¿Somos “buenos” por convicción o conveniencia?

Nota: Las referencias a las obras y autores mencionados en este artículo son esenciales para una comprensión más profunda del tema. Se recomienda su lectura para aquellos interesados en explorar más a fondo la dicotomía entre ser bueno y ser amable.

La filosofía, desde sus albores en la antigua Grecia hasta las discusiones contemporáneas, ha sido la herramienta con la que la humanidad ha intentado comprender las intrincadas marañas de su propia esencia. En este vasto mar de interrogantes, emerge con fuerza la cuestión sobre la naturaleza de la bondad y la amabilidad. A simple vista, estos términos pueden ser confundidos o incluso usados de manera intercambiable en conversaciones cotidianas. Sin embargo, al sumergirnos en las profundidades del pensamiento filosófico, descubrimos que estos conceptos, aunque entrelazados, poseen matices y connotaciones que los distinguen de manera significativa.

Desde Sócrates, quien a través de diálogos inquisitivos buscaba la esencia de virtudes como la justicia y la bondad, hasta filósofos modernos como Emmanuel Levinas, que veía la bondad como una responsabilidad ética hacia el Otro, la filosofía ha tratado de desvelar qué significa realmente ser bueno. Por otro lado, la amabilidad, aunque valorada en muchas tradiciones éticas, a menudo se entiende en términos de etiqueta social o comportamiento adecuado en contextos específicos.

Así, mientras que la bondad se ha debatido en términos de principios universales, valores intrínsecos o deberes éticos, la amabilidad se ha analizado más en relación con las normas sociales, la reciprocidad y las expectativas culturales. Esta distinción, aunque sutil, es crucial para entender cómo nos relacionamos con nosotros mismos, con los demás y con el mundo que nos rodea.

La Amabilidad como reflejo
de las convenciones sociales

La amabilidad, arraigada en las tradiciones y valores de muchas culturas, es a menudo celebrada como una virtud esencial. Se manifiesta en gestos cotidianos: un saludo cordial, un favor desinteresado, o simplemente escuchar con atención. Estos actos, en su superficie, parecen ser indicativos de una naturaleza benevolente y comprensiva.

Sin embargo, es crucial distinguir entre la amabilidad que brota de un genuino deseo de bienestar hacia el otro y aquella que es producto de las expectativas sociales. Erich Fromm, en “El Arte de Amar“, nos invita a reflexionar sobre las diversas formas de amor. Argumenta que muchas veces, lo que consideramos actos de amor, como la amabilidad, pueden ser meras transacciones. Estos actos, en lugar de surgir de un sentimiento auténtico, pueden estar motivados por un deseo subyacente de reciprocidad o reconocimiento.

En sociedades donde el qué dirán prevalece, la amabilidad puede convertirse en una herramienta para navegar las complejidades sociales. La presión para conformarse, para ser visto de una manera particular, puede llevar a individuos a actuar amablemente no por una inclinación natural, sino como una estrategia para ser aceptados o eludir conflictos.

Además, en la era de las redes sociales, donde cada acción puede ser documentada y compartida, la amabilidad puede ser performática1: actos que en otro tiempo eran privados ahora se exhiben, y la línea entre autenticidad y representación se vuelve borrosa.

Por lo tanto, es esencial que, como sociedad, reflexionemos sobre la naturaleza de la amabilidad. ¿Actuamos amablemente por un genuino deseo de hacer el bien y conectar con el otro, o estamos simplemente usando la amabilidad como una máscara, una forma de navegar y manipular las complejidades de nuestras interacciones sociales?

La bondad:
un Compromiso ético y filosófico

La bondad trasciende la mera cortesía o el comportamiento agradable. Es una cualidad que se arraiga en el núcleo mismo de nuestra ética y moralidad. Cuando hablamos de bondad, nos referimos a un compromiso profundo con los valores y principios que definen lo que es correcto y justo, independientemente de las circunstancias o de las opiniones populares.

Platón, en su obra maestra “La República”, aborda extensamente la naturaleza de la justicia y la bondad. Para él, estas virtudes no son relativas ni están sujetas a las fluctuaciones de la opinión pública. En su alegoría de la caverna, Platón nos presenta la idea de que la mayoría de las personas viven en una especie de oscuridad, percibiendo solo sombras de la realidad. Aquellos que logran salir de la caverna y contemplar el mundo real, iluminados por la luz del sol (que simboliza la verdad y el conocimiento), son capaces de comprender las formas ideales, entre las cuales se encuentran la justicia y la bondad.

