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Decía Malinowski que todas las sociedades humanas tenemos una serie de necesidades universales y, con base en ellas, construimos nuestras distintas instituciones sociales y culturales. Es evidente que la relación que se establece entre los dos sexos —hombres y mujeres— y los roles de género o diferencias en carácter que se les atribuyen responden a la necesidad universal de perpetuar la sociedad.  

En esta función confluyen diferentes aspectos de la mentalidad de un pueblo: la visión sobre las funciones biológicas de hombres y mujeres, el papel que cada uno tiene en la vida familiar, la diferencia de carácter que se le atribuye a cada uno e, incluso, la relación de la religión o el arte con el género. Este trabajo trata de abordar precisamente de estas diferencias, y también de la ausencia de ellas, basándose en el ensayo de la famosa antropóloga del siglo XX, Margaret Mead: Sexo y temperamento; y compararé los comportamientos de tres sociedades —los Arapesh, los Mundugumor y los Tchambuli— comenzando con una explicación básica de las diferencias de carácter y roles en hombres y mujeres y cómo esto afecta a otros ámbitos. 

De las tres sociedades de Nueva Guinea que estudia Margaret Mead, solo hay una que muestre un claro efecto del género en el temperamento: los Tchambuli. Los Arapesh y los Mundugumor no encontraban diferencias en el temperamento según el género; sin embargo, esto no quiere decir que haya una diferencia en los roles de los dos sexos, a pesar de tener una misma motivación. 

En los Arapesh, el objetivo de toda acción y comportamiento es el crecimiento: «En cambio, ven la vida como una aventura en la que hacer crecer cosas, hacer crecer niños, hacer crecer cerdos, hacer crecer ñame1 y taro (…), observando todas las reglas que hacen a las cosas crecer» (Mead, 2001, p.13)2. Esto se aplica tanto a hombres como mujeres y según estas reglas de crecimiento se determinarán los distintos roles de género, siendo la más importante un tabú del que hablaremos más adelante: la función reproductiva de la mujer y las actividades de crecimiento y comida de los hombres no pueden mezclarse.  

El trabajo de las mujeres y de los hombres se diferencia en torno al papel ritual del hombre y el papel más “material” que tiene la mujer de acuerdo con esa función reproductiva, ambos tienen el deber de cocinar, pero son las mujeres las que cocinan la comida del día a día y los hombres los que se encargan de la comida ceremonial; ellas, se encargan del regadío o quitar la mala hierba y ellos se encargan, precisamente, de las actividades relacionadas con el crecimiento y que, en Occidente, relacionaríamos con la figura del “proveedor”: caza, el cultivo de ñames3, la construcción de casas… (Mead, Op. cit., p.36).  

Ahora bien, debe entenderse que el carácter de ambos es el mismo, lo que se manifiesta en el hecho de que la crianza de los niños se atribuye a los dos sexos; es decir, estamos ante un carácter de índole cooperativa y que Mead describe como «femenina» para nuestros estándares, pero a pesar de esa similitud de comportamiento seguimos viendo un dualismo ciertamente marcado en deberes y que se acentúa aún más en la esfera ritual por la distinta naturaleza que se le atribuye a hombres y mujeres de la que hablaremos en el apartado siguiente. 

En todo caso, a pesar de la igualdad en temperamento que se presenta entre hombres y mujeres, sí que hay una jerarquía en la sociedad de los Arapesh que se forma con base en la edad. Un joven Arapesh deberá obedecer tanto a su madre como a su padre, pero la manera en la que se llevan a cabo los matrimonios lo termina convirtiendo irremediablemente en una cuestión de género, pues cuando un niño pasa a ser hombre a partir de un rito de iniciación, se le empezará a buscar una esposa de unos ocho años para que pueda “hacerle crecer” dentro de su propio hogar y crear un lazo con ella a partir del rol masculino del desarrollo. Dice la autora (Mead, op. cit., p.82):  

La pequeña niña es llevada por sus padres y dejada en casa de su prometido (…) [Su prometido] es solo otro hombre mayor a quien admira y del que depende4 

O sea que hay una relación de dependencia necesaria entre la mujer y su marido o el que será su futuro marido, y no solo eso, sino que depende de todos los hombres del hogar de su prometido. A pesar de que, efectivamente, no se establezca una diferencia de temperamento o intelectual o jerárquico ente hombres y mujeres, esta estructura matrimonial establece una dominación del hombre hacia la mujer, como expresa la misma Margaret Mead (Op. cit., p.75):  

