “antropología de la esperanza”.

La belleza del concepto de utopía nos embauca, como la esperanza religiosa, ambas donadoras de sentido. Y no fuera, quizá, nada más que el reconocimiento de nuestra mismidad como personas lo que nos debiera llevar a anclar la dignidad como bandera y avanzar hacia el encuentro del sentido de nuestra existencia. O al menos a un camino conjunto en dirección y modo.

Bibliografía

Martínez, F. (1991). Metafísica (2.a ed.) UNED.

Imagen | Flickr

Cita este artículo (APA): Almansa, F. (2023, 13 de octubre). El sentido de la vida. https://filosofiaenlared.com/2023/10/cual-es-el-sentido-de-la-vida

Artículo de:

Francisco Almansa (autor invitado)
En el corazón de Castilla la Mancha. Emprendedor y amante de la naturaleza, lleva su propio negocio de venta de frutas y verduras, mientras cursa un grado en Filosofía.

#Metafísica, #sentido, #utopía, #vida

por autores invitados

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