Una cuestión recurrente en cualquier encuentro social es la emisión de juicios de valor sobre algo o alguien; “eso está bien”, “es una mala persona”, “se merecía aquel incidente”, etc. De repente, cada comensal se convierte en juez, testigo y parte de un tema del que se muestra experto, emitiendo sin detalle, pero con una pasión desmedida, su sentencia. Y la verdad es que hay cierto dinamismo en la energía y el tono de la conversación que arrastra al resto de presentes al tribunal privado donde tendrá lugar el veredicto del tema en cuestión. Una vez dentro de ese círculo y protegido por el calor del ambiente, uno se siente atraído por la conversación, el tono y el mensaje, y sus propios valores comienzan a surgir, haciendo que también participen y sean tomados en cuenta por el resto de colegas.

Lo cierto es que aquello que se considera correcto o incorrecto, bien o mal, depende del individuo (de su filtro, que es su criterio) y del contexto que lo rodea. Los valores son la base sobre la que se asientan estos juicios. Algunos filósofos como Friedrich Nietzsche advirtieron que elementos como el odio, el placer de destruir, el deseo de rapiña y la dominación, a menudo considerados “malvados“, encajarían en lo que él llamó la “economía de la especie“.

A lo que él aludía al hablar de la economía de la especie es que esos impulsos, que a menudo catalogamos como “malvados“, no pueden ser completamente desestimados, es decir, en vano o “porque sí”. Argumentó que estos impulsos también son parte de la compleja economía de la especie humana, de su supervivencia. Esto nos plantea una pregunta fundamental: ¿puede la “malicia” tener algún valor o función en la evolución y la sociedad humanas?

El filósofo afirmó que la capacidad de seguir tanto nuestras tendencias “mejores” como “peores” es esencial para la evolución y el progreso de la humanidad, es decir, que ambas contribuyen en mejor o peor medida (“de lo malo también se aprende”). Las personas que desafían las normas sociales establecidas, que son audaces y provocativas, a menudo son impulsadas por una fuerte voluntad y una determinación inquebrantable. Estos “espíritus más fuertes y malvados“, como los llamó Nietzsche, pueden ser los motores del cambio y la innovación en la sociedad. Estos personajes de la historia iniciaron revoluciones científicas, ideológicas, etc. Probablemente, muchos de ellos fueron juzgados como “malos” en su día, y hoy bebemos de ellos como no hacemos de los “buenos” de su época. Nos guste más o menos su legado.

Pero aquí entra en juego un aspecto intrigante y reciente sobre la evolución humana: la epigenética. La epigenética es la ciencia que estudia cómo los factores ambientales pueden influir en la expresión de los genes sin cambiar la secuencia del ADN. Se ha demostrado que las experiencias de vida y los factores ambientales pueden marcar modificaciones en los patrones epigenéticos, y estos cambios pueden heredarse a través de las generaciones.

Aquí debemos diferenciar entre comportamiento y valores. Los valores son creencias, principios y normas que guían el comportamiento y las decisiones de una persona, mientras que los comportamientos son la manera en que una persona actúa en respuesta a estímulos internos o externos.

Entonces, ¿podría ser que ciertas tendencias que podrían considerarse “malvadas” no correspondan a valores en sí, sino más bien a respuestas traumáticas heredadas de generación en generación? La epigenética sugiere que esto es posible. Experiencias traumáticas o patrones de comportamiento pueden dejar una huella que se transmite a la descendencia, lo que explicaría actos “malvados” que no responden a revoluciones ni a esos espíritus de los que el filósofo habla, sino a asuntos sin resolver que pueden solucionarse realizando un esfuerzo consciente por cambiarlos. Esto plantea la posibilidad de que las tendencias negativas, muchas veces confundidas por valores, no solo sean el resultado de la elección personal o contextual, sino también del legado de experiencias pasadas.

La epigenética nos recuerda que nuestras tendencias y experiencias pueden dejar una huella en las generaciones futuras, lo que destaca la importancia del autoexamen y el esfuerzo consciente para cambiar patrones negativos, así como cuestionar también nuestros propios valores.

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Cita este artículo (APA): Mollà, A. (2023, 26 de octubre). La economía de lo malvado. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2023/10/la-economia-de-lo-malvado
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