Años más tarde, este es el mayor reclamo que él tendrá sobre ella (…) “Yo he trabajado el sagú, he cultivado los ñames, he matado al canguro que hizo tu cuerpo. ¿Por qué no traes la leña?”5

Los Mundugumor tienen el carácter totalmente contrario a los Arapesh, son profundamente hostiles y agresivos, profundamente “masculinos”. Precisamente por eso hay una particularidad en el rol de trabajo femenino que difiere del resto de sociedades de Nueva Guinea. Escribe la autora:  

Alegremente y sin agotarse, las mujeres fuertes, bien alimentadas, dirigen el trabajo de la tribu. Incluso escalan los árboles de coco —una tarea de la que se exime a las mujeres de casi toda la Nueva Guinea primitiva. Debido a este trabajo de la mujer, los hombres pueden ser tan activos o perezosos, tan litigiosos o pacíficos, como quieran.

Mead, Op. cit., p.1756

En ese sentido, los hombres gozan de una mayor libertad en el ámbito de actuación, sobre todo si tenemos en cuenta que, aunque es una sociedad individualista en general, las mujeres suelen trabajar en grupo y los hombres no. No solo eso, sino que dentro de la estructura del matrimonio, la violencia del marido a la mujer es normalizada a pesar de la supuesta agresividad de ambos géneros. 

Por último, los Tchambuli son la única sociedad que estudia Mead, que tiene una diferenciación clara de carácter, aunque los roles de hombres y mujeres son los contrarios a los que consideramos en Occidente. La autora (Mead. Op. cit.) señala que son las mujeres las que llevan la parte económica de la sociedad, son ellas las que pescan —lo cual supone el sustento de la sociedad— y se dedican al comercio y los hombres se dedican a la parte estética, siendo ellos junto con los niños los que se engalanan para las ceremonias.  

Aun así, sustentan un papel eminentemente masculino en la mayoría de sociedades, pues se encargan del mundo ritual, de la misma manera que las mujeres siguen siendo las que se dedican a la cocina y al cuidado de los hijos, y es que la sociedad de los Tchambuli tiene una contradicción flagrante: las familias son patrilineales y las mujeres pertenecen a sus maridos —pues ellos han pagado por ellas—, pero son sus esposas las que ostentan un poder dominante. Concretamente en los hombres que tienen una personalidad más posesiva o más parecida a los Mundugumor esto provoca una enorme confusión porque sienten que deberían ser los amos de su casa, pero a la vez no lo son. 

Entre las tres sociedades estudiadas, son los Arapesh los que tienen más tabús relacionados con el género, precisamente por esta diferenciación entre la naturaleza sobrenatural del hombre y la naturaleza “anti-sobrenatural” de las mujeres, marcado por su capacidad reproductiva y que pone en peligro el papel de proveer comida del hombre, mezclar estas dos naturalezas es un tabú, algo que pondría en peligro la sociedad. Por esto, las consecuencias de esta capacidad reproductiva —a saber, el período y el parto— deben estar alejadas del resto de la sociedad:  

Alrededor de cada aldea, el suelo forma estos malos lugares, que son usados para cerdos y para letrinas, y donde se construyen cabañas que usan las mujeres menstruantes y las mujeres en el momento del parto, cuya sangre peligrosa pondría en peligro la aldea, que está nivelada y es buena y está asociada con la comida7.

Mead. Op. cit., p.7

Es cierto que, poniéndonos en un enfoque más emic —pues es este el que apoyaba la autora— hay que reconocer que un Arapesh no diría que las mujeres durante esta época son impuras, pero es una época en la que están apartadas porque de mezclarse con el resto de la sociedad la pondrían en peligro; es más, están en lugares que son considerados “malos”. Una situación parecida se daba en la sociedad judía del siglo primero después de Cristo, es decir, en la propia sociedad de Jesús. Como dice Ramos (2009, p. 8):  

Se creía firmemente que si una mujer que tenía la regla pasaba por en medio de dos hombres, o de un grupo de hombres, uno de esos hombres moriría sin falta. Si pasaba cuando estaba al final del período, podía ocasionar una pelea entre ellos, con la consecuencia de una desgracia. En el momento en que su cuerpo tenía hemorragias, la mujer era portadora de muerte. 