Estas formas ideales son eternas e inmutables. No cambian con el tiempo ni con las modas. Por lo tanto, ser bueno, en el sentido platónico, significa alinearse con estas formas ideales, actuando de acuerdo con una comprensión profunda y verdadera de lo que es justo y correcto. Esto puede requerir ir en contra de la corriente o enfrentarse a la desaprobación social. Sin embargo, el verdadero acto de bondad no busca la aprobación externa, sino que se guía por una brújula moral interna.

Aristóteles, discípulo de Platón, también abordó la bondad en su ética. Para él, la bondad está intrínsecamente relacionada con la idea de “eudaimonia” o florecimiento humano. Ser bueno es actuar de acuerdo con la virtud, buscando un equilibrio y una armonía en nuestras acciones que nos lleven hacia la realización plena como seres humanos.

Es así que podemos resumir que la bondad, desde una perspectiva filosófica, es mucho más que un acto aislado o un comportamiento amable. Es un compromiso vitalicio con los valores y principios que elevan y enriquecen la experiencia humana, guiándonos hacia la verdad, la justicia y el florecimiento personal y colectivo.

Kant y el Imperativo Categórico:
una profunda inmersión en la ética del deber

Immanuel Kant, uno de los filósofos más influyentes de la Ilustración alemana, revolucionó la ética con su propuesta del imperativo categórico, presentado en obras fundamentales como la “Crítica de la Razón Práctica” y “Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres“. A diferencia de otras teorías éticas que basan la moralidad en las consecuencias de nuestras acciones o en la búsqueda del placer, Kant propone una ética deontológica, es decir, basada en el deber.

El imperativo categórico de Kant se puede resumir en la siguiente máxima: actúa solo según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se torne en ley universal. En otras palabras, antes de realizar una acción, debemos preguntarnos si estaríamos dispuestos a que todos los demás actuaran de la misma manera en circunstancias similares. Si la respuesta es afirmativa, entonces la acción es moralmente permisible; si no, es inmoral.

Este enfoque ético nos impulsa a trascender nuestras inclinaciones y deseos personales y a actuar de acuerdo con principios universales. Kant argumenta que la verdadera moralidad no se encuentra en las acciones externas, sino en la intención con la que se actúa. Por lo tanto, ser bueno, en el sentido kantiano, no se trata simplemente de hacer lo correcto, sino de hacerlo por las razones correctas.

Además, sostiene que todos los seres humanos tienen un valor intrínseco y deben ser tratados como fines en sí mismos, y no como medios para alcanzar otros fines. Esta idea es fundamental para su ética y subraya la importancia de respetar la dignidad y autonomía de cada individuo.

La ética kantiana, con su énfasis en la autonomía, el deber y la universalidad, nos desafía a reflexionar profundamente sobre nuestras motivaciones y acciones. En un mundo donde a menudo se nos anima a actuar en función de nuestros intereses inmediatos, la perspectiva de Kant nos invita a elevarnos por encima de estas tentaciones y a actuar con integridad, guiados por principios universales de justicia y respeto.

El Utilitarismo:
la búsqueda de la mayor felicidad
para el mayor número

El utilitarismo, una corriente filosófica que ha dejado una huella indeleble en la ética moderna, se centra en la consecuencia de las acciones más que en las intenciones detrás de ellas. A diferencia de la perspectiva deontológica de Kant, que enfatiza el deber y la intención, el utilitarismo se preocupa por los resultados tangibles y medibles de nuestras acciones.

John Stuart Mill, en su obra “Utilitarismo“, articula este principio con claridad. Para Mill, la moralidad de una acción se mide por la cantidad de felicidad o placer que genera en comparación con el dolor o el sufrimiento. Esta “felicidad” no se refiere simplemente a placeres sensoriales o efímeros, sino a un bienestar más profundo y duradero. Argumenta que la felicidad es deseable en sí misma y que todas las demás cosas son deseables en la medida en que contribuyen a esta felicidad.

Desde esta perspectiva, ser “bueno” no es simplemente seguir un conjunto de reglas o normas, sino actuar de manera que se maximice el bienestar general. Esto puede llevar a decisiones difíciles. Por ejemplo, ¿es correcto decir una mentira si eso da como resultado un mayor bienestar para más personas? ¿O sacrificar los intereses de uno para el beneficio de muchos? Estas son preguntas que el utilitarismo nos insta a considerar.

Es importante señalar que el utilitarismo ha sido objeto de críticas. Algunos argumentan que reducir la moralidad a una simple cuestión de “cálculo de felicidad” es simplista. Otros, como el filósofo Bernard Williams, sostienen que el utilitarismo puede llevar a acciones que son intuitivamente inmorales, ya que se centra en las consecuencias y no en la integridad del agente moral.

