Pensar es un ejercicio, una acción que socialmente cada vez está más en desuso como consecuencia del constante e inmediato acceso a la red que nos da todo masticado. Por ello, y no sin razón, los alumnos de la enseñanza obligatoria tienden a preguntarse: ¿por qué tengo que aprender esto si lo puedo mirar en Internet? Oye, ¡por lo menos se hacen una pregunta! Y una que no es ninguna tontería, de hecho, es fundamental, y, sin embargo, pocos le encuentran respuesta y, por ende, permanecen huérfanos de motivación para estudiar.

La motivación por la cual estudiamos es proporcional a la eficacia con la que aprendemos. Para tener una motivación necesitamos que detrás de la labor haya un sentido, porque como diría José Mota “Si hay que ir se va, pero ir pa´na es tontería1y aprender por aprender más de lo mismo. La ausencia de sentido hace que los alumnos vean los estudios algo inútil, un mero medio para un fin. Y esto tiene varias consecuencias que no están siendo atendidas.

¿Cuáles son las causas
de tanta desmotivación?

A la importante pregunta “¿Por qué tengo que aprenderme esto que no me va a servir de nada?”, les respondemos con una verdad muy a medias: “Para que tengas un buen futuro”.  Esta respuesta, no les motiva demasiado, ya que, por un lado, todos sabemos que la correlación entre tener estudios y calidad de vida es cada vez menor, y por otro, aunque así fuera, ¿de verdad queremos que chicos de 13 años hagan esfuerzos titánicos cuya recompensa será dentro de 15 años? Está más que demostrado que solo aquello que nos es placentero y/o da sus frutos pronto tiene posibilidades de motivarnos a la acción. Y aquí llegamos a otro punto responsable del fracaso escolar: estudiar es vivido con el más insoportable de los sentimientos en la actualidad: el aburrimiento.

Visto así es un buen cóctel molotov: no tienen motivación, en Internet está toda la información al alcance de la mano, no hay recompensa garantizada y se aburren soberanamente. Y por si fuera poco, nadie ha tenido la decencia de explicarles cómo narices se estudia de forma eficaz.

¿Aprende algo el que
estudia hoy en día?

Tenemos alumnos que aprobarán, sí, porque algunos se superpondrán a todo lo citado y se pondrán a hincar los codos. Por desgracia, como profesora de métodos de aprendizaje, suelo ver que los que aprueban no necesariamente aprenden. Muchos echan más horas de las de las necesarias repitiendo el temario como papagayos para retener la información lo justo que les permita plasmarla en el examen y después olvidarse de todo. ¿Es eso a lo máximo que aspiramos con nuestros estudiantes? Los que aprueban con nota suelen ser simplemente los mejores papagayos, diestros en el arte del copia-pega.

En mi consulta como psicóloga he atendido a varias “chicas de diez” que sufrían rabiosamente al ver cómo su vida se escapaba al otro lado de la ventana, creyendo que solo con sudor, aburrimiento y horas interminables de estudio, se podía aprobar el curso. ¿Tiene que ser la trayectoria académica tan desgastante?

La cuestión es que no, el aprendizaje y el saber son cosas maravillosas, que hacen de la vida un lugar más interesante y no deberían vivirse con tanto tedio y angustia ¿por qué estamos suspendiendo en la importante labor de transmitirles esto? Pues sinceramente, por la ausencia de formación con respecto a los procesos de aprendizaje.

¿Cuál es la asignatura pendiente
de esta sociedad?

Es tarea de profesores, padres e instituciones académicas en general, rescatar el aprendizaje del saco de las tareas inútiles, aburridas, y tremendamente costosas. En cambio, son incapaces porque los avances sobre los métodos de aprendizaje no llegan a los centros. Los profesores comprometidos mejoran en enseñar e impartir sus clases con nuevas estrategias, pero siguen teniendo pendiente saber sobre estudiar/aprender. Lo sé porque he ayudado a varios opositores como profesora de aprendizaje en su camino a la plaza de profesorado, entre otras. Y todos ellos estaban estudiando igual de mal que los adolescentes: repitiendo en voz alta, reescribiendo, usando el viejo método de las academias de “dar vueltas al temario”, etc. Todo mal. Entonces, si estas personas que advienen profesores no saben cómo se estudia más allá de la memorización, ¿cómo van a enseñárselo a sus alumnos?

Lo peor, es que no solo no les enseñamos, sino que padres y profesores preocupados por las dificultades académicas de sus hijos, con las mejores intenciones, refuerzan el encefalograma plano al ofrecer ayudas cortoplacistas que les posibilitan no tener que poner en juego sus capacidades.