 Si bien en la sociedad Arapesh la visión sobre la sangre femenina no es tan drástica, también es portadora de una desgracia, de algo que pone en jaque a su sociedad, aunque no se termina de especificar de qué manera concreta lo hace, qué pasaría si una mujer no estuviera alejada durante este evento. 

Esta visión de la regla como un tabú, lo que no debe tocarse para que no recaiga una desgracia sobre la sociedad, afecta inevitablemente al rol que tendrán las mujeres en comparación con los hombres en sus respectivas culturas porque significará que durante una vez al mes se deshumanizan para convertirse en ese precepto negativo del pensamiento mágico que describe J. G. Frazer en La rama dorada. En los Arapesh las chicas aprenden a asociar grandes grupos, una multitud8, con el trabajo y la comunicación fácil con grupos de familiares, normalmente con otras mujeres, mientras que los chicos aprenden a una comunicación más fácil en grupos más grandes (Mead. Op. cit.) lo cual lleva implícito que las mujeres terminan relegadas a una esfera más privada y los hombres a una esfera más pública, algo que se muestra en el hecho de que son los hombres los que participan en un ritual de iniciación mucho más público y trascendente, con un sentido espiritual donde juega un papel la percusión9 semejante al del resto de las sociedades tradicionales. También es cierto que simplemente puede coincidir el grupo que ostenta el poder económico con el que representa el poder religioso, pues en los Tchambuli, donde estos grupos son distintos10, son las mujeres las que dominan la esfera pública y ostentan un poder. 

En las sociedades de los Mundugumor y los Tchambuli, Margaret Mead no expresa sus opiniones acerca de la menstruación, aunque sí sobre el embarazo, en especial en los Mundugumor. A pesar de que tanto el hombre y la mujer son considerados como naturalmente agresivos y que la mujer no es vista en ningún momento como débil, ella es consciente de que el embarazo —y en especial el primer embarazo— se va a tratar de un momento agresivo. Hay unos tabús que se le implantarán al hombre para que el embarazo salga adelante y que, en vez de unirle a su mujer, lo molestan y termina maltratando a su mujer, posteriormente repudiándola con el riesgo de que consiga una nueva esposa (Mead. Op. cit., p.178-179) lo cual deriva en ese comportamiento tan “anti-materno” —por llamarlo de alguna manera— de las mujeres Mundugumor, incluso si hubiera un factor biológico11 que impulsara a las mujeres a un comportamiento “típicamente femenino” según estándares occidentales, este sería abolido rápidamente por esa visión tan negativa e inherentemente de sufrimiento que necesariamente conlleva el embarazo en su cultura. 

Como he comentado en la introducción, las relaciones entre hombres y mujeres y las instituciones que se forman para establecer estas están inherentemente ligadas a la reproducción, algo que es conectado con la mujer. Es decir, que la mujer, de alguna manera, está más conectada a lo material, lo cual se manifiesta claramente en la cultura Arapesh. Quizá esta es la explicación de por qué en estas tres sociedades se les atribuye un pensamiento artístico de índole más abstracta a los hombres, mientras que a las mujeres, si se les atribuyen dotes artísticas, se les atribuyen en torno a las manualidades, para las que es más necesaria habilidad con las manos, algo que también asociamos en Occidente12

El ejemplo más claro es en los roles de género claramente diferenciados en los Tchambuli, siendo los hombres los que ocupan el ámbito artístico que se mezcla con el mundo ceremonial—danza, teatro, pintura, construcción de máscaras con un uso ritual, por lo que aunque sea un trabajo más manual podemos contarlo dentro de este pensamiento abstracto— mientras que en las mujeres la actividad artística tiene un objetivo social, como la danza en grupo o pintar cestas (Mead. Op. cit., p.230).  

Aun así, son un caso curioso, pues esta división pone como dominante a la mujer, no al hombre, cuando en sociedades como la de la Grecia clásica esta separación se ha dado debido a una inferioridad de la mujer, a pesar de que esta sí tenía un rol religioso, siendo este el único papel importante que podía llegar a ostentar, señala Rosa María Segura (2019). Incluso en una cultura donde se reconoce cierta espiritualidad o trascendencia se les “arrebata” ese rol artístico. 