Sin embargo, lo que es innegable es que el utilitarismo nos desafía a pensar en el bienestar colectivo y a considerar las ramificaciones a largo plazo de nuestras acciones. En un mundo interconectado, donde nuestras decisiones pueden tener repercusiones globales, este planteamiento ofrece una herramienta valiosa para navegar los complejos dilemas éticos de nuestra era.

La Bondad en la sociedad moderna:
entre la autenticidad y la superficialidad

En la sociedad contemporánea, nos encontramos inmersos en un océano de interacciones digitales, donde las redes sociales y la cultura de la celebridad dominan el paisaje cultural. Estas plataformas, que prometían conectar al mundo, han transformado paradójicamente la naturaleza de nuestras conexiones, volviéndolas más efímeras y, en muchos casos, superficiales.

Zygmunt Bauman, en “Modernidad Líquida“, nos presenta una sociedad donde todo es volátil y donde las relaciones humanas se han vuelto “líquidas”, careciendo de la solidez y profundidad que solían tener. En este contexto, la amabilidad se ha convertido en una especie de moneda social. Las personas buscan acumular “likes“, comentarios positivos y seguidores, a menudo a través de gestos amables que carecen de una verdadera intención altruista detrás. Esta amabilidad digital, aunque puede generar gratificación instantánea, raramente trasciende la pantalla para convertirse en acciones tangibles en el mundo real.

Por otro lado, la bondad auténtica, esa que nace de un deseo genuino de hacer el bien sin esperar nada a cambio, parece estar en peligro de extinción en este nuevo orden social. En una era donde la imagen y la percepción a menudo se valoran más que la realidad, actuar con bondad genuina puede ser visto como algo anticuado o incluso ingenuo. Sin embargo, es precisamente esta bondad la que tiene el poder de generar cambios reales y duraderos en la sociedad.

Además, esta cultura efímera, que magnifica cada gesto y palabra de figuras públicas, a menudo confunde la amabilidad con la bondad. Los influencers pueden hacer gestos amables, como donaciones públicas o mensajes inspiradores, pero es esencial cuestionar la autenticidad y la intención detrás de estas acciones. ¿Son movimientos genuinos de bondad o estrategias cuidadosamente orquestadas para mejorar la imagen pública?

Conclusión:
hacia una nueva ética de la bondad en el siglo XXI

La tensión entre ser bueno y ser amable nos lleva a un profundo abismo de introspección sobre la ética y la moralidad en nuestra era contemporánea. Vivimos en tiempos donde la rapidez de la información, la superficialidad de las redes sociales y la constante búsqueda de aprobación externa han distorsionado nuestra comprensión de la virtud. La imagen, la percepción y la representación digital, en muchas ocasiones, han eclipsado la esencia de la realidad humana.

Frente a este panorama, emerge la imperante necesidad de redefinir y revalorizar lo que significa ser genuinamente bueno. ¿Es la bondad un conjunto de acciones visibles que buscan el reconocimiento de los demás? ¿O es un compromiso interno, silencioso, pero firme, con principios éticos universales?

Hannah Arendt, en su obra “La condición humana“, nos recuerda la importancia de la acción y el discurso en la esfera pública. Sin embargo, en un mundo saturado de discursos vacíos y acciones performáticas, es esencial discernir entre lo que es genuino y lo que es mera representación. La bondad auténtica, en este sentido, trasciende la esfera pública y se arraiga en la conciencia individual.

Como filósofas y pensadores del siglo XXI, tenemos la responsabilidad no solo de cuestionar y desafiar las normas y valores establecidos, sino también de guiar a la sociedad hacia una ética renovada. Una ética que no se mida por la cantidad de “likes” sino por la autenticidad, la integridad y el compromiso genuino con el bienestar colectivo e individual.

En este viaje hacia una nueva ética de la bondad, es esencial que cada individuo se convierta en un filósofo de su propia vida, reflexionando constantemente sobre sus acciones, motivaciones y el impacto de sus decisiones en el tejido social. Solo así, en un acto colectivo de introspección y renovación, podremos construir una sociedad donde la bondad genuina brille con luz propia, eclipsando las sombras de la superficialidad y la inautenticidad.

Notas

[1] Dar vida a través del movimiento en acción y pensamiento, más allá de la forma definida, hacia la transformación y el cambio.

Imagen | Unsplash

Cite este artículo: Muro, C. (2023, 01 de octubre). ¿Somos “buenos” por convicción o conveniencia? Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2023/10/ser-humano-bueno-por-naturaleza

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por Claudia Ivette Muro García

Estudiante de primer año de filosofía (UNED). Apasionada por la danza, el yoga y la fotografía.

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