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Es jueves y el reloj marca las cinco de la tarde. Los afortunados trabajadores de la oficina se van levantando de sus sillas preparados para bajar al bar y pedir alguna cerveza. Para reírse del chisme de la semana o librarse del estrés acumulado criticando a algún jefe o comentando una serie de televisión o un partido de fútbol. Existe entre ellos un vínculo, una colectividad. Al ahogar las penas en el fondo del vaso de cerveza, ¿sienten estos oficinistas esa unión? ¿Cierta… conciencia de clase?

Resulta complicado debatir sobre estos asuntos en una sociedad como la occidental. Todo sucede tan rápido que uno apenas tiene tiempo para reaccionar y mucho menos para detenerse a pensar, a reflexionar. Incluso sin haberse dado cuenta, la actual sociedad se ha abrazado a un neoliberalismo separado ya de su origen ideológico. Porque ese neo por delante, aunque a priori sutil, representa enormes diferencias entre esta ideología y el anterior liberalismo. Ya no es tanto el dejar hacer («laisser-faire») a los mercados en el terreno económico: ahora se aboga por apoyarlos con, por ejemplo, políticas de libre mercado o la privatización de empresas estatales. Pero, además, sus raíces van haciéndose cada vez más largas. Van haciéndose con cada vez más áreas. Lo neoliberal ya no es solo una característica económica.

El sujeto calculador

Un ejemplo: en Pensar el neoliberalismo, Christian Laval, doctor en sociología e investigador de la historia de la filosofía, explica que las ideas neoliberales envuelven ya todos los terrenos de la acción pública, todos los ámbitos de lo social y también de lo individual. Esa racionalidad económica con la que nace el neoliberalismo —la mentalidad de mercado—, se aplica a otros ámbitos de la vida. Surge un sujeto que utiliza una racionalidad económica en áreas como la salud o la educación. Que no piensa en lo colectivo, sino que calcula para lo individual y nada más. De ahí que, en muchas democracias europeas, grupos ciudadanos estén actualmente levantándose en armas contra las posibles privatizaciones de sectores públicos como el de la salud. No podemos entender el neoliberalismo, dice Laval, como una continuación equilibrada del liberalismo clásico. Su objetivo es ir haciendo desaparecer poco a poco a aquel ciudadano orientado a las decisiones colectivas, y con esperanzas en ellas. Nos convertimos así en pequeñas empresas andantes en busca de su propio beneficio, en unas con otras. O en unas contra otras. Y, en este contexto, parece que no nos cabe hablar más de clases sociales, que no podemos clasificarnos u organizarnos ya a partir de ellas. Aquel discurso ha sido acallado. Se considera anticuado, de otra época. Ya no hay clases: todos somos individuos-empresa luchando por nosotros mismos en nuestra propia individualidad. Sálvese quien pueda.

¿Es esto cierto? La respuesta la busco en el sociólogo urbano Jean-Pierre Garnier. En La invisibilización urbana de las clases populares, el francés defiende que vivir en una sociedad capitalista implica hacerlo en una formada por clases sociales, estructurada en relaciones de explotación económica, dominación política y sujeción ideológica. A muchos puede parecerles que no es así, pero hablamos de clases sociales continuamente, aunque hayan cambiado las narrativas, la forma en que nombramos a las cosas, los discursos. 

Las nuevas formas de narrar

El «trabajador», dice Garnier, es ahora «ciudadano». Antes era aquel que compartía espacios con otros trabajadores: el barrio, la fábrica, el bar de la vuelta de la esquina. Que, gracias a esa cohesión, se organizaba en busca de la mejora de sus condiciones de trabajo y vida. Sacar las castañas del fuego de uno era, en parte, sacarlas también del de los demás. Pero el ciudadano es ahora ese que cada vez convive en un círculo más pequeño, que se relaciona a través de redes sociales, que se entretiene con Netflix. Con ello, crece el individualismo y desaparece la unión, el sentimiento de comunidad. De hecho, muchos de nosotros ni siquiera sabemos quién vive en el piso de al lado. 