En los Arapesh, esta separación también está clara desde el momento, precisamente por esas naturalezas sobrenaturales y que van en contra de lo supernatural. Esto lo ilustra Margaret Mead (Op. cit., p. 67) con la siguiente anécdota:  

Cuando les enseñé una muñeca marrón, a tamaño real, las mujeres se estremecieron de miedo (…) Pensaron que era un cadáver. Los hombres, con una experiencia distinta, la reconocieron como una mera representación, y uno de ellos expresó la actitud prevalente hacia las mujeres que se inquietan con estas cosas: “Espero que las mujeres no hayáis mirado a esa cosa u os arruinará por completo13.  

Esto, junto con el secreto que los hombres guardan sobre la existencia del temberan —una especie de chamán que aparece en los rituales masculinos, sobre todo en el rito iniciático de paso de niño a hombre, donde los niños aprenden que el temberan realmente no existe, sino que lo forma la comunidad masculina— hace que haya una dimensión espiritual que se les esconde a las mujeres, de la misma manera que dentro de las religiones del libro el papel de “pastor” ha estado reservado a las mujeres con excepción en algunas ramas protestantes. 

En lo que se refiere a los Mundugumor también es cierto que, dentro de los propios artistas, las mujeres hacen actividades relacionadas con las manualidades y los hombres con la pintura, con unos conceptos más abstractos, como he comentado a lo largo de este apartado. Ahora bien, la formación del artista no tendrá nada que ver con el género, será artista el que nazca con el cordón umbilical alrededor del cuello. Curiosamente, ellos que no tienen esta disociación de la mujer con el papel del artista permiten a las mujeres participar en los ritos importantes y de hecho unos dos tercios eligen participar (Mead. Op. cit., p. 172). 

En los Tchambuli, esta dimensión de la espiritualidad masculina no está escondida, no solo porque el arte de los hombres suele ser disfrutado por las mujeres, sino porque conocen los secretos de sus rituales. Sin embargo, es necesario mantener la apariencia de dimensiones separadas, pues son los propios hombres Tchambuli, los que componen la parte “femenina”, la parte emocional y estética de la pareja los que dicen al respecto que, si las mujeres demostraran que conocen sus secretos, ellos «estarían tan avergonzados que les pegarían» (Mead. Op. cit., p. 246). No solo a veces las mujeres constituyen el tabú en sí mismo por sus funciones reproductivas, sino que además el hecho del “conocimiento”, de traspasar esa esfera material y terrenal en la que se encuentra a una trascendental, deviene tabú también en sí mismo y esta relación tan intrínseca entre la espiritualidad de la mujer con los tabús puede influir en la diferenciación de género del ámbito artístico. 

Si antes he hablado de algo que concierne solo a la visión que tiene una cultura sobre las mujeres, como es la menstruación, ahora voy a tratar algo que parece concernir al hombre en todas las sociedades y es la normalización de cierta agresividad en su comportamiento. 

Por lo que he comentado de los Arapesh, puede parecer improbable que esta sociedad justifique el comportamiento agresivo tanto de un hombre como de una mujer, pero la reacción ante un temperamento mal visto por su propia cultura —una actitud violenta e individualista— es una de las primeras fases de diferenciación entre niños y niñas. Hasta los siete u ocho años crecen prácticamente de la misma manera y además se relacionan indistintamente, se les enseña afectividad, cooperación, el rechazo a la agresión y a cualquier tipo de confrontación hasta el punto de que ni siquiera desarrollan juegos propios u organizan sus propias vidas.  

Aun así, a esta edad ya se han dado dos diferencias basadas en el sexo: el afecto relacionado con las actividades en grupo y la mayor expresividad sobre el enfado que se les permite a los niños pequeños, aunque la última se difumina si tenemos en cuenta que en las niñas que no tienen hermanos se dan más o menos las mismas tendencias y en niños con muchos hermanos no se suelen dar estas muestras de enfado (Mead. Op. cit., p. 59). En todo caso, esa diferenciación existe y es mucho más acentuada en la adultez cuando hablamos de lo que podríamos llamar “el individuo inadaptado”, el que no encaja en su sociedad, el individuo agresivo. Las mujeres no tendrán salida para este comportamiento claramente violento, pero los hombres se convertirán en líderes, en “grandes hombres”, un rol necesariamente confrontativo y que se entiende como poco deseable.  

