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Nota: el presente texto es un estudio que la autora, profesora de bachillerato, utiliza con sus alumnos para un ejercicio de clase que consiste en el visionado de la película Blade Runner y la elaboración de trabajos en equipo. Durante las clases, además de leer el material, reflexionan en torno a algunas preguntas detonantes.

Epílogo del editor

Basada en la novela de Philip K. Dick: ¿Sueñan los androides con ovejas mecánicas?, Blade Runner (1982), dirigido por Ridley Scott, nos sumerge en un futuro distópico donde la línea entre lo humano y lo artificial se torna inciertamente delgada. A través de los ojos del Blade Runner Rick Deckard, somos testigos de la angustia y la lucha por la supervivencia de seres sintéticos conocidos como replicantes, quienes desafían su obsolescencia programada en busca de una existencia extendida. La película, rica en atmósferas neo-noir, plantea preguntas profundas sobre la identidad, la moralidad y la naturaleza de la existencia, dejando a la audiencia en una reflexión continua sobre lo que realmente significa ser humano. En su núcleo, la película desafía la percepción de la realidad y la humanidad, explorando las implicancias éticas y existenciales de la creación artificial de vida, y en última instancia, refleja los miedos y esperanzas de una sociedad en constante lucha con su futuro tecnológico.

Argumento

Año 2019. La Tyrell Corporation ha creado un tipo de robots, los Nexus 6, con apariencia idéntica a la del ser humano, para que trabajen como esclavos en colonias espaciales. Estos “replicantes” son superiores físicamente y en inteligencia al ser humano por lo que, para evitar que se conviertan en un peligro, han sido programados para tener una duración limitada a cuatro años. Tras una rebelión, debido a la cual se les prohíbe volver a la Tierra bajo pena de muerte, se crea a unidad policial de los Blade Runners, policías especializados en detectar y eliminar replicantes. La trama comienza cuando cuatro de ellos escapan y deciden volver para buscar a su creador y prolongar su efímera existencia.

¿Qué define
al ser humano como tal?

Un debate clásico es el de qué distingue al ser humano de los animales; Aristóteles lo definió como el “animal con lógos”. La capacidad de comprender el mundo y hablar de él, la capacidad de concebir un orden racional –justo y con sentido– por encima del instinto y el determinismo de la naturaleza, distinguiría al ser humano del alma inferior, meramente sensitiva, de los animales.

La evolución de esta imagen ha llevado a identificar al hombre con su inteligencia. Pero el desarrollo tecnológico actual plantea un nuevo dilema: la inteligencia artificial, que se está utilizando incluso como modelo para explicar el funcionamiento cerebral, hace pensar si es posible que el ser humano, en cuanto inteligente, no sea más que una máquina extraordinariamente compleja y desarrollada. La diferencia entre la inteligencia de un ordenador y la de un ser humano, ¿es cualitativa o meramente cuantitativa? Esta segunda idea produce una desazón ya no racional, sino puramente emocional. Concebirnos como máquinas complejas, meros epifenómenos de una red de complicadas reacciones químicas y físicas, produce una sensación de frialdad y falta de individualidad que pone en el punto de mira otras características peculiares de los seres humanos: los sentimientos, la autoconciencia y la experiencia vital. La película juega con las ambigüedades entre humanos y replicantes en todos estos aspectos.

Inteligencia

Roy vence a Tyrell, su creador, en la partida de ajedrez, algo que no puede hacer el humano Sebastian. En su afán prometeico, el hombre ha creado un ser superior a sí mismo. La criatura ha comido del árbol de la ciencia y se iguala a Dios.

Sentimientos

Rachel, el último prototipo de replicantes creado por Tyrell, es quien mejor ilustra el desarrollo de sentimientos. Llora cuando se da cuenta de que es una replicante; se enamora de Deckard, le salva la vida; tiene sentido de la dignidad y del pudor. En los otros esta cualidad es más incipiente, pero se ve a lo largo de la película cómo son capaces de desarrollarlos. La frialdad con que son capaces de matar, como autómatas, contrasta con el dolor que experimenta Roy ante la muerte de Pryss y la empatía final que le lleva a salvar la vida de Deckard.