La clase trabajadora se transforma en una supuesta clase media donde cada ciudadano forma parte de un grupo mucho más reducido. Un recepcionista de hotel no se identifica con quien construye estrategias de marketing en una oficina. La supervisora de un equipo de ventas de seguros está convencida de que no tiene nada que ver con el chico que limpia el despacho por la noche. Más que una desaparición, lo que antes se llamaba clase obrera se ha desmembrado, se ha convencido de que se llama «clase media» e intenta imitar a la antigua «burguesía» abrazando el consumismo y el individualismo. Desde la oficina, entendemos que las clases obreras ahora se llaman populares y que poco o nada tenemos que ver con ellas. Nos basamos en lo que nos dicen las noticias: que está formada por gente muy pobre que vive a las afueras, en los confines de las urbes, allá donde la gentrificación los ha llevado. Lo popular nos suena a gente conflictiva o inadaptada a la que hay que evitar. Desde el confort de la oficina, ellos no forman parte de ningún nosotros. No somos lo mismo. Y, sin embargo, también desde el confort de la oficina intentamos salir a flote en trabajos que no nos dejan tiempo para disfrutar de lo que realmente nos gusta hacer, apenas llegamos a fin de mes y vivimos pendientes del siguiente paquete de Amazon o de la próxima borrachera para olvidarnos un poco del tedio diario. La pluralización de los centros de trabajo y la consecuente falta de cohesión nos deja solos con nuestra salud mental, tan deteriorada en este tiempo. Puede parecer atrevido relacionar la supuesta desaparición de la clase obrera con problemas de alcoholismo o adicción a pastillas para dormir, pero lo cierto es que el individualismo nos promete premios por los que debemos luchar en soledad.

La misma raíz,
el mismo dolor

No parece fortuito, entonces, que sea en nuestros centros de trabajo donde se nos olvida que las clases siguen existiendo. Que nos organizamos así, queramos verlo o no. Los problemas a los que nos enfrentamos en una oficina o en un almacén suelen tener los mismos puntos de partida porque las estructuras sobre las que se levantan son las mismas. Y ocurre igual con las grandes problemáticas sociales o con las luchas de las minorías. Como dice la pensadora Nancy Fraser (Manifiesto para un feminismo del 99%Capitalismo Caníbal), lo que nos hace falta es un mapa donde poder situarnos, todos y todas. Un pensamiento común que nos abra los ojos. Una ruta que muestre cómo la mayoría de los caminos (o de nuestras quejas) nos llevan si los rastreamos a un mismo lugar, a un mismo punto de partido que los genera a todos. Que las clases siguen existiendo y no hay tantas, y que tener conciencia de ellas es lo que puede lograr que ciertos grupos vuelvan a unirse en busca de una mejora en su situación. En su vida.

Bibliografía

Entrevista a Nancy Fraser, abril 2023, El Viejo Topo https://www.elviejotopo.com/topoexpress/entrevista-con-nancy-fraser/

Fraser, N. (2023). Capitalismo caníbal: Cómo nuestro sistema está devorando la democracia y el cuidado y el planeta, y qué podemos hacer con eso. 1ª Edición. Siglo XXI Editores.

Garnier, J., (2015). La invisibilización urbana de la clase obrera. Papeles de relaciones ecosociales y cambio global, Nº 130 2015, pp. 29-45

Laval, C. (2012). Pensar el neoliberalismoPensar desde la izquierda: mapa del pensamiento crítico para un tiempo en crisis, Errata Naturae.

Imagen | Pixabay

Cite este artículo (APA): López, L. (2023, 15 de octubre). Crimen en la oficina: la muerte de la clase trabajadora. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2023/10/la-muerte-de-la-clase-trabajadora
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por Luis López Galán

Colaborador de medios como El vuelo de la lechuza, Espacio 17 Musas o El placer de la lectura, ofrece servicios editoriales y es, en la actualidad, estudiante de Grado de Filosofía. Español residente en Inglaterra, y con las letras como principal pasión, la combinación cultural y literaria de ambos países lo mantiene ocupado cada día, siempre con una principal motivación: continuar aprendiendo.

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