Los hombres Tchambuli no son dominantes, sino coquetos, más emocionales y ciertamente sumisos y, sin embargo, dice Margaret Mead (Op. cit., p. 226) que: «Era considerado necesario que todo niño Tchambuli debía haber matado a una víctima en la niñez», o sea, que a pesar de no tratarse del género con un rol domdominante, inante se les asocia, ya no con la agresividad, sino con el asesinato.  

Incluso en los Mundugumor vemos que hay un énfasis de la violencia en los hombres, ya no solo porque se les considere más fuertes físicamente —porque hombres y mujeres tienen la misma personalidad agresiva—, sino porque los hombres apenas mantienen relaciones entre sí y son poco deseables cuando las mujeres sí tienen un círculo social algo más amplio, aunque sea solo para comentar sobre las faldas de unas y otras o criticar a las mujeres mayores que llevan modas pasadas (Mead. Op. cit., p.165). 

Lo más curioso y que destaca de estas sociedades es que en las tres, incluida la Arapesh, la raíz de conflicto suelen ser las mujeres, lo cual explica que haya una hostilidad general en el mundo masculino14, sobre todo si tenemos en cuenta que las tres sociedades son polígamas, hay una concepción de propiedad sobre la mujer —los Arapesh contribuyen al desarrollo de su mujer y alimentan su cuerpo, los Mundugumor funcionan a través del “intercambio de hermanas”15 y los Tchambuli compran a sus mujeres para que pasen a formar parte de su árbol familiar—y, específicamente en los Mundugumor que son la sociedad más hostil, hay una asociación entre el número de esposas con el poder.  

Esto también se da en las sociedades islámicas, donde la violencia también se da eminentemente entre hombres y a causa precisamente de la mujer y un cierto poder de seducción. Como expresa J. A. Nieto (2003, p.139-141), es una violencia que se basa en la sumisión de los adolescentes jóvenes con respecto a los hombres adultos después de vivir inmersos en un mundo de mujeres, en una cierta “promiscuidad”, y verse de pronto inmersos en el mundo del hombre adulto que le es superior16. Como estos niños se han visto sometidos a esa sumisión y hostilidad, cuando pasa a ser un adulto perpetúa este ciclo con el resto de chicos jóvenes que pasen a formar parte de la esfera masculina de la sociedad, perpetuando el ciclo de violencia.                                            

Ciertamente, llegar a una conclusión acerca de las relaciones entre los géneros es un asunto complicado. No es un tema trivial, pues creo que queda suficientemente demostrado que subyace la mayoría de instituciones que puede formar una sociedad, sus formas de arte, sus comportamientos y, además, el estudio antropológico sobre el género es de una importancia fundamental, pues como dije en la introducción, responde a una de las funciones más necesarias en la sociedad: la reproducción; y, precisamente por la necesidad a la que responde, controla nuestras vidas enormemente.  

No es ninguna casualidad que autoras como Mary Wollstonecraft cuestionaran la visión de su sociedad respecto a la mujer, una pregunta que sería precisamente la motivación de Margaret Mead para sus investigaciones, no solo en Sexo y temperamento: en tres sociedades primitivas, sino en Masculino y femenino, siendo esta investigación antropológica fundamental en el desarrollo de los estudios de igualdad de género. 

Notas 

[1] En este trabajo he decidido traducir yams por “ñame”, que es lo más común en Nueva Guinea, pero yams puede tener otras traducciones como “batata” y, al no conocer yo la zona geográfica, no puedo estar segura de qué traducción es realmente la más apropiada aunque, como digo, entiendo que será la palabra “ñame”. 

[2] Trad. propia: «Instead, they see all life as an adventure in growing things, growing children, growing pigs, growing yams and taros (…), observing all of the rules that make things grow». 

[3] Fundamental en esta sociedad con recursos muy escasos, de hecho Mead (Op. cit., p.4) habla de una tierra «estéril e infértil». 

[4] Trad. propia: «The Little girl is taken by her parents and left in the home of her betrothed (…) [Her betrothed] is just another older male to whom she looks up and upon whom she depends». 

[5] Trad. propia: «In later years, this is the greatest claim that he has upon her (…) “I worked the sago, I grew the yams, I killed the kangaroo that made your body. Why do you not bring in the firewood? ». 