La ambigüedad en el otro sentido es también puesta en escena: el mismo Deckard declara que un Blade Runner ha sido entrenado para no tener sentimientos –deben ser capaces de matar fríamente a cualquier replicante, pero esa naturaleza mutilada no está del todo erradicada en él, como muestra su desazón cuando mata a Zhora: en ese momento no puede evitar sentirse, por encima de su entrenamiento, como si hubiera disparado por la espalda a una mujer de verdad–.

Autoconciencia

Uno de los criterios para marcar el paso de antropoides a ser humano se ha establecido en el desarrollo de la autoconciencia. El ser humano se considera tal en el momento en que empieza a ser consciente de su puesto en el mundo, de su temporalidad y caducidad, y se interroga por su destino tras la muerte.
Los replicantes son conscientes de su condición de esclavos y se plantean su derecho a la libertad, a una vida cuya finalidad esté orientada a sí mismos, no al servicio de otros. Son igualmente conscientes de su finitud y desean más vida –expresión modesta del ansia de inmortalidad–.

Experiencia vital

Desde una perspectiva existencialista, el ser humano se identifica por su trayectoria vital, por su pasado. Cuando pensamos en nosotros mismos lo que nos viene a la cabeza son una serie de recuerdos, una biografía que ha ido modelando un actual modo de sentir y pensar. La identidad que aporta el propio pasado, los recuerdos, es puesto en tela de juicio ante otro nuevo tema de ciencia ficción: los implantes cerebrales.

La concepción del alma cartesiana aparece aquí de inminente actualidad. Descartes planteó la duda sobre la autenticidad de las propias vivencias con la hipótesis del genio maligno: al igual que cuando sueño creo que todo es real y cuando despierto me doy cuenta del engaño, ¿y si hubiera un genio maligno que me hace creer que todo lo que veo, toco, siento, es real, y en realidad no fuera más que un sueño? Tal hipótesis cobra ahora nueva dimensión al plantearnos la posibilidad de manipular el cerebro e insertar en él recuerdos y vivencias que no nos pertenecen. El juego de la realidad virtual ha sido tratado, con mayor o menor profundidad, en otras películas como Matrix o Desafío Total.

Un último apunte sobre el juego de ambigüedades: Deckard sueña con un unicornio que Gaff hace en papiroflexia y se lo presenta dos veces –la última indicando que ha visto a Rachel y le ha perdonado la vida–. Parece, pues, que conoce el contenido de su mente. Esto se ha interpretado como el hecho de que el mismo Deckard es un replicante. Pero tal vez el recurso al unicornio no es más que un colofón a ese juego de ambigüedades: ¿qué sentido tendría que lo fuera, sin más? ¿no tiene más sentido pensar que, quizá, lo que se pretende es una declaración simbólica de esa indistinción entre humanos y replicantes?

Grados de humanidad

Sentimientos, empatía, sentido de la dignidad y del pudor, actitud moral… Todo cuanto parece acercar a los replicantes a una naturaleza verdaderamente humana tiende al acercamiento, apertura y comprensión de otros seres humanos, o en general de cualquier otro ser dotado de vida y sentimientos. A la inversa, la deshumanización proviene de la frialdad, el egoísmo, la manipulación de las personas.

El hombre y su finitud

He visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir…

El tiempo

La inquietud filosófica y vital que plantea el tiempo al ser humano puede esbozarse en dos perspectivas: la caducidad y, por tanto, inconsistencia que impone a la propia esencia, y su irreversibilidad.
El tiempo, inexorablemente, va devorando todo a su paso y hace irrepetible cada momento. En su conversación con Roy, a partir de una serie de datos científicos, Tyrell le explica que no puede hacerse nada para dar marcha atrás: la vida, una vez creada, es un camino sin retorno ni posibilidad de corrección. La inexorabilidad de la muerte de los replicantes tiene su paralelo en el envejecimiento galopante de Sebastian, un nuevo acercamiento entre el hombre y su copia virtual.