Por un lado, nos encontramos con profesores que dan resúmenes, les dicen qué tienen que subrayar, los animan a mantenerse fijados a las palabras del libro para no fallar al intentar usar las suyas propias. Y por otro, los padres desesperados recurren a dos estrategias en mi opinión igual de ineficaces. Unos les apuntan a trescientas clases particulares, donde los chicos se acostumbran a que alguien, que no sea ellos, se esfuerce para que entiendan la lección. Y otros prefieren ser ellos mismos los que echan su segunda jornada laboral al llegar a casa, haciendo esquemas a sus hijos y recitándoles la lección hasta en la ducha para que con un poco de suerte algo se adhiera a su saber.

En mi experiencia, el resultado es lo que suelo denominar el “efecto del ojo vago”: cuanto más se esfuerza y mejora uno, más empeora el otro. Terminamos con chicos que no saben ni sentarse solos en la silla sin la presencia de unos de sus progenitores, y progenitores preguntándose cómo lo van a hacer sus hijos sin ellos cuando lleguen a la universidad. Comprendo que intentan socorrerlos de las garras del suspenso, pero con estas acciones, lo único que logran son alumnos cada vez más pasivos, poco involucrados en sus estudios, y que lo único que aprenden es que pueden ahorrarse eso de “pensar” para aprobar si lo hace otro por ellos.

Yo suelo decir en la consulta, que a veces hay que des-ayudar, para poderles ayudar (como cuando se pone un parche en el ojo que ve mejor para que el otro se tenga que esforzar).

La respuesta que les
debemos a los chicos

Retomando la pregunta sobre para qué sirve el instituto más allá de ser un medio para un fin, querría subrayar que es importante hacerles llegar que no es por los conocimientos (seamos sinceros, si ahora nos examinaran de cualquiera de sus asignaturas suspenderíamos con creces). Sin embargo, los procesos que se deberían llevar a cabo para aprobar las materias desarrollan diversas capacidades que sí se usan en el día a día y nos hacen personas más capaces de lograr aquellas cosas que nos proponemos. Pues cuando uno quiere tener calidad de vida, es importante que sepa pensar y sus derivados: tener pensamiento crítico para vivir acorde a unos valores; ser capaces de cuestionar la información que nos llega para no vivir engañados; poder relacionar y comparar conceptos para generar nuevas ideas que nos ayuden a mejorar nuestra vida; tener una buena comprensión lectora para comprender los textos caerán en nuestras manos, así como tener un vocabulario extenso que nos ayude a expresarnos adecuadamente para que nuestro entorno sea capaz de comprendernos mejor. Como veis, son muchas cosas del día a día, no hace falta esperar para ver los frutos.

Por otro lado, los conocimientos que se imparten no es que sean baladíes, son básicos, y aunque no los recordemos claramente, nos dejarán una idea aproximada de cómo funciona el mundo, el cuerpo humano, la economía, cuál fue nuestra historia, etc. Además, se tienen que probar las cosas para saber qué nos gusta y poder después elegir con algo más de criterio. Incluso si la elección es que estudiar no les gusta, y prefieren los trabajos manuales.

¿Cómo les podemos ayudar
además de retirando tantos apoyos?

¡Enseñado a estudiar! Evitando el pan para hoy, hambre para mañana. Existen muchos avances en esta área del aprendizaje que demuestran métodos que favorecen la concentración, la retención, la memorización, etc., es decir: la eficacia del estudio. Investiguen, lean, aprendan a aprender. No aplaudan la reproducción de información, ni al alumno que vive bajo la luz del flexo. Por su parte, el sistema educativo ha de tener como objetivo despertar la curiosidad y el deseo de saber, mucho más importante que memorizar conceptos para su posterior borrado. Debemos poner el foco en las capacidades, en generar interés, en demostrar que aprender es estimulante y ser conscientes de que los conocimientos de la enseñanza obligatoria son el medio para un fin.

Si no cambiamos será una verdadera tragedia el devenir del intelecto social, que ya se empieza a vislumbrar y pagaremos caro las consecuencias. A algunos les alarma la fuga de cerebros al extranjero, a mí me alarma el desuso de los que tenemos.

Notas

[1] Guitián, J. (2016, febrero 29). «Si hay que ir se va, pero ir pa’ na’ es tontería». La Voz De Galicia. https://www.lavozdegalicia.es/noticia/opinion/2016/02/29/ir-va-ir-pa-na-tonteria/0003_201602G29P12995.htm

Imagen | Unsplash

Cita este artículo (APA): Silveira, J. (2023, 28 de octubre). El encefalograma plano inunda las aulas. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2023/10/el-encefalograma-plano-inunda-las-aulas
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por Julia Lorena Silveira Borondo

Psicóloga psicoanalista. Trabaja en la clínica con adultos, adolescentes y niños. Se interesa en el ser humano y los entresijos que lo mueven, individual y socialmente. Le divierte intentar averiguar el final de la película antes de que ocurra.

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