[6] Trad propia: «Cheerfully and without overexertion, the strong, well-fed women conduct the work of the tribe. They even climb the coconut-trees—a task from which almost all primitive New Guinea exempts grown women. Upon this basis of women’s work, the men can be as active or as lazy, as quarrelsome or as peaceful, as they like». 

[7] Trad. propia: «all level land is spoken of as a “good place”, and all rough, steep, precipitous spots are “bad places.” Around each village the ground falls away into these bad places, which are used for pigs and for latrines, and on which are built the huts used by menstruating women and women in childbirth, whose dangerous blood would endanger the village, which is level and good and associated with food». 

[8] Una multitud en relación con su sociedad, que suele ser de apenas mil habitantes debido a las circunstancias geográficas en las que viven. 

[9] El rito de iniciación de las mujeres apenas supone un cambio de vida, como suelen ser la mayoría de ritos iniciáticos de las sociedades de pensamiento tradicional. Es una ceremonia sobre un cambio fisiológico, pero las niñas, para ese entonces, llevan haciendo trabajo de mujeres adultas durante un tiempo y ya viven con su prometido, es solo cuestión de tiempo hasta que se efectúe el matrimonio (Mead. Op. cit., p. 90). Teniendo en cuenta que el rito de iniciación de los chicos es mucho más complicado y sí que supone un cambio de vida de ser cuidado a ser cuidador, se puede decir que las mujeres ni siquiera pasan por el renacer que suele ser típico en estas sociedades, es un proceso continuado, el renacer es propio de los hombres, el madurar. 

[10] El poder económico pertenece a las mujeres y el religioso a los hombres. 

[11] Como podría ser el llamado “instinto materno”. 

[12] A lo largo de la historia, la mayoría de pintores y artistas de renombre han sido hombres, mientras las mujeres eran asociadas con actividades más “técnicas” como la costura. 

[13] Trad. propia: «When I showed them a brown, life-sized doll, the women shrank away from it in fright. They had never seen a realistic image before; they took it for a corpse. The men, with their different experience, recognised it as a mere representation, and one of them voiced the prevalent attitude towards women’s concerning themshelves with such things: “You women had better not look at that thing or it will ruin you entirely”. 

[14] Que evidentemente no es tal en los hombres Arapesh, siempre que se hable de “agresividad” hay que tener en cuenta que en los hombres Arapesh es algo muy sutil y que, en su mayor parte, solo manifiesta esa relación hombre-violencia en el tratamiento de hombres que, a pesar de ser Arapesh y criarse en ese ambiente pacífico, son conflictivos de todas maneras. 

[15] En la sociedad Mundugumor, el que se casa con la hermana de alguien y, como le está quitando esa propiedad, debe compensar con su propia hermana; precisamente por eso las niñas son tan importantes en esta cultura, porque un Mundugumor sin hermanas podrá acceder a muy pocas oportunidades y acumular muy poco poder, ya que el poder se asocia precisamente con el número de mujeres (Mead, M. op, Cit., p. 166-177). Esto también explica el contraste con los Arapesh donde la poligamia es vista como una necesidad y no como un ideal, por lo que no asocia el poder con el número de mujeres y permite que se dé un mayor infanticidio femenino. 

[16] Este fenómeno podría recordar al complejo de Edipo de Freud e incluso podría tener que ver con las cinco etapas del desarrollo psicosexual de Freud. 

Bibliografía

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Ramos, M. (2009). “Las mujeres en el evangelio de Lucas” en: Campus Cultural Universidad de Cantabria. Recuperado de https://web.unican.es/campuscultural/Documents/Aula%20de%20estudios%20sobre%20religi%C3%B3n/2009-2010/CursoTeologiaLasMujeresEnLucas2009-2010.pdf

Segura, R. M. (2019). “Las mujeres en el teatro antiguo: una visión de género” en: Alternativas Psicología, vol. 42, p. 111-132. 

Nieto, J.A. (2003). Antropología de la sexualidad y diversidad cultural, Talasa Ediciones. 

Frazer, J. G. (2011). La rama dorada. Editorial Fondo de Cultura Económica. (Trabajo original publicado en 1890). 

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Rodríguez, J. (2022). Binarismo y roles de género: ¿qué implica ser hombre y ser mujer en distintas culturas?. Revista Filosofía en la Red, (3), 73–83. Recuperado a partir de https://revista.filosofiaenlared.com/index.php/espanol/article/view/10