La muerte

Inquietud humana por antonomasia. En su toma de autoconciencia, los cuatro replicantes sienten la angustia ante su inminente final. Ello es lo que les lanza en busca de su creador, para pedir más vida, para pedir, en última instancia, un sentimiento de esperanza. La superior perfección de Roy es esgrimida como argumento para compensar la cortedad de su existencia –“la luz que brilla con más intensidad se apaga antes”–, pero es un consuelo ineficaz. ¿Quizá la perfección es la muerte? ¿va contra la vida?…
El único posible consuelo es la esperanza de una vida eterna, ulterior, que solo es posible ideando un alma inmortal. “Ir al cielo, ir al infierno…”; en su repetitiva formulación, Roy está expresando la única esperanza que le queda: la posesión de un alma con un destino eterno. Eso es lo que se ilustra al final de la película: el desarrollo de un alma que abandona el cuerpo en que se ha creado, en la imagen del ave que vuela al cielo, liberada de sus manos en el momento de su muerte, cuando entona, como el canto de un cisne, su inspirado discurso. Esa ilustración del alma como ave es algo que aparece ya en culturas antiguas como la egipcia.

El conocimiento de la propia fecha de muerte es lo que confiere esa angustia a la vida de los replicantes. A pesar de su inexorabilidad, el hombre no conoce su fin, lo cual dota a la vida de esperanza y da a cada momento un nuevo valor. Junto con el pasado real, lo que distingue al humano del replicante es su futuro abierto, incierto. Rachel no tiene fecha de caducidad; ha sido creada como replicante, pero ya no queda casi ninguna característica que la distinga de cualquier otro ser humano, salvo los recuerdos verdaderos, que en cualquier caso empieza a poder atesorar a partir de su encuentro con Deckard.

El hombre
y su creador

El espíritu profundamente religioso de la película se patentiza en numerosas referencias, muchas de ellas bíblicas. En su primera parada buscando a Tyrell, en la fábrica de ojos de Chew, cita una apocalíptica frase tomada de un poema de William Blake (América: una profecía): “Y los ángeles ígneos cayeron. Profundos truenos se oían…”. Roy es llamado por Tyrell “hijo pródigo”, y este a su vez es llamado por aquel “padre”. La nietscheana muerte de Dios a manos del hombre revela, sin embargo, la angustia por su distancia y ausencia: Tyrell vive oculto en un castillo, casi inaccesible. Tras el largo camino lleno de escollos que tienen que superar para llegar a él este se revela inútil y desentendido de su obra.
Roy parece, en su pelea final, una bestia apocalíptica, como si anunciara la muerte inminente. En un ambiente modernista, pero de palpable inspiración neogótica, persigue amenazante y aullando a un Deckard más frágil y humano que nunca ante la poderosa fuerza y furia de su contrincante. Lo que parecía que iba a ser su fin se troca en una intensa experiencia sobre el sentido de la vida, en que la empatía manifiesta de Roy tiene su reciprocidad en la compasión del Blade Runner.

Pero las referencias religiosas no son solo bíblicas. Algunos símbolos, tomados de la mitología, dan muestra de la universalidad de las inquietudes humanas aquí tratadas. El unicornio y la lechuza son referentes mitológicos de la cultura griega.

La lechuza es el animal de Atenea o Minerva, diosa de la sabiduría y de la astucia. Los ojos siempre alerta de este animal (tuerto en la muerte de Tyrell) aparecen en todas las escenas en que buscan al creador para pedirle precisamente el conocimiento, el secreto de la vida, que les permita escapar a la muerte.
El unicornio es un animal mitológico que se caracteriza porque muere en cautiverio.

Los replicantes son esclavos, y por ello desean escapar a su condición. La libertad parece así indicarse, es la esencia de la vida. Consistiría en que la vida de cada ser debe tener sentido para sí mismo, no para otro –esencia de la esclavitud–. Por su esencial libertad el unicornio es un animal fiero y peligroso.

Una última referencia ineludible es el tratamiento del ideal prometeico: el ansia del ser humano de imitar el poder creador de Dios, que ya reflejara Mary Shelley en su Frankenstein o el moderno Prometeo, que aparece también en el mito judío del golem y que aquí se muestra en la soberbia de Tyrell de crear seres cada vez más perfectos.

Imagen | Pixabay

Artículo de:

Esther C. García-Tejedor (autora invitada)
Doctora en Filosofía (UNED) y Licenciada por la U. Complutense de Madrid. Profesora de Filosofía en Secundaria y en Bachillerato.

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